NULU 14





NUERA LUJURIOSA 14

Represión



Traducción: Asure


A la mañana siguiente.

Sheng Ge estaba apoyado junto a la ventana; no había pegado un ojo en toda la noche.

Contemplaba el color del cielo frente a él, cómo pasaba lentamente del negro denso de la madrugada a ser empujado pulgada a pulgada por la luz del amanecer. El sol aún no terminaba de salir por completo y la línea del horizonte entre las montañas remotas solo estaba teñida de un dorado tenue.

Con los ojos inyectados en sangre, miraba exhausto cómo la luz trepaba por los cerros y se reflejaba en las copas de los árboles. La luz del sol iluminaba suavemente todo el mundo, pero su pecho se sentía terriblemente vacío, como si le hubieran arrancado algo en el más absoluto silencio.

Cerró los ojos y suspiró profundamente.

Sin embargo, esa opresiva puntada de dolor no lograba disiparse por más que respirara.

Fue al baño, se lavó la cara y, frente al espejo, intentó esbozar una sonrisa; lo intentó durante un largo rato.

Solo cuando esa sonrisa se volvió un poco más natural, bajó lentamente las escaleras.

Abajo.

El aire traía consigo un frío húmedo, como si toda la mañana estuviera envuelta en una capa de silenciosa pesadumbre.

Shu Qi abrió los ojos despacio; los bordes de sus párpados aún conservaban la hinchazón de haber llorado, tenía la garganta seca y el pecho pesado. Sentía que nunca había llegado a dormirse de verdad, sino que simplemente había estado luchando en silencio entre la oscuridad y el alba.

Apenas aclaró el día, se levantó, entró al baño, se lavó la cara y se echó agua desesperadamente para borrar el enrojecimiento de sus ojos y el desorden dentro de su alma.

Regresó a la habitación, se sentó frente al tocador y se quedó mirando fijamente a su pálido reflejo en el espejo, intentando forzar una sonrisa normal.

Lo intentó por largo rato.

La persona en el espejo seguía sonriendo con rigidez; su rostro pálido reflejaba el tenue brillo dorado que entraba por la ventana, e incluso las huellas de sus lágrimas parecían quedar expuestas despiadadamente por la luz del sol.

Escuchó el ruido de alguien bajando las escaleras al otro lado de la puerta. Cerró los ojos y se quedó en silencio un momento.

Luego respiró hondo y reprimió todas sus emociones a la fuerza, sepultándolas en lo más profundo de su corazón.

Empujó la puerta de la habitación y bajó.

Desde la cocina llegaban ligeros ruidos.

Era Sheng Ge.

Se le veía demacrado y sereno, pero sus movimientos seguían siendo los de siempre:

hervir agua, preparar el desayuno... cuidaba cada detalle con cautela, como si lo de la noche anterior jamás hubiera ocurrido.

De pronto, un aroma cálido y denso se apoderó del aire, trayendo consigo una fragancia ligeramente amarga pero reconfortante.

Era el cautivador olor del café.

Shu Qi se le quedó mirando la espalda por un momento, sintiendo una mezcla de calidez y dolor en el corazón; solo cuando el vapor del café empezó a elevarse, fingió calma y entró.


—Buenos días.


Sheng Ge volteó al oír su voz.

Las miradas de ambos se cruzaron brevemente en el aire, pero, como si se hubieran punzado, las desviaron al mismo tiempo.

A Sheng Ge se le movió la manzana de Adán y, con voz ligeramente ronca, dijo en voz baja:


—... ¿No dormiste bien? Come algo, tal vez te sientas un poco mejor.


Shu Qi se quedó helada por un instante. Aquella muestra de preocupación tan simple fue como un destello de luz que acarició la parte más sensible de su pecho; una calidez inenarrable brotó lentamente, pero fue sofocada de inmediato por una amargura aún más profunda.

Bajó la cabeza al instante, con pánico de que, si levantaba la mirada y veía los ojos tiernos de Sheng Ge, sus emociones desbordadas terminaran por derramarse de sus ojos.

No le quedó más opción que forzar levemente las comisuras de los labios y responder fingiendo desenvoltura:


—Sí, gracias... No es nada, estoy bien.


Dicho esto, caminó a paso ligero hacia la barra, aunque su espalda se tensó disimuladamente, como si temiera que el menor descuido la hiciera colapsar.

El desayuno era muy sencillo: un huevo pasado por agua sazonado con sal marina y pimienta negra, acompañado de una tira de tocino dorada y crocante.

