24 CORAZONES 281
Caballero Azul (1)
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¡Kwaaaaaaaa!
Una luz explosiva se convirtió en un pilar que brotó desde el suelo, estirándose hacia el cielo hasta alcanzar las alturas. La luz perforó de un solo golpe un agujero inmenso en las nubes. Con el pasar de los segundos, el pilar empezó a adelgazarse y, justo cuando estaba por desaparecer por completo, esta vez, en sentido contrario, una luz aún más intensa cayó desde el firmamento hacia la tierra.
Esa luz era distinta a la de hace un momento.
Era brillante, pero no cegaba. Al mirarla, las lágrimas brotaban por sí solas.
Era una luz que evocaba un sentimiento sagrado y solemne. Si un pecador la presenciara, probablemente caería de rodillas ahí mismo para arrepentirse. Y quien no tuviera pecados, haría lo mismo. Cualquier ser humano, ante esa luz, simplemente se arrodillaría, cerraría los ojos y juntaría las manos para elevar una oración. De hecho, los caballeros que presenciaban el fenómeno ya estaban de rodillas, rindiendo pleitesía hacia el resplandor.
—.......
Había un hombre de edad avanzada observando la escena. Con el cabello canoso peinado impecablemente hacia atrás y un monóculo sujeto por una cadena, él era Calicteser, el comandante general de los Caballeros de la Lanza Azul. Sentado sobre una roca plana en una pequeña colina, con un cigarro delgado entre los labios, observaba con incomodidad a sus subordinados, quienes rendían el máximo respeto del que eran capaces.
—Humm.
Su entrecejo se frunció por instinto. Un Caballero de la Lanza Azul no debe arrodillarse ante nadie que no sea el Emperador o su benefactor. Verlos rendir pleitesía ante una simple luz le resultaba molesto, por decir lo menos. Su cabeza podía entenderlo, pero su corazón no lo aceptaba.
Esa luz era, sin duda, divina.
Si ese ser llamado el Rey Santo, del que tanto se hablaba, apareciera ante sus ojos, seguramente lo haría rodeado de una luz así como su aureola. A decir verdad, el mismo Calicteser, al ver el resplandor, estuvo a punto de soltar el cigarro para mostrar respeto. Sin embargo, su lealtad dictaba que solo debía arrodillarse ante el Emperador del Imperio y su benefactor. Con ese pensamiento, frenó el impulso de sus rodillas.
Pero parece que, a excepción de él, los demás Caballeros de la Lanza Azul no pensaban igual. Frustrado, inhaló profundamente de su cigarro.
─......
El tabaco se consumió rápidamente, empujando un humo denso y fuerte hasta lo más profundo de sus pulmones. Ante esa sensación violenta que bajaba por su garganta, exhaló el aire de golpe. Una nube grisácea se esparció pesadamente.
—¿El Laberinto de Hierro...?
El lugar donde la luz brotó y cayó no era otro que las Tierras Negras.
Y lo que se escondía allí era el Laberinto de Hierro, el lugar donde está sellado uno de los grandes demonios conocidos como los Siete Pecados Capitales. Dentro del Imperio de Byron, solo el Emperador y un grupo minúsculo de altos funcionarios conocían la existencia de ese laberinto. Al menos así era hasta hace poco, antes de que esa santa visitara el imperio. El recuerdo hizo que el párpado de Calicteser temblara. Con el rostro ya de por sí rígido y el ceño fruncido, su expresión se veía sumamente severa, pero como su edecán y el resto de los caballeros estaban de rodillas, nadie pudo verle la cara.
'Esa mujer'
La santa que decía venir de Krahaks, el imperio sagrado del Segundo Continente. La santa que decía servir al Primer Rey Santo, Metatrón.
Por culpa de ella, un asunto de estado que debía permanecer oculto se filtró a los ministros. Que una información que el Imperio había guardado bajo siete llaves por tanto tiempo se hiciera pública así de fácil, le resultaba insoportable.
Él, que se encontraba en la primera línea del frente de batalla, regresó de inmediato a la capital usando el círculo mágico de la torre de magos más cercana tras el llamado del Emperador, pero llegó muy tarde. Debido a la hora, cenó con un amigo y, al día siguiente, cuando fue a ver al Emperador, se llevó una sorpresa desagradable.
Sabía que lo habían llamado porque los monstruos estaban infestando los laberintos donde se sellaron los demonios, pero jamás imaginó que los nobles ya tendrían información sobre el "Laberinto de Hierro" y que serían ellos los primeros en sacar el tema.
Los nobles, al enterarse de que el demonio estaba sellado mediante un fragmento, exigieron de inmediato el envío de tropas para tomar el control real de las Tierras Negras, situadas en la frontera con el Reino Ahman. La mayoría incluso se ofreció a mandar a sus propias órdenes de caballeros de buena gana. Hasta un niño de tres años sabría que no ofrecían a sus hombres por pura caridad o lealtad al Emperador.
Fue entonces cuando la santa, la misma que les soltó la lengua a los nobles sobre los laberintos, intervino. La mujer, parada al lado del Emperador, dijo que no dudaba de la capacidad de los caballeros de la nobleza, pero que dada la gravedad del asunto, debían movilizarse el cuerpo principal de la Lanza Azul y la Lanza del Juicio, la guardia imperial. Además, aseguró que ella misma, junto con sus caballeros sagrados y el consejo de obispos, los acompañarían.
La santa afirmó que, una vez obtenido el fragmento, este sería entregado al Imperio y que, sobre esta base, se podría sellar una alianza inquebrantable con el Imperio Sagrado. Por supuesto, Calicteser estaba seguro de que hubo otros tratos bajo la mesa de los que él no tenía ni idea.
