MAAQDM 106






Mi Amado, A Quien Deseo Matar 106




—¿Qué tal se siente estar debajo de un don nadie como yo? Ah, ya veo… tu boca de abajo contestará por ti.



Chof, chof.



Con movimientos bruscos de cadera, los sonidos húmedos de piel frotándose se volvieron obscenos, y la mujer, con los dientes apretados, escupió una vulgaridad:


—Cállate.

—¿Qué dijiste? No te escuché… tu agujero hace demasiado ruido.


Sus ojos se inyectaron de sangre, como si quisiera matarlo en ese instante.

Perfecto. Así me gusta. No olvides que con quien te estás revolcando ahora no es el hombre que amas.

Concentrado de nuevo en el placer que ardía desde su cintura, de pronto la mujer, que hasta entonces solo había tragado rabia y jadeado, soltó unas palabras inesperadas:


—Tómame de la mano.


Después de negarse antes, ahora, justo cuando menos lo esperaba —y en el peor momento—, pedía ayuda. ¿Había decidido al fin aguantar hasta el final, aunque eso significara entrelazar sus dedos con el hombre que deseaba matar?


—Con gusto.


Agarró su mano extendida, entrelazó sus dedos y la aplastó contra el suelo junto a su cabeza. El cuerpo del hombre cubrió por completo el de ella. Apretada, atrapada, empalada… incluso en esa posición humillante, donde había sido conquistada sin piedad, la mujer lo miró con desafío y comenzó a mover las caderas.



Chas, chas, chas.



El hombre respondió a sus torpes intentos con embestidas más brutales.


—¡Ah!


En el instante en que sus cuerpos chocaron, la mujer cerró los ojos y arrugó el rostro, perdiendo por fin su mirada feroz. Incapaz de soportar el placer que la invadía, se estremeció, pero sin miedo, arremetió contra él como si quisiera clavar su sexo en lo más profundo.


—Hngh… ah… ah… ahí… sí…..


Increíble. Antes se resistía y mentía, pero ahora se volvía sincera. Sus movimientos también lo delataban.

Su cuerpo, sin pudor, revelaba cómo estaba viviendo el acto. Su vientre, lustroso por el sudor, se tensaba cada vez que él se hundía en ella; sus pechos, con los pezones erectos, se sacudían al ritmo de sus embestidas.


—¡Ah!


Un gemido escapó de sus labios rojos mientras arqueaba la espalda.


—Mmm…...


La sensación de su interior apretado envolviéndolo, más la visión de sus ojos entrecerrados y su lengua pasando por el labio inferior… el hombre entendió por qué tantos guerreros de la historia habían caído ante una frágil belleza.

Ella tiene algo que hechiza a los hombres. Y si era su intención seducirlo… ya lo había logrado.


—Sí… ahí… no pares…

—Maldita sea…


Aunque su mente estaba dispersa, incapaz de concentrarse en el placer, el orgasmo lo alcanzó de golpe.


—Ah… ah… ¡ah!


En el momento en que ella lo succionó hacia el abismo, se rindió sin resistencia.

Olvidó todo el cansancio y las preocupaciones, sumergido en una felicidad extrema. El placer que sentía con ella era comparable, pero distinto, al éxtasis de humillar a su arrogante Señor.

Con Edwin Eccleston, el placer era frío como el acero o ardiente como el infierno. Extremo, afilado como una espada de doble filo. Pero con Giselle Bishop… era cálido, casi tierno, inofensivo.

¿Realmente inofensivo?


—Haah…..


En ese momento de intensa vitalidad, cuando la muerte parecía más temible que nunca, el hombre, invadido por un miedo primigenio, abrazó a la frágil mujer como si fuera su único sostén.

Nací para encontrarte…...

Era en esos momentos de vulnerabilidad —cuando la cabeza y el corazón flaqueaban— que ella lo había engañado antes. Y por eso, también era cuando más peligroso resultaba.

Acercó su mejilla a la suya, compartiendo un beso tierno, antes de preguntar:


—¿Te gustó?


Ella, aún sumida en el éxtasis, lo miró con ojos soñolientos y asintió.

