INTENTA ROGAR 170
Volumen VII - EXTRAS : El sabor del chocolate (2)
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Al parecer, en algún momento se quedó realmente dormida.
Cuando abrió los ojos, la luz azulada del amanecer teñÃa los rostros de quienes yacÃan en la misma cama.
Grace sintió alivio.
Confirmó que era el rostro dormido del hombre, no el de Ellie.
Por un instante, quedó sumida en la melancólica inseguridad de si todo lo ocurrido la noche anterior no habrÃa sido simplemente un sueño.
Los últimos tres meses habÃan sido un tiempo en que la familiaridad le despertaba miedo.
No sabÃa hacia dónde se desviaban sus sentimientos por él, y aun asÃ, deseaba que al menos su cuerpo permaneciera siempre atado a su lado.
Nunca habÃa dejado de sentir el vacÃo del espacio junto a ella en la cama, donde él jamás se habÃa recostado.
Ahora que por fin él habÃa vuelto a ocupar ese lugar, Grace lo contempló en silencio y exhaló un suspiro cargado de satisfacción.
Todo habÃa vuelto a su sitio.
A partir de ahora, allá donde sea, el lugar a su lado le pertenece a él.
Era una mañana perfecta, como hacÃa mucho no tenÃa.
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—Ellie.
—¿Mmm?
La niña, sentada sobre las rodillas de su padre y balanceando los pies, alzó la cabeza.
El hombre besó su redonda frente y preguntó:
—¿No lloraste porque me extrañabas?
—No lloré.
—¿Y por qué no lloraste?
—Porque tú dijiste que no llorara.
—Eso es. Mi niña… qué lista eres.
Le dolió un poco que dijera que no habÃa llorado.
Pero como habÃa sido él mismo quien le pidió que no lo hiciera, no podÃa quejarse de ello.
Sentada al otro lado de la mesa de café, hojeando una revista, Grace se mordió los labios tratando de contener la risa.
Ese hombre capaz de derrumbar reinos, no podÃa con una niña de 3 años.
—¿Y qué te parece este?
preguntó Ellie, alzando una pequeña concha desde su cubo y mostrándosela a su padre.
—Una espiral con proporciones doradas perfectas. Esto es una obra de arte, deberÃa estar expuesta en una galerÃa.
—Jeje, esta también es para ti, papá.
Aunque no entendÃa ni una palabra de lo que él decÃa, Ellie sonrió, muy orgullosa de sà misma.
—Gracias.
Apenas terminaron el desayuno, Ellie fue corriendo a buscar los corales y conchas que habÃa estado reuniendo como regalos para su papá, se los fue entregando uno por uno.
Si la reacción de Leon era tibia o si repetÃa la misma respuesta, Ellie se desanimaba de inmediato.
Él, acostumbrado a la alta sociedad y con elocuencia para regalar, no tenÃa problema en improvisar elogios distintos cada vez.
Pero ya llevaban dos horas en ese juego, hasta Leon empezaba a alcanzar su lÃmite.
—Ellie.
—¿Mmm?
—¿Y el regalo que papá te dio? ¿Lo tienes todavÃa?
—¿El malvavisco?
Por suerte, desviar la atención de la niña no fue difÃcil.
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Ya por la tarde, sentada junto a la mesa del té, Grace no pudo contener la risa.
Sobre la mesa estaba el pastel que más amaba en el mundo.
Era un pastel de almendras que, al dejar su paÃs, habÃa creÃdo que no volverÃa a probar jamás.
Pensó que él insistirÃa con descaro en que la revolución era su regalo… pero no.
HabÃa regresado con un verdadero obsequio, uno que compensaba los tres meses de ausencia.
Se preguntó cuánto le habrÃa costado comprarle la receta del pastel de almendras a Madame Benoît.
Aunque, claro, seguramente él ni siquiera se habrÃa molestado en pensar en ello, y fue precisamente por eso que Grace decidió dejar de pensarlo también.
—Tiene exactamente el mismo sabor. Si está rico, ya está. Eso basta.
—¿Dónde está mi papá?
preguntó Ellie, al ver que frente a la mesa estaba el papá de Benny, pero no el suyo.
—Tu papá dijo que tenÃa trabajo.
La verdad, Grace no sabÃa qué estaba haciendo él en ese momento.
Pero se habÃa dado cuenta, incluso antes de que pasara un dÃa desde su regreso:
Leon estaba evitando a Joe.
Desayunaron temprano los tres, cada uno por su lado.
Para el almuerzo, él se llevó a la niña a montar a caballo y comieron fuera.
Y aun asÃ, se las arregló para invitar solo a Grace después, por separado.
De verdad, qué desfachatez.
Ese hombre, que siempre actuaba con seguridad incluso en casas ajenas, ¿cómo podÃa estar evitando a alguien en su propia casa? Era difÃcil de creer, aunque lo estuviera viendo con sus propios ojos.
DebÃan haber estado bastante tensos últimamente.
Claro, incluso cuando las dos familias se conocieron por primera vez en la casa de huéspedes, ya parecÃan incómodos.
Pero no era miedo lo que lo hacÃa esquivar a Joe.
Era evidente: cuando Grace no estaba, Leon trataba a Joe con la franqueza habitual de su carácter, pero ahora que ella lo observaba, ya no podÃa hacerlo.
Y si no estaba dispuesto a cambiar su carácter, entonces lo más sencillo era evitar las situaciones que lo obligaran a hacerlo.
Por favor…
La verdad, desde el principio, era evidente que ese hombre y Joe nunca podrÃan llevarse bien.
Grace tampoco tenÃa intención de alentarlos a que se entendieran.
—Grace, gracias por las entradas para el cine de ayer.
dijo Martha cuando la hora del té ya casi llegaba a su fin.
Aunque no habÃa sido ella quien las habÃa dado, Grace no vio necesario aclararlo, asà que simplemente sonrió con naturalidad, como si no fuera nada.
—Aunque me preguntaba por qué, de repente, nos animaban a ir al cine…
Martha echó una mirada rápida a los niños que jugaban en el jardÃn, luego le guiñó un ojo a Grace.
El rostro de Grace se encendió de inmediato.
—Volvimos tarde y me llevé un buen susto al encontrar al Conde parado justo frente a la puerta del primer piso.
Leon ya no ostentaba ningún tÃtulo, pero Martha seguÃa llamándolo “conde”.
ParecÃa no saber cómo referirse a él de otro modo.