El Emperador dio su consentimiento y Calicteser, de inmediato, usó un orbe de cristal mágico para convocar a los Caballeros de la Lanza Azul que estaban cerca, ordenándoles vigilar las Tierras Negras. Así fue como terminó llegando hasta aquí, acompañado por la Santa, los caballeros sagrados y el consejo de obispos.
—... No me gusta ni un pelo.
Murmuró aquello mientras clavaba la vista en la luz divina. El humo fuerte del cigarro parecía ser lo único que calmaba su fastidio.
¡Cof, cof!
De pronto, soltó una tos seca tras aspirar el humo.
'Qué fuerte es esta vaina'
Como había dejado de fumar por salud y recién retomaba el vicio después de tiempo, parecía que su cuerpo le estaba pasando la factura. Apenas lo había prendido y no llevaba ni un par de piteadas, así que le daba pena botarlo. Se quedó mirando el cigarro en su mano mientras soltaba un suspiro.
—¿Qué es lo que no le gusta, comandante?
Sintió unos pasos ligeros que se acercaban, acompañados de una voz suave y melodiosa. Calicteser, que seguía mirando el cigarro que soltaba hilos de humo gris, movió la vista hacia un lado. La Santa, vestida con un hábito tan pulcro que hasta daba roche mirarla fijo, se acercó como si nada y lo observó con ojos brillantes. Tenía una sonrisa que cualquiera calificaría de hermosa, pero para Calicteser, por más bella que fuera, no era más que una máscara hipócrita.
—¿Usted no reza?
—Las oraciones deben ser cortas y directas. Lo que importa es que el corazón sea devoto. Con eso basta.
—Qué maravilla, ¿no?
La Santa, que aún no le había dicho su nombre, soltó una risita y volvió a la carga con su pregunta anterior.
—Si no es mucha molestia, ¿podría decirme qué es eso que tanto le disgusta?
—Es una molestia tremenda, pero si tanto quiere saber: es por usted.
—¿Y eso por qué?
—¿Cómo que por qué? Por la palabra de una mujer que dice haber recibido un oráculo, el Imperio ha terminado ventilando secretos que guardó por más de cien años. ¿Cómo espera que me guste? Si le soy sincero, me dan ganas de mandarla al otro mundo ahora mismo, sea Santa o lo que sea. Aquí mismo.
Lo dijo con el tono de quien comenta el clima, pero era imposible no sentir la verdad detrás de sus palabras. La Santa ni se inmutó; al contrario, soltó una pequeña carcajada.
—Vaya, eso sería un problema. Todavía tengo mucho que hacer por nuestro señor Metatrón. Tengo deberes que cumplir.
—... ¡Ja!
Calicteser soltó una risa sarcástica y se puso el cigarro en la boca. Quería darle otra piteada, pero después del ataque de tos de hace un rato, se le quitaron las ganas. Solo se quedó masticando el filtro.
—¿Por qué mejor no usa esa sed de sangre conmigo en el demonio de los Siete Pecados que está por despertar? O mejor aún... en quien sea que esté rompiendo los sellos para traer el caos al mundo. Hágalo por el Imperio.
—Si no se hubieran metido en los asuntos del Imperio desde afuera, y si hubieran tenido un poco más de educación al actuar, yo no le estaría hablando así.
—¿Acaso me está pidiendo disculpas?
—No.
—¿Entonces?
Calicteser miró fijamente a la Santa, que ladeaba la cabeza con curiosidad, y luego volvió a ver el pilar de luz. No sabía cuánto más le quedaba de vida, pero ese resplandor divino, algo que jamás había visto en todos sus años, se estaba volviendo tan delgado que parecía que iba a desaparecer en cualquier momento. Aplastó la colilla del cigarro contra la roca para apagarlo y retiró la mano.
—Le estoy advirtiendo. No estaría de más que le rece a su Rey Santo para que mi lanza nunca termine apuntándole a usted.
—.......
Calicteser se puso de pie. Vestido con ropa ligera, bajó la mirada hacia sus caballeros, que seguían arrodillados rezándole a la luz.
—¡Edecán!
A pesar de ser un viejo con el pelo ya blanco, su voz no le envidiaba nada a la de un joven. El grito retumbó con fuerza colina abajo, perforando los oídos de sus hombres.
—¡Presente!
El edecán, que tampoco era ningún chiquillo, se levantó al toque y llegó corriendo. Quizás por haber presenciado la luz sagrada, su mirada se notaba más clara y firme que de costumbre.
—Lanza la señal. Que todas las unidades cercanas se concentren de inmediato en las Tierras Negras.
—¿Y qué hacemos con los caballeros sagrados y los obispos?
—Ellos ya verán cómo nos siguen el paso.
—¡Entendido! ¡Partimos ahora! ¡Reagrupen a las tropas!
El grito de reagrupación se repitió una y otra vez mientras una bengala de humo azul salía disparada hacia el cielo. Casi al instante, otras bengalas empezaron a estallar a lo lejos, respondiendo al llamado desde distintos puntos.
No pasó mucho tiempo para que los Caballeros de la Lanza Azul, que estaban descansando dispersos por la zona, se juntaran. A diferencia de Calicteser, todos llevaban armaduras y cascos plateados que brillaban bajo la luz, con sus capas azules flameando al viento.
—... En marcha.
En cuanto Calicteser empezó a caminar, sus caballeros, ya formados en línea, lo siguieron sin dudar.
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