MAAQDM 107






Mi Amado, A Quien Deseo Matar 107




—¿Escapar? Inténtalo. Así podré suicidarme con tranquilidad.


La mano que golpeaba la puerta se deslizó lentamente hacia abajo, sin fuerzas. Detrás de la puerta, el hombre rió como si hubiera visto toda la escena con sus propios ojos.


—Bien. Ahora estamos del mismo lado.


No había otra opción.


—Entonces, nos vemos luego, preciosa.
















⋅•⋅⋅•⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅∙∘☽༓☾∘∙•⋅⋅⋅•⋅⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅
















Cuando Edwin abrió los ojos en su dormitorio, iluminado por el amanecer, lo primero que sintió fue una profunda impotencia ante el hecho de seguir con vida.

Maldito bastardo.

Era inevitable que la rabia empañara cualquier otro sentimiento hacia la persona que lo había mantenido con vida.

Si ese desgraciado toma mi cuerpo, necesito una muerte de la que ni siquiera pueda tener oportunidad de escapar.

Debía esperar el momento en que estuviera agotado. Nada más despertarse, Edwin buscó un número al que jamás pensó que recurriría y realizó una llamada.


—Voy al grano. Quiero deshacerme de alguien.


Al otro lado de la línea estaba un soldado problemático de la unidad que Edwin había comandado en sus días como capitán. Siendo el hijo de un jefe de la mafia, sin duda entendía lo que significaban aquellas palabras. Y aun así, preguntó. Quizás porque no podía creer que algo así saliera de la boca de un comandante conocido por su estricta rectitud.


—Sí, necesito un asesino a sueldo.


Uno que me mate a mí.

El hombre del otro lado empezó a hablar sobre cómo el precio variaba según el objetivo. Edwin estaba a punto de preguntarle cuánto costaría un suicidio asistido para alguien de su estatus, un duque, cuando...




Toc, toc.




—Su excelencia, hay un informe urgente.


Desde el otro lado de la puerta del dormitorio, la voz urgente de su asistente se hizo escuchar.


—Te llamo después.


Edwin colgó el teléfono y lo dejó sobre la mesa.


—Entra.


El asistente entró con el rostro sombrío. Últimamente siempre tenía esa expresión preocupada. Ya fuera porque estaba tratando con alguien obsesionado con el suicidio o con el asesinato, al final, siempre lidiaba con un loco. Edwin pensó que esa sería la razón una vez más… pero esta vez era distinto.


—Recibimos una llamada de una de las sirvientas de Magnolia Terrace.


A esta hora?


—¿Le ocurrió algo a Señorita Bishop?

—Ha desaparecido.

—¿Cuándo? Cuéntame todo en detalle.


El asistente transmitió con precisión las palabras de la sirvienta: al despertar esa mañana, descubrió que Giselle no estaba en casa. Por las circunstancias, parecía poco probable que se hubiera marchado por su propia voluntad. Además, los indicios eran claros.

¿Un secuestro?

La noticia cayó como un rayo en cielo despejado, dejándolo aturdido. Pero no era momento para quedarse en shock.


—Llama a la policía de inmediato y ten un coche listo.


Mientras se ponía de pie y se dirigía al vestidor para vestirse, Edwin pasó junto a la mesa de ajedrez y, de repente, se detuvo en seco.

Faltaba una pieza.

El alfil blanco no estaba en su lugar. Bishop había desaparecido.

¿Dónde está tu alfil?

En el espacio vacío donde debía estar la pieza, alguien había garabateado un mensaje en una caligrafía que le resultaba demasiado familiar:

Seguro que ya lo entendiste, pero déjame explicártelo de todos modos.

Si tú mueres, no seré el único.

Ella también morirá.

El secuestrador de Giselle… no era otro que él mismo.

Los mismos pies con los que ahora bajaba apresuradamente del coche fueron los que caminaron anoche bajo la lluvia torrencial por un vecindario oscuro hasta llegar a la última casa.

Las mismas manos que ahora apretaban con frustración fueron las que la arrastraron a través de aquella ventana abierta.

La bufanda que colgaba, ondeando como una bandera rasgada en el alféizar, los arbustos aplastados y rotos bajo la ventana evidenciaban que hubo un forcejeo.

Giselle nunca habría podido vencer su fuerza. Por eso, fue secuestrada.

¿…Pero a dónde? ¿Cómo?

Todo lo que sabía sobre el secuestro, lo estaba deduciendo de la escena del crimen. No recordaba absolutamente nada. Preguntarse dónde la había llevado era inútil: no tenía respuestas.

La impotencia se convirtió en ira consigo mismo. Fue en ese momento cuando una mujer pelirroja, que parecía rondar los veintiséis años, corrió hacia él.


—Lo siento, Mayor.


Era Rita Dawson, la guardaespaldas de Giselle.


—No es tu culpa. El culpable soy yo.

—¿Qué…?


Era natural que no entendiera lo que acababa de escuchar, ya que no tenía el contexto. Se limitó a parpadear con una expresión perpleja, lo que le daba un aire aún más ingenuo de lo habitual. Edwin ahora recordaba perfectamente ese rostro. También recordaba que era alguien en quien podía confiar.


—Dawson, ¿has oído hablar del trastorno de identidad disociativo?

—Sí… lo he leído en novelas, creo.

—Bueno, esta vez lo verás en la vida real.