—TenÃas razón. No estaba muerto.
Cuando Martha se disculpó con una risa incómoda, fue Grace quien terminó sintiéndose más apenada.
—Solo fue él… que decidió engañar a todos, como siempre.
—De cualquier forma, me alegro mucho por ustedes.
—Gracias.
—Pero dime… ¿y la boda?
—¿Eh?
Grace no habÃa mencionado nada sobre planes de casarse, asà que la pregunta la tomó por sorpresa.
—Están comprometidos, ¿no?
dijo Martha, señalando el gran anillo de diamantes en el dedo de Grace.
—Entonces también deberÃa haber una boda, ¿no crees?
—Estaba pensando en hacer algo sencillo, solo los dos.
—¿Por qué? ¿Porque solo tienes familia de tu lado y te parece incómodo? Aunque… una boda sin invitados… ¿no serÃa algo triste?
Al final, toda la conversación acabó centrada por completo en el tema de la boda.
Justo cuando Grace le estaba preguntando a Martha cómo se preparaba una ceremonia, Joe, que habÃa estado sentado en silencio, se levantó de repente.
—Yo me voy ya.
dijo, y se marchó.
Grace, absorta en su charla con Martha, se dio cuenta demasiado tarde de que tal vez era un tema que Joe no querÃa oÃr.
Con el corazón encogido, observó la espalda de su hermano alejándose, cuando Martha agitó la mano delante de su campo de visión, como si quisiera borrarla.
—No te preocupes por Joe. Salió un rato esta mañana y volvió de mal humor. No tiene nada que ver contigo.
Martha insistÃa en negarlo, pero Grace sabÃa reconocer una mentira piadosa cuando la oÃa.
No era necesario que Leon y Joe se llevaran bien.
Pero le dolÃa pensar que, por culpa de ese hombre, la relación con su único hermano pudiera resquebrajarse.
Aun asÃ, Martha, percibiendo la incomodidad de Grace, trató de cambiar el ambiente.
—Por cierto, anoche Ellie estaba a punto de quedarse dormida, pero en cuanto oyó la voz de su papá, abrió los ojos de par en par. ImagÃnate cuánto lo habrÃa echado de menos…
Martha observaba esa relación tan peculiar con una tolerancia que resultaba casi asombrosa.
—Debe estar feliz de tener a su papá de vuelta.
Era evidente para todos en la casa, desde el personal hasta los huéspedes, que Ellie estaba hoy más emocionada que de costumbre.
Y con razón.
—¡Mi papá sabe montar un caballo asà de grande!
exclamaba Ellie con orgullo, como si llevara mucho tiempo esperando poder presumir ante su primo.
Quizás, habÃa sentido envidia de Benny, que siempre tenÃa a su padre cerca.
Y ahora que por fin tenÃa a su propio papá junto a ella, las palabras brotaban sin freno.
—Y además… mi papá es guapo.
—El mÃo también.
respondió Benny.
—¡No, el mÃo más!
protestó Ellie con vehemencia.
Joe habÃa heredado la belleza de su madre.
Pero Ellie, que habÃa convertido a su papá en el estándar absoluto de lo que significaba ser guapo, parecÃa pensar que cualquiera que no llegara a ese nivel era automáticamente feo.
—Mi papá es el más bonito de todos.
—Ellie.
intervino Grace, incapaz de seguir escuchando.
—No se dice “guapo” asÃ. A los papás no se les dice “bonitos”, se dice que son atractivos.
Tardó un poco en entender por qué Martha de repente contenÃa la risa.
Y cuando lo comprendió, sus mejillas se tiñeron de rojo en un instante.
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Por la ventana, completamente abierta, comenzaron a colarse las risas de los niños.
Leon dejó a un lado el informe financiero que tenÃa entre manos y se acercó al ventanal.
No le costó nada encontrar dónde estaba Ellie. Solo tenÃa que localizar a las niñeras y criadas alineadas en fila.
No muy lejos del despacho, habÃa un cenador cubierto de enredaderas de glicina.
Desde la fresca sombra que ofrecÃa, se podÃa ver claramente a tres niños correteando por un tablero de ajedrez gigante.
¿A qué estarÃan jugando?
Ellie colgaba de la reina, una pieza del tamaño de su propio cuerpo.
Como aún no sabÃa jugar al ajedrez, seguramente la veÃa como un caballito de parque.
El entrecejo de Leon se frunció con fuerza.
¿De verdad dejaban que una niña jugara de forma tan brusca con los niños?
¿Acaso a Grace no le preocupaba que su hija se comportara como un niño?
Claro. Pensándolo bien, la Grace que él habÃa conocido al principio seguramente no veÃa nada malo en eso.
Y hasta el dÃa de hoy, seguÃa siendo una mujer de carácter fuerte.
Leon no querÃa que su princesa creciera siendo una marimacho que trepaba árboles con una falda puesta.
No fuera a acabar, como su madre, cayendo en los brazos de algún desquiciado.
Ya era hora de enseñarle pasatiempos y juegos dignos de una señorita de familia noble.
¿Con qué deberÃa empezar? ¿Piano? ¿Ballet?
Eso podÃa dejarse en manos de una institutriz.
Mientras observaba a Ellie saltar solo sobre las casillas blancas del tablero gigante, Leon pensó en algo mejor.
Con tres años, ya era momento de enseñarle ajedrez.
Él mismo habÃa aprendido de su padre a esa edad.
Ellie era lista, igual que él, asà que aprenderÃa rápido.
Quizás, incluso, más rápido de lo que él lo habÃa hecho.
Quizá incluso llegarÃa a ganarle algún dÃa.
Leon cerró la ventana con una sonrisa, cortando sin vacilar los sonidos del exterior, giró hacia su escritorio.
Allà dentro, todo era seguro.
Era un lugar donde podÃa apartar los ojos de su hija sin preocuparse.
Justo cuando terminaba de revisar el informe financiero de la firma de inversiones y estaba por pasar al presupuesto y los gastos del palacete, la puerta se abrió de golpe.
Fue Grace.
—Ah, aquà estabas. No lo sabÃa.
Como si realmente no supiera que él estaba allÃ.
Ni siquiera se molestó en fingir que habÃa tocado. Como si simplemente se hubieran cruzado por casualidad… en una mansión enorme.
Grace, quizás algo avergonzada, tarareó por lo bajo mientras caminaba hasta la ventana, manteniéndose bien lejos de él.
