24 CORAZONES 246
Flor de Iris (12)
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Mientras esperaba que saliera la comida, Judah se puso a sapear el local. Como era de día, no había mucha gente. Había más de diez mesas, pero solo tres o cuatro estaban ocupadas, y los que estaban ahí comían tranquilos sin hacer bulla. Gracias a eso, en la barra se veía a varios empleados descansando.
El problema era que sentía cómo lo relojeaban caleta. Especialmente un tipo que estaba en la barra limpiando una copa con un trapo, sacándole brillo hasta que chillaba; ese lo miraba de reojo como si tuviera algún problema con él.
Cada vez que Judah volteaba para ver quién lo miraba, ellos bajaban la vista o se ponían a conversar como si nada, como si no hubiera pasado nada.
'Pucha...'
No es que no supiera por qué lo hacían. Al final, este lugar era prácticamente el palacio del Reino de las Sombras, y como su reina le estaba parando bola a un aparecido cualquiera, era obvio que les picaba la curiosidad (y los celos). Encima, como todos los tipos que le habían gustado a la reina antes solo le habían traído decepciones, de seguro estaban pensando: "Este va a ser igualito que los otros".
—Fuuu.
Soltó un suspiro y se apoyó en la mano, aburrido.
'Ya, hagan lo que quieran'
Entendía que se preocupaban por su reina, así que no valía la pena acercarse a buscar bronca solo por unas miraditas. Además, si quería llevarse bien con ellos después, lo mejor era aguantar no más. Se quedó esperando la comida. Había pedido poco porque iba a comer solo, pero se estaban demorando una eternidad.
'¿Debería comprarme algunos libros?'
Si se ponía a pensar, su <Inventario> estaba lleno de comida, cosas de limpieza, medicinas y armas, pero nada que se pudiera leer.
'Ah, verdad que tengo los libros de magia'
Tenía esos grimorios que se trajo del calabozo del conde Jinmu, donde intentaron invocar a Bel-Terza en Calypso. Pero leer eso no servía de mucho; no tenía intención de aprender magia y, la verdad, eran recontra aburridos.
Él mismo reconocía que era bien especialito. Por un lado quería cualquier cosa para leer, pero cuando tenía algo a la mano, le ponía peros por ser aburrido. Soltó una risita tonta. Si encontraba una biblioteca por ahí, tendría que comprarse algo que de verdad le sirviera o que lo entretuviera.
Tratando de ignorar a los de la barra, se quedó mirando por la ventana para matar el tiempo.
'Asu, de verdad se están demorando'
¿Tan difícil era lo que pidió? ¿O se habrían quedado sin ingredientes? Ya le estaba doliendo la panza del hambre, sentía el estómago pegado al espinazo. De tanto esperar, se fue agachando sobre la mesa hasta que terminó echado usando sus brazos como almohada.
Trrr, trrr.
Escuchó el sonido de las rueditas de un carrito. Se despertó al toque y volteó con toda la ilusión del mundo. Era Iris, que venía empujando el carrito con la comida ella misma.
Ella le saludó con la mano de lo más amigable. ¿Él también debía saludar así? Como ella se estaba portando tan cercana de un momento a otro, Judah también levantó la mano y la agitó un poco.
En el carrito había platos que él ni había pedido. Pero igual, todos terminaron en su mesa.
Ensalada, papas con queso derretido y frituras, arroz chaufa, pollo, pizza y un bistec. Había mucha más carne grasosa que verduras.
- Disculpe la demora. Lo que no pidió es cortesía de la casa. Les conté a los cocineros que me ayudó un montón y se lucieron haciendo de todo.
Ella se quedó ahí parada y le mostró lo que escribió. Judah miró la mesa por un buen rato mientras se le hacía agua la boca. Podía acabárselo todo solo, pero de seguro Iris tampoco había almorzado. La miró de reojo y le pidió prestada la libreta.
- Todavía no has comido nada, ¿no? Me parece que es demasiado para mí solo. ¿No quieres acompañarme?
- Se lo agradezco, pero tengo que trabajar.
- Oye, pero si los otros empleados están rascándose las bolas... hasta están tomando té relajadazos.
Mientras ella leía, él señaló con el dedo hacia la barra. Ella volteó, lo pensó un ratito, soltó un suspiro corto y volvió a agarrar el lápiz.
- ¿De verdad puedo comer con usted? ¿No le incomoda?
Ella sabía perfectamente que la gente no suele ver con buenos ojos a las personas con discapacidad. Si bien en Aitram la conocían y le tenían cariño porque ya llevaba tiempo ahí, la mayoría de gente de afuera era como los mercenarios de ayer, que la trataban como si no valiera nada.
- ¿Qué hablas? Claro que puedes. No tiene nada de malo, ¿por qué me iba a molestar?
- Mmm. Mire que de repente me escojo solo lo más rico, ah.
- No hay problema. Tienes hambre, ¿no? Se nota. Si estuvieras llena, normal, no te obligaría.
Judah puso un punto final con el lápiz y le devolvió la libreta. Sintió de nuevo las miradas de la barra y volteó por instinto. Parece que a las empleadas y al tipo de la barra les había causado curiosidad verlos conversar así, solo por escrito, porque se quedaron mirándolos fíjamente. Esta vez, aunque Judah los miró, ellos ni se inmutaron ni fingieron hacer otra cosa.
Trrr.
Mientras tanto, Iris se llevó el carrito a la cocina. ¿Acaso no iba a comer? Judah se sintió un poco bajoneado porque pensó que ya tenían más confianza. Agarró el cuchillo y el tenedor, y pinchó un poco de ensalada para probar.
