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Anillo Roto: Este matrimonio fracasará de todos modos 431

Extras: ILLESTAYA (2)




Desde el nacimiento de sus hijos, Kassel Escalante siempre tuvo un plan sólido. Tras la ruidosa ceremonia de nombramiento en Calstera, una vez que se librara de sus padres, a quienes consentían demasiado a sus nietos, y de su suegro, que era una molestia, Kassel no miraría atrás, izaría el ancla y zarparía con su familia rumbo a Illestaya.

En el intermedio, claro, habría un pomposo acto de botadura y una ceremonia de bautismo. El hecho de que el barco de Inés ya estuviera flotando en el mar se pasaría por alto a propósito. Y era algo obvio. Después de todo, no podía subir a su esposa e hijos a un velero que nunca había sido probado en el mar.

En cualquier caso, el velero de Inés, que ya había completado cinco viajes seguros por la ruta noroeste, la de las olas más altas de la zona, estaba listo para zarpar hacia el sur.

Y así, los cuatro terminarían un tranquilo viaje de 50 días hasta el archipiélago de Illestaya y, de regreso, asumirían que su hombro se había curado. ¿Un milagro? Sí. Una recuperación milagrosa. El plan era perfecto. Él había confirmado el plan con Inés una y otra vez. Y, reconociendo que ambos tenían un lado impaciente, humildemente lo hicieron revisar por sus empleados de confianza.


—Al coronel no le pasará nada aunque caiga al agua, pero a la señorita Inés, su cabello largo la haría fácil de rescatar y aumentaría sus posibilidades de supervivencia en caso de emergencia…

—Raúl Valan. ¿Cómo te atreves a hablar del cabello de la señora?

—En un caso hipotético… solo digo. De cualquier manera, nadie, ni siquiera Duque y Duquesa Valeztena, han logrado doblegar la terquedad de la señorita Inés, y el único con la remota posibilidad de una victoria es el marido, quien es el cerebro de este plan tan arriesgado, ¿así que quién podría oponerse?

—Entonces, ¿estás de acuerdo o no?

—¡Dios mío, de acuerdo! Por favor, no le pida a este sirviente una opinión tan conflictiva… Todo lo que puedo decir es esto.

—Entonces, ¿cuándo vas a decir todo?

—El coronel lo planeó y la señorita Inés estuvo de acuerdo.

—Sí.

—Pero, ¿Quién sabe lo que piensan Señor Ricardo y Señorita Ivana?

—.......

—Más aún, son personas tan desdichadas que no tienen un mechón del que sujetar en el agua como la señorita Inés, ni otro medio adecuado. Son tan pequeños y diminutos que sería difícil agarrarlos en caso de emergencia.


La insolente crítica del mayordomo era razonable. Es como decir: ‘Ustedes pueden hacer lo que quieran, pero ¿le han preguntado a sus hijos, que ni siquiera pueden hablar, si quieren ir?’. Aunque es una declaración descaradamente atrevida, lo dijo de manera indirecta. Si quitas el envoltorio, la crítica es: ‘¿Qué pecado cometieron esos preciosos y frágiles bebés para tener que pasar por tantas penurias?’

Kassel resopló y preguntó, perplejo:


—¿Por qué le pediría la opinión a seres que apenas tienen diez meses? Aunque, de todos los que han vivido diez meses en este mundo, no pueden ser más perfectos…


Justo en ese momento, su esposa pasó por la ventana, Raúl Valan se quedó mirando, atónito, cómo su amo cambiaba de opinión de repente. De todos modos, consideró que esto era una aprobación tácita.


—¡Ay, Dios mío! ¡Coronel! ¡Debe haberse vuelto loco! ¡Esos bebés tan pequeños y delicados!

—No estoy loco.

—¡Si de verdad piensa llevar a los bebés en esa balsa de locos, mejor dispáreme con el revólver del señor a mí, Alondra, y máteme! ¡¿Qué hará si se encuentran con piratas?!

—Ya no hay ni un solo pirata que amenace a los barcos de Ortega en el mar de Panabe.

—¡Entonces quiere decir que sí los hay fuera del mar de Panabe! ¡¿Qué hará si los piratas de otros mares vienen a atacarlos?! ¡Con esa balsa!

—... Alondra. No es una balsa, es un velero. Y tiene 54 cañones. ¿Cuántas veces tengo que decírtelo? Si tú misma fuiste con Inés a verlo la última vez. Y hasta dijiste que parecía más una mansión que nuestra casa ampliada...

—¡Cañones! ¡Dios mío, cañones! ¡¿Qué pasará si esos 54 cañones explotan en un barco nuevo que no se ha probado bien?!

