Anillo Roto: Este matrimonio fracasará de todos modos 420
EPÍLOGO (17)
- Kassel Escalante de Espoza
Después de que Inés despertó, los días transcurrieron como un sueño. Él pensó que todo estaba mejorando. Cecilia, quien la había cuidado todo este tiempo, también lo llamó días de milagro, diciendo que ‘nunca antes había mejorado de esta manera’, así que debía ser cierto.
Desde que la recuperó en Marbella hasta que llegaron a Calstera, pasaron quince días; y decenas de días en Calstera, donde solo pudo verla sin que ella abriera los ojos.
Kassel pasó sesenta días enteros, observando a Inés sin que ella recuperara la conciencia ni un momento.
Decenas de veces, cuando ella recuperaba la conciencia por un instante, el dolor era tan insoportable que él deseaba que se volviera a dormir. Aunque anhelaba que ella abriera los ojos y lo mirara, que confirmara que estaba viva, también rezaba para que no sintiera dolor, incluso si eso significaba que no lo vería.
Un año entero debió haber sufrido y retorcido sola con ese tormento. Siempre tragándose un dolor que solo de verlo te hacía querer morderte la lengua.
Apenas logrando mantenerse con vida.
Cecilia, en realidad, había dicho que incluso eso era mejor que ‘alguna vez’.
‘Al menos ahora, si abre los ojos de vez en cuando, puede decir algo o emitir algún sonido. También puede decir dónde le duele. E incluso puede hacer alguna señal con las manos…’.
Esa frase implicaba que ‘alguna vez’ Inés no había podido hacer nada de eso. Temporada tras temporada.
Para él, esos apenas sesenta días se sintieron como una eternidad, ¿cuánto más largos e infinitos debieron haber sido los años que ella pasó sola en ese castillo oscuro? En los días más dolorosos, en los que deseó que su aliento se detuviera, ¿cómo pudo ese pequeño cuerpo soportarlo?
Aunque ella sobrevivió a duras penas en Marbella y pudieron reunirse de nuevo, él pensó que esa felicidad no era diferente de aquella obtenida a expensas del sufrimiento de ella. Como su matrimonio al principio.
Dijiste que habías mantenido tu promesa conmigo. Kassel, tardíamente, entendió el significado de esas palabras que en su momento le parecieron atrevidas e insolentes, a través de Cecilia.
‘…Hablando de la señora de Marbella, la verdad es que nunca tuvo mucho entusiasmo por recuperarse. Desde mucho antes, es decir… desde que quedó embarazada de su último hijo, se consideró sin esperanza… Como el señor bien sabe. Aun así, nunca se negó a las recetas que le ofrecía. Ni siquiera en los momentos en que le costaba un martirio tragar un sorbo de agua’.
‘……’.
‘Ella dijo que al menos no podía rendirse intencionalmente. Esa era la única voluntad de la señorita Inés’
Cuando Inés vomitaba sangre, lloraba en voz baja como una desquiciada y se encogía, él no podía creer que la vida se le hubiese impuesto con solo una palabra suya. Ahora, aunque se alegraba de que ella estuviera viva después de todo ese tiempo, le resultaba difícil fingir que esa simple alegría era puro egoísmo.
Por eso, a veces, la veía caminando delante de él, o regresando por el jardín, o tomando un libro con sus manos secas de la estantería, y todo le parecía un sueño sin esperanza. Se quedaba mirando fijamente a Inés en el jardín desde la terraza, luego sacudía la cabeza como para despejarse. Como si la más mínima duda pudiera dañar a la mujer que tenía ahora.
Temía que, en un parpadeo, todo esto fuera un sueño y él estuviera postrado en la cama, contando desesperadamente sus débiles respiraciones. Temía ser arrastrado a la realidad de que solo eso existía. ¿Qué pasaría si volvía al momento en que, tontamente parado en el campo de entrenamiento, todo su cuerpo se helaba de miedo ante la posibilidad de que su aliento se extinguiera en la residencia?
Debería llamar sueño a esos días horribles. Es mejor llamar a todo el dolor que ella sufrió una fantasía pasada.
