Anillo Roto: Este matrimonio fracasará de todos modos 277
El paso del tiempo (16)
—Inés, ven aquí, rápido.
Cayetana sonrió con dulzura y golpeó con su abanico el asiento vacío a su lado. El deliberado exceso de sencillez en el atuendo de Inés no solo buscaba fomentar cierta tendencia, sino también, de manera más inmediata, destacar en ese preciso lugar.
—Su Majestad la Emperatriz.
Inés hizo una leve reverencia, doblando apenas las rodillas, y se sentó con gracia bajo la sombrilla de la soberana. Era su primera vez en ese lugar íntimo y glorioso, y sin embargo, no mostraba el menor reparo en aparecer así, ante todos, con tal desenfado.
Y la Emperatriz, igualmente indiferente a las miradas, la recibía personalmente en el círculo de sus más allegados.
—Parece que a nuestra Joven Duquesa le encantan los pendientes que Duque Escalante le regaló. No hace más que lucirlos.
Marquesa Yálgaba, sentada a su lado, demostró su agudo interés hasta en los más mínimos detalles de su joyería. A la vez, se apresuró a halagar a la Emperatriz, asegurando que su sobrino y su esposa seguían siendo un modelo de armonía conyugal.
Aquella retórica que alguna vez proclamó que el amor y el matrimonio podían coexistir sin vergüenza había dado un giro. Claro, solo frente a ella, pero ahora ni siquiera tras su espalda se atrevían a criticar abiertamente.
¿De qué servía poner objeciones al amor que Kassel Escalante profesaba con su rostro y su cuerpo? Solo dejaría en evidencia la boca que lo dijera. Inés esbozó una sonrisa superficialmente cortés mientras recordaba con arrogancia a su marido.
—Es que su carácter es austero. No entiende de derroches ni de vanas formalidades.
—En Calstera se daban grandes lujos, ¿sabe? No lo ignore, Cayetana.
—Bromeas.
—En serio. Kassel una vez compró una joyería entera en El Tabeo.
—Entonces el derroche lo hizo él, no tú.
—¿Y qué? Dicen que la Joven Duquesa, por su parte, revolucionó todas las armerías de Mendoza por su esposo.
—Vaya manera tan grandiosa de celebrar algún acontecimiento.
—No había nada que celebrar, en realidad…
—Justo eso es lo más romántico.
—Es que… a veces dan ganas de darle algo.
Cada palabra de aquel intercambio cordial le resultaba repulsiva, pero ya estaba demasiado acostumbrada al asco. Aun sin Alicia, Cayetana habría apoyado a Inés por su linaje, pero su instinto de atormentar a su nuera la llevaba a mostrar una benevolencia más radical. Era la misma táctica de siempre: mientras antes elevaba a Alicia para aplastar a la entonces princesa consorte, ahora hacía lo mismo con Inés.
Si no fuera por Óscar, ¿qué sentido tendría rebajarse a semejante mezquindad? Muchos atribuían a Inés Escalante el haber robado todo el protagonismo de la corte, dejando a la princesa en el olvido. Recordar aquellos ojos fanáticos, fingiendo inocencia, le hacía rechazar ese papel.
Pero necesitaba de nuevo a aquellos amigos que extendían su influencia hasta los rincones de Mendoza inalcanzables para ella. Y si además tenía un marido fácil de manipular, mejor aún.
Algunos ya estaban de vuelta; otros, solo esperaban que ella tendiera la red y fingiera ignorar el momento justo para recogerla. Y no solo viejos amigos, sino incluso algunos de esos molestos aduladores que Cayetana arrastraba…
Justo entonces, Cayetana extendió la mano, como pidiéndole el sombrero. Inés sonrió con familiaridad y se lo entregó. La Emperatriz se probó el amplio sombrero de verano, ladeándolo sobre su seductor vestido rojo, y luego hizo una seña a sus damas.
Regina, la más ágil de las sirvientas que aguardaban en silencio, se acercó con un espejo. Cayetana se observó un momento, divertida.
—Qué capricho tan encantador. ¿Dónde diablos encontraste este gusto?
