La Elección de Afrodita 58
Se ha ido
Hefesto adivinó los acontecimientos que habÃan ocurrido en el Olimpo, en su ausencia. Estaba seguro de que todo el incidente de su caÃda habÃa sido revelado y Ares habÃa sido declarado culpable. De no ser asÃ, Hera nunca descenderÃa a la tierra, y mucho menos vendrÃa a su encuentro. Ella vino por Ares, el único hijo que amaba.
"Ve al Olimpo y testifica"
"¿Qué quieres decir?" preguntó él, fingiendo desconocimiento.
"¿Es necesario que te lo deletree, muchacho?" le espetó ella "Bien. Ve y reconoce que todo fue un error, un malentendido. Puedes decir que Ares estaba ordenando a los espÃritus que te salvaran"
Hefesto ni siquiera se sorprendió, lo esperaba. Era casi gracioso. Ella nunca se habÃa preocupado por él. No le importaba que él muriera. Cualquier esperanza de amor que tuviera de su madre habÃa desaparecido. Se rió y se sintió libre de ella por primera vez. HabrÃa hecho lo que ella le ordenaba, si hubiera sido el mismo chico de antes. Lo habrÃa hecho para verla complacida, aunque estuviera hambriento de una pizca de amor de ella, pero ya no. Se dio cuenta de que ella nunca lo verÃa como su hijo, y cuanto antes dejara de lado cualquier expectativa con respecto a ella, mejor.
"No voy a ir" dijo Hefesto, riéndose.
"¿Qué?" dijo ella, momentáneamente estupefacta.
"Ellos saben lo que pasó. Las pruebas son claras ... no voy a mentir más por tu bien o por el de Ares"
"No voy a permitirlo" dijo ella estruendosamente "¡No voy a permitir que castiguen a Ares!"
"Y por eso necesitas que mienta. SÃ, sÃ, lo entiendo ... Pero quiero que Ares sea castigado por lo que hizo. Es lo justo"
Hera estaba furiosa. Hefesto temÃa esa expresión desde que era un niño, la temÃa. Cada vez que la veÃa enojada, hacÃa cualquier cosa para complacerla, para reconfortarla. Pero ya no.
"Ya puedes volver, si eso es todo" dijo con despreocupación "Adiós, señora Hera".
Giró para alejarse del lugar, pero se dio cuenta de que no podÃa moverse. Sus pies estaban atados por grilletes invisibles.
"Te arrastraré al Olimpo si es necesario" dijo Hera, riendo manÃacamente.
Hefesto trató de zafarse de las ataduras, pero fue en vano. Intentó liberarse, pero nada funcionó contra el poder de Hera. Era demasiado fuerte.
"¡No voy a ir!"
"Sólo testifica ... Después de eso, no me importa lo que hagas. Estarás tan bien como muerto para mÃ"
"No" dijo él enfadado "no lo haré..."
Su boca se cerró con magia. Hera subió a su brillante carruaje dorado, y Hefesto fue arrojado en el asiento frente a ella. Los soldados de ambos lados lo mantuvieron quieto, pero él luchó con todas sus fuerzas.
"Vuelve al Olimpo", exigió ella, "Mi hijo me espera"
Los caballos hechos de nubes y magia levantaron sus cabezas y patearon sus patas. Ascendieron al cielo y se elevaron por el aire. Hefesto trató de gritar con desesperación, pero no salió ningún sonido.
* * *
La muchacha del mar habÃa sido empujada lejos por las olas a causa de una tormenta. Cuando regresó al hogar que compartÃa con Hefesto, éste ya no estaba. El lugar exudaba un vacÃo que le hizo comprender que él podrÃa no volver en mucho tiempo, o quizás nunca.
Buscó a los espÃritus de la tierra que le transmitieron todo lo que habÃa sucedido en su ausencia, habiendo sido testigo de todo. Pero se negaron a responder a la pregunta más importante que ella planteó:
"¿Dónde fue llevado?"
TemÃan la ira de Hera. Ya habÃan hecho todo lo que podÃan proporcionando hogar y corazón a Hefesto, el hijo más odiado de la Reina de los Dioses. TenÃan mucho miedo de seguir enfrentándose a ella.
"Nuestras disculpas, Grandiosa" dijeron con la cabeza inclinada "No podemos ayudarte más"
Ella no los presionó más. Comprendió su miedo. Se paseó por la isla. Caminó desde el lado noreste de la isla hasta el extremo suroeste. Los habitantes de Limnos tampoco fueron de ayuda. Ya estaban asustados por la tormenta que Hera habÃa desatado en la isla con su visita; lo tomaban como que los dioses estaban enfadados.
Vagó por la isla hasta que las piernas le fallaron y se dejó caer en la arena. Se sentó allà lamentando su ausencia y su incapacidad para encontrarlo. ¿Dónde estás, Hefesto? Sólo habÃa silencio, perturbado de vez en cuando por la brisa. Recordó su sonrisa ansiosa y su saludo alegre.
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