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24 CORAZONES  260

MAZMORRA (9)



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-¿Usted también lo sintió, Judah?


Iba caminando a la cabeza cuando, de pronto, Iris me tocó el hombro y me mostró un mensaje en su libreta. Por cómo lo puso, ella también se había dado cuenta de que un grupo neutral de origen desconocido estaba más adelante. En lugar de responder, solo asentí con la cabeza.

-¿Qué piensa hacer?

—Mmm, no sé.


Me quedé mirando fijo el 〈Mapa〉. Los puntos grises se acercaban hacia nosotros. Por ahora estaban lejos y no se veía nada, pero calculé que si seguíamos caminando sin desviarnos, nos cruzaríamos en unos 30 minutos.

'Son neutrales, pero… ¿quiénes andarían por estos lares?'.

¿Mercenarios? ¿Aventureros? Podría ser gente buscando el laberinto. Al fin y al cabo, la ciudad fronteriza de "Torus" estaba a solo un día de camino, así que no era raro que alguien más estuviera explorando la zona. ¿Qué hacía? No quería encuentros innecesarios, pero tampoco me daba la gana de dar un vueltón solo para evitarlos. Sin pensarlo mucho, decidí seguir de frente.


—Adelante hay gente, no sé si serán aventureros, mercenarios o bandidos… pero ahí están. No hay necesidad de estarnos desviando, así que seguiremos por aquí.


Les expliqué la situación a Arhil y Lime para que no los agarre fríos, y aunque les pregunté su opinión por cortesía, ellos tampoco querían dar rodeos. No sabía si los neutrales se volverían enemigos al vernos, pero mientras no fueran un grupo de puros poseedores de espadas espirituales, no había peligro, así que seguimos la marcha.

Caminamos con ganas hasta que, a lo lejos, divisamos al grupo. Eran caballeros. Llevaban armaduras plateadas que brillaban intensamente bajo el sol. Al acercarnos, noté que sus capas azules y el metal de sus armaduras estaban manchados de sangre.

Seguimos avanzando y aparecieron más caballeros que encandilaban con el reflejo del sol. Caminaban manteniendo una formación perfecta. Lime, que venía detrás de mí, abrió los ojos como platos al ver el uniforme.


—¡No puede ser! ¿Esos son…?

—Son los Caballeros de la Lanza Azul.


El orgullo del imperio, el escudo de la nación; básicamente la élite de las élites, la Primera Orden de Caballeros. El emblema del escudo y la lanza cruzados en sus hombreras lo confirmaba. Además, después de haber andado con Jeanne, ya conocía esas armaduras de memoria. Aun así, no me esperaba encontrármelos aquí.

Por la sangre en sus armaduras, se notaba que andaban limpiando monstruos por la zona. Debían estar cansados, pero su paso seguía firme y con fuerza. Judah se hizo a un lado para dejarlos pasar mientras el metal de sus trajes hacía ese clásico sonido de clanc, clanc. Como el bosque era amplio, no hacía falta detenerse, pero el caballero que iba a la cabeza volteó ligeramente a ver a Judah, se quedó mirando a Arhil que venía detrás y se detuvo en seco.


—¡Batallón, alto!


Ante la orden, todos los caballeros se detuvieron al unísono. Yo pensaba pasarlos de largo sin hacerles caso, pero que se detuvieran justo a mi lado me obligó a reaccionar. Me detuve y me moví un par de pasos para quedar en una posición donde pudiera proteger a Arhil y Lime. El caballero se dio cuenta, dio media vuelta hacia nosotros y soltó una risita ligera.


—No tienen por qué estar tan a la defensiva.


Era una voz que me resultaba familiar. De pronto, el cuerpo del caballero empezó a brillar y su armadura se desintegró en partículas hasta desaparecer. Debajo, vestida con una ropa de seda bien entallada, apareció ella: Jeanne Artuar.


—Cuánto tiempo sin vernos.

—¡No lo puedo creer! ¡Señorita Jeanne!


Arhil estaba tan emocionada que se lanzó a abrazarla sin ninguna pizca de desconfianza. Jeanne la recibió con una sonrisa dulce y le devolvió el abrazo.


—¡Hace cuánto que no nos vemos!

—¿Cómo ha estado, Arhil?

—¡Súper bien! ¡Y qué alegría ver que usted también está sanita y sin ni un rasguño!


