24 CORAZONES 255
MAZMORRA (4)
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Fruncí el ceño, con el corazón hecho un nudo. No es que no me esperara un resultado así; soltar mi aura mágica antes de que él terminara de subir las escaleras era buscarse una respuesta fija. Pero por más que lo pensara, no sentía que hubiera debido aguantarme.
—…….
Lo miré de abajo hacia arriba. Yo creía que había crecido bastante, pero qué va; el tipo era tan alto que no me quedaba de otra que estirar el cuello para verlo a la cara. Y no es que fuera un gigante deforme, el tipo tenía una percha envidiable. Como hombre, tenía todo lo que uno podría envidiar.
Una proporción física impecable, un uniforme lleno de medallas que le quedaba pintado, ese bigote de caballero y el monóculo... todo en él gritaba "protagonista". Hasta su edad le sumaba puntos. En medio de toda esa tensión, lo primero que pensé fue: "Si voy a envejecer, quiero ser un viejo con tanta clase como este".
Nos quedamos en un silencio algo extraño, midiéndonos. Él me analizaba como quien mira un bicho raro pero interesante. Sus ojos se movían recorriéndome de pies a cabeza. No sentía sed de sangre; más bien, se le veía curioso.
Mientras los nobles y mis compañeros estaban tiesos de los nervios, nosotros dos simplemente nos escaneábamos.
—¿Se le ofrece algo?
—Eres joven.
Hablamos al mismo tiempo. Al escuchar nuestras respuestas cruzadas, Calicteser soltó una carcajada ronca, como de tío bonachón. "¡Jajaja!". Con una media sonrisa, dio tres pasos hacia mí. Justo cuando iba a decir algo, el noble que seguía arrodillado de forma humillante detrás de mí levantó la cabeza.
—¡Se-Señor Calicteser!
—¿Qué pasa? Mira, si no es algo urgente, preferiría que habláramos en otro momento.
A ver, estaba claro que ese noble no iba a tener otra oportunidad de hablar a solas con él en su vida. Lo que Calicteser le estaba diciendo, de forma diplomática pero firme, era: "No estorbes y quédate callado". Como los nobles son expertos en leer entre líneas, el mensaje le llegó clarito.
—…Ah.
El noble no podía creerlo. Un noble de su propio imperio acababa de ser humillado por un aventurero cualquiera, y su héroe nacional, en lugar de poner al intruso en su sitio, ¡quería conversar con él! Tenía la cara de alguien que acaba de ser traicionado por su mejor amigo. Calicteser, al ver esa mirada de perrito apaleado, soltó un suspiro.
—No me mires así. Prácticamente te acabo de salvar la vida.
El noble seguía sin captar una.
—¿Cómo? ¿A qué se refiere?
—Qué pesado eres... Hay que explicarte todo. Te acabo de salvar de morir a manos de un Portador de una Espada Sagrada al que atacaste sin pensar. ¿Quién te enseñó a obligar a extranjeros a seguir nuestras costumbres a la fuerza? Si eres noble, pórtate como tal. No das buena imagen ahí tirado, así que levántate y lárgate.
lo sermoneó como un abuelo regañón.
—... E-entendido.
Fue una parada de carro en toda regla. El noble, todo avergonzado y sin saber dónde meterse, regresó a su sitio. Los demás nobles estaban con la boca abierta, sin entender nada. Como Calicteser había neutralizado mi presión mágica, la gente volvió a respirar y el restaurante se llenó otra vez de murmullos. Estaba recontra ruidoso. A Calicteser también pareció molestarle el chongo, porque echó una mirada rápida alrededor y todos cerraron el pico... al menos por cinco segundos, antes de volver a chismosear en voz baja.
—Parece que por mi culpa se te malogró la cena. ¿Qué dices? Si todavía tienes hambre, subamos al tercer piso y comamos juntos. No es exactamente una disculpa, pero yo invito.
—... ¿Quiere conversar conmigo?
—Para un viejo como yo, hablar con un joven con talento siempre es un placer.
Ante su propuesta, miré de reojo a mis compañeros. Lime y Arhil estaban con cara de "¿qué está pasando?", muriéndose de curiosidad. Estaba claro que si rechazaba la invitación, nos iríamos con un sabor amargo en la boca y el recuerdo de una noche horrible. Además, apenas habíamos tocado el plato fuerte; mi plato estaba casi lleno.
'La invitación de un Portador de Fragmento, eh... ¿por qué no ver qué clase de tipo es?' pensé. Total, él no tenía forma de saber que yo también cargaba fragmentos.
—Si el héroe de Byron me invita, no puedo decir que no. Déjeme avisarle a mi grupo.
—Perfecto. Te espero en el tercer piso. Iré pidiendo la comida.
asintió él, dio media vuelta y, tras decirle algo al mozo, subió las escaleras.
Volví a la mesa y Arhil saltó al toque:
—¿Qué te dijo?
—Nada del otro mundo. Dijo que como se nos malogró la cena por su culpa, nos invita a comer con él arriba para charlar un rato.
—O sea... ¿nos acaba de invitar a cenar el mismísimo Calicteser?
preguntó Arhil sin creérselo.
Asentí. Al final, la cosa terminó así.
—¿Y aceptaste?
—Sí. Total, si nos quedamos aquí, nos van a seguir mirando feo y la comida nos va a caer pesada.
