24 CORAZONES 284
Caballero Azul (4)
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La fregó. La guadaña que lanzó solo cortó el aire. Iris se quedó desconcertada al no sentir el impacto. Recuperó el arma al toque y la blandió hacia arriba para desviar las lanzas que llovían sobre su cabeza. El mango de la guadaña, que parecía hecho de neblina negra, se estiraba según su voluntad, dándole un alcance y un área de ataque alucinantes.
Como si estuviera dibujando con tinta china sobre papel, Iris dejó rastros en el aire mientras repelía las lanzas, pero al voltear, no pudo evitar fruncir el ceño. Aquella lanza cónica que se le escapó hace un momento ya había atravesado el cuerpo de Lyme.
Era una imagen de terror. Tenía un hueco enorme en el cuerpo y la sangre salía disparada a chorros, tiñendo todo de rojo. Era obvio: ya estaba muerto. Con los ojos pelados, como si no pudiera creer lo que le pasaba, se quedó parado un segundo antes de desplomarse sin fuerzas. Y para colmo, más lanzas le cayeron encima hasta dejarlo hecho puré.
Arhil, protegida por Iris, vio todo y cerró los ojos con fuerza, mordiéndose el labio. Se sentía una inútil. Lo único que podía hacer eran un par de bendiciones y magia divina, pero eso no servía de mucho bajo esta lluvia de lanzas. Por más que fuera la Santa de Gabriel, no se diferenciaba en nada de un sacerdote común. Ante tanta gente, no podía hacer ni michi.
'Yuda...'
Lo extrañaba. En medio de esta pesadilla que se armó de la nada, quería que él apareciera y la rescatara. Como cuando los atacaron los malos espíritus en ese pueblito de Calipso. Como cuando se contagió con la energía de Asmodeus en Urun y él la llevó al templo para que el Rey Santo la curara. O como cuando detuvieron al ejército de Silan en el bosque de los elfos.
Deseaba con toda su alma que él arreglara esto otra vez. Pero no podía quedarse sentada esperando. Por lo menos, cuando él llegara, ella quería recibirlo con la frente en alto y decirle que lo estaba esperando.
'Tengo que hacer lo que pueda'.
Lyme ya estaba muerto; lo vio morir con sus propios ojos. Ella no iba a terminar así de fácil. Iba a aguantar hasta que llegara Yuda. Y para eso, tenía que cuidar a Iris, porque Iris era quien la protegía a ella. Arhil juntó las manos y empezó a rezar. Su poder divino fluyó y envolvió el cuerpo de Iris con una bendición.
—...!
Iris, que seguía desviando jabalinas, se sorprendió al sentir cómo esa energía dorada y cálida se le metía al cuerpo y le daba un segundo aire. Ya había recibido una bendición antes, pero esta era distinta: se sentía más ligera y con más punche. En lo que desviaba la última lanza con su guadaña, se desplegó una barrera dorada.
Tal vez por su determinación de no morir, el escudo se formó mucho más rápido que la primera vez y se veía bien macizo. Calicteser, viendo esto, ladeó la cabeza y volvió a invocar una lanza.
Partículas de plata se juntaron y apareció una nueva. La magia era tan fuerte que hasta un caballero de rango superior podía invocar diez lanzas sin despeinarse. Los de nivel Maestro podían sacar el doble, así que no les dolía andar desperdiciando armas.
—¡Hup!
Tomó aire y lanzó la jabalina con todas sus fuerzas contra el escudo dorado. Con un sonido que parecía rajar el cielo, la lanza impactó en la barrera. El golpe fue tan seco que generó una onda de choque, pero no logró romperla. Aparecieron unas grietas como si fuera vidrio, pero se arreglaron al toque.
—Hum, ¿debí haber matado a la sacerdotisa primero? Con ese nivel de poder, no es cualquier cura... debe ser una de alto rango, o capaz hasta una Santa.
—Es la Santa de Gabriel. Aunque no tengo idea de qué hace con Judah Arche.
—¿En serio?
Ja.
Calicteser soltó una risa sarcástica. Lo dijo por decir, pero no pensó que de verdad fuera una Santa. ¿Desde cuándo las Santas abundan tanto? Si ya conseguir un sacerdote es tranca, resulta que en este pedazo de tierra hay dos Santas sin que haya siquiera una guerra santa de por medio.
'¿Me la puedo bajar?'
