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24 CORAZONES  274

LUJURIA (9)



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Asmodeus soltó una risita burlona ante la bravuconada de Judah. El fastidio que había sentido hace un momento se esfumó, reemplazado por una anticipación eléctrica.


—Te lo advierto desde ya: vas a tener que esforzarte muuuucho para no volverte loco por mí. No por nada soy la demonio que gobierna la Lujuria.


Ella empujó su pelvis hacia adelante, contoneándose con una coquetería letal. Lo hacía con la desfachatez de una profesional, o mejor dicho, con una impudicia que haría sonrojar a la más experimentada de las cortesanas, pero en sus ojos no había ni rastro de vergüenza.

Lo curioso era que Judah, en lugar de sentir rechazo, sentía que el corazón le martilleaba el pecho cada vez más rápido. Era esa sensación de "pecado", el morbo de saber que estaba haciendo algo prohibido y que, precisamente por eso, le generaba un placer culposo.


—¿Si es puro floro o no? Eso lo vas a ver tú misma ahora, ¿no? No me imagino lo hambrienta que debes estar después de cien años de ayuno. Seguro ni una paja te has podido hacer... me late que te vas a venir apenas te la ponga.

—Ji, ji.


Ante la provocación, Asmodeus puso una cara de pura felicidad. Lo miraba desde arriba con una expresión cargada de una sensualidad que dejaba a Arhil como una principiante; era una mirada que te recorría la columna como una descarga eléctrica.

A decir verdad, Judah se la estaba dando de muy gallito, pero por dentro sabía que ella tenía razón: era puro floro. Con ese humo rojo rodeándolo, sentía que podía eyacular diez veces seguidas, pero dudaba seriamente que pudiera satisfacer un siglo de lujuria acumulada en una sola sesión. No tenía técnicas maestras ni era un experto, solo había tenido suerte con Gentia, Isabel y Arhil.

Sin embargo, tenía un as bajo la manga que le daba esa confianza ciega: el vigésimo cuarto fragmento, Carpe Diem. Era su única oportunidad. Si lograba sincronizarlo bien, podría darle un placer que ni ella misma se esperaba.

Con los nervios a flor de piel, Judah se acercó al altar. Guardó a Yakal en el 〈Inventario〉 y se quitó el abrigo para que no le estorbara. El resto de la ropa... bueno, ya vería.


—¿Uhmm?


Al estar más cerca, un aroma dulce le golpeó la nariz. Era un olor familiar, nostálgico, de esos que te hacen la boca agua.

'Huele a fruta... ¿durazno?'

Parecía que sí. Judah asintió para sus adentros, asombrado. No sabía si era el poder del fragmento o si todos los demonios eran así, pero era increíble que, tras un siglo encadenada en ese hueco, ella se viera tan... saludable. Su piel brillaba, sus articulaciones se movían con una fluidez envidiable y ese aroma a durazno era simplemente irreal.

'¿No será que ya está podrida y estoy viendo una alucinación?'

El pensamiento cruzó su mente, pero lo descartó al instante. Sus sentidos y, sobre todo, el 〈Sistema〉, no mentían. Esto era real.

Judah cruzó miradas con Asmodeus, quien lo devoraba con los ojos desde el altar.


—¿Qué esperas? Sube de una vez. No aguanto más... rápido, ¿sí?


Aunque todavía no la tocaba, ella ya estaba desesperada, moviendo el cuerpo con una voz que derretía a cualquiera. Si no fuera por las cadenas, se le habría lanzado encima como una fiera. Era la primera vez desde que la sellaron que se sentía tan frustrada por estar amarrada.


—No tengas miedo. Yo cumplo lo que prometo. Ya sabes lo que vale la palabra de un demonio. Si me dejas satisfecha, no te haré nada cuando me liberes. Por lo menos hoy... ¡de verdad, de verdad que no te haré nada!

—Más te vale.

—¡Sí! Así que ya, sube...


Haa... haaa...

La respiración de Asmodeus se volvía pesada, errática. Estaba en el límite. ¡Esto era una tortura! Finalmente tenía frente a ella al hombre que iba a perforar ese nido de telarañas de cien años con algo grueso y caliente.



¡tak, tak!



Su cuerpo ya lo sabía. Entre sus muslos, justo donde nacía ese vello del mismo color morado de su cabello, el deseo empezó a desbordarse. Un hilo de fluido cristalino se estiraba entre sus labios vaginales, conectándolos de forma pegajosa.

'Increíble'

Judah estaba excitado a más no poder. No necesitaba tocarla para saber que ella estaba completamente en celo. Ese no era un avatar de maná; esto era su esencia real, su alma manifestada con toda la sensibilidad que eso conllevaba.

Por dentro, ella debía estar hecha un incendio. Sus paredes debían estar latiendo, pidiendo a gritos ser rellenadas. Asmodeus, la demonio de la Lujuria, ya saboreaba el placer que estaba por venir y no podía evitar sonreír.

'¡Ay...! ¡Pero mira eso! ¡Qué rico!'

Al ver el bulto en el pantalón de Judah, Asmodeus le dio el visto bueno inmediato. Superaba sus expectativas. En su ansiedad, se ponía de puntillas y bajaba el cuerpo una y otra vez sobre el altar.

¡Haa! ¡Haa!

Quería apurarlo, pero intentaba controlarse. O eso creía ella, porque sus pies no dejaban de moverse y sus dedos se encogían y se estiraban por el puro ansia.

Judah, que estaba midiendo el espacio para subir, vio el cuadro completo.

'Guau... ¿será que soy un sádico? Me dan unas ganas locas de hacerla sufrir un poquito'.

