MAAQDM 117






Mi Amado, A Quien Deseo Matar 117




—No nos centremos en la situación, sino en los detalles del entorno.


El doctor, percibiendo su respiración agitada, intentó distraerlo con calma.


—¿Ves alguna pista sobre el lugar?


Edwin negó con la cabeza. La cama cubierta con una sábana blanca era tan ordinaria que no ofrecía ninguna particularidad. Quiso volver la mirada hacia otro lado, pero su cuerpo no le obedecía. Solo estaba reviviendo un recuerdo; era lógico.

Lo único que captaban sus ojos eran tres bolsas atadas y exhibidas con descaro sobre la cama. Por el contenido, dedujo que eran condones usados.

Tres eyaculaciones. Las huellas de un acto prolongado se reflejaban también en el rostro de Giselle, que se balanceaba al ritmo de los empujones. Sus ojos azules, vidriosos y sin enfoque, parecían a punto de desbordarse en lágrimas al menor contacto. Su expresión estaba ausente, como si su mente hubiera desertado.


—Ah, ah, huuu…


Giselle, perdida en un vaivén mecánico, comenzó a gemir y fruncir el rostro. Su semblante, antes vacío, se nubló de placer en un instante. Ver a aquella criatura transformarse en una adulta que gritaba ebria de placer era más tortuoso que cualquier sufrimiento que él hubiera padecido.

El lugar. Encuentra el lugar.

Escudriñó cada detalle visible en busca de una pista, pero su búsqueda se interrumpió una y otra vez. El recuerdo de su propio placer en aquel momento resurgía una y otra vez. El gozo que le provocaba la chica que él había criado no era más que agonía para Edwin.



Crsak, crak, crak.



—Ahk, ah, aah, nngh, h-hng…


En su memoria, su yo de entonces, enloquecido por el placer carnal que le provocaba la vagina apretada, comenzó a empujar con más fuerza. Tanto como el Edwin actual sufría, la Giselle del recuerdo también lo hacía.


—N-no… gh, basta… quiero parar.


En su memoria, su mano atrapó la muñeca delicada de Giselle, que forcejeaba para escapar del hombre que la violaba, y entrelazó sus dedos a la fuerza. Su pequeño cuerpo, inmovilizado, se sacudía inútilmente.


—Hk, para… ahh, hh…


Cada embestida brutal entre sus piernas arrancaba sollozos desgarradores de sus labios hinchados y rojos. La cadera despiadada no parecía detenerse hasta que los llomos se volvieron incontrolables, solo entonces cesó.


—Cariño, si lloras así, ¿cómo crees que se siente Ajussi? Deberías sonreír… por él.


Su propia voz pronunciaba palabras repugnantes. Las manos de Edwin, apoyadas en los brazos del sillón, se apretaron hasta blanquear los nudillos.


—Giselle lloró. La violé. Un hijodeputa como yo debería morir.


No. Giselle sonrió. Hice el amor con Giselle. Disfrutamos mucho. Si a ella le gustó, a mí también.

Quizás porque era el demonio que habitaba en su interior, también entendía sus pensamientos a la perfección. Edwin solo deseaba una cosa: matar al hombre que había violado a Giselle.


—¿Eh? ¿Y si ahora mismo le muestro este recuerdo a tu Ajussi? ¿Qué crees que pensará?


Giselle dejó de llorar de golpe y lo miró fijamente, los ojos empapados de lágrimas. Un instante después, sus pupilas se dilataron, como si de pronto hubiera cruzado miradas con el propio Edwin, que ahora observaba aquel recuerdo.


—Así que, por el bien de tu Ajussi… diviértete.

—…¿No prometiste que no le dirías?


Parecía que le había jurado no revelarle ese recuerdo a Edwin. Las lágrimas brotaron de sus grandes ojos y se desbordaron en un instante.


—Ajussi… snif… Lo siento mucho…


No, Giselle. ¿Por qué te disculpas? Yo soy quien debería pedirte perdón.

Cuando Giselle se quebró en llanto y le pidió perdón, una lágrima escapó por entre los párpados fuertemente cerrados de Edwin y resbaló por su mejilla. En el momento en que la gota, suspendida en su mentón, cayó al suelo con un clic, Edwin abrió los ojos de golpe. El doctor Galloway lo estaba sacudiendo del hombro para despertarlo.


—Lo desperté porque no respondía al llamarlo. ¿No logró ver el lugar?


Edwin se secó la mejilla y negó con la cabeza. Solo ahora, liberado de aquel sufrimiento, recuperaba el razonamiento. Esto no es un recuerdo que yo haya encontrado por mí mismo, le susurró su instinto. Ese demonio sabía que yo luchaba por recuperar mis memorias bajo hipnosis, y me devolvió esta solo para burlarse.

