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24 CORAZONES  283

Caballero Azul (3)



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El lanza cónica que salió de las manos de Calicteser fue la primera de miles que le siguieron, surcando el aire en conjunto. Aquellas lanzas, de un peso considerable, no solo se elevaron con rapidez, sino que empezaron a caer con una velocidad impresionante.

Debido al peso y a la gravedad, las puntas afiladas comenzaron a apuntar directamente hacia abajo.


—¡Un momento! ¡¿Qué piensa hacer si le dan al sacerdote?!


Era una escena que bien podría calificarse de majestuosa. Morgan, que por un instante se había quedado embobado por el espectáculo, reaccionó tarde y le reclamó a Calicteser por su imprudencia, pero este ni le respondió. Ni siquiera volteó a mirarlo, como si las palabras de Morgan no le hubieran llegado a los oídos.

'¡El poder del fragmento...!'

Pero ya era tarde. Ella calculó que, aunque hiciera algo ahora, para cuando reaccionara, esa lluvia de lanzas ya estaría clavada en el suelo. Sin embargo, sus predicciones fallaron.


—¿Ah?


Calicteser, que observaba con frescura tras haber lanzado el ataque para ver cómo respondían, soltó un quejido de admiración.

Entre los que estaban a la entrada del laberinto, creo que se llamaba Iris. La chica que se había presentado escribiendo su nombre en una libreta, de pronto, se quitó la capa. Ataviada con una armadura de cuero ligera que resaltaba su figura esbelta, extendió el brazo derecho hacia un lado. En ese momento, una neblina negra brotó de su mano y, en un parpadeo, tomó la forma de una guadaña larga y de aspecto feroz. Parecía como si estuviera sosteniendo el humo mismo con las manos.

Sujetó el mango de la guadaña con ambas manos y dio un tajo enorme hacia las lanzas que caían. El mango se extendió de golpe, dejando un rastro gigantesco en el aire. Y justo sobre esa trayectoria, cayeron las lanzas.



¡Ka-ka-kang!



Al chocar contra el rastro del ataque, las lanzas saltaron por los aires soltando chispas. Sin embargo, eran demasiadas. No se podían desviar todas con un solo movimiento.

Era obvio.

Eran miles; exactamente 4,500 jabalinas lanzadas por los Caballeros de la Lanza Azul. No había forma de detener eso de un solo golpe.

Pero entonces, se vio al sacerdote Arhil y al mago Lime extender sus manos hacia el cielo. Una barrera traslúcida de color dorado se desplegó, y sobre ella, una luz azul la cubrió por completo hasta congelarla. El sonido del hielo crujiendo, un "¡tzzzz!", se sintió tan nítido que parecía estar aquí mismo.

No obstante, ese escudo invocado a la carrera no era perfecto. Las lanzas impactaron de lleno sobre las dos capas de la barrera esférica.



¡Kua-ka-ka-ka-kak!



Como el escudo no se había terminado de formar, el hielo se hizo trizas sin mucha resistencia y las lanzas se clavaron en la capa dorada de abajo, sacudiéndola por el impacto. Parece que no pudo aguantar la fuerza, porque ambas barreras se quebraron al poco tiempo.

Justo cuando el escudo colapsaba hacia adentro y las lanzas estaban por aplastar a los que estaban debajo, un rastro negro estalló desde el interior hacia afuera.

Aquel tajo, que dejó una estela en el aire, pulverizó al instante tanto las lanzas como los fragmentos de hielo que caían. Las lanzas que chocaron contra esa fuerza no resistieron y salieron volando, todas rotas o dobladas.


—…….


Y mientras el hielo y la luz que formaban la barrera caían hechos polvo, entre los restos apareció Iris, sosteniendo su guadaña y mirando hacia este lado con una frialdad absoluta. A pesar de la distancia, en el momento en que sus miradas se cruzaron, Calicteser sintió un escalofrío que le recorrió toda la columna. Esa sensación, como si estuviera caminando sobre el filo de una navaja recién afilada, hizo que la comisura de sus labios se elevara en una mueca.


—¡Ja, ja, ja, ja!


De pronto, soltó una carcajada.


—¡Qué buena! ¡Excelente! ¡Parecen salidos de un cuento, el grupo del mismísimo héroe!