Estaba bien crocantita, riquísima. Apenas había empezado a comer cuando sintió que alguien venía; volteó y vio a Iris regresando con su propio plato, cubiertos y se sentó frente a él.
- ¿De verdad puedo?
Judah recibió la libreta y soltó una sonrisita.
- Obvio. Si falta, avisa no más, pedimos más.
La comida no era tan cara, y para colmo, la mitad era regalo de ella. Al final, lo que vino de cortesía seguro valía más que lo que él mismo había pedido.
Comieron sin decirse mucho. Ella no parecía ser melindrosa; se servía un poco de cada cosa y probaba de todo. Se veía bien linda masticando con sus labios pequeñitos, moviéndolos de un lado a otro.
Mmm, sí, era muy guapa.
Arhil tiene una cara angelical y una personalidad alegre, bien pilas. Pero tiene ese contraste: un cuerpo de infarto y una sensualidad natural que a veces sale a flote y la hace ver mucho más atractiva.
En cambio, verla a ella ahí sentada, abriendo la boca como una bebita para meterse trozos pequeños de comida, era... ¿cómo lo digo? No parecía para nada una empleada; daba la impresión de ser la hija de una familia de alcurnia. La forma en que fijaba la carne con el tenedor y pasaba el cuchillo con suavidad, cortando con precisión, transmitía una elegancia única.
Era impresionante.
Y no es que comiera sin ganas, ah. Movía esos labios chiquitos sin parar, pinchando con el tenedor una y otra vez. Lo que pasaba es que comía de a poquitos, pero no es que comiera poco. Al final, ella también es dueña de una espada espiritual, así que puede controlar su apetito como quiera.
—…….
Ni siquiera escribimos en la libreta. Solo almorzábamos en silencio. El único sonido era el de los cubiertos chocando contra los platos. Tac, tac. Casi no hacía ruido al masticar. Cuando sentía que se atracaba, tomaba un sorbo de su bebida. El gas de la gaseosa bajaba por la garganta dejando una sensación fresca. Si nuestras miradas se cruzaban, ella solo me dedicaba una sonrisita ligera con los ojos.
Cuando los platos vacíos ya se iban acumulando en la mesa, el tipo que nos estaba chequeando desde la barra se acercó y puso dos copas. El hombre, que tenía una facha de ser bien serio, sirvió vino con movimientos bien finos. Me quedé mirando cómo el líquido morado llenaba el cristal.
— Es cortesía. Una atención por haber ayudado a nuestra empleada ayer y hoy.
— Ah, muchas gracias.
— No hay de qué.
Se notaba a leguas que yo no le caía nada bien, pero caballero no más, seguro lo hacía por su reina para que tuviera algo rico después de comer. Aunque el tipo se viera recontra picón, yo le sonreí y aproveché para pedirle algo más.
— ¿Desea que le envuelva unos sándwiches para llevar? Entendido. Avisaré en la cocina de pasada. Que tengan buen provecho.
Terminamos el almuerzo con un sorbo de vino para quitar la grasita que quedaba en la boca. En los platos no quedó ni rastro, solo un poco de salsa. Iris, sentada frente a mí, inclinó la cabeza. "Muchas gracias por la comida". No necesitaba que lo escribiera para saber qué quería decir. Yo le devolví el gesto con otra venia en silencio. Mientras me recostaba un toque en la silla para reposar el almuerzo, vino otra empleada con un carrito vacío.
Iris intentó levantarse de un salto para ayudar, pero la otra chica agarró los platos y le dijo:
— Quédate ahí descansando. Yo lo recojo.
Al ver que Iris iba a sacar su libreta, la empleada le repitió: "Tranquila, no pasa nada". Después de llevarse todo, trajo dos helados.
— Cortesía.
— ?
— Por ayudar a nuestra Iris.
Asu, con todas estas atenciones ya me cobré de sobra el trabajo de cargar bultos. La verdad es que me daba un poco de cargo de conciencia, porque yo no la ayudé con una intención puramente santa. Definitivamente, no puedo dejar que sospechen que ya sé quién es Iris en realidad. Le di las gracias a la empleada y me metí una cucharada de helado a la boca. El sabor dulce y el aroma se sintieron en toda mi boca.
Mientras disfrutaba el sabor, ella me pasó la libreta.
- Estuvo muy rico. ¿No habrá comido poco por mi culpa?
Agarré el lápiz y lo hice girar entre mis dedos. El lápiz daba vueltas en círculos, suác, suác.
- ¡Pero si has comido rebién! Más bien, gracias a ti yo también he comido con gusto.
Al leer eso, Iris se puso roja. La verdad es que, sin paltas, había comido bastante. Tenía hambre, sí, pero estar con él le daba una tranquilidad tan rara que se terminó llenando bien.
- ¿No se estará burlando de mí?
- Para nada. Mil veces prefiero a alguien que coma con ganas que a alguien que esté picoteando la comida como pajarito.
Mientras seguíamos escribiendo, la empleada regresó con una canastita.
— Qué buen ambiente tienen, ah. Aquí están los sándwiches que pidió para llevar. Son dos monedas de plata, por favor.
Pagué al toque y guardé el paquete en mi <Inventario>. Iris se quedó mirando su libreta, pensativa. Se quedó un rato con el lápiz quieto, como dándole vueltas a algo en su cabeza.
- Esa sacerdotisa con la que siempre anda... ¿es su enamorada?
Uy, qué pregunta tan difícil me soltó. Me quedé pensando mientras releía lo que escribió en la libreta.
¿Enamorados, eh?
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