—Ya te dije que se probaron cinco veces en la ruta más peligrosa…

—¡Entonces ya no es un barco nuevo! ¡¿Qué pasa si hay un casco viejo con una grieta después de haber sido azotado por tormentas cinco veces?! ¡¿Qué pasa si el timonel lo estrelló contra un arrecife sin que nadie lo supiera?!

—Eso no pasará. El timonel...

—Entonces, ¡¿qué pasa si el agua comienza a entrar lentamente en el camino a Illestaya?!

—…….

—¡Diablo demonio!


Si no fuera porque la consideraba como su propia niñera… Kassel sintió por un instante el impulso de despedir a Alondra. Pero no hay necesidad de tomar en serio a una persona con la que no se puede razonar.


—¿Sargento Navarro también los acompañará en el viaje?

—Si tú lo deseas, Juana.

—Siempre estoy lista para seguir a los dos.


De todas maneras, ya tenían planeado reclutar personal de combate con el pretexto de una misión de patrullaje en el mar de Panabe. Al fin y al cabo, podían hacerlos patrullar de verdad.

Además, no era difícil traer a un hombre que Juana disfrutaba viendo. Así obtuvieron su aprobación.


—A ti, por supuesto, te dejaré en Calstera. Con tu cuerpo viejo, cuando llegues a Illestaya, ya estarás medio…

—Muerto. Gracias. Que les vaya bien.


Alfonso, al escuchar que sus amos, a quienes amaba con locura, y los alocados empleados de los Pérez desaparecerían de la mansión de Calstera por 50 días, aceptó de muy buena gana. Y sin él. Sus largas excusas sobre el mareo en el barco ahora parecían ridículas. Probablemente quería quedarse en tierra, lejos de ellos.

Aunque un tanto siniestro, el plan había pasado la revisión de tres de los cuatro más exigentes. Mañana por la noche desaparecería Duque Valeztena, y pasado mañana, el duque y la duquesa de Escalante de Calstera.


—... ¿Pero qué?

—Tienes, jmp, que volver. La próxima semana.

—... ¿Yo?

—Sí. Tú.


La mano que acariciaba bruscamente su pecho bajo el camisón se detuvo en seco. Dos pares de ojos se miraron en el silencio.

Pero no hubo una comunicación significativa. Al final, Inés fue la primera en hablar.


—... Solo tienes que mostrarle a Mendoza que tu brazo está un poco mejor y que puedes volver. No podrás rechazar el ascenso, pero el emperador ha aguantado lo suficiente. Es un hecho que torturamos a ese hombre mezquino a propósito.


Actuó como si fuera un lisiado con un brazo completamente sano, e incluso esa actuación fue poco convincente. Todo el tiempo usaba su brazo izquierdo a la vista de todos, pero el emperador no se atrevió a confrontarlo y preguntarle: ‘¡¿Cómo te atreves a fingir ser un lisiado?!’.

No era diferente a una burla para ver cuánto aguantaría esa paciencia barata y superficial. El objetivo principal era unas vacaciones indefinidas con los niños, pero no había razón para no obtener un placer adicional.

Tanto la conquista en Las Santiagos como el incidente del encarcelamiento en Belgrano siempre habían sido un buen bozal para el emperador.

Y si esa paciencia se agotaba, bastaría con responder descaradamente: ‘Puedo cargar un rifle de caza, pero no estoy lo suficientemente bien como para volver’. Si él mismo dice que así se siente, ¿quién puede contradecirlo? Decía que su hombro se le engarrotaría si volvía al cuartel.

De todos modos, en la Marina de Calstera, a nadie le importaba la reputación del emperador. Incluso los oficiales que envidiaban a Kassel antes de la conquista, una vez terminada, se pusieron del lado del nieto de Calderón. La cooperación de sus camaradas era completamente voluntaria.

La idea de poner a prueba y burlarse del emperador no era solo de la pareja de los Escalante. Pensaban que, si las cosas seguían tan pacíficas, sería divertido que el coronel Escalante inventara una excusa para la presión del emperador y fingiera retirarse a la cima de la colina de Logorno por unos años...

Incluso después de ver a José Almenara, quien ahora no podía mentir ni un poco, sostener las cartas con su mano izquierda durante una partida de póquer, este le decía a otro superior con naturalidad: ‘Es una pena que la recuperación de la herida del coronel sea tan lenta’.

Claro, debería ser tratado a la altura de sus logros. Pero, ¿tenía que ser justo ahora? De todas maneras, se convertiría en almirante.

Se decía que el emperador, envidioso de los logros de Escalante y negándose a reconocerlos, se había mostrado tan mezquino que no lo ascendió, a pesar de que los ascensos estaban de moda en todo el ejército justo después de la conquista. Se había quejado a gritos: ‘Mira este ejemplo de hombre mezquino que no se rinde ni siquiera después de casi un año de quejas’.

