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24 CORAZONES  248

Flor de Iris (14)



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Fui a buscar a Arhil, que debía estar practicando duro en el templo. No sé si era la hora de almuerzo o de descanso, pero los sacerdotes del templo se movían con más flojera que en la mañana. Algunos estaban sentados en las bancas de afuera relajándose tranquilos, y muchos otros estaban agrupados conversando de lo más normal.

Preguntando aquí y allá, por fin encontré a Arhil. Justo estaba sentada sola en una banca bajo la sombra de un árbol. Quizás porque no corría ni un poquito de aire, el clima estaba fresquito como de primavera, pero verla ahí sentada me dio miedo de que se fuera a resfriar.

Justo cuando estaba por acercarme a ella, vi a tres aventureros. Dos hombres y una mujer. Para ser mercenarios eran muy pocos, su equipo se veía bien tela y se les notaba medios verdes para la cosa. Parecían aventureros novatos que recién llegaban a la ciudad con la idea de ganar experiencia y plata explorando el laberinto.

Ellos vieron a Judah —o sea, a mí— caminando hacia Arhil y empezaron a susurrar algo. Incluso de lejos se sentía clarito cómo me miraban con desconfianza. De pronto, empezaron a correr.


—¿Eh…?


No es que hubieran hecho algo para fastidiarme realmente, pero por alguna razón sentí un tic en el ojo. Arhil, sorprendida por el grupo que venía corriendo hacia ella, agarró con fuerza el borde de su túnica y abrió los ojos de par en par. Pero no parecía que quisieran secuestrarla o amenazarla; más bien, daba la impresión de que querían convencerla para que se una a su grupo.

Al verlos ahí, ya conversando con Arhil, sentí un malestar de inmediato y apuré el paso. La buena de Arhil escuchaba lo que decían asintiendo con la cabeza, hasta que después de un rato, con cara de apurada, les dijo que no, rechazando su propuesta.

Obvio, pues.

¿De quién creen que es compañera ella? Estos se pasaron de frescos queriendo llevarse a la fuerza a la sacerdotisa de otro.


—¿Se les ha perdido algo con mi compañera?


Ellos voltearon asustadazos.


—¿Su, su compañera?

—Ah, era verdad.


Claro que sí, pues. ¿Qué creen, que les iba a mentir? Los miré con una cara de desprecio total, y ellos, con una expresión de decepción absoluta, soltaron un suspiro. Aun así, parece que no querían quedarse con las ganas o quizás se aferraban a una última esperanza, porque se quedaron mirando de reojo a Arhil. Al ver que no se daban por vencidos, fruncí el ceño.

Ya de por sí es una falta de respeto total buscar a un sacerdote dentro del templo de forma personal sin seguir los trámites oficiales. Cualquier aventurero o mercenario sabe eso por cultura general. Y aun así, me ponen esa carita.


—Si no tienen nada más que hacer, arranquen de acá. No estorben el paso, que ya me tienen de mal humor.


No tuve ni un poquito de cortesía con ellos. Es más, los agarré del hombro y los empujé a un lado para pasar. Los empujé bien suave, casi nada, pero ellos retrocedieron varios pasos tambaleándose. Admito que fue una falta de respeto, pero la verdad es que no tenía ni la más mínima intención de pedirles disculpas.

Me paré frente a Arhil y volteé para mirarlos fijo. Cerré los puños y les clavé una mirada de esas que te avisan que tengo un carácter de perros. Ellos ni pío dijeron, parece que no podían creer la fuerza con la que los había empujado hace un rato. Quizás porque estábamos dentro del Imperio Byron, ni se atrevieron a desenvainar sus espadas. Y como estábamos en un templo, tampoco se atrevieron a lanzar un golpe. De puro tontos, lo único que pudieron hacer esos dos aventureros novatos fue mirarme feo. La chica que estaba atrás solo miraba toda la escena bien nerviosa.

Entonces, les solté un poquito de mi energía mágica, una bien espesa.


—Ugh.


Solo con eso, se quedaron tiesos, aplastados por esa presión invisible de mi magia. Solo soltaron un quejido y retrocedieron con cara de puro miedo. Deben ser aventureros de rango cobre, ni a plata llegan.


—¡Ah…!


Seguro que ahorita se deben sentir como hormiguitas, y a mí me deben ver como un gigante. Al toque se les bajaron los humos. Cuando vi en sus caras que ya habían entendido por instinto que no tenían ni una chance contra mí, retiré mi magia. Después de un momento, se fueron resentidos y sin siquiera pedir disculpas. Solo la aventurera se quedó mirando un rato y, antes de seguirlos, soltó un "mil disculpas".


—Gracias.


¿Gracias por qué? Me senté al lado de Arhil, abrí mi {bolsa} y saqué la canasta de sándwiches que había guardado hace un rato. A ella se le iluminaron los ojos al toque.


—¡Guau!

—También hay algo para tomar.


Arhil agarró un sándwich de la canasta.


—¿Puedo comer, no?

—Cómetelo todo si quieres, pero despacio. Yo ya almorcé.

—¡Gracias! La verdad que la comida del templo es bien fe... ¡uy!


Se tapó la boca y empezó a mirar a todos lados, toda nerviosa por si alguien la había escuchado. Se veía bien tierna así. Podía estar tranquila, no había nadie cerca.

'Cuidado con lo que digo, cuidado con lo que digo'

murmuraba Arhil mientras agarraba el sándwich con las dos manos con una cara de felicidad total. Ver cómo se dejaba ganar por la comida rica me daba mucha ternura.


—¡Buen provecho!


