La Elección de Afrodita 60
El fin de un malentendido
Afrodita abrió los ojos con dificultad. Estaba llorando. SentÃa que la cabeza se le iba a romper. El corazón casi se le sale del pecho. Los recuerdos que estaban sellados se desataron como si un dique de larga data se hubiera roto. ParecÃa haber transcurrido poco tiempo entre la evocación de estos recuerdos, tal vez unos pocos segundos. Pero Hefesto estaba sangrando, y Ares estaba enfurecido por el hecho de que su ataque habÃa fallado su objetivo.
"No esquives como la rata que eres, Hefesto", gritó Ares, "¡Lucha conmigo!"
Hefesto le ignoró y se giró para mirarla. Estaba preocupado. DeberÃa preocuparse por sà mismo; es él quien está sangrando, pensó Afrodita. Las lágrimas le escocÃan los ojos. No parecÃan detenerse nunca. Inclinó la cabeza y moqueó.
Hefesto corrió hacia ella. Giró su brazo en dirección a Ares, aplastándolo contra el suelo mientras se dirigÃa hacia ella. "Afrodita", dijo, con el rostro marcado por la preocupación.
"¿Estás bien?"
"Yo..."
Le cogió la mano y se enderezó. Miró detrás de él para ver a Ares presionado contra el suelo con una gran roca. Era evidente que no lo habÃan hecho para matar o herir, sólo para mantenerlo en su sitio.
Se sorprendió. Ella sabÃa que Hefesto era fuerte. Pero cada dios tenÃa su propia habilidad en la que era imbatible. La de Ares era la lucha, era el Dios de la Guerra. Ella no habÃa esperado que Hefesto lo inmovilizara tan fácilmente.
"¡QuÃtame esta maldita cosa de encima!"
Gritó Ares, tratando de volcar la roca. Ares habÃa perdido la cabeza. Estaba gritando a todo pulmón, con cara de vergüenza. Pero Hefesto no vio nada de eso. No parecÃa importarle. La miraba con preocupación. Sólo a ella.
"¿Estás herida en algún sitio?", le preguntó.
"Eh, no", dijo ella.
"Me alegro de haber llegado a tiempo"
Dijo él, aliviado. La envolvió con el paño con ternura, asegurándose de que estuviera bien cubierta. Sus lágrimas, que por fin se habÃan secado al ver la cómica derrota de Ares, volvieron con fuerza ante la delicadeza de él. Se derramaron por sus mejillas.
"Afrodita, ¿qué pasa?", preguntó él, preocupado de nuevo.
"Yo..."
Balbuceó ella entre lágrimas. Las malditas lágrimas no la dejaban en paz. Le costaba incluso respirar, a este ritmo.
"DeberÃas entrar .. CuÃdate. Yo me ocuparé de Ares por mi cuenta, ¿de acuerdo?"
"No, por favor", dijo ella, sollozando.
"¿Qué?"
"Por favor, tengo algo que decir", dijo ella entre sollozos, "necesito decirlo"
"¿Ahora mismo? ¿Aquà mismo?", preguntó él, preocupado, "¿Es absolutamente necesario?"
"¡SÃ, lo es!", espetó ella, "¿Quieres escucharme?"
Agarró la parte delantera de su camisa con el puño mientras se estremecÃa de sollozos. Los recuerdos abrumadores y sus emociones la estaban matando. Necesitaba decir algo, cualquier cosa. Levantó la vista hacia él y lo vio mirándola, con sus ojos grises marcados por la preocupación.
Aunque era más alto y más ancho, sus ojos no habÃan cambiado. SeguÃa siendo el mismo joven que habÃa conocido en la isla de Limnos. Se preguntó cuánto dolor le habÃa causado no poder reconocerlo.
"Hefesto", lo llamó por su nombre.
"¿S�", dijo él, con mucha paciencia.
"¿Por qué me dejaste sin siquiera despedirte?", preguntó ella, temblando.
"¿Qué?", dijo él, confundido, "pero sà te dije que me iba a ir y hasta te despediste de mÃ"
Ella sabÃa que él siempre habÃa intentado cumplir su promesa. Incluso cuando se dio cuenta de que ella no se acordaba de él, habÃa intentado construir una nueva relación con ella. Mientras que ella habÃa permanecido inconsciente y habÃa hecho todo lo posible por alejarlo. Él siempre habÃa permanecido a su lado.
"No estoy hablando de hoy, idiota", dijo ella, todavÃa sollozando, "Antes, en la isla"
Él la comprendió inmediatamente. Ella le vio dudar.
"Afrodita...", dijo él, en voz baja.
"¡¿Por qué te fuiste de Limnos?!", espetó ella, "Yo, como una tonta, lo olvidé todo. DeberÃa haberme enfadado contigo, pero no recordaba por qué. Lo sabÃas todo, y sin embargo"
Ella le golpeó en el pecho sin convicción ni energÃa.
Él se quedó allÃ, dejándola llorar. Sus suaves puños se posaron en su pecho. Cuando los brazos de ella cayeron a los lados por el cansancio, él la atrajo hacia sus brazos y la abrazó con fuerza. Una promesa silenciosa de no dejarla ir nunca más.
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