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24 CORAZONES  256

MAZMORRA (5)



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Calicteser aprovechó el momento para hablar con una calma que envolvía. Judah, escuchándolo en silencio, solo atinó a sonreír cuando le soltaron la propuesta directa de mudarse al Imperio.

Tener a un Portador de Espada Sagrada es, básicamente, subir el nivel de potencia nacional de un porrazo. En este mundo sin armas nucleares, ellos son el "botón rojo": sirven como disuasión, permiten tácticas que el enemigo ni imagina y, en una guerra total, la presencia de uno define si puedes atacar o si solo te queda rezar mientras te defiendes.

Al enterarse de que Judah era aventurero pero no tenía placa de platino, Calicteser olió la oportunidad y no dudó en intentar "pescarlo" para su bando.


—¿Qué dices? No es una mala oferta. Si quieres, puedo contarte todos los beneficios que recibe un Portador en el Imperio.

—No, gracias. Le agradezco mucho el gesto, pero la verdad es que tengo un sueño que cumplir.

—¿Un sueño?


preguntó Calicteser mientras agarraba sus cubiertos. De paso, les hizo un gesto a Lime, Arhil e Iris, que estaban ahí sentados mirando la comida como estatuas, para que le entraran de una vez. A ellos ni les habían dado chance de presentarse, pero no se hicieron bolas; no tenían planes de hacer contactos en el Imperio, así que empezaron a mover los cubiertos con ganas para no cruzarse en la charla. Judah los miró con una envidia sana y respondió:


—Quiero viajar por todo el mundo. Quiero recorrer cada rincón del primer y segundo continente.

—¿Ah, sí?


Calicteser se sorprendió mientras se servía un poco en su plato. Un sueño muy de aventurero, pensó. O quizás por eso se hizo aventurero.


—Es más divertido de lo que parece. Conoces gente que nunca imaginaste y ves cosas que no existen en ningún otro lado.

—Ya veo. ¿Y por dónde empezaste para llegar hasta aquí?


Judah captó al toque que el viejo estaba tratando de sacarle el lugar de origen, pero como no tenía nada que ocultar, le soltó que venía de la Fortaleza de Serenia. Calicteser, que se conoce el mapa del primer continente de memoria, siguió la charla mencionando rutas y lugares.

"Pensé que podría comer hasta reventar, pero me equivoqué", pensó Judah. Como el viejo no paraba de hablarle, solo podía sostener los cubiertos sin poder dar un bocado decente. A su lado, Iris, Arhil y Lime estaban limpiando la mesa a una velocidad de locos. "Ojalá que cuando llegue su amigo me dejen en paz".


—Viajar por el mundo... Es un sueño paja. Yo también quisiera recorrer otros países cuando me jubile.

—¿Hay algún lugar que quiera conocer en especial?


Calicteser se acarició la barba, pensativo. Judah aprovechó esos segundos de silencio para meterse comida a la boca como si no hubiera un mañana. Masticó rápido, casi sin sentir el sabor, y tragó con esfuerzo. Para cuando el viejo terminó de pensar, unos tres minutos después, Judah ya había pasado el bocado.


—Supongo que me gustaría conocer Jungcheon, la capital de Baekje.

—¿Baekje?


Todo el mundo sabe que Byron y Baekje se llevan como el perro y el gato. Byron comercia con medio mundo, pero con Baekje ni la hora. Lo mismo al revés. Aunque claro, los productos de ambos países terminan cruzando fronteras a través de otros reinos por lo bajo.


—Sí, Baekje. El país con el que he peleado desde antes de nacer y con el que pelearé hasta que me muera. Esto no parará hasta que uno de los dos desaparezca. Por eso me da curiosidad. Quiero ver cómo es ese lugar por el que he dado mi vida peleando, qué hay ahí, qué piensan ellos... cómo ven la vida.


Judah asintió. Como la charla iba para largo, dejó de comer. Miró la comida con pena, sabiendo que estaba pagando caro pero no disfrutando el sabor por estar de "entrevistado". Sin embargo, esta vez la pregunta no fue para él.