—En Calstera, las mujeres suelen llevar algo así desde primavera. Allí el calor llega antes que en Mendoza, y el sol es más intenso… Es una necesidad.
—¿Y ese vestido también?
—Tiene un toque de mi preferencia, pero es bastante similar.
—Ese gusto tuyo ya ha pasado por varias modas naturales en Calstera, así que, al final, tienes razón.
Cayetana sonrió, nostálgica.
—Me recuerda cuando era niña y paseaba por los puertos militares con mi padre. Esa atmósfera… Qué especial es este sombrero, que con solo ponérmelo por un momento me hace sentir como una muchacha del muelle.
—Le queda mejor que a mí, así que quédese con él.
—Qué tontería. ¿Qué dirán las señoritas si me ven con esto?
Con ese carácter, ya se encargará de vengarse, ya sea destrozándome o dejándome secar al sol. Inés se encogió de hombros, como si realmente no le importara. Cayetana soltó una risita y le devolvió el sombrero, colocándolo sobre su cabeza con gesto afectuoso. Los murmullos dispersos de la corte cesaron, y todas las miradas se volvieron hacia ellas.
—Bueno, a tu edad, todo te queda hermoso. Pero eso de llevar cualquier cosa con dignidad… es un talento innato.
—Otra vez intenta que no alce la vista, ¿verdad?
—¿No será que saliste a tu madre? Olga también tenía un gusto excepcional. Claro, aún tiene buen ojo, pero ahora es demasiado refinada… ya no tiene esa gracia de antes.
—¿Y a quién más iba a heredar Duquesa Valeztena su elegancia, si no es a su única hija?
Marquesa Yálgaba, que había estado observando a Cayetana e Inés con falsa satisfacción, aprovechó para halagar a esta última con oportuna astucia.
Ella había reconocido las joyas que Kassel le regaló a Inés, pero, para esta, la verdadera joya era la propia marquesa. No podía permitirse romper la lealtad visceral que la marquesa profesaba a Cayetana, pero si lograba arrastrar a su hija —tan ansiosa por hundirse en su sombra— y convertirla en aliada…
En la memoria de la corte quedaría, como ahora, la imagen de la marquesa y ella compartiendo una falsa camaradería. Y en sus oídos, el eco de las palabras que la hija de la marquesa repetiría como un loro, sembradas en su cabeza.
Al final, todos creerían que esas palabras eran voluntad propia de la marquesa… y una grieta en el círculo de Cayetana.
—Hoy la marquesa parece especialmente cariñosa conmigo.
Si hubiera torcido un poco más el gesto, sus palabras habrían sonado a burla ("¿Quién te crees para atreverte?") o a advertencia ("No cruces la línea"). Pero Inés se limitó a reír, en un equilibrio calculado. La marquesa vaciló, casi por instinto, antes de arreglar con fingida naturalidad una de las trenzas laterales de Inés.
—¿Cómo no serlo con alguien tan exquisita? Solo digo lo que veo: que es usted hermosa.
Por mucho que le repugnaran estas personas, su odio no tenía nada que ver con Óscar. Incluso sumándolo todo, no era nada comparado con la vida que esas manchas sucias le habían arrebatado.
Necesitaba que sus palabras tuvieran más pies que corrieran por sí solos. Más credibilidad e influencia que cuando era princesa consorte. Algo que, aunque ella lo moviera como un hilo, todos creyeran espontáneo. Así, cuando Óscar intentara arrastrarla al fango o inventara excusas absurdas, quedaría claro que solo eran disparates de un loco.
Y también, lo ajenos que eran ese maldito perro y ella.
—Ya que hablamos de belleza… ¿qué opina de Dolores?
Inés lanzó la pregunta al aire, notando de reojo la mirada fija de una de las damas de la Emperatriz entre las sirvientas.
—Hoy, como siempre, por la misma razón de siempre.
—Pero hoy es un día especial, ¿no?
—Si puedes sacarla de sus aposentos, hazlo. Al principio era un capricho intolerable, pero ahora es directamente vergonzoso. Ni siquiera da risa.