Judah Arche, ese joven, también poseía una espada espiritual. Pero parecía que Iris también tenía una. Con dos usuarios de espadas espirituales, un mago de alto nivel y un sacerdote —que, por lo que decían la santa y el caballero, no era alguien común a quien pudieran matar así nomás—, no era exagerado llamarlos el grupo del héroe.

'Si ellos son los héroes...'

¿Qué eran él y sus caballeros que los habían atacado?

¿Los secuaces de un Rey Demonio malvado que atacan a los héroes en una misión sagrada? ¿O quizás unos nobles corruptos? Sea lo que sea, se sentía como si le hubiera tocado el papel de los malos.

Pero eso no significaba que pensara detener el ataque. Si ellos andaban recolectando fragmentos, era un hecho que tarde o temprano serían enemigos; y si mataba a Judah aquí, los tres fragmentos que él tenía pasarían a ser propiedad del Imperio.

No sabía qué fragmentos poseía, pero con eso, no veía imposible derrotar al Imperio de Baekje y unificar el continente.


—Preparen las lan...


Justo cuando iba a dar la orden, sintió un escalofrío tan aterrador que se le erizaron hasta los pelos de la nuca. No se comparaba en nada a lo que sintió al mirar a Iris.

Y no fue solo Calicteser; todos los presentes lo sintieron. Entonces, sobre el grupo de Judah, frente al laberinto, apareció una mujer hermosa, de cabello morado y casi sin ropa.


—¡Ah!


Alguien soltó un grito de asombro al verla. Y no fue por sus pechos voluptuosos, su cintura pequeña o sus piernas largas y torneadas.

Tenía cuernos creciendo en su cabeza y la esclerótica de sus ojos era completamente negra. En su espalda se desplegaban alas de membrana, como las de un murciélago, y entre sus muslos se asomaba una cola alargada. Ese aspecto, que dejaba claro que no era humana, fue lo que causó la sorpresa. Y al verla, sintieron cómo brotaba un deseo carnal inexplicable.

A pesar de haber pasado largamente los 70 años, a Calicteser se le "despertó" la zona baja. La mujer, que emanaba un aura de sensualidad pura, esbozó una sonrisa coqueta y desapareció en un instante, tal como había llegado.


—¿Asmodeus?


Murmuró el nombre sin darse cuenta. Esa apariencia era, sin duda, la de un demonio. Por su presencia y esa atmósfera tan particular, no podía ser otra que la Lujuria, uno de los Siete Pecados Capitales.

Para estar seguro, volteó a ver a la Santa. Morgan, que estaba al lado de ella, no se le veía la cara por el casco, pero por el rostro desencajado de la Santa, parecía que no se equivocaba.


—¿De verdad es Asmodeus?


La Santa asintió con semblante grave.


—Sí, debe ser ella. Al final, la soltaron. Es el único demonio en el mundo intermedio que puede usar todo su poder ahora mismo, así que es sumamente peligrosa.

—Pero lo bueno es que no parecía tener ningún fragmento.


¿Podía estar seguro de eso? Quizás Asmodeus sí tenía uno y simplemente no lo mostró. Como si supiera lo que Calicteser estaba pensando, Morgan continuó.


—Si Judah fue... ¿tentado? ¿sometido? por ella...


Morgan ladeó la cabeza bajo el casco.


—Mmm, no sé cómo decirlo exactamente. Digamos que fue derrotado. Si perdió, todos sus fragmentos habrían pasado a manos de Asmodeus. ¿Crees que ella, teniendo cuatro fragmentos, se iría así nomás sin probar ese poder?

—…….

—Bueno, podría haberse ido si es precavida. Pero sea como sea, a nosotros solo nos queda rezar para que ese tal Judah Arche todavía tenga los cuatro fragmentos en su poder, ¿no?


Tenía razón. Calicteser entornó los ojos tras la visera de su casco. Esta vez, su mirada rebosaba un instinto asesino evidente. Ahora que se confirmaba que el sello de los Siete Pecados se había roto, iría con todo. Se prepararía para matar a Judah en el acto apenas saliera del laberinto.


—Para eso, no nos queda otra que despacharlos lo más rápido posible.

—¿Y si nos unimos al combate, Santa?

—¿No habías dicho que no debíamos matar al sacerdote?