Solo el día de hoy, cuando ella saludaba sonriendo a Alondra por la mañana, era su realidad. El día de hoy en que Inés podía sonreír. Aunque no fuera para él.
A medida que Inés recuperaba poco a poco la capacidad de moverse, lo fue alejando. Por supuesto, su control la envolvía como una cerca, pero no se comparaba con todo lo que había estado en sus manos, del uno al diez, mientras ella estuvo enferma.
A veces, al recordar a la mujer que se abandonaba por completo en sus brazos, sentía un nudo en la garganta. De alguna manera extrañaba esa delgada satisfacción del momento en que, a diferencia de antes, le limpiaba hasta los pies y la besaba por todo el cuerpo, aunque ella no le mirara a los ojos.
Por mucho que hubiera mejorado, ella no tenía la fuerza para alejarlo, pero ahora sí tenía la fuerza para torturarse a sí misma con tal de rechazarlo.
No podía soportar verla así, así que no tuvo más remedio que soltarla.
Mientras Inés cabeceaba, sentada en el jardín, con un libro en sus brazos bajo la luz oblicua del sol poniente, una sonrisa se extendió por el rostro de él.
A veces, en días peores que otros, la cuidaba como antes, pero la inquietud, con un pie a medio paso del abismo, era mayor que la sombría satisfacción, así que él se alegró de esta pérdida. Ahora podía observarla dentro de su cerca, en su casa.
A una distancia tal que podría abrazarla primero en el instante en que el color desapareciera de su rostro. Observándola caminar y hablar gradualmente como antes.
Cada vez que Inés mostraba una alegría incontenible por poder hacer alguna pequeña cosa por sí misma, Kassel no podía contener su propia expresión. Cada vez que le susurraba a Cecilia lo que había logrado, pensando que su esposo no estaba. Cada vez que le decía a Yolanda lo que quería comer, escribía largas cartas a Luciano, y sonreía felizmente con un ramo de flores silvestres que una criada le había traído al regresar a la residencia.
Ella mejoraba milagrosamente y cada vez más, hasta que ahora salía por la puerta principal y subía hasta la fuente de las sirenas, e incluso iba a la capilla en carruaje. Eso fue cuando la primavera había pasado por completo y llegaba el verano.
Por supuesto, si un día se esforzaba más de lo normal, sin falta tenía que guardar cama por varios días, pero comparado con cómo se postraba antes, era como sufrir un resfriado más fuerte que el de los demás. Ahora, a veces, le sonreía por accidente y, aunque se esforzaba por decirle cosas desagradables, de repente le ofrecía su dulce preocupación, como antes de que naciera Ivana. Eso también debió haber sido un error que no pudo ocultar.
Así que, al final, todo lo que ella decía era como un sueño. El día que se enteró de que ella le había ordenado a Yolanda que pidiera la carne que a él le gustaba, comió tanto que le dieron náuseas. Cuando se dio cuenta de que ella le había indicado en secreto a Alfonso qué ropa usar para ir a misa, no se la cambió en todo el día.
Probablemente, embriagado por tanta felicidad, se descuidó un poco.
En un día de verano en que llovió desde el amanecer, Inés tomó su caballo y desapareció de la residencia.
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Contrario a lo que había pensado, que no habría podido ir muy lejos, Inés no estaba en Calstera.
Kassel, que en ese momento había solicitado voluntariamente una degradación para acortar las cosas, se encontraba entrenando a las tropas de artillería en el interior, lejos de la flota. Como el campo de entrenamiento estaba en el extremo opuesto de Logorno, la zona residencial de los oficiales, el informe de la residencia se retrasó.
Él, completamente desquiciado, empezó a buscarla en el campo de tiro, cubierto de maleza, al otro lado de la colina de Logorno. Una noche, Kassel había sido arrastrado a la cena de gala del nuevo almirante y no había regresado hasta tarde. En esa ocasión, Inés había desaparecido por un breve momento, burlando la escasa vigilancia de la residencia, casi sin sirvientes. Como la residencia era pequeña, no había suficientes cuartos para que mucha gente se quedara hasta altas horas de la noche.