Qué linda…...

No puedo morir antes que tú.

Cuando iba a sellar sus labios de nuevo, ella lo rodeó con sus brazos y lo atrajo hacia un beso profundo. Al separarse, enterró su rostro en su cuello.


—Oye… si quieres hacerlo otra vez, puedes venir a verme a escondidas. Pero sin otras mujeres. Y esto… debe seguir siendo nuestro secreto.

—Claro. Con gusto.


¿Se rindió al fin?

Pero en cuanto reanudaron el juego, supo que había sido engañado. Solo cuando ella soltó su trampa —justo cuando vio el reloj— comprendió que todo era un ardid.


—Llévame a casa antes de que sea tarde. Así nadie sabrá.


Era su estrategia: fingir entrega, distraerlo y escapar. Había calculado que, en su momento de mayor satisfacción y debilidad, funcionaría.

Astuta zorra.

Ahora entendía por qué había dicho que "tu abrazo es tan cálido que casi olvido mi venganza". Debía haber adivinado cuándo él era más vulnerable… y lo usó en su favor.

¿Debería agradecerle por evitar que cayera en mi estúpida ilusión esta noche?


—Ja…...


El hombre soltó una risa burlona. ¿Que la lleve a casa? Los labios de Giselle, antes empapados de su saliva, ahora estaban secos.

¿Qué demonios planeas al traerme hasta aquí?

Él debía tener un motivo para buscarla.

El condón y la chimenea encendida los había preparado el cuidador. Es decir, el hombre lo había contactado antes de venir.

¿Desde el principio quiso traerme aquí?

¿De verdad planea encerrarme para siempre? Pero dijo que no era su intención…

Si solo fuera por deseo sexual, no había necesidad de llevarla tan lejos.

Giselle sintió un presentimiento siniestro: que él la había traído por una razón que ni siquiera podía imaginar. Intentó disuadirlo, ofreciéndose a cambio, pero no funcionó.


—Gracias por esta noche.


Porque encerrarla no tenía que ver con lujuria… ni con venganza.


—Descansemos aquí.

—¿Aquí?


Él la vistió solo con una bata húmeda y la arrastró al sótano. Ella resistió con más fuerza que cuando la violó, pero no pudo contra él.



¡Bang!



La puerta se cerró. Giselle tiró de ella y gritó:


—¡Si no vuelvo, serás un secuestrador! ¡Si vas a cargar con ese crimen de todos modos, ¿por qué debería obedecerte?! ¡No me quedaré quieta!

—¿Escapar? Adelante. Nunca dije que no pudieras.



¡Clac!



El sonido del cerrojo burló su esperanza.


—¿Por qué haces esto? ¿Crees que matándome así te vengas?

—Matarte, qué exageración… Necesito que estés viva. Así que ten cuidado, ¿sí?

—¡No hace falta encerrarme! ¡Te daré lo que quieras!

—Te equivocas. No es por venganza… ni por mi deseo.

—¿Entonces?

—Supervivencia.

—¿Supervivencia?

—¿Recuerdas que te pregunté cómo te cortaste la muñeca? Lo siento, mentí. Es una herida de suicidio. De tu querido Señor.


¿Suicidio? El hombre notó su confusión y, al otro lado de la puerta, habló claro:


—Giselle, tu Señor intentó suicidarse. Una y otra vez. Si no lo hubiera salvado, quien estaría bajo tierra… sería yo. ¿No es un alivio?


Era verdad… El presentimiento de que él podría matarse la ahogó. Jadeó:


—¿Por qué… querría hacerlo? ¿Por… mí?


La risa burlona del hombre traspasó la puerta:


—No, por mí, obvio. Por querer matarme. Bueno, tú ayudaste. "Un parásito que mata a su huésped es un parásito fallido". Esa frase me dio una idea.


Dios mío… Giselle se tapó la boca demasiado tarde.


—No puedo morir aún. Tú querrías mi muerte, pero no la suya, ¿no? Entonces quédate aquí.


El verdadero motivo del secuestro era…


—Mientras no sepa dónde te escondí, el Duque no podrá morir.


Evitar su suicidio.

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