24 CORAZONES 273
LUJURIA (8)
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Judah se quedó pensando un toque y finalmente asintió. Al final, ella ya se lo imaginaba, solo quería que alguien se lo confirmara para estar segura.
—Pasó tal cual piensas. Un Rey Santo y un Monarca se dejaron ver.
—Ah... lo sabía. ¿Y quiénes eran? ¿Qué Rey Santo bajó? ¿Y cuál de mis señores Monarcas fue?
—El Rey Santo era... no, eso no te lo voy a decir.
—Qué tacaño eres.
Ella arrugó la cara y se quejó como una chiquilla, pero al final no insistió más, parece que no le importaba tanto el nombre.
Mientras tanto, a Judah le vino un recuerdo de golpe: Metatrón y Sian, dos seres que por puro nivel de existencia deberían haberlo borrado del mapa, estuvieron frente a él y él seguía parado ahí, enterito. Ahora que lo pensaba, esa presencia aplastante que se suponía que debían tener no se sintió tan insoportable como decían las leyendas.
Pudo hablarles claro, mirarlos a los ojos y hasta resistir esa presión que te quería poner de rodillas.
Claro, él sabía que Metatrón no estaba hablando en serio. El poder de esos tipos no es algo a lo que uno pueda enfrentarse así por así solo por tener un par de fragmentos. Quizás después de juntar los veinticuatro y heredar el poder de Pernen la cosa cambie, pero ahora ni de vaina.
—…….
Asmodeus se quedó con la boca abierta, mirando a Judah fijamente. Se notaba que seguía con la curiosidad a mil. Estando ahí amarrada, ladeó la cabeza.
—Pero si el Rey Santo y el Monarca se cruzaron... ¿no pasó nada? Es obvio que debieron agarrarse a golpes.
—No. No pelearon. Lo arreglaron conversando.
—¡Ni hablar! ¡¿En serio?!
"No puede ser", murmuraba ella. Que un Rey Santo y un Monarca se encuentren y solo se pongan a chacharear era algo difícil de creer. Si esos dos hubieran empezado a medir fuerzas, el puro choque entre el maná y el poder divino habría mandado todo el lugar al desvío.
Este laberinto donde ella estaba sellada se habría venido abajo en un segundo, incapaz de aguantar tanto poder.
Pero la realidad era otra. Esa presencia que ella sintió se esfumó tan rápido como llegó y el laberinto estaba impecable. El sello seguía firme y esas cadenas malditas que la tenían prisionera ni se habían inmutado. Además, si se hubieran peleado de verdad, Judah no habría entrado caminando tan campante. Ella asintió varias veces, procesando la información.
—Ya veo. Los hechos no mienten. Gracias por contarme, de verdad.
—De nada. Si con eso puedo pagarte la "deuda" que dices, te cuento lo que quieras.
—Je, qué generoso me saliste. ¿Entonces, por qué no me sueltas estas cadenas, Judah?
Ella lo llamó por su nombre con una confianza tremenda, estirando su cuerpo encadenado hacia él. Judah, sin decir una palabra, levantó la comisura de los labios en una sonrisa burlona. No hacía falta ser un genio para saber que eso era un "ni loco" bien marcado.
—¿Que te suelte? ¿No te parece que te estás pasando de conchuda? A menos que tengas una recompensa que valga la pena, claro.
—Ay, por favor. ¿Recompensa? El conchudo eres tú. Si no rompes mi sello, no te vas a poder llevar este fragmento, ¿sabías? ¿O acaso no te habías dado cuenta de que estas cadenas son el fragmento?
—…….
—Si no lo sabías... ¿entonces a qué viniste? Gabriel ya le quitó la maldición a la sacerdotisa, así que no tenías razón para buscarme. A menos que... ¿te hayas enamorado de mí?
—No hables sandeces.
—Entonces sí viniste por el fragmento. No te queda otra que soltarme si es que de verdad lo quieres.
Los ojos de serpiente de Asmodeus se desviaron hacia Yakal, el espadón rojo oscuro que Judah tenía en la mano.
—¿O piensas matarme con eso? No es mala idea, ¿ah? Es una opción válida.
Ella sacó pecho, mostrando sus atributos. A pesar de haber estado sellada por siglos sin comer ni moverse, su cuerpo seguía siendo una tentación andante. Sus pechos se sacudieron con firmeza y el brillo de su piel bajo la luz tenue te daban unas ganas locas de tocarla. No por nada era la demonio de la Lujuria.
Judah, inevitablemente, se quedó pegado mirando. El corazón le empezó a latir a mil y sentía que la sangre le corría rápido por las venas. A menos que seas de piedra, esa es la reacción natural de cualquier hombre.
Al ver que Judah tragaba saliva, Asmodeus aprovechó el pánico y empezó a contonearse más, moviendo la cintura y la cadera de forma provocativa. Las cadenas hacían un charra-rak, charra-rak constante con cada movimiento.
—Vamos... solo tienes que clavar esa espada justo aquí, en medio de mis pechos. Y me muero. O... ¿qué tal si nos divertimos un poco antes de que me mates? Como ves, soy una mujer indefensa que no puede hacer nada. No me molestaría que me tomaras ahora mismo.
Ante semejante escena y esa voz cargada de erotismo, a Judah se le subieron los colores a la cara. Que una mujer así de hermosa se te lance con todo es una prueba difícil para cualquiera. Para que no se notara tanto su roche, Judah se tapó los ojos con una mano y agachó la cabeza, aunque sabía que eso no ayudaba mucho.
—Ay, ¿qué pasa? ¿No me digas que te dio vergüenza? Qué tierno.
