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24 CORAZONES  282

Caballero Azul (2)



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Los Caballeros de la Lanza Azul, que estaban dispersos, confirmaron la señal y empezaron a concentrarse en las Tierras Negras. Pronto llegarían también los soldados acantonados en los castillos y bosques cercanos, bajo el mando de Basilisco, comandante de la Lanza del Juicio —la guardia imperial— y viejo amigo de Calicteser.

Avanzó a paso firme, escuchando el traqueteo metálico de las armaduras. Poco a poco, el aire empezó a oler a azufre; señal de que las Tierras Negras estaban cerca. Pero la prueba más clara era la vegetación: árboles y matorrales cubiertos de un polvo oscuro que morían lentamente, con sus hojas, antes verdes, ahora marchitas y secas. Mientras caminaba observando este desolador paisaje, su edecán, que venía un paso atrás, rompió el silencio.


—Señor, al llegar a las Tierras Negras, ¿entramos de inmediato?

—No.


Calicteser hizo una breve pausa antes de continuar.


—Por ahora, a esperar. No hay nada seguro, así que aguardaremos a que las tropas de los destacamentos cercanos completen el cerco.

—Entendido. Entonces, lanzaré la señal de espera apenas lleguemos.


Calicteser asintió sin siquiera mirarlo.



¡Paaaaang!



—¿Luz?


Calicteser abrió los ojos de par en par. Desde las Tierras Negras, el lugar hacia donde se dirigían, brotó un destello hacia el cielo. Pero no era como el pilar de antes.


—¡Viene hacia aquí! ¡Protejan al Comandante General!


Los caballeros que venían detrás se movieron con una rapidez impresionante; se plantaron frente a Calicteser y conjuraron sus escudos formando una muralla. Mientras ellos se preparaban con rostros tensos para el impacto, Calicteser ni se inmutó. Por el ángulo de caída, ese rayo no iba dirigido a él.

A menos que cambiara de dirección de la nada, iba a caer justo aquí adelante. Quiso decirles a sus hombres que se quitaran del medio, pero le dio flojera abrir la boca, así que se quedó quieto.



¡Kuaaaaang!



La luz impactó contra un árbol enorme, pulverizándolo. En medio del pequeño cráter que se formó, apareció alguien con una armadura plateada de grabados elegantes y un casco a juego, sosteniendo una lanza tan alta como él y con una rodilla en tierra.


—¡Cielos, Lord Morgan!


Parece que era del grupo de la Santa, porque ella salió corriendo de inmediato hacia el caballero.

'¿Morgan? Ese nombre me suena'

Calicteser buscó en su memoria, pero el nombre no terminaba de encajar. Mientras lo pensaba, sus hombres, que habían estado protegiéndolo, vieron que el caballero y la Santa no eran una amenaza, así que guardaron sus escudos y regresaron a sus puestos como si no hubiera pasado nada.

'No logro recordarlo bien'

Sin embargo, se acordó de algo: según los informes de sus vigías de hace una semana, un caballero que decía ser apóstol del Rey Santo había entrado en la zona. Seguramente era el que tenía enfrente.

Calicteser lo observó con curiosidad hasta que se fijó en su brazo izquierdo. Era imposible no mirarlo: la armadura estaba intacta, pero chorreaba una cantidad bárbara de sangre y el brazo colgaba sin vida.

'¿Con qué diablos lo habrán atacado?'

La Santa también se quedó fría al verlo. Estiró la mano hacia el brazo del caballero y, al ver cómo se balanceaba como un trapo, se asustó.


—¿Qué... qué es esto? ¿Qué ha pasado? ¡Rápido, quítese la armadura!

—Estoy bien. Después de todo, puedo recuperarme con su magia divina, ¿no? Además, mi poder sagrado está en las últimas, así que le pido que llame a unos cuantos obispos.

—¡Claro que los llamaré, pero quítese eso ya! ¡Ay, de verdad! ¡Le dije que no fuera solo!

—Todo sea por nuestro señor Metatrón...

—¡Él no le pide que cometa locuras!


Calicteser escuchaba la discusión. Por la forma de la armadura tenía una sospecha, pero al oír la voz confirmó que era una mujer. Cuando por fin le quitaron la pieza de la armadura, el brazo de la guerrera estaba en un estado que desafiaba toda lógica.

La manga de su ropa flameaba con el viento, empapada en tanta sangre que, si la exprimían, saldría un chorro. La Santa rasgó la tela y activó su magia divina de inmediato.

Ver esa magia de alto nivel fue impresionante. La herida empezó a burbujear y a soltar una especie de espuma, y de pronto, un brazo nuevo empezó a brotar. Ante semejante espectáculo, incluso Calicteser, que no se sorprende con cualquier tontería, peló los ojos asombrado.