—Son solo rumores… Es muy tímida, ¿sabe? Hay que entender que le cueste enfrentarse a la gente.
—Marquesa Yálgaba defendió con dulzura a Dolores, la "tímida".
Aunque el compromiso entre Dolores y Miguel no había avanzado en lo más mínimo, los rumores ya revoloteaban por Mendoza como si su matrimonio fuera un hecho consumado.
Si Miguel se enterara, no lo soportaría. A Inés le hervía la sangre al pensar en esa charla sobre "vergüenza" y "dignidad", como si ellos tuvieran derecho a juzgar. Pero incluso a ella le extrañaba la magnitud que habían tomado los rumores. Sabía que el origen estaba en el bando de Cayetana, pero en su vida anterior, todo había quedado en un mero incidente pasajero. Una posibilidad remota, nada más.
Nunca imaginé que se convertiría en un problema tan prolongado. ¿Qué había cambiado? ¿La muerte de Viviana Castañar, más tardía que antes? ¿La diferencia de timing? Cayetana había esparcido rumores igualmente en el pasado, ya fuera por "proteger" a Dolores o porque Duque Escalante, su hermano, estaba siendo sometido a alguna prueba por el Emperador...
...¿Existió acaso esa "prueba" en mi vida pasada?
Más allá del campo de batalla donde el príncipe heredero, por pura estupidez, había empujado a Kassel Escalante... ¿había realmente esa presión del Emperador sobre la familia Escalante antes? Algo no encajaba. Incluso ahora, la situación de los Escalante era ultrasecreta, y en su vida como princesa consorte, Cayetana había controlado tanto el flujo de información que Inés jamás habría podido conocer los detalles. No tengo pruebas para afirmar si "antes" y "ahora" son iguales o diferentes.
Pero entonces, Inés observó con extrañeza la misma tensión en el rostro de Cayetana que había visto en el duque de Escalante. La Emperatriz tampoco está tranquila por lo de los Escalante...
...¿Acaso sospecha incluso de su propio hermano, ese tío que tanto le ha dedicado?
El pensamiento le heló la sangre. De pronto, visualizó con claridad el rostro de Óscar, y en ese instante de distracción—
—Al menos ya cedió un poco. Es un alivio. No es como si la estuvieran vendiendo a un viejo, pero Dolores siempre exagera. Aunque ahora hasta ella acepta que el matrimonio ocurrirá. Es cuestión de tiempo.
—¿Quiere decir que Dolores... ha aceptado la propuesta?
—Sí. Por fin quebraron su terquedad. Si tuviera tu temperamento sereno, habríamos ahorrado mucho tiempo.
—...Pero Miguel sigue en una situación delicada. No es solo culpa de Dolores el retraso.
Mientras respondía con calma, Inés vio a Alicia entrar apresuradamente. Sus miradas se encontraron. ¿Se coló sin invitación, o la invitaron a propósito para humillarla? En cualquier caso, que Alicia apareciera ahí ahora... no era buena señal para ella misma.
—Me da lástima escucharlo... Iré a hablar con Dolores.
Y para mí tampoco. Con naturalidad teatral, Inés se levantó, cedió su lugar a la princesa y se excusó. No tenía por qué ser herramienta del desdén predecible de Cayetana ni de la sumisión fanática de Alicia. Solo serías material para el melodrama perruno que Óscar tanto anhela.
Y entonces...
—La acompaño, Señora Escalante.
—...Gracias, Regina.
La mirada que la había estado observando entre las sirvientas se acercó. Inés pasó junto a Alicia, inmóvil como un poste, hizo una reverencia y salió del pabellón hacia su carruaje. Regina subió tras ella, y justo cuando la puerta se cerró—
—¿Fuiste tú?
La voz de Inés gélida, el rostro transformado. Regina sonrió, fingiendo inocencia.
—¿De qué habla, señora?
—Pregunto si fuiste tú quien quebró a Dolores innecesariamente.
—......
—En vez de hacer el trabajo que te di, te entrometes. ¿Por qué?
—......
—Tengo curiosidad, Regina.
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