No lo dijo, pero el corazón le iba a mil. El altar medía medio metro, no era muy alto, y tenía espacio de sobra para lo que se venía.


—Aupa.


Haciéndose el interesante, Judah se impulsó para subir, pero de repente, la pelvis de ella se le vino encima. No fue un ataque, así que sus reflejos no saltaron. Sintió el aroma a durazno intensificarse y, de pronto, algo húmedo y caliente chocó contra sus labios.

¿Eh?

Exhaló un suspiro de sorpresa.


—¡Hyaaannn!


Con un gemido agudo y melodioso, ella lo empujó hacia atrás con el puro movimiento de su cadera. Judah, que apenas estaba subiendo, terminó retrocediendo mientras se limpiaba con la mano el rastro pegajoso que ella le había dejado en la cara.


—......


Era líquido seminal. Lo que había rozado su cara era su intimidad. La punta de su nariz había chocado exactamente con ese punto neurálgico llamado clítoris, y sus labios habían sentido la suavidad carnosa de sus labios vaginales, que se mantenían apretados.

Recibir un contraataque tan directo justo cuando intentaba subir... Judah miró a Asmodeus con una expresión de incredulidad.


—¡Hiit...! ¡Hiiit...! ¡¿Qu-qué fue eso?! ¡Es... es increíble...!


Asmodeus, como si no se diera cuenta de que ella misma lo había empujado, ya tenía la mirada perdida y la cintura le temblaba sin control mientras seguía goteando fluido desde su entrepierna en celo.


—¿Te viniste solo con mi aliento? ¿En serio?


Judah estaba tan desconcertado como ella. No, pero es que esto era demasiado. Si se llegaba al clímax con un estímulo tan simple, eso significaba que en el tiempo que venía iba a terminar en el cielo decenas, quizás cientos de veces.


—Vaya, vaya.


Judah asintió, soltando una exclamación de asombro. "Si logro que se rinda en este estado y uso Carpe Diem para hipnotizarla... ¿Podré elevar su sensibilidad al límite y saciar su lujuria por completo?".

No esperaba poder subordinarla —después de todo, era una servidora de un Monarca—, pero una hipnosis profunda sí que era posible.


—Haa... ¿Qué te quedas mirando? Rápido. Sube otra vez y tócame. ¡Si solo con tu aliento fue así...! ¡Cuando me toques... cuando eso entre, va a ser una locura! ¡Jajaja, esto es genial!


Ella soltó una carcajada. Ella, la regente de la Lujuria, había estado tanto tiempo sellada manteniendo su conciencia que entró en una abstinencia forzada; ahora, el efecto rebote la estaba hundiendo en un placer abrumador.

No es que no hubiera pensado en usar un avatar para autosatisfacerse, pero sentía que hacerlo era como declararse perdedora ante esos malditos que la sellaron. Su orgullo no se lo permitió.


—La abstinencia no está tan mal, ¿eh? Con razón esos sacerdotes aguantan tanto.


'Y yo que pensaba que era fácil corromper ángeles con la carne'

Asmodeus descartó ese recuerdo al instante. Lo que importaba ahora no eran sus memorias.


—Juuuudaaaaah...


Era la primera vez que alguien pronunciaba su nombre de una forma tan dulce y pegajosa. Una voz que te hacía vibrar hasta los huesos.

Cuando subió finalmente al altar, ella, encadenada, soltó un "Ujut" y ladeó la cabeza, mirándolo fijamente a los ojos.


—¿Solo vas a mirarme así? Puedes hacer lo que quieras con mi cuerpo. Vamos, enséñame esa confianza de hace un rato. Estoy esperándolo con ansias, ¿sabes?

—¿Lo que quiera?

—¡Claro! Lo que quieras. Donde quieras. ¿La boca? ¿Los pechos? Puedes hacerlo por adelante o por atrás. ¡Usa cualquier agujero que tengas a la mano!


Contoneando su cuerpo, se inclinó hacia Judah y aspiró aire con fuerza.


—Haa... en serio, ¡qué rico! ¿Hace cuánto que no huelo a un hombre así...? ¿Nos besamos? Dame un beso. Vamos, seguro se siente genia... ¡¿Kyaaaah?!


Un gemido que fue casi un grito escapó de los labios de Asmodeus —quien hace un segundo lo tentaba con una mirada lasciva mientras se lamió los dientes— cuando Judah apretó con una mano, con firmeza, el pezón que sobresalía de su pecho firme y elástico.


—¡Hauuuuuuu!


Era demasiado sensible. Judah le dio un pequeño giro al pezón y los muslos de ella empezaron a temblar visiblemente, como si se hubiera quedado sin fuerzas.

Judah observó sus ojos, que se habían quedado en blanco por un segundo debido al chispazo de placer.


—No. Lo que hagamos lo decido yo. Así que quédate quieta y espera.

—¡Huu... fuuu!


Con la lengua afuera como un perrito sediento, ella recuperó el aliento y asintió con una expresión de éxtasis absoluto. A este punto, no le importaba nada; si él le seguía el juego, iba a disfrutarlo como nunca.


—¡Está bien! Pero te aviso que con esto no me vas a satisfacer. Puedes ser más rudo. Haz conmigo lo que quieras, juega conmigo a tu antojo.


Ella sacó la lengua de nuevo. Apenas logró rozar la punta de los labios de Judah. Viendo cómo movía la lengua desesperadamente buscando un beso, Judah finalmente accedió.


—¡Hruuuuuuung!


Se pegó a ella, rodeando su cuerpo con fuerza y sujetándola por la nuca mientras la besaba profundamente.



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