Fue en ese campo de tiro donde la había encontrado entonces. En aquella ocasión, ella huía a algún lugar, como la prolongación de un sueño, tal como lo había hecho justo después de perder a Ivana en la antigua residencia de Calstera. Ni siquiera cuando él la sujetó estaba en sus cabales, y finalmente, tras balbucear que Ivana la estaba buscando, se desvaneció como una muñeca con el cuello roto.
La Inés de aquel momento dominaba la mente de Kassel. Aunque ahora era raro, ¿y si…? Si la atrapaba alguien desconocido mientras su conciencia no estaba completa… ¿Y si, con ese cuerpo tan débil, no podía manejar bien el caballo y se caía?
Atrapado por esas horribles suposiciones, vagó por todo Calstera y, una vez que confirmó que ella no estaba en ningún lugar que pudiera llamarse ‘ciudad’, finalmente perdió la cabeza. ¿Dónde podría estar un lugar que ella conociera? ¿Qué camino podría recordar? Mientras pensaba en eso, la idea de si para ella era importante ‘conocer’ algo lo desesperó.
O tal vez no era eso, sino que simplemente estaba decidida a escapar de él. Si las palabras que aún le decía —que lo odiaba, que no quería verlo— eran ciertas hasta los huesos…
Entonces, ella era capaz de cualquier cosa. Como cuando, tras su encuentro en Almagro, decidió que sería el último y lo logró con su propio cuerpo; si era una mujer tan tenaz.
‘¿Y crees que no te voy a encontrar? ¿Que no te voy a poder sujetar de nuevo?
¡Con lo que me costó atraparte!
¿Con qué valor te tendí la mano y te abracé?
Prefiero morir antes que perderte de nuevo. No viviré. Te haré sentir, ¡maldita sea!, esa pérdida. Sé que, por mucho que me odies y me detestes, al final soy el único hombre. Sé que, aunque no me ames, me tienes presente por la añoranza.’
Así que.
—Dijiste que huirías cuando mejoraras.
—…….
—Tenía curiosidad de ver cuánto podías hacer.
Kassel encontró a Inés frente a la tumba de su hija. Sentada en el suelo sobre el chal que él siempre le ponía, vestida sencillamente como si fuera una muchacha de El Tabeo que hubiese salido a pasear, con una corona de flores sobre la tumba de su hija.
Él la miró fijamente por un largo rato. Como si mirara a un enemigo al que no podía tocar con sus propias manos. Y luego se tragó las palabras que ella añadió en voz baja: que de hecho le había dejado una nota a Alondra diciendo que saldría un momento a un lugar que ella solía ver, que pensaba regresar pronto, y que eso habría sido antes de que él llegara a casa.
La mano que le agarró la nuca y la besó con ferocidad, como si fuera a devorarla, apretó y soltó con saña el montón de flores idéntico a la corona que adornaba la lápida de su hija. Si ella esperaba que él no supiera que era parecido a lo que se le ponía en la cabeza a una niña muerta, es que todavía lo consideraba un gran idiota o un ciego con los ojos abiertos.
‘Fue uno de los pocos momentos buenos que pasé con mi madre en Pérez de niña. Mi madre me hizo una corona de flores en el jardín…’. Durante todo el camino de regreso a la residencia a caballo, ella le contó historias de su infancia que él nunca había oído. Todo el tiempo, él luchó por contenerse de arrastrarla bruscamente, empujarla a la habitación y cerrarla con clavos, mientras conducía el caballo lentamente con mucho esfuerzo.
El sol se inclinaba sobre el lejano mar. La fuga de Inés duró solo media jornada, pero él, sin decir una palabra, la cargó hasta el segundo piso, sacó todos los caballos del establo y cerró con clavos. Ella lo miró en silencio desde el segundo piso.
Fue por esa época cuando llegó la noticia de que Olga se había ido al convento.
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A Inés no pareció afectarle mucho la noticia de que su madre, por fin, había salido del calabozo de la corte de Mendoza. La carta que Duque Valeztena le había enviado con tanta urgencia a través de su yerno, por correo militar, ella simplemente la leyó con desinterés y la dejó a un lado.
—Al fin es una bendición que haya sido oficialmente absuelta de sus crímenes.
—Sí.