El doctor observó en silencio el puño tembloroso de Edwin, escuchó sus conjeturas y luego extendió la mano hacia la mesilla que separaba a ambos.


—Probemos un enfoque distinto.


Abrió una caja que había estado allí todo el tiempo. Dentro guardaba objetos relacionados con el caso. El médico sacó una pieza de ajedrez blanca y se la entregó a Edwin.


—Colocaste este alfil frente al refugio. ¿Qué hiciste después? Usemos esa pregunta como guía esta vez.


Edwin apretó el alfil blanco, marcado por las burlas del demonio, lo miró con rencor y, asintiendo al doctor, cerró los ojos de nuevo.


—Bien. Inspire lento, profundo… muy profundo.


El doctor debió notar su agitación emocional, porque esta vez se tomó más tiempo para ayudarlo a relajarse.


—Cuando cuente tres, nada de lo que vea lo perturbará. Por más trampas que ese demonio prepare, usted no caerá. Nada lastimará a Giselle… y por tanto, tampoco a usted.


Mentira.


—Uno. Inspire hondo.


Una mentira en la que quiero creer.


—Dos. Al exhalar, libere la rabia, la tristeza… toda emoción. Más… más… más lento. Y tres. Ahora, vacío de sentimientos, ya no experimentará nada.


El doctor era un mentiroso excelente.


—Abramos una puerta especial y salgamos.


Esta vez, vio una puerta. No… no era una puerta. Era más bien…

¿Una escotilla?

Una escotilla redonda, como las de un submarino o un tanque, apareció sellada bajo sus pies. No era la misma puerta de antes. Precisamente por estar tan seguro de ello, Edwin intuyó que era la respuesta correcta y, sin dudar, abrió de un tirón la pesada compuerta.




Crak. Thud.




Al descender por la escalera de acero que surgió al abrirse, se adentró en una oscuridad impenetrable donde algo aguardaba.

Si esto es la escotilla de un submarino, entonces es el peor diseño de la historia. El interior estaba inundado. Aunque no veía el agua, ni la sentía húmeda, ni le faltaba el aire, Edwin solo podía comparar aquella sustancia que lo envolvía como un gas con el líquido más obvio.


—…¿Ha salido ya de la puerta?


La voz del doctor sonó lejana y distorsionada, como si la escuchara bajo el agua con la cabeza sumergida. Edwin asintió en el exterior, pero en su mente soltó el pasamanos. Su cuerpo no cayó; flotó lentamente en el vacío.


—El alfil que sostiene aparecerá ahora frente a usted.


Así fue. Pero la pieza, a diferencia de la que empuñaba, era tan alta como él.


—Siga al alfil. Colóquelo frente a la cabaña y regrese a aquel día.


En ese instante, como en los dibujos animados que Giselle veía de niña, una pierna blanca y rechoncha emergió del enorme alfil. Simultáneamente, los pies de Edwin, que flotaban en el aire, tocaron una superficie sólida.

Caminó tambaleante tras el alfil. La pieza blanca brillaba con luz propia en la oscuridad absoluta, pero su resplandor se debilitaba. No era que perdiera luminosidad, sino que el entorno se aclaraba. Aunque aquella penumbra azulada distaba mucho de ser reconfortante.

Justo cuando pensó que se parecía al crepúsculo tras la puesta de sol, el aire a su alrededor cambió. Sopló una brisa fría. Con olor a otoño.

Edwin detuvo los pies sin darse cuenta. El alfil gigante comenzó a encogerse. Intentó correr tras él, pero sus piernas no respondieron.

Mientras, la pieza se alejaba hasta reducirse al tamaño de la que sostenía. Sus absurdos pies desaparecieron, pero seguía moviéndose porque ahora estaba en otra mano. Una mano que lo depositó sobre lo que parecía un felpudo de entrada.

Edwin había alcanzado el recuerdo: el momento en que él mismo dejó el alfil frente a la cabaña.

Más tarde, corrió agitado para dejar un mensaje a los "sabuesos del Duque" antes de girarse hacia su coche. Al subir al asiento del conductor, encontró la mirada furiosa de "la mascota del Duque", esposada a la puerta, con lágrimas de rabia en los ojos.


—¿Querrías que muriera, Ajussi? ¿Por qué huir? Eh, sanguijuela… ¿no deberías pagarme por criarte?


Las sugestiones del doctor surtieron efecto. Ni siquiera esas palabras lograron alterar su concentración. El recuerdo continuó: conduciendo por una carretera que se oscurecía rápidamente.

En el horizonte rojo sangre, el perfil familiar de la ciudad comenzó a alzarse, deslumbrante. Al cambiar de carril para salir de la autopista, leyó en voz alta un cartel que pasó de largo:


—Richmond. Centro.

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