Leon la observó de reojo y mordió con fuerza el labio inferior.
Era para aguantarse la risa.
Si querÃa estar cerca de él, bien podrÃa decirlo sin rodeos.
¿Para qué tanto disimulo?
Grace se sentó en el sillón junto a la ventana y abrió un periódico del aparador lateral.
Pero Leon sabÃa que su mente no estaba reteniendo ni una palabra de lo que leÃa.
Pensó en empezar una conversación bromeando sobre alguna de las noticias del reverso del diario, pero descartó la idea.
Optó por un tema más propio de un "buen esposo".
—¿Recibiste el itinerario de compras del asistente?
—SÃ, lo recibÃ.
Al oÃr una respuesta tan desganada, Leon se convenció aún más de que habÃa hecho bien en intervenir personalmente.
Si dejaba que Grace eligiera por su cuenta a la diseñadora del vestido de novia, seguro acabarÃa escogiendo a alguien sin talento, solo porque cobraba poco, luego pensarÃa que habÃa hecho una gran elección.
Por eso le pidió a su asistente que hiciera una reserva en una boutique de alta costura en una ciudad cercana.
Una de verdad.
La definición de "caro" para Grace quedaba bastante clara si uno revisaba los gastos del palacete durante el tiempo que ella los habÃa supervisado.
A todas luces, trataba de recortar costes donde podÃa, una costumbre demasiado arraigada en ella como para abandonar fácilmente.
Y eso que muchos de esos recortes ni siquiera podÃan considerarse "lujos".
—Grace, quiero hablar contigo un momento.
A diferencia del vestido de novia —un gasto puntual—, las finanzas eran un tema que enfrentarÃan constantemente, asà que Leon decidió abordarlo directamente.
Pero Grace no entendÃa a qué venÃa todo eso.
—Es natural que un noble gaste dinero para mantener la dignidad de su posición.
—Pero ya no eres una noble.
replicó él, tranquilo.
—¿De qué estás hablando? ¿Cómo que no soy noble?
—Claro que no. Ya no existe el reino, ni el sistema de clases. El tÃtulo de conde desapareció, con él, la nobleza.
Fue entonces cuando Leon se dio cuenta.
Incluso la idea misma de qué era un “noble” era completamente distinta para cada uno.
—La verdad.
añadió ella, frunciendo el ceño.
—Pensé que en algún reino perdido por ahà habrÃas comprado un tÃtulo de nobleza.
Que dijera eso con tal naturalidad, como si no fuera nada, lo dejó sin palabras.
Casi tanto como cuando ella insistÃa en que él no era noble.
—¿Yo? ¿Comprar un tÃtulo? Eso es algo que hacen los impostores.
respondió Leon, casi ofendido.
Para alguien como él, que de verdad habÃa nacido noble, comprar un tÃtulo era una afrenta.
—La nobleza se define por la sangre. Yo nacà con sangre noble. Eso no va a cambiar ni siquiera el dÃa que muera.
El entrecejo de Grace se frunció con más fuerza.
—¿En qué mundo existe la sangre noble? Si eso es cierto, entonces también debe haber sangre “baja” con la que nacen algunas personas.
—Lo siento, Grace. No creo en ideales como la igualdad.
—¿Asà que me ves a mà de la misma manera? ¿Crees que tú y yo nunca seremos iguales?
—Eso es obvio.
—.......
—Tú eres mi diosa. Y los dioses nunca pueden ser iguales a los humanos.
Grace soltó una risa suave.
—Tienes una manera encantadora de hablar.
—También soy bueno besando.
—Y hablando bien.
Esta vez, Leon no pudo contener la risa.
—Grace......
Dejó el informe de gastos a un lado y tomó la mano de Grace. La tiró suavemente hacia él, pero ella no se acercó.
No era extraño que Grace se sintiera incómoda con su forma de pensar. Ahora, después de Jonathan Riddell Jr., habÃa algo más que Leon debÃa tener cuidado de no mencionar frente a ella.
—Tú puedes vivir como creas. Yo viviré como yo quiera. Yo creo en el dinero, no en esos ideales abstractos.
Aunque no hubiera un rey visible, eso no hacÃa que este fuera un mundo igualitario.
Este es un mundo en el que el dinero es poder. El tÃtulo de rey es solo una etiqueta que se le da al que tiene más poder, al que posee más dinero.
Leon deslizó la punta de su dedo por el costado del grueso informe. Aquà estaban los detalles sobre los miembros del gobierno, los negocios, sus estados financieros y sus debilidades.
No pasarÃa mucho tiempo antes de que él mismo se convirtiera en el rey invisible de esta tierra.
Pero eso no era algo por lo que tuviera que ponerse de acuerdo con Grace.
—Mi punto es......
comenzó Leon, volviendo a lo que importaba.
Leon volvió al tema principal.
— Al menos, lo que yo he disfrutado, quiero que lo disfruten mi esposa y mi hija. Eso no lo voy a ceder.
—... Sabes cómo hablar.
— También sé cómo besar.
Al tirar de su mano, Grace, que habÃa estado resistiéndose, finalmente se acercó y se sentó en su regazo. Leon la besó, poniendo fin a la discusión del dÃa con un beso suave.
Grace, que habÃa vivido toda su vida como una simple plebeya, no entendÃa su forma de pensar. Y Leon, que solo habÃa conocido la vida de un aristócrata rico, tampoco entendÃa la suya.
En otros asuntos, tal vez habrÃa espacio para concesiones y compromisos.
Pero cuando se trataba de dinero, él no iba a adaptarse al mundo de Grace. Ella tendrÃa que adaptarse al suyo, poco a poco.
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La boutique que él habÃa reservado estaba en el centro de una gran ciudad, a una hora en tren de allÃ. ¿Qué habrÃa dicho al hacer la reserva?
Apenas se bajaron del taxi, una diseñadora de aspecto mayor salió hasta la puerta para recibir a Grace y a Martha. Luego, las condujo a una lujosa sala privada y hasta les ofreció champagne caro.
Mientras bebÃan el champagne, la diseñadora presumió de la historia de la boutique y de qué celebridades vestÃan sus diseños. ParecÃa ser un lugar muy renombrado.
— Es un honor poder diseñar el vestido perfecto para el dÃa más importante de su vida.
Grace, que no estaba acostumbrada a recibir un trato tan formal, no dijo ni una palabra y solo sonrió tÃmidamente.