Para ser exactos, se había librado de la deuda por sus crímenes. Leonel calculó y pagó de una vez los gastos que Valeztena le habría debido a la Casa Imperial de Valenza si Olga hubiese cumplido cincuenta años de prisión en la Torre de Selaca. Olga no viviría cincuenta años más, y ya sería un milagro si ese cuerpo frágil aguantaba cinco meses en una fría prisión.
El principio de funcionamiento de las cárceles era el mismo en todas partes. Ya fuera la Torre de Selaca, con su larga y horrible historia, operada por la realeza, o una prisión de ladrillo de un solo piso, gestionada por una pequeña familia de señores rurales. Aunque había lugares como la fortaleza de Belgrano, que funcionaban más por el bien público, en la mayoría de los casos, retener a los prisioneros se convertía en dinero para la familia dueña de la cárcel.
En Ortega, desde el bienestar básico del prisionero hasta la comida que se llevaba a la boca, la ropa que vestía e incluso el intercambio de cartas con el exterior, todo se valoraba y se cobraba a la familia del prisionero.
Era más que obvio que esos precios no tenían relación alguna con los del mundo exterior. Además, ¿cuánto no insistirían en que costaba ‘mantener la dignidad de nada menos que Duquesa Valeztena’ en una torre desolada donde no había nada alrededor? Un solo huevo podía ser tasado como oro; así era la fijación del rescate de los grandes nobles en tiempos de guerra.
Aun así, Leonel aceptó de buena gana el cálculo del emperador. Durante medio siglo exacto.
'El rescate de mi esposa, no hay necesidad de regatear ni un ápice'.
Como el precio era astronómico, la gente murmuraba que la gloria de Valeztena había terminado en manos de Olga de La Roca, pero tanto el emperador que extorsionaba como Leonel, el extorsionado, sabían que, incluso después de desembolsar una suma equivalente al presupuesto de quince años del Departamento de Asuntos Internos, Valeztena seguía siendo sumamente próspera.
Kassel recordó de repente los ojos secos de Olga que había visto en los calabozos de la corte e imaginó por un momento cómo se sentiría ella al haber recuperado la libertad a medias, tras haber pagado un precio tan exorbitante.
Para Olga Valeztena, ¿realmente se parecería eso a la libertad?
En el convento de Pérez podría ver el cielo y, por fin, reunirse con su marido y su hijo. Y después de vivir en silencio como un ratón durante cinco o seis años, ¿podría quizás regresar sigilosamente al castillo de Pérez, fingiendo el encierro de su marido?
En la corte de Mendoza, las visitas de Leonel, su pariente más cercano, estaban estrictamente prohibidas, y las visitas de Luciano también acabaron siguiendo un patrón similar al de su padre. Eso fue en invierno y ahora ya es verano. Debe haber sido un tiempo bastante arduo para los Valeztena, padre e hijo.
Pero Luciano fue rechazado primero por su madre antes de que se le prohibiera oficialmente el paso. Kassel, por derecho de Juan, la visitaba a menudo en lugar de Leonel, pero eso fue antes de que ella le hablara de Marbella. Desde entonces, Kassel nunca más recibió permiso para visitarla.
Olga rechazó a su hijo, luego a su yerno, y después de su yerno, a toda la gente de Valeztena. También rechazó a otros mensajeros que intentaban rescatarla de alguna manera.
Cuanto más cerca se acercaba su propio rescate, más muros construía Olga dentro de la prisión. Como si el rescate fuera lo peor que no deseaba. Sin embargo, en la cárcel, había un límite para influir en lo que sucedía fuera, y si tenía un esposo tan dedicado al bienestar de su familia como Leonel, ese límite era aún más claro.
Así que, al final, cómo estaría Olga aceptando que las cosas habían tomado un rumbo que no deseaba.
Kassel miró a su esposa, que de igual manera había sido arrastrada en una dirección no deseada y ahora flotaba a la deriva en silencio. Aunque no había mucha vivacidad en su mirada mientras volteaba despreocupadamente las páginas del libro, dejando atrás las buenas noticias de su madre, tampoco había esa luz inestable que se apagaría pronto.
Simplemente, esa estabilidad inerte.