Pensaban que un hombre que nunca había evitado el peligro en el campo de batalla debía de haberse lesionado de tal manera y que la condición de su hombro seguía siendo tan grave... que realmente estaba a punto de quedar lisiado. El nieto de Calderón, el hijo mayor del duque de Escalante, había ofrecido un brazo a Dios para lograr la victoria, y la única respuesta del emperador a ese noble sacrificio era eso. Y todo porque era una persona que albergaba un descarado resentimiento por lo que ese hijo le había hecho a su propia esposa.

Recientemente, también se había filtrado la noticia de que Kassel Escalante había expresado su deseo de retirarse varias veces, pero el emperador, que no quería perder la utilidad de ese nombre, nunca se lo había permitido. ¡Y pensar que un hombre así no podía soportar ni una sola de esas palabras desagradables!

¡Cómo podía existir una persona tan mezquina que solo pensaba en sí misma todo el día! Ya fuera con Mendoza o en cualquier otro lugar, la conclusión de todas estas historias era la misma. Y aunque el proceso fuera incorrecto, la conclusión, al menos para ellos, era extremadamente precisa y verídica.


—No puedo soportar que digan que soy mezquino con el dinero. Dice que se está muriendo de lo injusto que es.

—Entonces que se muera.

—Si solo calmaras un poco el mal humor del emperador…

—Que se aguante hasta que se muera.

—Y ya es hora de que aceptes el ascenso.

—¡Maldición! ¿Para qué querría un ascenso? Solo sería más molesto de lo que ya es.

—Me haría sentir orgullosa.

—…Eso es tierno.


Con cara de enfado, Kassel le mordisqueó la punta de la nariz a Inés. La mano que todavía sostenía su pecho se soltó y se apartó del camisón. Inés, desaliñada, se levantó del sofá y se puso el cigarro en la boca que había estado encendido sin dueño.


—Podemos irnos de viaje cuando el clima sea un poco más cálido.

—Inés, el invierno aquí es ridículamente cálido. Además, en Illestaya ni siquiera hay invierno.

—De todos modos, no ha pasado mucho tiempo desde que empezó el año. Será pronto.

—En dos días, tu padre y mis padres por fin desaparecerán de Calstera. ¿Hablas en serio?


Esos molestos metiches… Inés se frotó la cara y le dio un suave beso en la punta de los dedos de su esposo, que murmuraba con irreverencia, mientras sonreía irritada. El humo se dispersaba con su risa. Él no era el único que estaba emocionado por irse pronto.


—Es mejor que estés en el cuartel con un vendaje, a que entreguemos a Ricardo o a Ivana a los Valenza.

—…Inés, ¿acaso estás diciendo que Maximiliano Valenza se atrevió a proponer un matrimonio?

—Algo así…


Debía de ser la misma carta que Inés leyó y quemó ese día por estar llena de lamentables desgracias. El día en que el heraldo del emperador, con sus ruidosos estandartes, subió jadeando la colina de Logorno justo antes de la ceremonia de nombramiento de los niños, gritando que el emperador se la había enviado.

Se atrevió a hablar de un matrimonio para los bebés que apenas habían pasado su ceremonia de nombramiento, con una criatura desconocida de los Valenza, de la que no se sabía qué clase de monstruo podría ser…


—¡¿Y me lo dices hasta ahora?!

—Tu regreso es inevitable. No queda mucho tiempo, y no quería arruinar tu buen humor, Kassel. Si te hubieras enterado de que el emperador propuso un matrimonio, tus vacaciones felices habrían terminado ese mismo día, así que quería darte unos días más…

—Así que por eso has sido tan inusualmente buena conmigo…

—Escalante. ¿Cuándo he sido mala contigo?

—No, no, Inés. Me refiero a anormalmente buena.

—…...

—Tenía un presentimiento. Anoche me diste demasiado…

—…...

—Seguías y seguías. Creí que Mazo me había diagnosticado alguna enfermedad mortal o algo…...


A pesar de todo, de lo único que se daba cuenta era de eso. Inés pellizcó con fuerza la palma de la mano de su marido que le frotaba la mano restante. Sin importarle si le dolía o no, Kassel le quitó el cigarro de la mano a Inés con un gesto brusco y se lo puso en la boca.

Aunque Kassel a menudo hacía esto, diciendo que no era bueno para su salud, ella nunca lo había permitido. Pero ahora era una excepción. Inés le dio un beso generoso en el hombro.


—Está bien. Tu regreso puede convertirse en la nueva y pequeña desgracia de Maximiliano Valenza.

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