— ¿Entonces, antes de recomendarle el vestido perfecto, podrÃa preguntarle cuándo y dónde planea celebrar la boda?
— Eh......
En realidad, no habÃa nada decidido. Al compartir tÃmidamente lo que habÃa imaginado hasta ahora, la diseñadora, como una niña que sueña, juntó sus manos en admiración.
— ¡Oh, qué romántico!
A partir de ese momento, los asistentes comenzaron a entrar y salir, llevando percheros con vestidos colgados. Todos eran ligeros y hechos de telas delgadas, adecuados para diferentes momentos y lugares.
— ¿Qué tipo de ambiente le gustarÃa?
— Eh... Elegante, por favor......
— Excelente elección. La novia ya tiene una figura tan elegante, asà que enfatizaremos aún más esa belleza con un vestido de seda y recogiendo su cabello......
Grace probó los vestidos cuando se lo pedÃan y daba una vuelta como le indicaban. No estaba acostumbrada a este tipo de cosas, cada vez que le preguntaban si le gustaba, se sentÃa perdida y sin palabras.
Afortunadamente, la experimentada diseñadora supo interpretar rápidamente los gestos de Grace, reconociendo lo que le gustaba solo a través de sus expresiones. Cuando un vestido no le gustaba, lo dejaba y la diseñadora traÃa otros modelos nuevos.
Fue entonces cuando, después de ver tantos vestidos similares, apareció el vestido perfecto.
Era un vestido de seda, sin mangas, que se ceñÃa al cuerpo y resaltaba sus curvas.
Incluso para Grace, que no sabÃa mucho de moda, este vestido le parecÃa especialmente adecuado para ella.
— Vaya......
Martha, que observaba desde atrás, exclamó asombrada, la diseñadora sonrió complacida.
— ¿No parece que este vestido fue creado especialmente para la novia?
— SÃ, realmente le queda muy bien, pero......
La razón por la que Martha vacilaba al hablar probablemente sea la misma por la que Grace no podÃa decidirse por este vestido. Es un vestido de seda fina, ceñido al cuerpo y sin mangas. SentÃa que se encontraba entre la pureza de una novia y la sensualidad de una mujer fatal.
— Cuando su futuro esposo lo vea, quedará tan impresionado que no podrá articular palabra.
No, ese hombre intentará desnudarme de inmediato.
— Me gusta, pero parece alejado de lo que considerarÃa elegante.
No sé qué se pondrá él, pero sea lo que sea, seguro que estará elegante. QuerÃa verme tan elegante como Grace.
— ¿Qué tal este?
La diseñadora le colocó algo sobre los hombros.
La experta, con su gran experiencia, lo hizo diferente. Con una delicada capa de encaje hasta los codos, el vestido audaz y provocativo se volvió elegante. Luego, con un cinturón dorado y un broche, Grace no pudo evitar responder como hipnotizada.
— Lo tomaré.
Pensó que todo habÃa terminado al elegir el vestido, pero no era asÃ. Ahora tenÃa que escoger desde el velo hasta los zapatos, guantes, adornos para el cabello e incluso la lencerÃa que usarÃa debajo.
Mientras esperaba, Grace no podÃa dejar de mirarse al espejo. Martha, que se habÃa estado maravillando de lo hermosa que era, volteó un poco el vestido para ver el interior y murmuró:
— ¿Cuánto costará esto?
No esperaba que hubiera una etiqueta de precio.
Grace, alejándose un poco de ella, observó a la asistente femenina que hablaba con el diseñador, de alguna forma escuchó la palabra "presupuesto". Supuso que hablarÃan del precio del vestido más caro.
Intentó no preocuparse por el precio, pero ver al diseñador tan emocionado, incluso recomendándole flores para el ramo, hizo que se preguntara.
¿Cuánto habrá prometido gastar ese hombre?
En el tren de regreso a la mansión, Martha repasaba una por una las cosas que Grace necesitarÃa para su boda.
— ¿DeberÃamos pedir el ramo en una floristerÃa de la ciudad? No, los ricos probablemente lo pedirán en un lugar mejor.
— Yo pensaba recoger flores del jardÃn de la mansión para usar.
— ¿Qué dices? Es una boda única en la vida.
Martha estaba aún más emocionada que la propia novia. Cuanto más entusiasta se mostraba Martha por la boda, más culpable se sentÃa Grace.
Martha era huérfana. Además, después de que su hermano se uniera a los rebeldes, ella se casó con él, por lo que no pudo invitar a nadie y tuvo que hacer una ceremonia sencilla a solas con él. Grace, al comprender esa soledad, se sentÃa triste al saber que ella y ese hombre tendrÃan una ceremonia a solas.
No era tan generosa como Martha. En aquella época, Grace, inmersa en las ideologÃas de los rebeldes, sintió una gran traición por su hermano, que habÃa abandonado la causa y el ideal, y por ello no asistió a su boda, aunque la habÃa sido invitada. Ahora, al recordar esos momentos, se sentÃa verdaderamente arrepentida.
— Martha.
— ¿Hm?
— Ya que tanto tú como tu hermano están comenzando de nuevo con nuevos nombres, ¿Qué te parecerÃa celebrar una segunda boda como recuerdo?
Quizás porque en el fondo lo deseaba, su rostro se iluminó. Sin embargo, de alguna manera frunció el ceño y negó con la cabeza.
— Está bien. Es un lÃo, no quiero hacerlo más de una vez.
Mientras ayudaba gustosamente en los preparativos de la boda de Grace, Martha decÃa que no querÃa pasar por todo el proceso para su propia boda. Grace no podÃa entender por qué Martha renunciaba a lo que realmente querÃa hacer mientras decÃa cosas que no sentÃa.
Como tenÃa que encontrar una casa, Joe parecÃa haber decidido salir de la mansión tan pronto como León regresara. En cuanto tenÃa un momento libre, miraba los anuncios de los periódicos y salÃa a solas con Martha. Iban a ver casas.
Cuando regresó a la mansión, se encontró con Joe, que estaba vestido con un traje formal. No sabÃa si habÃa estado buscando trabajo o no.
— Fuimos de compras. ¿Y tú, cómo te fue afuera?
— Hmm.
Joe respondió al saludo de Martha de manera indiferente. ParecÃa que su atención estaba completamente absorbida por las muchas cajas y bolsas de compras que los sirvientes llevaban.