Edwin resumió rápidamente lo esencial: que tenía trastorno de identidad disociativo y que su otra personalidad había sido la responsable del secuestro de Giselle. Era información que Dawson necesitaba saber.

Cuando terminó de explicarlo, ella seguía con cara de absoluto desconcierto.


—Con todo respeto… ¿esto es una broma?

—¿Parezco estar de humor para bromear?

—Por supuesto que no.

—Interroga a los vecinos. Averigua si alguien escuchó algún ruido entre la medianoche y las cinco de la mañana.


Edwin recordaba que, antes de lanzarse al río, las agujas del reloj de la torre estaban a punto de marcar la medianoche. Según su mayordomo, había regresado a la casa después de las cinco de la mañana. El secuestro tuvo que ocurrir en ese intervalo de tiempo.


—No dejes escapar ni el más mínimo sonido. Cualquier testigo sería de gran ayuda.


Aunque su apariencia pudiera hacerla parecer despistada, Dawson era meticulosa en su trabajo. En el ejército, se destacó en todo, desde misiones de reconocimiento hasta espionaje. Era mucho más confiable que un policía desconocido.


—Hazlo antes de que los vecinos salgan al trabajo o los niños vayan a la escuela. Si hace falta, usa también a los asistentes que traje conmigo.

—Entendido. Yo… pero, hay algo más.

—Habla.


Dawson lo miró con cautela antes de preguntar:


—¿No recuerda nada?

—Si recordara algo, ¿crees que estaría aquí?

—¡Entendido! ¡Lo siento!


Mientras observaba la silueta de Dawson alejándose corriendo hacia las casas vecinas, Edwin dejó escapar un suspiro lleno de frustración. Pero no era Dawson el blanco de su enojo.

Sabía que su pregunta, aunque sonara estúpida, era inevitable. Si Edwin recordara lo que pasó, no necesitarían interrogar a nadie. No, esta ira no era contra ella. Era contra sí mismo.

¿Por qué no puedo ver los recuerdos de ese bastardo?

La impotencia ante los límites de su propia mente lo llenó de repulsión.

Pero él sí puede ver todos los míos.

Ahora mismo, en cada instante en que Edwin buscara a Giselle, ese otro, su alter ego, estaría cómodamente instalado en su mente, observando cada uno de sus movimientos.

Era como jugar al póker con alguien que ya conocía todas sus cartas. ¿Cómo se podía ganar una partida así?

Necesitaba a alguien que sostuviera las cartas por él.

Alguien que hubiera estado cerca de esa siniestra personalidad más tiempo que nadie. Alguien con el poder suficiente para actuar en su nombre y utilizar todos los recursos privados de los que disponía como duque.


—Llamen a Loise.


Loise llegó de inmediato. Después de escuchar el relato completo, su primera pregunta fue la que Edwin menos quería responder.


—¿Por qué secuestraría a Señorita Bishop?


Loise no sabía en qué había estado obsesionado Edwin últimamente. Había dado órdenes estrictas de que nadie hablara del tema. Pero si al final iba a enterarse, quizá era mejor que lo hiciera directamente por su boca.


—Para evitar que me suicidara.


Loise palideció al instante.


—Dios mío, su excelencia…

—Lo siento, Loise. Aún no te has recuperado del impacto de la última vez, ¿verdad?

—Su excelencia…

—No tienes que poner esa cara. Ya no voy a morir. Mejor usa ese tiempo en encontrar a Giselle.


Pero Loise no respondió de inmediato. Parecía dudar.


—¿Qué pasa?

—Por supuesto que debemos encontrarla, pero… Mientras no sepamos dónde está, al menos eso evitará que usted haga algo terrible. No puedo evitar preguntarme si realmente deberíamos hallarla tan rápido.

—Si te prometo que nunca más intentaré suicidarme, ¿la buscarás sin objeciones?


Loise lo miró con seriedad antes de responder:


—Esa promesa tiene que cumplirse, su excelencia. Si la rompe… lo seguiré hasta el mismo infierno.


Al ver a Loise finalmente aliviado, jurando encontrar a Giselle en su lugar, Edwin tuvo un pensamiento repentino.

Tal vez el secuestrador también esperaba una promesa como esa.



‘Prométeme que, si te devuelvo a Giselle, nunca más intentarás suicidarte ni me atormentarás con esas ideas.’



El demonio en su mente reaccionó de inmediato.



‘Tsk.’



Una risa burlona.

Maldito roedor asqueroso.

Así que de eso se trataba. Quería llevarlo hasta el final. Apostarlo todo por la seguridad de Giselle.

Un enemigo que podía leer todos sus pensamientos… Y ahora, tenían en juego lo más valioso para él. Esta sería la batalla más difícil y peligrosa que Edwin había enfrentado en su vida.


—Hemos terminado de interrogar a los vecinos, Mayor.


Justo cuando finalizaba su conversación con Loise, Dawson regresó con su informe.


—Una mujer de la casa de al lado dice que anoche escuchó voces de un hombre y una mujer. Fue entre la medianoche y la una de la madrugada. Miró el reloj y, como todo se calmó, volvió a dormir. Pero poco después, despertó al oír nuevamente la voz del hombre. No recuerda lo que dijo. Luego, escuchó el sonido de la puerta de un coche cerrándose, después, silencio total.

—¿Un coche?

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