Desde que encontró a Inés en la tumba de Ivana, las palabras agresivas y la resistencia, que siempre habían parecido un deber, disminuyeron notablemente. Aunque seguía siendo mayormente negativa hacia él, sus reacciones eran generalmente débiles o silenciosas.
Por ejemplo, cada mañana, cuando él salía de casa, debía irse de mala gana a buscar el caballo atado en la colina porque ella había mandado clavar tablas en la entrada del establo. Ella, sin decir una palabra, simplemente lo miraba como si fuera un idiota.
A lo sumo, murmuraba en voz baja para sí misma: ‘Eso es realmente una tontería’, y ahí terminaba todo. Parecía que solo estaba diciendo la verdad. De todos modos, él estaba escuchando pasivamente todo el rencor y el rechazo que ella le lanzaba, así que su cambio silencioso no le resultaba del todo agradable.
Para un loco que, cuando ella lo golpeaba y lo empujaba —aunque le doliera hasta los huesos—, se alegraba pensando: ‘Ahora que está mejor, puede incluso apartarme’, la quietud no podía ser una buena señal.
Comparado con los momentos en que el dolor era tan insoportable que ella ni siquiera lo veía, y mucho menos podía apartarlo, el hecho de que ella chocara con él para rechazarlo le resultaba hasta adorable.
Que ella abandonara esa inútil obligación que la carcomía era, por supuesto, motivo de alegría. Sin embargo, ella fue una mujer a la que la terquedad le sentaba mucho mejor que la rendición. Incluso cuando se escondió sola en Marbella.
—…Ah, y dile a mi padre que sigo sin querer verlo.
Inés, quien no se sabe cuándo había visto a Kassel revisando lentamente la carta de Leonel, habló concisamente, con la mirada aún fija en el libro.
Al final de la carta, estaba la súplica de Leonel, que esta vez quería ver a su hija antes de que Olga se marchara al convento.
「…Te anhelo ver más que nunca. Por favor, te ruego que veas a tu desdichado padre al menos una vez」
Kassel miró en silencio la carta de su suegro y luego alzó la vista.
—Esta vez el Duque sí que se va a decepcionar.
—Si me ve, se decepcionará aún más.
—…Inés.
—No lo digo para denigrarme, sino la verdad. Así que quita también esa mirada.
Para él, eran días de milagro, brillantes, pero Inés, en realidad, quizás aún no podía evitar recordar su aspecto de tiempos mucho más saludables cada vez que se miraba al espejo.
Incluso su figura demacrada y pálida justo después de perder a su tercer hijo parecía algo digno en comparación con su estado actual. No importa cuánto haya mejorado ahora en comparación con Marbella.
De hecho, era un secreto a voces entre ambas familias que la salud de Inés no había sido buena desde que perdieron a su primogénito, e Inés seguía creyendo que su padre la consideraba a ese nivel.
Habiéndoles ocultado a su hermano y a su esposo el verdadero alcance de su situación, e incluso habiéndolos amenazado para que no le dijeran la verdad a su padre, era cierto que necesitaba al menos aparentar que lo hacía. Como ya habían superado un rechazo desesperado a la fuerza, no era el momento de atreverse a ignorar otro rechazo.
Sin embargo, dado que el padre no supiera nada del estado de su hija también era un engaño, Luciano y él le habían informado a Leonel de la situación, pidiéndole que no lo mostrara a Inés. Solo deseaban que volvieran a conectar y a conversar de forma natural.
Inés amaba y respetaba a su padre, pero era una hija que había crecido erguida por sí misma desde muy temprana edad, fuera de la sombra paterna. No conocía el significado de confiar y depender, como le había sucedido en las caídas anteriores.
Y Leonel sentía una enorme culpa por la infancia de su hija, tanta que no se atrevía a aparecer frente a ella sin su permiso. El hecho de que guardara el secreto con tanta obstinación y siguiera sin poder ver a su hija enferma era prueba de ello.
‘Quizás Olga sobrellevó esos cientos de días en que su vida pendía de la balanza del emperador manteniéndose ocupada con eso.
Pero incluso eso debe tener un límite ahora.’
—Ya estás mucho mejor.