'Vaya... acabo de ver algo increíble'

Luego, un obispo —que a diferencia de la Santa iba tapado hasta el cuello— llegó corriendo y puso sus manos sobre la caballero llamada Morgan, liberando su poder sagrado. Una luz cálida se filtró en el cuerpo de la guerrera.

Transferencia de maná.

Calicteser no sabía que eso también se podía hacer con el poder sagrado. Pensaba que solo los magos podían pasar su energía a otros, pero ya vio que no. Esperó a que terminaran de curarla y, cuando vio que la situación estaba controlada, dio un paso al frente.


—Parece que viene de las Tierras Negras. ¿Podría decirnos qué ha pasado ahí dentro?

—¿Quién es este?

—Es Lord Calicteser. Poseedor de una espada espiritual y Comandante General de la Lanza Azul del Imperio de Byron.

—Ah, ya veo. Parece que lograste convencerlo. Es un gusto. Soy Morgan, paladina al servicio de Metatrón y quien se hace llamar su lanza.


Morgan miró a la Santa, asintió ante Calicteser y continuó. Tras una breve presentación de vuelta, Calicteser repitió su pregunta.


—Ah, claro. Como vamos a actuar juntos, se lo diré con gusto. Lo primero: pueden estar tranquilos. El mago... mejor dicho, el demonio que provocó el desborde del laberinto para romper el sello de los Siete Pecados, ya fue eliminado por mi mano.

—¿Oh?

—Sin embargo, por un pequeño descuido mío, no pude detener a alguien que entró al laberinto tras el fragmento. A estas horas, es probable que esté en la última cámara rompiendo el sello. Eso, claro, si Judah Arche no ha sido poseído ya por el pecado.

—... ¿Qué? Un momento. ¿Podría repetir ese nombre?


A Morgan pareció molestarle el solo hecho de recordar el nombre; frunció el ceño, guardó silencio un segundo y luego respondió:


—Dije Judah Arche.

—¿Cabello negro y ojos negros?

—A pesar de verse joven, casi como un recién nacido a la mayoría de edad, tiene un aura afilada y la habilidad de un portador de espada espiritual. ¿Lo conoce?

—Vaya, vaya. Si lo conozco... digamos que sí, nos conocemos.


Calicteser soltó un bufido por la nariz y prefirió no decir más por el momento.


—¿Con que lo conoce? Bueno, como sea. Ese tal Judah Arche está recorriendo este mundo recolectando los fragmentos. Su objetivo es convertirse en el soberano del Mundo Demoníaco.

—¿Recolectando fragmentos?

—Sí, ya tiene dos... no, tres fragmentos en su poder.

—¿Tres? No me lo puedo creer.


No tiene sentido. Tener un solo fragmento ya es una hazaña, ¿pero que un solo individuo tenga tres? Y que encima nadie se haya enterado hasta ahora es algo de no creer. Es normal que cueste tragar esa noticia.


—Yo mismo confirmé que tenía dos. Es casi seguro que son tres, y si ya recuperó el de este lugar, ahora tendría cuatro en su poder.

—... ¿Quééé?

—Alguien con cuatro fragmentos, la liberación de un Pecado Capital... No hace falta que le explique lo peligroso que es esto.


Morgan, quien dice ser el apóstol del Rey Santo, no tendría por qué mentir. El rostro de Calicteser se desencajó.

Matar al demonio que hizo colapsar el laberinto fue una suerte tremenda, pero que el sello de Asmodeus se rompa es un problema de los grandes. Según los textos antiguos, Asmodeus es tan poderosa que solo con verla, un hombre común pierde la razón por el deseo y se vuelve una bestia en celo.

Era obvio que Asmodeus le guardaba un rencor amargo al Imperio por haberla sellado, y no dudaría en destruirlo todo. Al final, para volver a encerrarla, se necesitaría el mismo fragmento que se usó la primera vez.

'Judah Arche'

Ese joven con tanta chispa que vi en el restaurante de mi amigo en la capital. Me sorprendió cuando dijo que su sueño era viajar por el mundo; no es algo que cualquiera se atreva a hacer. Me cayó bien: llegar a ser un portador de espada espiritual a esa edad y tener un sueño tan claro... me parecía un buen muchacho.

'Qué lástima. Pensé que nos llevaríamos bien'

De verdad era una pena. Si ya recolectó tres fragmentos, tarde o temprano se volvería enemigo del Imperio para quitarnos los fragmentos que tenemos Basilisco y yo. Y lo más importante: si queríamos volver a sellar a Asmodeus, necesitábamos sus fragmentos, así que habría que quitárselos aunque fuera matándolo.