Se supone que las Santas son las elegidas por el Rey Santo. Por un momento pensó que si la mataba se ganaría el odio de su dios, pero en toda su vida nunca escuchó que alguien fuera maldecido por eso. "Ya fue", concluyó con ligereza. Calicteser dio un paso al frente y llamó:
—Estar aquí tirando palitos desde lejos es perder el tiempo. ¡Ader, Benedict, Conrad!
Al escucharlo, tres Caballeros de la Lanza Azul dieron un paso al frente. Ellos no eran solo superiores, eran Maestros y también tenían espadas espirituales. En otros reinos, encontrar a alguien así es como buscar una aguja en un pajar, pero en el Imperio es otra cosa. Si en un escuadrón normal tener uno ya es un lujo, en los Caballeros de la Lanza Azul tenían como diez.
—Suboficial, quédese al mando mientras voy a dar un "paseo". No espere mi señal, use su juicio y actúe según vea la jugada.
El suboficial aceptó el mando con fuerza y ordenó a la tropa que esperara. Los caballeros, que ya tenían lanzas nuevas listas para tirar, bajaron los brazos y se pusieron en posición de descanso, esperando la orden. Morgan, viendo que Calicteser avanzaba, se fue tras él.
—¿A su edad piensa ir usted mismo al frente?
preguntó Morgan, sorprendida de verdad.
Por más que tuviera fragmentos, los años no pasan en vano. A cualquier raza, cuando le llega la vejez, el cuerpo se le debilita. Claro que Morgan tampoco era una chiquilla. No le gustaba decirlo, pero la verdad es que era mucho mayor que Calicteser. Solo que ella, al ser elegida por el Rey Santo Metatrón como apóstol, no sentía el peso de los años.
—¿Qué tiene mi edad? Ya pasé los 70, pero sigo parado mejor que cualquier chibolo. Esos tres que vienen conmigo son unos capos con la espada, pero si me enfrento a los tres juntos, les gano.
Era un poco de floro, pero con sus fragmentos sí podía ganarles. Sin usarlos, quizás contra dos sí la hacía, pero contra tres ya estaba frito.
—Además, para pelear contra alguien que tiene cuatro fragmentos, hay que estar en ventaja. Si queremos despacharlos rápido, tengo que meterme yo. Pero usted, Lady Morgan, ¿por qué me sigue?
—Tenemos al mismo enemigo, no me voy a quedar atrás mirando el espectáculo.
—Vaya, ¿incluso si eso significa matar a una Santa?
Morgan soltó una risita ante la pregunta.
—De todas formas no piensa dejar a nadie vivo, ¿o no? Hace un rato no me hacía caso y ahora que sabe que es una Santa, ¿lo está dudando?
—No, lamentablemente no.
—Entonces vamos. Esa chica de la guadaña no parece cualquier cosa; si le doy una mano, acabaremos más rápido, ¿no cree?
Que se sumara otro usuario de espada espiritual iba a ser, de lejos, una ayuda tremenda. Además, viendo la puntería que tuvo para bajarse al mago con esa jabalina, su habilidad debía ser mucho más brava de lo que Calicteser imaginaba.
—Así parece... ¿eh?
Justo cuando iba a asentir para responderle, sintió un subidón de energía en todo el cuerpo. Un brillo dorado empezó a emanar de su armadura, filtrándose hacia adentro.
—Siéntase honrado. Es la bendición de la Santa.
Calicteser no dijo nada ante el comentario orgulloso de Morgan, pero por dentro estaba asombrado.
'Asu, qué tal diferencia'.
¿Así eran todas las bendiciones de las Santas? Antes ya lo habían bendecido otros sacerdotes, pero nunca fue para tanto. No sabía si era porque ella era una Santa o porque venía directamente del Rey Santo Metatrón, pero la vitalidad que sentía era alucinante. No sabía cómo explicarlo, pero la palabra exacta era que se sentía joven otra vez.
Ese "conejito" que sentía en los huesos desapareció y sus articulaciones se movían seditas; el cuerpo le pesaba menos. Sus músculos no se quejaban por el esfuerzo, sino que daban vivas, como si rebosaran de fuerza. Y ahí no quedaba la cosa: tenía la mente clarita y el maná corría por sus venas con una pureza y una furia salvaje. Se sentía capaz de todo.
—Sir Calicteser.
—¿Sí?
—Esas lanzas dobladas y rotas que están alrededor del escudo... ¿las puedo usar?
—... No te entiendo, ¿a qué te refieres?