El rostro de Joe se oscureció visiblemente. ParecÃa que pensaba que todas esas cosas eran para la boda. En realidad, las habÃa comprado impulsivamente en un centro comercial después de haber bebido algo de champán, casi nada de lo que habÃa comprado era para la boda.
— Bueno, yo estoy cansado, asà que me voy a descansar.
— Joe.
Grace, al ver que su hermano la evitaba, lo detuvo.
— Déjame hablar contigo un momento.
Hizo que Joe se sentara en la sala de estar y luego, al regresar de su habitación, Grace llevaba una pequeña bolsa. Cuando se la dio, Joe la abrió, sus ojos se entrecerraron. Dentro de la bolsa estaba el diamante que su madre le habÃa dejado.
— Pensé que serÃa más significativo para ti que para mÃ.
Lo dijo de manera indirecta para no herir su orgullo, sugiriendo que podrÃa usarlo para ayudar a comprar la casa. Como esperaba, Joe negó con la cabeza y le devolvió la bolsa a Grace.
— No puedo aceptarlo.
— Entonces, te lo prestaré.
Pero él negó con la cabeza nuevamente.
— Grace, esto es el precio que tu madre pagó por ti. Si lo acepto, no puedo evitar sentir que estarÃa cometiendo el mismo pecado que ella.
Al escuchar eso, ya no pude insistir más. Aunque lo llamara "el precio del pecado", no culpaba ni a mi madre ni a Joe. Con el corazón pesado, observaba la pequeña bolsa sobre la mesa, cuando Jo suspiró profundamente y me llamó.
— Grace.
Su voz sonaba como si hubiera tomado una gran decisión.
— Solo te voy a preguntar una cosa. Después de hoy, no lo volveré a hacer nunca más. Jamás.
— ¿Qué pasa?
Con el largo preámbulo, ya imaginaba lo que iba a preguntar. Y mis suposiciones se confirmaron.
— ¿Cómo puedes amar a ese hombre?
— ¿Cómo?
Aunque la pregunta era predecible, no era fácil dar una respuesta.
— ¿Y tú por qué amas a Martha?
— Grace, sé que esto es algo que no se puede explicar con palabras. Pero tú y él son casos diferentes. ¿Cómo puedes amar a un hombre que te hizo eso? No lo entiendo.
Grace cerró la boca.
Los dÃas y noches que pasé con él. Al igual que las innumerables veces que pasé de estar en el cielo a estar en el infierno. Las palabras, que volaban como balas de una ametralladora. Las lágrimas que caÃan sin cesar y las sonrisas que, de vez en cuando, estallaban. La comprensión que llegó al final de los malentendidos. La compasión y el arrepentimiento que se arrastraron tras un odio que parecÃa no tener fin. Y la conexión que, al final, sentà por ese hombre tan ajeno a mÃ.
Todo eso pasó, arrasando como un fuego forestal. Si me preguntaran qué dejó esas cenizas, serÃa difÃcil dar una respuesta en una sola frase. Mientras Grace organizaba la larga respuesta, de repente sintió miedo. ¿Qué pasarÃa si todo esto se quedara como excusas y justificaciones, si él no llegara a entenderme?
Pensando en eso, se dio cuenta.
— ¿Por qué tengo que hacer que entiendas mis sentimientos?
El amor de los dos no necesitaba la aprobación de los demás.
— No estás equivocado, pero me preocupas. Cuanto más te miro, menos te reconozco. Siento que eres alguien diferente.
— Pero eres guapo.
— Ah…
Fue en ese momento cuando Joe pareció comprender.
— De todos modos, desde siempre, si hay un hombre guapo, no puedes concentrarte en nada más...
Eso era solo la razón que Joe conocÃa de la antigua Grace. No era el verdadero motivo por el que ella amaba a ese hombre.
Aunque hablara con toda sinceridad, sabÃa que Jo no lo entenderÃa. Asà que, le dio una respuesta fácil, algo que al menos él podrÃa comprender. Si decir algo tan ridÃculo lo ayudaba a encontrar algo de paz, entonces estaba bien.
Grace se rió frente a un Joe desconcertado. No estaba mal convertirse en una mujer patética. Al final, el amor mismo es algo patético.
— No lo sé. Asà que esto es lo que pasó...
Joe, después de despeinarse el cabello perfectamente peinado con pomada, lo desordenó y, una vez más, soltó un suspiro de incredulidad mientras preguntaba:
— Y entonces, ¿Eres feliz?
Grace asintió con la cabeza. Estos dÃas sin preocupaciones eran algo que nunca habÃa experimentado antes en su vida.
— Bueno, si eres feliz, eso es lo único que importa. Grace, solo quiero que sepas que, sin importar lo que elijas, siempre deseo que seas feliz.
— Lo sé. Gracias.
Él debió sentirse más incómodo por hacer esa pregunta incómoda. SabÃa que todo lo que hacÃa, tanto la preocupación como el cariño, nacÃa de su afecto.
Aunque Jo no estaba de acuerdo con la decisión de Grace, le ofreció su apoyo. Sin embargo, la antigua Grace no podÃa hacer lo mismo. Recordó cómo se sintió, avergonzada, cuando él traicionó a los rebeldes.
— Joe.
Grace llamó a su hermano, que ya se estaba marchando después de terminar la conversación.
— Martha quiere volver a hacer la boda. Esta vez, de verdad.
— Ah.....
En el rostro de Joe comenzó a aparecer una expresión de disculpa hacia Martha.
— Si algún dÃa volvemos a hacer la boda de Martha, esa vez definitivamente asistiré. Su vestido lo regalaré yo.
— Gracias.
Joe no salió de inmediato; se quedó parado frente a la puerta y, después de una breve vacilación, finalmente habló con dificultad.
— Martha y yo no estamos molestos por eso. Si no me invitaste a tu boda porque te sentÃas mal por no haber ido a la nuestra, entonces estaré encantado de asistir.
— ¿De verdad?
— Honestamente, no puedo gustar de ese hombre, pero aún asÃ, es la boda de mi única hermana, asà que intentaré comportarme.
Intentar comportarse. Los ojos de Grace se entrecerraron. ¿Acaso su hermano habÃa maltratado al hombre mientras ella no estaba?
Recordando cómo los ancianos de los rebeldes solÃan detestar a su hermano por hablar sin filtros, no parecÃa una suposición completamente errónea.
'La próxima vez, tendré que sacar detalles sobre cómo exactamente lo hizo sufrir'
Grace sonrió suavemente y negó con la cabeza.