Si fuera un asunto menor, quizá le habría perdonado la vida por aquel encuentro, pero esto ya pasó todos los límites. Había que apurarse.


—No podemos seguir aquí perdiendo el tiempo. Ya nos retrasamos mucho, nos movemos ahora mismo.

—Yo también voy. 


Total, ella iba a estar con la Santa de todas formas.


—Haga lo que quiera.


Calicteser respondió con desdén y empezó a caminar. Sus pasos se volvieron más rápidos y decididos.


—Edecán.

—Sí, señor.

—Cambié de opinión. Entramos apenas pisemos las Tierras Negras.

—¿No va a esperar a que llegue el Comandante Basilisco?

—Por lo que me cuentan, no hay tiempo para esperar a que el cerco esté listo. De todas formas, mientras nosotros atacamos, el cerco se irá cerrando solo. Vamos directo al laberinto apenas lleguemos.

—¡Entendido!


Calicteser apuró la marcha. Durante una hora y media caminaron sin descanso, cubriendo en un abrir y cerrar de ojos un tramo que normalmente toma tres horas. De los cientos de caballeros de la Lanza Azul, ninguno se quedó atrás.

'Nada mal, me están siguiendo el ritmo'

La Santa, Morgan, los caballeros sagrados y los obispos también se mantenían firmes a pesar de la marcha forzada. "Nada mal" era poco; su resistencia no le envidiaba nada a la de la Lanza Azul. Me sorprendió que los obispos no se hubieran quedado rezagados, y eso que no vi que usaran magia divina para recuperarse.

Al llegar al límite de las Tierras Negras, empezaron a aparecer los grupos de la Lanza Azul que venían de otras direcciones. Unos ya estaban esperando y otros iban llegando. Al verlos reunirse, Calicteser dio la orden de detenerse.


—¡Alto! Vamos a esperar un momento. Descansen treinta minutos y luego partimos. Recuperen fuerzas.


Ante su palabra, los caballeros se detuvieron en orden y aprovecharon para descansar. Exactamente treinta minutos después, tras recibir hechizos de bendición de los obispos y caballeros sagrados, los de la Lanza Azul sacaron sus pergaminos mágicos, los activaron y se prepararon para entrar en territorio enemigo.

Cuando todo estuvo listo, el edecán lanzó la bengala de ataque por orden de Calicteser. Entre el olor asqueroso a azufre y las llamas negras que brotaban del suelo, miles de caballeros de la Lanza Azul entraron en formación a las Tierras Negras, soportando el calor sofocante. No tardaron mucho en llegar a la entrada del laberinto.

Allí vieron a unos sujetos merodeando. Caras conocidas. Recordaba sus nombres: el sacerdote Arhil, la maga Lime y una tal Iris que no había dicho qué era, todos compañeros de Judah Arche. Estaban ahí parados, mirando con cara de susto y alerta cómo los de la Lanza Azul los rodeaban.


—Un momento. No me importa si matan a los otros, pero al sacerdote ni lo toquen.


Calicteser, ya con la armadura completa, iba a decirle algo a través de la rejilla de su casco cuando...



¡Fuaaaa!



Llamas negras estallaron con furia a su alrededor. Y no solo cerca de ellos, sino por todas partes.

'¿Ya se rompió el sello?'

Calicteser se puso ansioso al ver las llamas; sabía que ese fuego negro brotaba por el poder mágico de Asmodeus desde el laberinto subterráneo. Miró a Morgan, que esperaba una respuesta.


—No se meta en lo que no le importa. La Lanza Azul responde al Emperador, no a ustedes.


Tras su respuesta tosca, Calicteser invocó su lanza cónica. Partículas plateadas se juntaron en su mano hasta formar una lanza larga y puntiaguda, con grabados hermosos que brillaban bajo el sol.


—¡Formación! ¡Preparen lanzas!


Su vozarrón retumbó por todo el lugar. Los miles de caballeros que rodeaban la entrada se pusieron en posición de tiro. Era obvio que a los chicos que estaban en la entrada se les cayó la cara al ver lo que se les venía. Le dio un poco de pena verlos así de asustados.

Pero el deber es el deber, los sentimientos van aparte.

Ellos entraron en un laberinto secreto del Imperio y eran cómplices del que estaba rompiendo el sello de un Pecado Capital. Aunque no supieran nada, no había razón para perdonarlos o pedirles que se rindieran.


—¡Fuego!


Y lanzó su lanza con todas sus fuerzas. Miles de estelas plateadas dibujaron arcos mortales en el aire.



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