—Aunque esté mejor, mi molesta enfermedad es que, para cuando papá llegue según lo planeado, podría estar jadeando de nuevo. Es mejor evitarlo de antemano.
—Ya te dije que ni pienses eso.
—Aunque esté atrapada aquí contigo sin remedio, arruinando tu vida, sabes que no soy de las que hacen caso a lo que dices.
La palabra ‘arruinando’ le molestó terriblemente, pero él solo arqueó las cejas con desaprobación, revelando vagamente su molestia.
Él ya conocía esa naturaleza indomable.
Sin embargo, Kassel también conocía la poca carne que se había adherido a ese cuerpo frágil y demacrado, y el color rojizo que aparecía en sus mejillas. Cada día era diferente, cada diez días, cada estación.
Él consideraba que la vida que florecía lentamente de nuevo en Inés era tan espléndida y hermosa como la de antes. Incluso tan demacrada, sus rasgos elegantes y su rostro delgado permanecían intactos, tanto que a veces no podía entender qué la hacía decir que estaba tan desmejorada.
Sus ojos verdes, sensibles y melancólicos, emitían una luz profunda bajo sus párpados elegantemente caídos, y al ser tan pensativa, solía mirar a lo lejos y exudar una atmósfera difícil, lo que a menudo hacía que los demás la miraran fijamente y aturdidos.
La angustia de un padre al enfrentar a su hija enferma era inevitable, pero ella misma nunca fue desastrosa ni desaliñada. Queriendo que ella lo supiera, la observó fijamente, e Inés lo miró de reojo, como si supo lo que él pensaba, y siguió de largo.
—Por favor, no te inmiscuyas en los asuntos de mi padre.
—…De acuerdo.
—Mi padre y yo, para empezar, no somos el tipo de relación que necesita una reconciliación forzada. No hay nada que reconciliar. Es solo que, si un día muero para él…
—Inés.
—…Por supuesto que se sentiría más consternado de lo que sabe o imagina, pero eso es todo.
—…….
—No quiero que mi imagen se le quede grabada y que le queden arrepentimientos hasta que mi aliento se extinga.
Inés habló con monotonía, y lo miró fijamente por un momento, como si por la misma razón deseara separarse de él. Él, así como había ignorado sus innumerables rechazos, también aceptó dulcemente esa mirada clara.
Entonces, Inés, que desvió la cabeza sin fuerzas como lo había hecho últimamente, le pareció un poco tierna. Él se sintió incluso molesto porque ella no se encaprichaba en nada, excepto en esto.
—…Tu aliento irá a Dios solo después de mucho, mucho tiempo.
‘Para entonces, tu vida plena se te aparecerá con todo lujo de detalles, y cerrarás los ojos con una sonrisa en medio de despedidas y bendiciones.’ Él susurró con tierna obstinación, y besó a Inés en la frente antes de levantarse, diciéndole que descansara. Inés, por alguna razón, lo miró fijamente mientras él se marchaba. Kassel volvió a despedirse con un ‘buenas noches’ y cerró la puerta.
Aunque la única habitación principal en el segundo piso de la residencia era para la pareja, él no había dormido en ella desde que Inés mostró una notable mejoría. Temía que si ella veía su rostro al despertar, sin tener otra opción, su día se sintiera infeliz.
Cuando ella estaba grave, no lo reconocía porque estaba ida, pero ahora la historia era diferente.
Por supuesto, la obsesión y la duda no desaparecieron. Kassel, como si estuviera haciendo guardia nocturna él solo, se despertaba varias veces durante la noche y venía a esta habitación. Solo después de verificar su respiración regular, su expresión serena mientras dormía y de arroparla cuidadosamente, podía regresar a su habitación en una ronda muy breve.
Él entró en la biblioteca y dejó la puerta ligeramente abierta para poder escuchar cualquier ruido que viniera de la habitación. Luego, tomó el chal que Inés solía usar de la estantería y se dejó caer en el largo diván.
Kassel, acostumbrado a muebles demasiado cortos para él, apoyó sus largas piernas en el reposabrazos y cubrió su rostro con el chal de Inés para protegerse de la débil luz que parpadeaba en la pared.