— Está bien. Quiero que sea algo tranquilo, solo entre los dos.
— Bueno, si eso es lo que quieres.
Joe dio unos pasos hacia la puerta, luego pronunció una frase que nunca pensó que dirÃa.
— Felicidades por tu boda.
Grace, que se quedó sola, miró la pequeña bolsa sobre la mesa. Tendré que usar esto para algo más significativo.
Al regresar a su habitación y colocar el diamante en la caja fuerte del vestidor, Grace se detuvo. De repente, la imagen de su reflejo en el espejo le llamó la atención.
— Cuanto más te miro, menos parece la Grace que conocÃa.
Esas palabras, lejos de causarle un sentimiento de angustia, le trajeron una sensación de alivio.
La Grace que Joe conocÃa era la Grace del pasado. La Grace moldeada por las falsas normas de un mundo mentiroso. La falsa Grace.
La falsa Grace habÃa muerto.
Grace le preguntó a la verdadera que veÃa en el espejo:
¿Qué quieres ser ahora?
La Grace que una vez fue peón en su vida, ahora habÃa llegado al final del tablero de ajedrez. Finalmente, tenÃa la oportunidad de decidir por sà misma qué ser.
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Era tarde.
Las nubes flotando sobre el mar lejano ya se estaban tiñendo de un oscuro color marrón rojizo.
La única novia que se retrasarÃa en su propia boda serÃa Grace. Sin embargo, si la casa es más grande que muchos parques, ¿no serÃa injusto culparla completamente?
El vestido, tan largo que arrastraba por el suelo, también contribuyó al retraso. Grace levantó cuidadosamente el dobladillo del vestido con ambas manos para evitar pisarlo mientras bajaba las escaleras hacia la playa.
Fue al girar en la esquina, después de bajar las escaleras, cuando escuchó una voz.
— ¿Tienes que ir a atrapar a la novia que se escapa...?
La broma se detuvo de repente.
Grace levantó la vista, que hasta entonces habÃa estado fija en el suelo. Al final del camino, donde comenzaba la playa de arena, él estaba allÃ.
— ……
Intentó decir algo para justificar su retraso, pero al ver su figura, se quedó sin palabras. Su boca se cerró, sin siquiera poder emitir un suspiro.
Con el cuello de la camisa rÃgido y bien ajustado, un elegante lazo negro, la chaqueta que caÃa con gracia hacia atrás, el pantalón con lÃneas marcadas siguiendo la forma de sus piernas delgadas, los brillantes zapatos negros.
Aunque era verano, el sol del atardecer teñÃa todo con su cálido resplandor. Un hombre vestido con un traje negro de gala, de pie en la playa.
Aunque su apariencia clásica y formal no era apropiada para la playa, sorprendentemente combinaba a la perfección con el vestido de seda de Grace. No podÃa evitar reconocer que el frac le quedaba perfecto a aquel hombre que dominaba el entorno solo con estar allÃ.
Sin darse cuenta, Grace levantó nuevamente el dobladillo de su vestido, que habÃa dejado caer, y empezó a caminar. Por alguna razón, sus rodillas temblaban. En un camino plano, sin escaleras, ella dio cada paso con cuidado, acercándose a León.
La razón por la que León no podÃa hablar era la misma que la de Grace. La figura delicada, iluminada por la luz del atardecer, brillaba como una diosa envuelta en un halo.
A medida que la figura se volvÃa más nÃtida, León perdió aún más las palabras.
En su cabello castaño oscuro, recogido con esmero, brillaban discretamente unas flores de azahar del mismo tono que el ramo que llevaba en las manos. El velo, sujeto con adornos en forma de hojas doradas, ondeaba con la brisa marina, al igual que la capa de encaje que le cubrÃa los hombros. Cada vez que avanzaba un paso, el dobladillo del vestido de seda, ceñido al cuerpo, ondulaba con suavidad.
Leon respiró hondo. A medida que Grace se acercaba, paso a paso, un aroma elegante y embriagador —tan sensual como ella misma— se volvÃa más intenso. Si tuviera que definir a esa mujer con una fragancia, serÃa exactamente asÃ. Y ahora que solo un paso los separaba, sentÃa un vértigo tan abrumador como si fuera a desmayarse.
El viento sopló, haciendo que la seda se pegara al vientre que tal vez ya albergaba otro hijo suyo. Con ese porte deliciosamente provocador, Grace sonrojó sus mejillas como un durazno maduro y le dedicó una sonrisa tÃmida.
Una novia con el rostro de una diosa, de una dama… y de una hechicera.
Leon no sabÃa si debÃa sentir primero reverencia, amor… o deseo.
Fuera lo que fuera, su esposa era, sin lugar a dudas, deslumbrante.
—¿Leon?
El tono de duda en sus ojos verde azulados lo sacó de su trance, y él, con un segundo de retraso, alargó la mano.
No hubo fuegos artificiales, ni invitados, ni pétalos volando, ni palomas blancas alzando vuelo. En aquel altar sin muros ni techo, la única música que acompañaba la entrada de los novios era el romper de las olas deshaciéndose en espuma contra la arena.
Y, sin embargo, no podÃa faltar el oficiante. El pastor, traÃdo desde un pueblo lejano, esperó a que los novios se tomaran de las manos y se miraran de frente para declarar comenzada aquella ceremonia, tan lujosa como Ãntima.
Cuando les preguntó si deseaban aceptarse mutuamente como esposo y esposa, ambos se miraron en silencio durante un momento… pero sus respuestas no sorprendieron a nadie.
A simple vista, aquella boda entre amantes poco convencionales transcurrÃa como cualquier otra.
Hasta que llegó el momento de intercambiar los votos… y todo empezó a desviarse en una dirección inesperada.
Cuando se les pidió que hicieran sus votos, ninguno de los dos abrió la boca.
Se miraron largo rato, con los ojos teñidos del rojo profundo del atardecer, y de pronto estallaron en carcajadas al mismo tiempo.
El pastor, naturalmente, no pudo entender el significado oculto tras aquella risa.
—Leon.
Lo inesperado fue que quien rompió el silencio y comenzó con los votos no fue el novio, sino la novia. Pero lo realmente sorprendente aún estaba por llegar.
—¿Recuerdas cuando dijiste que deseabas quedarte clavado en mà como un clavo, para no salir nunca?