Sea como sea, los nobles se le van a ir encima al restaurante con sus quejas. Les malogramos el momento y eso no se lo guardan. En cuanto Calicteser terminó de subir, el primer y segundo piso se volvieron un nido de avispas llamando a los mozos. Los que escucharon que Calicteser nos había invitado se quedaron calladitos comiendo, pero los que no sabían ni qué onda estaban dándole con palo a los pobres empleados. El mozo estaba en un plan de "trágame tierra", pidiendo disculpas a cada rato y repitiendo: "Es que el señor Calicteser los invitó", y recién ahí los nobles soltaban un: "Ah, bueno, si es así, ya qué queda", aunque nos seguían mirando de reojo con una cara de pocos amigos.
—Subamos de una vez. Dejen lo que estaban comiendo ahí nomás; vamos a aceptar la invitación del héroe del imperio, no se le puede decir que no a comida gratis.
-Yo voy a comer un montón.
escribió Iris y me enseñó la libreta.
Me reí. Yo estaba en las mismas. No sé cuánto ganará el Comandante General de los Caballeros de la Lanza Azul, pero hoy le vamos a dejar el bolsillo tiritando. Subimos al tercer piso con el resto de la party.
Si el primer y segundo piso eran fichos, el tercero era otro nivel. Lámparas de cristal colgando, cerámicos impecables, mesas y sillas que se notaba que las había hecho un maestro artesano... hasta los adornos de las paredes eran una obra de arte.
—Ahí está.
Calicteser levantó la mano desde una mesa que estaba al fondo. El tercer piso era inmenso y estaba totalmente vacío, solo para él. Caminamos un buen trecho hasta llegar y nos sentamos en la mesa redonda.
—Siento mucho haberles malogrado la cena. Deben haber pasado un mal rato, así que hoy coman todo lo que quieran, yo invito.
—Le va a salir caro, porque aquí donde nos ve, somos de buen diente.
Arhil y Lime no comen tanto, pero Iris y yo tenemos un agujero negro en el estómago y podemos bajarnos cantidades industriales de comida. Calicteser soltó una carcajada ronca.
—No te preocupes. Total, la cuenta no la pago yo.
—¿...? ¿No dijo que nos invitaba usted?
—Ah, bueno, yo los invité, pero técnicamente el dinero no sale de mi bolsillo. Hice una apuesta con un amigo... y lo importante es que le gané. Así que si comen hasta reventar antes de que él llegue, me harían el hombre más feliz del mundo.
"Qué mal amigo", pensé. No sabía quién era el pobre diablo que iba a recibir la cuenta, pero ya le iba mandando mis condolencias. Mientras llegaba la comida, empezamos con la charla ligera.
—Por cierto, qué falta de respeto la mía, todavía no nos presentamos bien. Un gusto, soy Calicteser. El apellido da igual, seguro ni se lo acuerdan, así que solo díganme por mi nombre.
-Es el Comandante General de la Lanza Azul, el héroe vivo, el escudo del imperio, portador del Fragmento "Luz de Luna" y el que destruyó a la Unión del Sur.
escribió Iris rápido para que yo supiera con quién hablaba.
Yo ya me sabía todo el CV del viejo, pero le asentí a Iris agradeciéndole el dato. Calicteser, que llegó a leer la nota desde su sitio, hizo un gesto con la mano restándole importancia.
—No le hagas caso a esas cosas. Te invité para conversar contigo, no para presumir mis medallas.
—Bueno, si usted lo dice, entonces le diré señor Calicteser.
—Me parece perfecto.
—Bien. Mi nombre es Judah Arshé. No soy noble de Byron, así que dudo que haya escuchado de mí.
—Eres portador de una Espada Sagrada y no me sonaba tu cara, así que imaginé que venías de fuera. Pero... qué sorpresa. ¿Eres aventurero o mercenario?
—Aventurero con placa de plata.
Calicteser, que estaba sonriendo, se quedó medio confundido.
—Espera. ¿Plata? ¿Escuché bien? No te lo creo. Eres un portador de Espada Sagrada, muchacho. Cualquier gremio de aventureros o mercenarios te daría la placa de platino apenas demuestres tu arma.
—Ah, bueno, es que soy portador hace poco y como he tenido mucha chamba, no he tenido tiempo de pasar por una sucursal a hacer el trámite.
—¿Me estás diciendo que no la tienes por flojera?
—Visto así, supongo que sí.
—¡Jajaja! Qué tipo tan interesante eres.
Mientras hablábamos, llegaron dos carritos llenos de comida. Apenas habíamos pedido y ya estaban sirviendo; parecía que lo tenían todo listo desde antes. Eran platos que ni siquiera figuraban en la carta que vimos abajo. Calicteser siguió hablando sin darle mucha bola a los manjares que ponían en la mesa.
—En fin. No tener la placa de platino es algo que no me cabe en la cabeza. No solo por los beneficios, sino por lo que pasó abajo. Si hubieras sacado la placa, no habrías tenido que liberar tu magia; el noble se habría largado al toque. Nadie en su sano juicio se mete con un platino, a menos que también tenga una Espada Sagrada.
—¿Usted cree?
sonreí con un toque de amargura.
Si hubiera sacado la placa, el noble se habría ido, sí, pero nos habrían seguido mirando con asco y rajando de nosotros por lo bajo. Calicteser me recomendó sacar la placa cuanto antes, luego soltó la verdadera bomba:
—Y si no te interesa mucho ser aventurero... ¿qué te parece venirte a nuestro imperio? Por lo que veo, no sirves a ningún reino en particular. ¿Por qué no te unes a nosotros?
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