Arhil y Jeanne se saludaban felices, mientras los Caballeros de la Lanza Azul y el resto de mi grupo se quedaban mirando la escena calladitos. Como el "peligro" desapareció, los puntos grises que indicaban neutralidad en el 〈Mapa〉 se volvieron verdes al toque.


—Nunca me imaginé que nos encontraríamos en un sitio como este…

—Yo tampoco. Me quedé preocupada cuando me enteré de que se iban al bosque de los elfos, pero veo que mis temores fueron por las puras.


Jeanne soltó una carcajada, mientras Arhil ponía una sonrisa nerviosa. Solo fue cuestión de suerte. Si Arhil recordaba lo cerca que estuvieron de que todo acabara mal en el bosque de los elfos, todavía le daban ganas de suspirar. Hasta ahora, la única explicación para que los elfos ganaran era que Dios les había echado una manito.


—Pero Jeanne, ¿qué hace usted por aquí?

—Soy una Lanza Azul, ¿no?


Ante la pregunta de Judah, Jeanne dio la respuesta más obvia del mundo. Claro, para alguien que no es de este país, era difícil de captar. Judah solo sonrió, pero Arhil no entendía ni michi y preguntó con toda su inocencia:


—¿Y qué tiene que ver que sea una Lanza Azul?

—¿Mmm? ¡Ah! Es verdad, puede que Arhil no lo sepa. Nosotros, los Caballeros de la Lanza Azul, solemos servir principalmente en las fronteras del imperio, en campos de batalla o en lugares donde aparecen muchos monstruos. Trabajamos bajo un sistema de destacamentos. Actualmente, estoy con mi unidad en "Torus", la ciudad fronteriza que está por aquí cerca. No sé si estarán al tanto, pero últimamente han aparecido muchos monstruos con formas nunca antes vistas, así que andamos patrullando los alrededores de la ciudad para eliminarlos. Todo indica que hay un laberinto cerca… pero todavía no damos con el origen exacto de donde brotan estas criaturas.

—Ahhh...

—Bueno, viendo que me he cruzado con el joven Judah en este lugar, tal vez sí sea cierto que hay un laberinto por aquí.


dijo Jeanne en son de broma.

Judah soltó una risa nerviosa porque le remordió un poco la conciencia. ¿Será que el imperio ya sospechaba algo y por eso mandó a la Lanza Azul a esta zona? La verdad, él pensaba que solo se encontraría con ellos en fortalezas importantes, nunca imaginó que estarían destacados en una ciudad fronteriza tan pequeña y alejada.

Por un momento pensó en sacarle información a Jeanne sobre dónde más estaban desplegadas sus tropas, pero decidió quedarse callado para no levantar sospechas innecesarias. Le daba mucho gusto verla, y aunque aceptaría su ayuda si se diera el caso, no quería "utilizarla". Después de charlar un rato más, Judah le presentó al resto del grupo. Iris y Lime la saludaron uno tras otro, y Jeanne se quedó mirando fijamente a Lime.


—¿Un mago…? Ya veo. ¿Viene de parte de la Torre Mágica que está en Torus?

—No, ni sabía que había una torre ahí. Como usted sabe, Jeanne, los trámites para usar el teletransporte en el imperio son un tremendo chongo. Así que simplemente vinimos en carroza.

—¿En carroza? ¿Hasta aquí? Asu…


Jeanne puso cara de lástima.


—Han debido sufrir de lo lindo. Los entiendo perfectamente. Nosotros casi nos morimos de aburrimiento viajando en carroza hasta esta ciudad.

—Subteniente.


Uno de los caballeros que observaba en silencio se acercó y llamó a Jeanne. Ella asintió, indicando que ya lo había escuchado, y miró a Arhil y Judah con mucha pena.


—Me encantaría seguir conversando, pero me temo que ya tenemos que retirarnos.

—¿Ya se va?


preguntó Arhil con tono triste. En este mundo sin celulares ni redes sociales, volver a ver a alguien es bien difícil. Era normal que se sintiera un poco bajoneada tras un encuentro tan corto. Jeanne se sacó una cadena que llevaba bajo la ropa: era la cruz que Arhil, Jeanne, Sara (la hija del conde January) y ella se habían repartido en Urun.


—Por cierto, ¿saben que si siguen por este camino llegarán a las "Tierras Negras"?


Se refería al lugar donde estaba el laberinto. El sitio donde Asmodeo fue sellado, tiñendo la tierra de negro y haciendo que las llamas broten todo el año. Judah lo sabía perfectamente; de hecho, ese era su objetivo. Jeanne lo miró fijamente a los ojos, con una expresión que parecía rogarle que dijera que no iba hacia allá.