El pastor, que esperaba con paciencia las palabras previsibles —esas promesas solemnes de amarse y honrarse en toda adversidad hasta que la muerte los separe—, se quedó completamente desconcertado.
Grace alzó su dedo meñique izquierdo sin razón aparente.
—Pues resulta que no eras un clavo… eras una uña.
—Aunque me arranque una, vuelve a crecer.
rió Leon, uniéndose sin dudarlo a esa extraña declaración de amor.
—Grace, tú también eres una uña para mÃ. Eres parte de mÃ.
El silencio regresó. Se miraron de nuevo, con esa ternura que se tienen quienes ya se han elegido mil veces, y volvieron a reÃr sin aviso.
—¿¿¿Una simple uña???
Grace fingió indignación.
—Se puede vivir sin uñas, ¿sabes?
—Fuiste tú quien lo dijo primero. ¿No puedes hacer un voto serio al menos esta única vez en la vida?
—Si no te gusta, puedes anular esta boda.
En medio de la ceremonia sagrada, como si hubieran olvidado la presencia del pastor, los dos comenzaron a discutir.
Pero entonces Leon, sin previo aviso, tiró de Grace hacia sÃ, apartó el velo que cubrÃa su rostro… y devoró sus labios.
El beso, que debÃa llegar al final de la ceremonia, fue arrebatado sin permiso en ese instante.
El pastor, desconcertado, concedió su aprobación con un segundo de retraso, aunque ya no tenÃa sentido:
—Puede… puede besar a la novia.
Solo después de ese beso, que selló su unión ante el mundo, se colocaron los anillos de boda.
El orden de la ceremonia estaba hecho un desastre, culpa de unos novios que hacÃan todo a su manera.
—Declaro que, a partir de este momento, son marido y mujer.
anunció el pastor con solemnidad, aunque ya no habÃa solemnidad que valiera.
Y sin embargo, a pesar de lo desordenado del camino que los habÃa llevado a unirse, los dos lucÃan genuinamente felices.
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La noche habÃa caÃdo sin que se dieran cuenta. El cielo y el mar se habÃan teñido del mismo color, de modo que ya no era posible distinguir dónde terminaba uno y comenzaba el otro.
Grace, sentada en el borde del pabellón y con la mirada fija en la hoguera encendida sobre la arena, abrió por fin lo que habÃa estado sosteniendo todo ese tiempo en las manos: el diario de su madre.
Su madre solÃa hablar a menudo del lugar donde vivÃa la tÃa Florence. Tal vez —pensó de pronto— lo que realmente deseaba era escapar de aquel infierno y venir a este sitio. Y nunca se atrevió.
Grace habÃa traÃdo el diario hasta aquà porque querÃa que, al menos, una parte de su madre —aunque ya no estuviera en este mundo— pudiera pisar esta tierra.
Pero no tenÃa intención de conservarlo para siempre.
Ese diario contenÃa verdades peligrosas. Por la memoria de su madre y por la seguridad de su familia, debÃa ser destruido.
HabÃa pospuesto la decisión durante mucho tiempo. Y sin embargo, habÃa elegido precisamente hoy… porque la noche anterior habÃa soñado con ella.
—¿Sabes cuál es la forma más cruel de destruir a tu enemigo?
Era aquel sueño otra vez.
—Hacer que se enamore de ti.
La frase que, en su dÃa, la llevó a tomar la decisión de vengarse con amor de aquel hombre que tanto la habÃa herido… Esa misma conversación, repetida una y otra vez en sus sueños.
Siempre que la soñaba, deseaba responder, pero nunca conseguÃa hablar. Su voz no salÃa.
Pero la noche anterior fue distinto. Por alguna razón, sà pudo hablar.
Y por fin, le reprochó.
—Mamá.
—¿SÃ?
—Esa estrategia… también fue cruel para quien la usó.
—Lo sé. Y aun asÃ, tú también acabaste enamorándote. Grace, eres una pésima soldado. Qué alivio.
El rostro de su madre, sonriente con ternura, se le apareció como el reflejo tembloroso de las llamas.
SÃ. Es verdad. Qué alivio.
Mientras arrancaba una a una las páginas del diario y las lanzaba al fuego, Grace se despidió en silencio de su madre.
No te guardo rencor. Asà que, por favor… no te odies más.
'Solo deseo que encuentres la felicidad… eternamente, desde el infierno'
Esa última frase de la carta que su madre dejó siempre le habÃa pesado en el corazón.
Grace rezó en silencio.
Donde sea que estés, que al fin encuentres el descanso eterno.
Cuando el diario, cargado de verdades dolorosas, se consumió entre las llamas, ella se levantó, ajustándose la chaqueta de frac que llevaba sobre los hombros.
Entonces, detrás de ella, se escucharon pasos.
Unos brazos la rodearon por la cintura, y un pecho amplio y cálido se apoyó en su espalda.
Era reconfortante.
Grace se dejó envolver por ese abrazo y se hundió en él.
Al entrelazar sus dedos con los de él, se oyó un clic metálico.
Siempre habÃa pensado que el sonido del metal era escalofriante, pero no cuando lo provocaban dos anillos al chocar.
Y en ese momento pensó:
Quizá, si hubiéramos sabido cómo abrazar el dolor del otro, aun estando en extremos opuestos… no habrÃa sido necesario recorrer un camino tan largo y lleno de heridas para llegar hasta aquÃ.
Ahora, ninguno de los dos cometerÃa más tonterÃas.
Con la cabeza apoyada en su pecho, escuchando el murmullo de las olas y el latido del corazón, Grace dejó escapar un suspiro somnoliento.
Entonces, la chaqueta que cubrÃa sus hombros desapareció.
—Vaya, señora mÃa… Esto sà que es un problema.
dijo él, con voz traviesa.
—¿Qué pasa?
—Queda aún parte del procedimiento de la boda.
Grace pensó que quizás se referÃa a la primera noche, pero no era eso.
—El vals.
Leon tomó su mano derecha y la levantó, estirándola hacia el aire. Ella rápidamente negó con la cabeza.
—Aunque ya no te guste bailar el vals conmigo, tienes que hacerlo. Toda la vida.
Para Grace, el problema no era encontrar una pareja para bailar.
—Pero no hay música, ¿Cómo vamos a bailar?
Sin embargo, él la guió con determinación y la hizo parar sobre la arena, comenzando a bailar el vals. Al principio, le dijo que escuchara el sonido de las olas, ya que el ritmo coincidÃa.