Asmodeus se soltó una carcajada limpia, Judah, soltando un largo suspiro, respondió:
—Se nota que eres una demonio, te encanta tentar a la gente.
—Es que soy una demonio, pues. Imagínate estar amarrada aquí tanto tiempo. ¡Hasta telarañas me han salido ahí abajo!
Haciendo un puchero, intentó girar el cuerpo para mostrar más, pero Judah ya sabía a qué se refería sin necesidad de verlo.
—Uf... Mira, sé perfectamente que ese cuerpo no es real. Sé que estas cadenas y esta habitación lo que están sellando en realidad es tu alma. Si te toco, caería en la lujuria total y me volvería tu esclavo, o me absorberías toda mi energía vital, ¿verdad?
Asmodeus dejó de reírse en seco. Se quedó tiesa, mirando a Judah con una cara de "este tipo qué se cree", para luego soltar una risa amarga y desinflada.
—... Guau. De verdad, increíble. ¿Hasta dónde sabes? ¿Quién te ha contado esas cosas? ¿Quién rayos te dio esa información? No puedo creer que sepas cosas que deberías ignorar. Entonces... ¿me tienes miedo?
—.......
—Pero Judah, mira... tu cuerpo es honesto. Se nota que tienes el pantalón a punto de reventar, ¿no? ¿Crees que es un proceso fisiológico natural? Pues no. ¿Sabes por qué estás así?
¿Por qué?
Judah la observó. Ella sonreía con la mirada y pasaba la lengua por sus labios de forma lasciva; esa lengua rosada parecía una fruta dulce y prohibida. No hacía falta que lo dijera, él ya lo sabía: era el efecto del humo que llenaba la sala. Pero no lo mencionó; prefirió que ella hablara primero.
—Es porque estás expuesto a mi maná. ¿Crees que este humo es normal? Es mi propia autoridad diluida en energía mágica. Tienes una resistencia mental alta y mantienes la cordura, pero... ¿cuánto tiempo más podrás aguantar?
—.......
—¡Juju, Judah! ¡Judah! Desde el momento en que entraste a esta habitación, perdiste tu derecho a elegir. Si quieres llevarte el fragmento, tienes que romper mi sello. Pero, ¿qué harás después de liberarme?
—.......
—Si me matas, el sello se rompe. Si no me matas y te llevas las cadenas, el sello también se rompe. ¿Qué vas a hacer?
En el juego, una vez que el sello de las cadenas desaparecía, ella se retiraba pacíficamente. Pero por la forma en que hablaba ahora, no parecía que fuera a irse sin más.
Lo más grave era que, aunque a diferencia del juego no había perdido la razón por completo, su cuerpo no estaba en condiciones de razonar con frialdad. Desde que puso los ojos en ella, su respiración se había vuelto pesada y el deseo reptaba por su interior. El humo, pegado a su piel como una segunda capa, estaba haciendo su trabajo silenciosamente.
Su mente estaba lúcida, pero su cuerpo estaba en celo, lo que dificultaba mantener un juicio correcto.
Daba ganas de mandarlo todo al diablo, bajarse los pantalones y abrazar a la mujer que estaba sobre el altar. ¿Por qué reprimirse? Ella estaba atada, su poder estaba sellado; técnicamente, podía usarla como un juguete hasta antes de romper las cadenas. Al fin y al cabo, no era una humana indefensa, sino la demonio de la Lujuria, cargada de pecados.
Nadie le pediría cuentas ni lo señalaría por tomar lo que ella misma ofrecía.
—¿O prefieres que hagamos un trato?
—¿Un trato?
preguntó Judah, clavando la mirada en ella.
Asmodeus soltó una carcajada de placer, mostrando sus dientes blancos. Su lengua rojo intenso asomaba cada vez que hablaba.
—Tómame. Hazme sentir satisfecha. Yo también llevo más de cien años sellada aquí y tengo una acumulación de deseo que ni te imaginas. ¿Una demonio de la Lujuria que no puede saciar su sed? Es el colmo de lo ridículo, ¿no crees?
Asmodeus, con las extremidades extendidas en forma de X, empujó su pelvis hacia adelante. La parte más íntima de su anatomía quedó expuesta ante los ojos de Judah. Entre los pliegues de un rosado vibrante, un líquido cristalino fluía lentamente, pareciendo que iba a gotear de un momento a otro. Ella le lanzó una mirada provocadora.
—Si logras satisfacerme, te prometo que no haré nada. En cuanto el sello desaparezca, me iré de tu vista para siempre. ¿Qué te parece? Es una oferta tentadora, ¿verdad?
—Es tentadora, sí. Pero eres una demonio, me cuesta confiar.
Ante la actitud precavida de Judah, Asmodeus frunció el ceño con fastidio. Parecía impaciente, y su tono de voz subió de nivel.
—¡Ay, por favor! ¡Entonces quédate ahí parado como un idiota y hazte la paja solo! ¡No eres un eunuco, ¿cómo puedes tener la mesa servida y no comer?! ¡Te lo estoy dando en la boca! ¿Qué clase de imbécil rechaza algo así? ¿O es que tienes miedo de venirte apenas la metas?
Eso fue un insulto directo. Judah no podía dejar pasar algo así como si nada. De todas formas, ya había guardado la partida, ¿qué sentido tenía ser tan cuidadoso?
Judah soltó una risa seca, "Ja", y la miró fijamente.
—Ah... esa última frase no te la voy a perdonar. Vas a arrepentirte de haberme retado, ¿estás segura?
—Puros humos.
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