—Lo tomaré como un sí. Total, igual no las van a poder recoger para usarlas de nuevo.
Morgan levantó su fragmento, la Bulgasari. Se sintió un maná extraño y, de pronto, los restos de lanzas que estaban fuera de la barrera dorada empezaron a cortarse en láminas delgaditas y a flotar en el aire. Esas miles, millones de piezas metálicas parecían pétalos de flores.
Sa-sa-sa-sac
Se escuchaba ese sonido metálico tan particular de las piezas rozándose entre sí. Los fragmentos de hierro se elevaron por todo lo alto, se amontonaron y se fusionaron hasta formar una lanza colosal. Al ojo parecía medir unos 10 metros, pero quién sabe si era más. Lo único fijo es que esa "lanza gigante" parecía el arma de un dios por su tamaño. Con un peso que hacía que verla flotar fuera casi irreal, la gran lanza dio un giro ligero hacia la derecha y empezó a rotar a toda velocidad, como un taladro.
—Eso es...
—Este es el poder de mi fragmento, Bulgasari. ¿Empezamos? Sí, mejor empecemos de una vez. Hay que acabar con esto al toque.
Aunque tenía el casco puesto y no se le veía la cara, por su voz se notaba que se estaba divirtiendo. La gran lanza, impulsada por el maná de Morgan y el poder de la Bulgasari, cayó en picada rotando como un taladro y golpeó con todo el escudo dorado.
¡Kiii-ing!
Con un ruido chillón que te taladraba los oídos, la lanza gigante fue lijando la barrera dorada hasta abrirse paso. Al toque empezaron a salir grietas en el escudo hasta que reventó. Con un sonido de vidrios rotos, la barrera se hizo trizas sin dar tiempo a que se reparara, y la lanza gigante se metió de lleno. Pero entonces, apareció ese rastro negro que ya habían visto antes y partió la gran lanza en dos. Al perder el impulso y la rotación, los pedazos cayeron al suelo levantando una nube de polvo grisáceo.
Como era tierra quemada por ese fuego negro, esos restos parecían ceniza y daban una sensación pesada; como que a uno no le daban ganas de meterse ahí.
—¡¿Agggh?!
Mientras Calicteser dudaba un segundo mirando el polvaredal, escuchó un grito de agonía. Volteó al toque. Iris, que no se sabe en qué momento se había acercado, estaba detrás de Ader, el Caballero Maestro que venía por la izquierda. Tenía su guadaña negra en la mano y la cabeza de Ader ya estaba volando por el aire. La sangre salió disparada desde el cuello, cortado limpiamente junto con el protector de la armadura.
'¿Ader, que es un usuario de espada espiritual, cayó así de fácil?'
Calicteser peló los ojos. Pero Iris no se quedó tranquila con una sola baja; desapareció de ese sitio y reapareció a unos 10 metros, justo detrás de Benedict, el otro Caballero Maestro que se había quedado helado mirando la escena.
—¡Benedict, a tu espalda!
Ante el grito de Calicteser, Benedict reaccionó al instante, giró y levantó su escudo. El impacto fue tan fuerte que, incluso con el escudo reforzado con maná, lo mandó hacia atrás. Plantó el pie derecho con fuerza para frenar el retroceso y lanzó un estocada con su lanza de caballería con toda su alma. Pero el ataque no le rozó ni un pelo a la chica.
Iris esquivó el golpe como si nada y movió su guadaña con ambas manos a una velocidad que ni un usuario de espada espiritual podía seguir.
—!
Cuando Iris detuvo su ataque, Benedict tomó aire e intentó mirar hacia abajo, pero ya tenía varios rastros negros marcados en el cuerpo. En un segundo, sus restos quedaron esparcidos por el suelo y su conciencia se apagó. Un caballero de élite, con mil batallas encima, usuario de espada espiritual y encima con la bendición de una Santa, no pudo hacer ni michi y murió como si nada. ¡Y ya iban dos!
Al ver cómo se despachaban a sus dos caballeros, Morgan lanzó la Bulgasari directo hacia la polvareda. La tiró sin mucha pose, pero la potencia era de temer. La jabalina atravesó el polvo, pero Iris desapareció como si fuera un fantasma.
¡Ca-ang!
Se sintió un ventarrón fuerte por el choque de fuerzas y la nube de polvo que tapaba la vista se disipó de un porrazo. Iris, con su guadaña en mano, ya estaba de nuevo frente a Arhil, protegiéndola.
—…….
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