Shu Qi se quedó mirando en trance el desayuno humeante, sin saber a dónde se habían vuelto a extraviar sus pensamientos.

Sheng Ge la miró de reojo. Shu Qi sintió la mirada y levantó la cabeza por instinto; sus ojos volvieron a chocarse y ambos volvieron a esquivarse ligeramente.


—... ¿Quieres leche?

—Sí.


Sheng Ge puso dos tazas de lattes tibios sobre la mesa y deslizó una frente a Shu Qi.

Como de costumbre, se sentó al frente. Aunque estaban muy cerca, parecía haber entre ellos una capa de aire que nadie podría cruzar fácilmente.

Shu Qi sostuvo la taza de café con ambas manos, sintiendo cómo el calor sutil atravesaba sus palmas y templaba un poco su corazón; el aroma del café flotaba en la punta de su nariz, dejándola por un instante sumida en un trance.

Tras dar un sorbo a ese café tibio y ligeramente amargo, esa tibieza no llegó a tiempo de sostener sus emociones rotas antes de transformarse rápidamente en una punzada de nostalgia y pesar.

El vapor de la comida subía en silencio desde el borde del plato, mezclándose con el olor a café en el ambiente, como una ternura invisible que envolvía en calma el espacio entre los dos.


—Come.

—Sí.


Afuera de la ventana, la luz del sol ya había ido conquistando poco a poco todo el cielo, mostrando un brillo tierno pero pálido.

Ambos comían su desayuno en silencio, como si nada hubiera cambiado, a la vez como si todo fuera distinto.

Shu Qi contempló el plato ya vacío frente a ella, respiró hondo sin llamar la atención y sonrió con disimulo, como si no hubiese pasado nada. Levantó la mirada y preguntó:


—Papá, ¿tienes algún plan para hoy?


Sheng Ge guardó silencio un momento, como pensando cómo responder. Tras una breve pausa, su voz sonó grave y afectuosa:


—... A donde quieras ir, te acompaño.


Aquellas palabras fueron livianas como una pluma, pero cayeron con un peso enorme en lo profundo del corazón de Shu Qi. Su alma dio un vuelco y las emociones que con tanto esfuerzo había logrado ordenar se hicieron añicos de nuevo en una lluvia silenciosa que caía dentro de su pecho.

Shu Qi agachó la cabeza, bajó las pestañas y no dijo absolutamente nada.

Sheng Ge se levantó en silencio a recoger las tazas y los platos; Shu Qi miró su silueta y dijo en voz baja:


—Tú cocinaste.


La mano de Sheng Ge se detuvo un instante.


—Está bien.


la voz fue grave y tierna, como si hubiera sabido desde antes que ella diría eso.

Shu Qi se puso de pie y agarró los platos.


—... Hay que seguir las reglas.


añadió casi en un susurro, apenas audible.

El sonido del agua resonó en el lavadero; ambos estaban de espaldas, ninguno dijo nada. Solo la luz del sol atravesaba la ventana y caía sobre el suelo, completamente inmóvil.

No eran muchos trastes, así que el ruido del agua en el lavadero cesó rápido.

Shu Qi puso los platos a secar y se secó las manos con movimientos sumamente delicados, como temiendo sobresaltar algo.

No dijo nada ni miró a Sheng Ge; pasó a su lado como de costumbre, dirigiéndose hacia la sala.

Sheng Ge levantó la mirada y captó esa brevísima ojeada al pasar; bajo la luz rasante del sol, notó que el canto de sus ojos aún estaba rojo, como un rastro de humedad incapaz de desvanecerse tras haber llorado tanto la noche anterior.

Sintió una opresión en el pecho y un nudo en la garganta.


—Shu Qi.


la voz no fue alta, aunque traía cierta prisa, sonó firme.

Shu Qi frenó el paso, pero no se dio la vuelta de inmediato.

Sheng Ge habló en un tono sereno y a la vez suave:


—El viento en el río debe estar simpático... ¿vamos a dar una vuelta?


En ese momento, la luz del sol le caía desde la espalda sobre los hombros, dándole a esa silueta ligeramente rígida una capa extra de silenciosa dulzura.

Guardó silencio unos segundos antes de girarse despacio y asentir con la cabeza.


—Yo... voy a cambiarme de ropa.


La tirantez en la comisura de sus ojos pareció derretirse un poco, como acariciada en secreto por el sol.

En ese momento, la luz mañanera en el parque junto al río aún no se había desplegado del todo. El cielo mostraba un tono azul grisáceo tenue, impregnado de un frescor verdoso y azulado junto con la neblina de las nubes que no terminaban de disiparse, pero el parque ya empezaba a tomar vida poco a poco.