Arhil por fin empezó a comer. Qué diferencia con la forma de comer de Iris. Iris come poquito a poquito, rápido pero en bocados chiquitos; en cambio, Arhil le mete un señor bocado sin importarle quién la mire. Quizás sea porque solo estoy yo y por eso se tiene tanta confianza.

Daba gusto verla masticar con los cachetes bien inflados. Se bajó un sándwich en un abrir y cerrar de ojos, y ya estaba metiendo la mano a la canasta para sacar otro. Por cómo comía, se notaba que estaba muerta de hambre. Me quedé mirándola y le alcancé la bebida para que no se atore. Se zampó tres sándwiches al hilo, y recién cuando iba por el quinto empezó a bajar la velocidad porque ya se estaba llenando. Al final paró y soltó un "¡pfaaa!", bien satisfecha.


—A partir de mañana, te traeré algo de comer a esta hora. Si quieres comer con alguien más, avísame para traer bastante. Espérame acá.


Le dije eso mientras chequeaba la hora.


—¿En serio?

—Sí.

—¿De verdad, de verdad me vas a traer?

—Que sí, pues.


le respondí. Arhil soltó un "¡Yuju!", gritando de alegría, y abrió los brazos para darme un abrazote bien fuerte.


—¡Gracias, Judah!


Ante su muestra de cariño tan repentina, me quedé pensando si de verdad esto era para ponerse así de feliz. Solo atiné a darle unas palmaditas en la espalda. Parece que su hora de descanso ya había terminado, porque Arhil puso una cara de pena y regresó adentro del templo.

Mi rutina se había vuelto la misma: en la mañana la dejaba, al almuerzo le llevaba su comida y en la noche la recogía.

En mis ratos libres, me la pasaba conversando por escrito con Iris o salía a caminar con ella para ir ganándome su confianza de a pocos. Eso era mi día a día, mi rutina. Pero, para la confianza que ya le tenía, Iris no daba señales de querer ponerme a prueba todavía. Y eso que ya se había pasado más de la mitad de la semana.


-¿Habré entendido algo mal?


Como ya he visto varias veces cómo el destino se termina torciendo, no descartaba ninguna posibilidad. O de repente, el hecho de haberla ayudado hasta ahora ya contaba como parte de su prueba. Pero como en los {mensajes del sistema} de las misiones no salía nada nuevo, no tenía cómo confirmarlo.

Me puse a pensar bien en toda la ayuda que le había dado estos días.

Solo le presté plata porque se había olvidado la billetera para comprar unas cosas, y la ayudé a cargar bultos pesados cuando la vi en esas. Eso fue todo. Nada del otro mundo. Sentí cómo el tiempo se me iba de las manos como si me lo estuvieran robando, y solté un suspiro.

A este paso, se me iba a acabar la semana que les prometí a Lime y a Arhil. No podía seguir desperdiciando los días así como así.


-Mañana mismo.


Mañana contacto al Reino de las Sombras.

Quería tomarme las cosas con más calma, pero ya no me quedaba otra. Me rasqué la cabeza con fuerza y esperé a que amaneciera. Cuando por fin abrí los ojos, ya era bien tarde. Pensé que Arhil me iba a despertar, pero ya hasta había tendido su cama y se había ido. En la cabecera me dejó una notita diciendo que me veía durmiendo tan rico que prefirió no levantarme.

Bajé del segundo piso y, qué raro, vi que el local estaba vacío. Por más que fuera de mañana, siempre había aunque sea un par de mesas ocupadas, pero hoy parecía que todos se habían ido de paseo juntos al laberinto, porque no había ni un alma. Nunca había visto el sitio tan desolado.


—Ah, ¿ya se despertó?


Lime salió de la cocina bostezando y me saludó de lo más bien. Yo también le devolví el saludo.

—Te estás sacando el ancho trabajando, ¿no? ¿Ya aprendiste bastante?

—Como hoy dijeron que en la mañana no se trabaja, me quedé desde la madrugada aprendiendo con uno de los cocineros. Me dijo que como abren recién en la tarde, que aproveche en subir a descansar un rato.


Me contestó mientras movía los brazos en círculos, se notaba que tenía los hombros recontra tensos. Estaba muerto el pobre. Le dije que mejor subiera de una vez a descansar, y él me hizo caso diciendo que se iba a tirar un par de horas. Por cierto, de los mozos solo había dos en el salón. A Iris tampoco la vi por ningún lado.


-Mejor así.


Como no estaban atendiendo, no había gente. Caminé hacia la barra y me senté frente al hombre que, como todas las mañanas, limpiaba los vasos con un trapo hasta que chirriaran de limpios. Él dejó de mirar el vaso y me clavó la vista.


—Disculpe, pero la comida sale recién en la tarde. A menos que quiera empezar a tomar desde tempranito.


Era tan seco para hablar que su tono parecía decirme: "mejor piénsalo bien, porque capaz ni te vendo nada". Me dio risa su forma de ser.


—Es que lo que comí ayer me ha caído medio pesado, siento el estómago un poco revuelto. Dame un trago de fruta, nada más.

—No creo que un trago de fruta ayude mucho con el malestar, pero bueno... usted manda. Tengo de varios tipos, ¿cuál va a querer?


Puso el vaso frente a mí. En la primera falange de su dedo índice derecho tenía un tatuaje negro de un sabueso —o quizás un lobo— con un diseño bien estilizado. Era la marca que identificaba a los altos mandos del Reino de las Sombras.


—Tengo de toronja, uva verde, fresa y manzana. ¿Cuál le sirvo?


Como no le respondí nada, se puso a dictarme el menú. Pero mi respuesta no tenía nada que ver con lo que me ofreció:


—De arándanos.



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