Calicteser soltó la frase así, como quien no quiere la cosa, Morgan se quedó callada. Cuando el Rey Santo Metatrón le dio la información sobre Judah, le advirtió que la sacerdotisa que lo acompañaba era la Santa de Gabriel, así que, de ser posible, no debía matarla.


—Ya qué queda, pues.


Literalmente, no había otra opción. En una situación así, ¿cómo podría salvarla solo a ella? Podría meterse a la fuerza, noquearla y sacarla de ahí, pero ¿cómo reaccionaría ella al despertar y ver que todos sus compañeros han muerto? Aunque servían a reyes santos distintos, eran colegas; ella podría guardarle un rencor profundo y, usando su rango de Santa, quién sabe qué cosa haría. Capaz hasta terminaba quitándose la vida.

O peor, podría pasar sus días viviendo como una muerta en vida. Había visto a muchos así. Y sobre todo, estaba segura de que antes de que ella pudiera siquiera intentar rescatar a la Santa de Gabriel, Calicteser ya habría ordenado a sus Caballeros de la Lanza Azul que acribillaran a todos con sus jabalinas. Para ese tipo, que ella fuera una Santa parecía importarle un comino.

'Si es así, prefiero hacerlo yo misma'.

Se encargaría de que fuera de un solo golpe, una muerte limpia. Morgan, empuñando su fragmento "Bulgasari", se puso al lado de Calicteser y tomó posición para lanzar.


—Yo me encargo del mago primero.

—Entonces yo haré como que apunto al sacerdote para crearte un hueco.


Calicteser también invocó una nueva lanza en su mano. Partículas plateadas se juntaron hasta darle forma al arma.


—¡Todos, preparen sus lanzas!

—¡Listos para lanzar!


Sin embargo, antes de que soltaran el ataque, vieron que los cuerpos del grupo de Judah empezaban a brillar; el mago estaba intentando usar magia de teletransportación. Al ver eso, Calicteser soltó una risita burlona.


—¿De verdad creen que pueden escapar?


Qué giles. No habían venido hasta aquí sin estar preparados para algo así.

Calicteser invocó el decimonoveno fragmento, aquel que le dio el apodo del "Escudo del Imperio": 〈Moonlight〉. Sintió un hincón en el brazo izquierdo y, sobre su guantelete, apareció el escudo. Era un kite shield, de esos que son redondos arriba y terminan en punta abajo, como si fuera una gota de agua.

El escudo invocado soltó un brillo tenue y, de un momento a otro, toda el área, incluido el laberinto, quedó atrapada dentro de un cubo gigante. El grupo de Judah, que ya estaba listo para teletransportarse, se quedó desconcertado al ver que la magia se activó pero ellos no se movieron ni un centímetro.


—Ya está. ¡Ahora, lancen con todo lo que tengan! ¡Fuego!


Los Caballeros de la Lanza Azul, que ya estaban en posición, empezaron a arrojar sus armas apenas Calicteser dio el grito. Fue como una ráfaga de misiles: 4,500 lanzas salieron disparadas una tras otra.


—¡Hup!


Morgan también tomó aire profundamente. Los músculos de todo su cuerpo se tensaron y cargó su maná en la Bulgasari. Adelantó el pie izquierdo para asegurar el equilibrio y, girando la cintura con fuerza, lanzó la jabalina con todo.



¡Pa-ang!



En el momento en que la lanza dejó la punta de sus dedos, se escuchó un estruendo que no tenía punto de comparación con los demás. La Bulgasari salió volando, rompiendo la barrera del viento. Entre todos los del grupo de Judah que intentaban cubrirse de la lluvia de lanzas, el arma iba directo contra Lime.

La lanza que arrojó Calicteser, envuelta en maná, iba hacia Arhil, pero Iris se dio cuenta y la bloqueó de un tajo con su guadaña. Intentó hacer lo mismo con la que iba hacia Lime, pero la Bulgasari que lanzó Morgan era muchísimo más rápida de lo que ella esperaba. Es más, parecía que ganaba velocidad mientras volaba.



¡Shack!



La guadaña de Iris dejó un rastro en el aire buscando impactar la Bulgasari, pero por un pelito, terminó cortando solo el aire, golpeando apenas la imagen residual.



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