El parque se extendía varios kilómetros a lo largo de la ribera. El suelo era de adoquinado gris un tanto desgastado, con algunos bordes ligeramente desiguales por el paso del tiempo; el agua del río discurría tranquila y, de vez en cuando, un par de patos se deslizaban suavemente, dejando pequeñas ondas en la superficie.

A la orilla crecía todo tipo de vegetación: en algunas zonas había hileras enteras de árboles, mientras que en otras se conservaban los juncales naturales; desde las ramas llegaba el canto de aves no muy lejanas, sin resultar escandaloso, pero suficiente para recordar que en este rincón de la ciudad aún habitaba el ritmo de la naturaleza.

Los corredores pasaban de a pocos: algunos con audífonos, otros mirando el reloj, otros trotando con su perro.

También pasaba gente cargando su desayuno; las bolsas de plástico chocaban despacio produciendo un sonido leve, de ellas emanaba un vapor tibio y un aroma a fritura, mientras cada quien avanzaba a su propio ritmo.

No era un paisaje monumental ni un lugar especialmente deslumbrante, ni contaba con ese bullicio forzado; esta estampa que mezclaba la naturaleza con la calidez de la vida cotidiana era la cara verdaderamente conmovedora de la existencia.

Era ese tipo de rincón que invita a bajar el cambio y que, a veces, te hace parar sin darte cuenta para mirar un par de segundos más.

Al observar a esa gente viviendo tranquila el ritmo de sus mañanas repetidas día tras día, los pensamientos tensos de Sheng Ge también comenzaron a aflojarse, poco a poco, entre aquellas insignificantes escenas cotidianas.

Sheng Ge y Shu Qi caminaban uno al lado del otro, manteniendo una ligera distancia entre sí; ni muy lejos ni muy cerca. Aunque no hablaban, sus pasos iban extrañamente sincronizados.

El suelo de adoquines grises debajo de sus pies tenía ligeras ondulaciones; de cuando en cuando, al pisar una pieza suelta, sonaba un chasquido leve. Tras andar un trecho, alguien trotando con su perro pasó a su lado y ambos se juntaron un poco más: sus hombros se rozaron ligeramente, sin esquivarse a propósito, pero tampoco distanciándose de nuevo.

Al llegar a una esquina junto al río, Shu Qi se detuvo de repente a contemplar cómo los patos se deslizaban sobre el agua sin decir palabra. Sheng Ge también se detuvo a su lado, acompañándola en silencio mientras observaban cómo se expandía onda tras onda en el agua.

Sheng Ge volteó la cabeza y vio que el cansancio en el rostro de ella se atenuaba con la luz de la mañana, volviéndose más suave.


—Caminemos un rato más.


Shu Qi asintió, sin mirarlo, siguió caminando hacia adelante.

El viento soplaba sin prisa, rodeando los árboles del camino y acariciando sus oídos; estaba algo fresco, pero ayudaba a despejar la mente.

Shu Qi caminaba despacio; los mechones de su cabello ondeaban suavemente con la brisa y, cuando alguno le rozaba la mejilla, estiraba la mano para apartarlo con un gesto distraído. A veces agachaba la cabeza para patear una piedrita del camino, como si estuviera reflexionando en algo o intentando llamar su atención sin querer.

No decía nada en particular, pero por su postura al caminar y la forma en que a veces levantaba la mirada al cielo, parecía haber algo dando vueltas en su mente.

Sheng Ge no la apresuró en ningún momento ni le hizo preguntas; simplemente caminaba en silencio a su lado.

Tras avanzar otro tramo, Sheng Ge ladeó ligeramente la cabeza hacia Shu Qi y dijo suavemente:


—... Con este viento así, parece que... ya no se siente tan feo.


Shu Qi frenó un segundo el paso. Sin voltear, solo soltó un ligero «Sí». Una respuesta suave y tenue, pero que ya no sonaba tan tensa.

La luz del sol finalmente atravesó las nubes y cayó desde sus espaldas; las sombras de ambos se alargaron, acercándose disimuladamente en el suelo, como si en medio de la luz y la sombra se fundieran en un abrazo pausado.

El viento soplaba sobre la superficie del río mientras unos cuantos pájaros alzaban el vuelo, aleteando sobre el agua y levantando una serie de pequeñas ondas. No volaban muy alto, pero lo hacían con absoluta naturalidad.

En el aire resonaron unos breves gorjeos y luego las aves desaparecieron al fondo del recodo del río.

