La Elección de Afrodita 26
Dolor y Placer (I)
Las lágrimas corrÃan por su cara, cruzando manchas de saliva por el tórrido beso entre ellos. El sudor de ambos se entremezclaba también por todo el cuerpo de ella. Sin embargo, Hefesto encontraba a su esposa, la diosa del amor, impresionantemente bella. Después de todo, habÃa algo en la vulnerabilidad de una persona cuando está en la agonÃa de las emociones placenteras.
Hizo ruidosos sorbos, como si estuviera atiborrándose durante un banquete, mientras sus labios y su lengua recorrÃan complejos patrones por toda su feminidad. Era más de lo que Afrodita podÃa soportar. Sus emociones hirvieron rápidamente como si fuera agua en una tetera caliente. Jadeó cuando finalmente alcanzó el punto de inflexión y se corrió, empapando con sus fluidos corporales la cara de su amante. Él se detuvo, parpadeando sorprendido. Ella se retorcÃa literalmente allà abajo, cada terminación nerviosa abrumada de sensaciones. Era tanto una súplica para que Hefesto se detuviera, ya que ella no podÃa aguantar más, como una invitación para que él siguiera.
La idea hizo que su hombrÃa, ya rÃgida por la excitación, se pusiera completamente erecta mientras la sangre y la lujuria se precipitaban. El solo hecho de verlo hizo que Afrodita se mojara más, si es que eso era posible. Ansiaba que entrara, pero su marido se limitó a permanecer allÃ, con una confusa mezcla de vacilación y excitación demasiado clara en su rostro. A qué está esperando, pensó ella. ¿He hecho algo para que se aleje?
En realidad, el dios de los herreros no deseaba otra cosa que penetrar a su novia hasta agotar toda su lujuria. Pero no se atrevió. ¿Por qué? Hefesto temÃa que en su plenitud, su vara de hierro fuera demasiado para que incluso la diosa del amor pudiera manejarla. Le preocupaba que le doliera tanto como que la complaciera. Era algo que le quitaba un poco de calor a su cerebro.
Ella volvió a llamarle, débilmente, sus palabras puntuadas por su respiración aguda y dificultosa. QuerÃa más. QuerÃa que él continuara hasta que ambos no pudieran moverse por el agotamiento. Uno podrÃa pensar que, como diosa del amor, era su lujuria innata la que la impulsaba. Es cierto que Afrodita, por su propia naturaleza, tenÃa apetitos casi insaciables de tipo Ãntimo. Pero más que eso, la impulsaba su anhelo por el propio hombre: el que juró estar con ella por toda la eternidad. El primero de ella, como ella era el primero de él.
La diosa del amor querÃa agarrarlo por el pelo, o rodear su torso con las piernas y tirar de él hacia ella. Cualquier cosa que él quisiera hacerle. Pero, por alguna razón, él seguÃa sentado en su cama con esa misma expresión de lucha contra sà mismo mientras parecÃa meditar sobre lo que habÃa entre sus piernas. ¿En serio? ¿Acaso tiene que pensar en ello?
"No te detengas. Por favor" suplicó ella débilmente.
Silencio.
"Te quiero dentro de mà ahora. Por favor"
TodavÃa, nada más que el silencio.
Afrodita arremetió, su frustración hizo que su espinilla se clavara en el costado del torso de él. Su cuerpo sólido y cincelado se sintió como una roca en su pierna, por lo que ella sabÃa, Hefesto también podrÃa haber estado hecho de él, ya que se quedó sentado sin moverse. Cuando se disponÃa a patearle de nuevo, su marido habló de repente:
"No creo que puedas con todo lo que tengo. Mira"
Para demostrar su punto, introdujo suavemente un dedo dentro de ella. La diosa del amor jadeó de placer, el largo dedo de su novio pudo rozar los puntos más sensibles de su feminidad mientras Hefesto entraba y salÃa. Sin ningún atisbo de incomodidad en su rostro, el dios del fuego introdujo tÃmidamente un segundo dedo, haciéndola sacar la lengua mientras comenzaba a jadear de alivio. A pesar de la ausencia de lo que temÃa que fuera dolor en su parte, su marido seguÃa dudando en acercarse a ella.
Afrodita no pudo aguantar más. Decidió desvelar lo que creÃa que serÃa su arma secreta, algo a lo que su marido no podrÃa resistirse. Lentamente, como para tentarle, empezó a abrir aún más las piernas para dar a Hefesto una visión más clara de su goteante femineidad mientras ansiaba algo que pudiera llenar cada centÃmetro de su interior.
"Deja de jugar y métemela como si quisieras hacerme daño",
Dijo ella, con un movimiento de cabeza hacia su vara totalmente engranada.
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