Estaba asombrada, pero no podÃa evitar admirar que no pisara su vestido, a pesar de la oscuridad. Claro, cuando Grace estuvo a punto de tropezar con su propio vestido, las palabras que salieron de su boca no fueron precisamente amables.
—¡Basta, loco!
—Ah, ¿significa eso que quieres saltarte el siguiente paso, loca esposa?
—¡Ay!
De repente, su espalda se arqueó hacia atrás. Apenas vio las estrellas brillando como si fueran a caer del cielo, cuando de inmediato la oscuridad la envolvió.
El sabor del champán, que ya habÃa desaparecido de sus labios hacÃa más de una hora, regresó con el contacto de sus bocas.
Sentir que el cielo la envolvÃa no era una metáfora romántica. Leon la levantó con facilidad y la llevó hacia el pabellón. En cuanto su espalda tocó la suave cama de lino, su cuerpo cayó sobre ella.
—¿AquÃ? ¡Ay, pervertido!
—No soy el único pervertido aquÃ, mi señora, sino quien lleva estas prendas tan… provocadoras.
El sonido de las olas, tan cercano, comenzó a desvanecerse en la distancia.
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Al dÃa siguiente de la boda, los dos cumplieron la promesa que habÃan hecho después de 19 años.
Se tumbaron juntos en el cine subterráneo de la mansión y vieron una pelÃcula. Era un dibujo animado donde ciervos saltarines, aves cantoras y princesas cantaban.
Al haberse retrasado 19 años en cumplir la promesa, la elección de la pelÃcula recayó en el niño.
Cuando el sol comenzaba a ponerse, los tres se dirigieron una vez más al carnaval en el extremo de la playa.
A Ellie le encantaba ese lugar, construido por Leon a un alto costo. Aunque tenÃan ponis en casa, lo que más le gustaba era el carrusel, al que subió tres veces dando vueltas sin cesar.
—Vamos a comprarle una manzana caramelizada, Ellie.
Como siempre, la manzana caramelizada quedaba a medio comer y se desperdiciaba, pero Grace la compró otra vez y se la dio.
Mientras observaban a Ellie comerla, dejando una pequeña marca de dientes en el caramelo, se miraron el uno al otro y sonrieron, como si hubieran hecho un pacto silencioso.
Ellie no querÃa perderse nada, pero al igual que siempre, esta vez también intentó saltarse una atracción: el circo.
El carnaval cerraba después del verano. Eso significaba que Ellie perdÃa la oportunidad de enfrentar sus miedos antes de que terminara el año.
—¿Ellie, qué te parece si hoy vamos a ver el sombrero con los conejos en el circo?
Preguntó Grace, pero Ellie, con la manzana caramelizada aún en la boca, negó con la cabeza.
—No te preocupes, Ellie, ese circo no va a incendiarse. Papá te lo promete.
Todo estaba estrictamente preparado en caso de incendio. De hecho, el circo habÃa sido construido sobre el mar precisamente por esa razón.
—¿Qué tal si solo entras hasta la puerta y si te da miedo, salimos?
Después de varios intentos de persuasión, la niña asintió con la cabeza, pero en lugar de tomar la mano de Leon, agarró la de su madre.
—Papá está aquÃ.
Fue entonces cuando Leon comprendió. No solo le tenÃa miedo al circo por el riesgo de incendio, como pensaba, sino que también temÃa que, como ese dÃa, su padre pudiera desaparecer después de ser disparado.
—Volveré enseguida, Ellie.
La niña, que habÃa dicho que solo iba a entrar un momento, salió del circo después de que terminara el espectáculo. Al verla tan feliz, Leon y Grace se sintieron tranquilos.
—¡Estuvo súper divertido! El elefante come manzanas.
La manzana caramelizada que Ellie habÃa tenido en las manos al entrar ya no estaba.
Después de pasar un rato tan divertido, antes de regresar a casa, los tres subieron a la rueda de la fortuna en el extremo del muelle. A medida que la rueda giraba lentamente, se detuvo cuando los tres llegaron a la cima.
Desde allÃ, ante los pies de Grace se extendió un paisaje celestial y pacÃfico. El mar de un azul turquesa calmado se extendÃa hasta el horizonte, con las olas rozando suavemente la arena dorada. Era hermoso.
Mientras miraban el horizonte en silencio, Ellie, que habÃa estado señalando la mansión al final de la playa, se colgó de Grace.
—Mamá, tengo hambre.
Comenzó a hurgar en el bolso en busca de algo para comer. Lo único que encontró fue el barato chocolate que Leon habÃa traÃdo del otro lado del mar.
¿Qué sabor tendrÃa ese chocolate? Era una curiosidad antigua que finalmente iba a poder resolver. Grace, sin pensarlo, arrancó el envoltorio arrugado.
El chocolate se veÃa decepcionantemente normal. Y quizás su sabor también lo fuera.
Pero, incluso esa decepción, en ese momento, se sentÃa esperada con ansias.
Grace cortó un pedazo de chocolate y se lo dio primero a Ellie, luego se lo ofreció a Leon. Él lo aceptó y lo puso en la boca de Grace.
SabÃa que no le gustaban los dulces, pero aún asÃ, ¿qué tipo de chocolate serÃa este? Por un momento se sintió un poco decepcionada, preguntándose si a ese hombre no le importaba saber cómo sabrÃa el chocolate.
Sus labios se encontraron. El chocolate derretido por el calor de sus cuerpos se extendió sobre sus lenguas. Era el sabor que habÃa estado esperando desde su primer beso.
—¡Blech!
Ellie gritó. En ese momento, las caras de Grace y Leon se distorsionaron mientras permanecÃan en contacto.
El chocolate, empapado en agua salada, tenÃa un sabor terriblemente salado.
Pensar en todas las lágrimas derramadas por probar ese chocolate hacÃa que el sabor fuera aún más apropiado.
Intenta Rogar : Extra 1: 'El sabor del chocolate' - FIN
Asure: Buenas buenas, volumen VII terminado .... aun no he comprado los otros volumenes, pero serán entre 3/4 y 1/2 de un volumen normal .... disfruten .... se avisará por chatango cuando se continuará los otros volumenes (No al robo de contenido)
Ey, estoy de vuelta ----> Si te gusta mi trabajo, puedes apoyarme comprándome un café o una donación. Ya tu sabes, no te exijo, es de tu bobo aportar o no, no te exijo :p


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