El olor del jabón de oliva que usaba para bañar a Inés lo envolvió. Por debajo, persistía el sutil aroma corporal de su esposa. Él, cubierto por el chal, sonrió como un tonto, luego, como un autómata, apagó su mente y se sumió en el sueño.
Habría sido más perfecto si no hubiera sentido de repente una presencia en la puerta.
Por costumbre, se despertó de inmediato de su siesta y se incorporó. Tan rápido que Inés, que estaba parada en el umbral, se sobresaltó y se cayó sentada.
Kassel también se sorprendió bastante de que Inés se hubiera caído así, por lo que, mientras él instintivamente la ayudaba a levantarse y la revisaba, ambos estaban tan asustados que no podían respirar.
—¡Maldita sea! ¿Estás bien? No era mi intención asustarte.
—No, yo… es que… no toqué la puerta…
—Lo siento.
—…¿Siempre has dormido así en la biblioteca?
La expresión de ella era de tal asombro al ver algo tan impropio, que él se detuvo un momento a considerar cómo se veía mientras dormía.
—…Yo pensé que… habías estado durmiendo en el primer piso.
Aunque ella ya podía moverse por la residencia, no estaba tan curiosa por las cosas nuevas como para conocer toda la distribución del lugar. ¿Cómo iba a saber Inés que, aparte de las pocas habitaciones para el personal en el primer piso y el sótano, no había espacio para otras recámaras?
—No hay un espacio adecuado en el primer piso.
—…….
Incluso si lo hubiera, él nunca podría dejarla sola en el segundo piso. ¿Cómo iba a saber cuándo podría pasar algo?
—…Aun así, ¿cómo duermes de esa manera?
—Siempre tomas tus siestas ahí, así que no es extraño que yo duerma de la misma forma…
—Cómo demonios vas a acomodar ese cuerpo… en un lugar que apenas es suficiente para que una mujer tome una siesta corta…
Ella, mientras él la ayudaba a ir a la cama, estaba tan asombrada que no sabía qué hacer.
—Pero, Inés. En el barco se duerme en lugares peores.
—Escalante. Aquí es tierra firme.
‘Así es. Donde tú estás…’. Él, impulsivamente, intentó besar los labios de Inés mientras la acostaba en la cama, pero apenas logró contenerse. Se alegró. Ella se había preocupado por él.
—Estoy bien, de verdad. No te preocupes y duerme.
Su intención mezquina era que ella siguiera preocupándose por él en todo, mientras su mente le decía que el lugar donde dormía no importaba. Justo cuando Kassel se giraba para apagar la luz que ella había encendido antes de salir de la habitación, Inés lo llamó suavemente.
—…Escalante.
—¿Sí?
—Puedes dormir a mi lado.
—…….
—Esta es tu residencia y tu habitación. No duermas así de pordiosero en la biblioteca…
Kassel no se atrevió a preguntar si era verdad. Si lo hacía y ella se arrepentía en el fondo de su corazón, él lo notaría… Así, se acostó con torpeza a una distancia prudente de Inés y pasó la noche en vela. Por más que lo intentaba, no podía dormir, y al amanecer, se quedó sentado aturdido, solo mirándole el rostro.
‘Al final eres tan dulce, ¿cómo voy a creer tus palabras crueles?’
Sus dedos tiernos no podían dejar de acariciar su mejilla, sus labios. Kassel recobró la conciencia al amanecer, cuando el cielo se aclaraba sobre el mar. Salió de la habitación antes de que Inés despertara.
Y en el jardín, cortó una flor cubierta de rocío matutino y la puso sobre la almohada donde había apoyado su cabeza.
Solo el tiempo fue necesario para que aquella primera flor se convirtiera en cientos y cubriera la cama cada mañana.
Así, el color de las flores cambió y también las estaciones de Calstera.
Un día de invierno, Inés colocó flores en un jarrón por primera vez. Solo Dios y ella sabrían lo feliz que estuvo Kassel al regresar a casa y encontrarlo. Porque esa noche, también, él pasó la noche entera solo observando el rostro de ella.
Y solo Dios y él sabían cuánto esfuerzo hizo ella para girar la cabeza y ocultar sus orejas enrojecidas.
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