—¿Y bien? ¿Qué tal está la comida? ¿Les gusta?

—¡Sí, está buenaza!


respondió Arhil con una sonrisa radiante


—¡Sabe mucho mejor que la de abajo!


Calicteser le devolvió una sonrisa de abuelo chocho. Luego miró a Lime.


—¿Y qué dice nuestro mago?

—Es excelente. Como dice la señorita Arhil, el sabor es de otro nivel. Se nota que no es un cocinero que solo sigue órdenes, sino alguien que entiende de verdad cómo tratar cada ingrediente.

—Ese es el mejor halago que podrías darle. No es por presumir, pero el que cocinó esto es un gran amigo mío, el dueño de este local. En el frente de batalla ya cocinaba bien, pero cuando me dijo que pondría un restaurante para nobles, me preocupé un poco. Veo que fue por las puras.

—¿O sea que es su primera vez aquí?

—¡Jajaja! Exacto. El tacaño abrió el local hace tiempo, pero recién hoy me hice un campito para venir. Viendo cómo disfrutan la comida, me quedo tranquilo.


En eso, la mirada de Calicteser se desvió hacia la entrada.


—Ah, justo a tiempo. Ahí viene nuestro "patrocinador".


Judah iba a voltear, pero Calicteser se levantó con una cara de malicia, como quien va a hacer una travesura. Judah pensó en levantarse para saludar, pero el viejo le hizo una seña para que se quedara sentado. Por el pasillo venía un hombre vestido con el mismo uniforme imperial.

Tenía el pecho lleno de medallas, pero ese traje parecía pesarle una tonelada. El tipo venía con una cara de cansancio total, de esas de quien ya no puede con su vida. Miró a Calicteser y soltó un suspiro de resignación que se escuchó en todo el piso.

'Un momento... a este pata también lo he visto en algún lado'

Me parece conocido. Y Judah sintió que no debía pasar por alto esa sensación. Escudriñó en su memoria mientras no le quitaba la vista de encima a ese rostro familiar, tratando de recordar si era amigo de Calicteser, hasta que finalmente volteó la cabeza y soltó un suspiro.

'Ya veo. Si hay alguien capaz de cruzarse apuestas y bromear así con Calicteser, el portador del fragmento, no puede ser otro más que él'.

Basilisk.

Un tipo peculiar que usa como nombre propio el de una bestia mágica de la mitología.

Aunque su contextura, su talla y su rostro severo no se parecen en nada a los de Calicteser, ambos tienen mucho en común.

A los dos se les llama por igual "héroes vivientes del imperio" y cada uno ha logrado hazañas increíbles.

Si Calicteser es el escudo del imperio, él es la lanza.

Calicteser posee el fragmento llamado "Luz de Luna", y él posee el fragmento llamado "Gaia".

Mientras que Calicteser es el comandante general de los Caballeros de la Lanza Azul, él es el capitán de la Lanza del Juicio, una orden de caballeros bajo las órdenes directas del emperador, y en casos de emergencia, tiene la autoridad para comandar a todos los caballeros, a excepción de los de la Lanza Azul.

Calicteser es mayor que él, pero se llevan como si fueran amigos de toda la vida.

Ambos son hijos de familias ducales, han estado juntos desde niños y sobrevivieron en el campo de batalla dándose la mano el uno al otro. Por una coincidencia casi increíble, ambos terminaron siendo dueños de fragmentos y gozan de la plena confianza del emperador.


—¡Jajajaja! No sé cuánto tiempo ha pasado. Basil, ¿cómo te ha ido?


Calicteser se acercó a Basilisk soltando una carcajada. Abrió los brazos de par en par para darle un abrazo, pero Basilisk, mirándolo con cara de pocos amigos, le correspondió el gesto a las justas y luego volvió a tomar distancia.


—Me hubiera ido mucho mejor si no fuera por esa apuesta contigo.