'Algo pasa aquí'. No era solo una suposición, se sentía en el ambiente. Pero Judah no mintió.


—Sí. Escuché que por esos lares hay un tesoro escondido.

—Si es el Judah que yo conozco… por más que le diga que es peligroso, no va a dar marcha atrás, ¿verdad?

—Me conoce bien, ¿no?

—¿Incluso si le pido que espere a que la zona sea más segura porque hay demasiados monstruos?


Definitivamente algo andaba mal. Al verla insistir tanto, Judah terminó de confirmarlo. Ella, que estaba muy preocupada, forzó una sonrisa.


—Está bien. Estaremos en Torus por un tiempo, así que si deciden pegar la vuelta, vengan a buscarme. Haré lo posible para hacerme un tiempo. Aunque fue cortito, me alegra mucho haber visto que están bien de salud; me voy más tranquila. Espero volver a verlos pronto y que sigan así de sanos…


Jeanne se puso el casco, se armó de nuevo y partió con sus subordinados. El grupo la vio alejarse antes de retomar el camino al laberinto. Arhil soltó un suspiro de pura nostalgia por la despedida.



Clanc, clanc...



El sonido de las pesadas armaduras resonaba con cada paso. A estas alturas ya era un ruido familiar, pero en medio de un bosque como este, sonaba totalmente fuera de lugar. Los 24 caballeros avanzaban manteniendo la formación. Tras un día entero de marcha, finalmente llegarían a Torus.


—Por la dirección que tomaron, es seguro que van a las Tierras Negras. ¿Cómo procedemos con el informe?


le preguntó el suboficial que caminaba a su lado.


—... Informa que un equipo de aventureros ha ingresado.


respondió Jeanne tras una pausa.


—¿Está segura? Parecían conocidos suyos.


La expresión de Jeanne bajo el casco se ensombreció. Al no recibir respuesta, el suboficial la miró de reojo. Por la posición de su casco, parecía que caminaba mirando al suelo. Él sabía por experiencia que cuando alguien se pone así, es porque está dándole vueltas a algo difícil. Además, aunque ella no se diera cuenta, su paso se había vuelto un poco más lento. Después de un buen rato, ella soltó un largo suspiro y respondió:


—Tampoco es que pueda regresar y obligarlos a dar la vuelta, ¿o sí?


El suboficial se quedó pensando al ver a su superiora tan mortificada por esa decisión. Ella era joven, pero muy capaz, considerada con sus subordinados y nunca les daba problemas innecesarios, así que decidió darle un consejo.


—Todavía no es tarde. ¿No se sentiría mejor si regresamos ahora mismo, les explicamos bien la situación y hacemos que se retiren?

—Si supiera que me van a hacer caso, lo haría. Pero él no es de los que retroceden. Además, nuestras órdenes son claras: no debemos bloquear el paso a aventureros o mercenarios. Nuestra misión es solo detener a las caravanas comerciales o a los civiles que se pierdan en dirección a las Tierras Negras.

—A veces un poco de flexibilidad no vendría mal.

—Lo sé.

—Bueno, solo queda rezar para que no les pase nada.


Jeanne asintió. Ella no sabía exactamente qué había en las Tierras Negras, pero tenía clarísimo que era un lugar de muerte. Actualmente, en los alrededores se abrían constantemente pequeñas brechas con el mundo demoníaco y los monstruos salían por montones.

No era algo que pusiera en riesgo a la ciudad fronteriza todavía, pero era obvio que si se dejaba pasar, se volvería un peligro real. Aun así, para ser solo una misión de limpieza, el tamaño de la tropa enviada a Torus era sospechosamente grande.

Lo más raro era que, a pesar de haber movilizado a tantos soldados, los hacían moverse en grupos pequeños mientras el resto se quedaba en espera, lo que indicaba que había otra razón de fondo. Y encima, esa orden de reportar a cualquier aventurero que fuera hacia allá... Jeanne lamentaba no tener el rango suficiente para saber qué estaba pasando realmente. Si hubiera sabido los detalles, se las habría ingeniado para advertirle a Judah y evitar que fuera.

Mientras ella se hundía en sus pensamientos, el suboficial sacó un pergamino de una pequeña bolsa que llevaba al costado. Imbuyó sus dedos con un poco de maná y empezó a escribir el informe.



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