Shu Qi se detuvo por instinto, no porque algo la hubiera conmovido, sino simplemente por el deseo de quedarse mirando unos segundos más. Sheng Ge también frenó el paso y se quedó a su lado, sin decir nada.

Ambos contemplaban el agua, mirando en la dirección en que habían volado aquellos pájaros.

En ese instante, una brisa suave sopló trayendo consigo el olor de la vegetación de la orilla; un aire fresco que no resultaba molesto.

Fue entonces cuando ella habló, con una voz un poco baja, como temiendo interrumpir algo.


—Shu Wei nunca me acompañó a caminar así.


la voz de Shu Qi fue sumamente suave, pero sus palabras cortaron el aire en calma como un filo.


—Él siempre siente que su tiempo debe ir... a donde él cree que debe ir: al trabajo, a los compromisos, al celular o... a los videojuegos.


Las comisuras de sus labios dibujaron un amago de sonrisa, pero no había alegría en ella; tenía un toque frío.


—A este parque le he dado decenas de vueltas sola; él nunca lo supo.


Sheng Ge no respondió. Su expresión no cambió, pero en el fondo de sus ojos afloró una pizca de dolor y otra de compasión, mientras apretaba disimuladamente las yemas de los dedos.

Él no sabía cómo se habían llevado como esposos durante todos estos años, ni qué cosas habían pasado entre ellos ni qué historia compartían.

Sin embargo, Sheng Ge lo tenía claro, muy claro.

Cuando una mujer llega al punto de perder la ilusión por algo tan simple como «caminar un trecho juntos», ¿durante cuánto tiempo habrá sido dejada de lado?

De verdad se había acostumbrado a la soledad.


—Antes yo buscaba cualquier conversación para hablarle, inventaba excusas para invitarlo a salir... Después me dio flojera.

—Uno no puede estar siempre hablando solo en una relación; es como estar casada con un muro.


dijo como hablando consigo misma, con una voz tan suave que casi se la llevaba el viento.

Sheng Ge escuchaba, pero sintió cómo su corazón se hundía centímetro a centímetro.

Sabía que no debía darle importancia a esas palabras, pues él era el mayor, el padre de Shu Wei, el suegro de la mujer frente a él.

Él era la persona que... debía aconsejarle «sé más comprensiva».

Pero no dijo nada; ni siquiera pudo desviar la mirada.

El viento volvió a soplar. Ella agachó la cabeza y le dio un puntapié a una piedra pequeña en el camino, como una niña que hubiera cometido una falta, o como si buscara en silencio ser vista.

Sheng Ge no habló, pero soltó un largo suspiro en lo profundo de su ser.

Sabía que no debía tocarla ni se atrevía a preguntarle nada.

Aun así, le dolía tanto el corazón que quería tomar su mano fría, con una pena tan honda que casi no podía reprimir las ganas de soltar un: «... ¿Estás bien?».

Pero al final no dijo absolutamente nada; se quedó en silencio a su lado, cuidando cada respiración casi por instinto.

Shu Qi ladeó ligeramente la cabeza, contemplando la calma del río.

Sus ojos, con las venitas rojas tras no haber dormido en toda la noche, el borde de sus párpados ligeramente enrojecido, se hicieron más evidentes bajo la luz diagonal del sol, atrapándole el corazón como si fuera una red tupida.

En su interior, él quería zafarse por instinto de esa red.

Pero se dio cuenta de que, por más que quisiera huir, le era imposible liberarse.

Agachó la cabeza y fijó la mirada en la mano de ella, que temblaba levemente a un costado de su cuerpo.

Dudó un instante.

Solo un instante.

Y estiró esa mano cálida, ancha, curtida por los callos y los años, para tomar la mano fría y delicada de Shu Qi.

La tomó con suavidad, como quien toca una flor a punto de marchitarse.

Ella se sobresaltó un poco y lo miró por instinto.

Sheng Ge no volteó; se limitó a mirar al frente en silencio, como si no hubiera pasado nada, manteniendo la compostura de siempre.

Pero la mirada de ella no se apartó.

Ahí estaba ese perfil familiar, sereno y firme.

Sin decir nada, parecía haberlo dicho todo.

De pronto, sintió que esa parte oprimida en su corazón era acariciada suavemente por una brisa cálida, desvaneciendo algo en su interior.

No dijo palabra alguna; solo apretó levemente los dedos con una fuerza tan sutil que resultaba casi imperceptible, deseando no soltarlo jamás.

Las sombras de ambos se hicieron aún más largas bajo la luz del sol, sobreponiéndose gradualmente la una con la otra.

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