—Ah, claro. Si ese fuera el caso, el de la cara de muerto sería yo. Ya, ven por aquí. Como estaba conversando con estos jóvenes, ya pedí la comida. ¿Hoy te va a doler el bolsillo, eh?


Se ríe a carcajadas mientras se acerca y le ofrece un asiento. Basilisk se sentó y puso una cara de desconcierto al ver a Arhil, Lime e Iris, quienes lo saludaban con cierta timidez. Había escuchado que Calicteser tenía nietos, pero no sabía que los traería aquí.


—Jóvenes, dices… ¿y ellos qué hacen aquí?

—Son aventureros. En realidad, estaban almorzando en el segundo piso, pero por mi culpa les arruiné la comida. No es que sea la gran cosa, pero los traje aquí para que comamos y conversemos un rato.

—¿Tú hiciste eso?


Calicteser asintió con una sonrisa.


—Aunque no lo parezca, este muchacho es poseedor de una espada espiritual. Y esa sacerdotisa tan linda como una nieta es… ah, el mago es… un momento, ¿todavía no terminamos de presentarnos, no?


Se rascó la barbilla y frunció el ceño con cara de haber metido la pata. Estaba tan apurado hablando con Judah que ni siquiera sabía sus nombres. Calicteser retiró con vergüenza la mano que había extendido para presentarlos y, tras pedir disculpas, les pidió que se presentaran. Arhil, sin mostrar molestia alguna, se levantó un poco de su asiento, puso la mano sobre su pecho y se presentó con una venia.


—Me llamo Arhil. Soy una sacerdotisa al servicio de la señora Jophiel.

—Me llamo Lime de Tritan. Soy miembro de la Torre Mágica de los Campos Nevados de Calypso.


Iris sacó su libreta y escribió un mensaje.


-Les pido disculpas por saludar por escrito debido a mis circunstancias. Me llamo Iris.


Finalmente, Judah se presentó una vez más. Basilisk soltó una risita burlona.


—Vaya grupo tan peculiar. Un portador de espada espiritual, un mago, una sacerdotisa y la señorita de allá es… mmm… ¿una ase… no, una cazadora? Bueno, qué más da, un gusto. Yo soy Basilisk de Deanol. No hace falta que se aprendan el apellido. Soy amigo de este sujeto.

-Es un honor conocer a los héroes del imperio.


Iris mostró lo que había escrito con una caligrafía elegante. Al leer la nota, Basilisk se quedó un poco descolocado, mientras que Calicteser se mataba de risa y agitaba la mano restándole importancia.


—No hace falta que nos lances flores. A donde sea que voy escucho lo mismo y ya me tiene harto. Así que hablen con confianza, como hace un rato. Ya, ya, coman de una vez. Este amigo invita, así que no se preocupen por la cuenta. Coman todo lo que quieran. Si falta, pidan más.

—Si yo soy el que paga, ¿por qué tú eres el que hace tanto chongo?

—No seas tacaño. ¿O es que te resientes porque no te serví yo mismo?


Calicteser agarró con la mano la pierna de un pollo grande que estaba al centro de la mesa, la trozó y se la puso en el plato a Basilisk. La carne se veía tan suave que se hacía agua la boca.


—Come bastante. Total, tú pagas.

—De verdad que eres un pesado. Me dan ganas de romperte esos lentes.


Y así, empezaron a comer en medio de un ambiente un poco bullicioso. Calicteser, a diferencia de su apariencia, tenía la personalidad de una madre. Más que comer él mismo, se la pasaba insistiendo a los demás para que prueben esto o aquello, preguntando si estaban llenos y pidiendo más cosas. Lime y Arhil llegaron a un punto en que ya no les entraba ni un bocado más, pero Iris y Judah no se hicieron de rogar y siguieron comiendo como si no hubiera un mañana. Al verlos, Basilisk no se atrevió a decirles que paren y solo atinó a soltar un suspiro.



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