MDSDCS 137






Mi deseo son dos camas separadas 137

IF: Matrimonio por amor (1)





Era un baile de gala que se celebraba cada año.

Un evento de gran escala que invitaba a huéspedes de todo el continente, pero que, más allá de eso, no tenía nada de especial.

Solo era un tedioso ritual donde todos forcejeaban por establecer conexiones sociales, riendo y parloteando de manera molesta.

Así que, una vez más, Endymion decidió que aparecería el primer día solo por compromiso y luego se ausentaría sin remordimientos.


—…¿Qué ha dicho, Su Majestad?

—Tu futura esposa.


Mientras saboreaba su vino, el Rey, su padre, repitió las palabras con firmeza.


—Entre las princesas y damas nobles presentes en este baile, elegirás a tu pareja.


El ceño de Endymion se frunció profundamente. No lo pensó dos veces antes de rechazarlo.


—Padre, no tengo intención de casarme.

—Qué disparate. Desde tu infancia, siempre estuvo planeado que tendrías un matrimonio político.


El Rey, ignorando por completo sus objeciones, fue categórico.


—Ahora que eres adulto, no hay razón para retrasarlo más. Agradece que tu madre, Miladi, se opuso hasta ahora y te dejó vivir en paz.


Era absurdo. ¿Un matrimonio forzado cuando el propio interesado no quería?

Endymion se pasó la mano con brusquedad por el cabello.

Príncipe Heredero. Un título altísimo, noble, pero cargado de responsabilidades aplastantes.

Gracias a su talento innato, era elogiado como un sucesor impecable, incluso apodado el mejor Príncipe Heredero de la historia.

De niño, le resultaba satisfactorio y hasta divertido resolver con facilidad lo que a otros les costaba esfuerzo.

Pero al alcanzar la adultez, sus obligaciones y deberes crecieron como una bola de nieve.

Y para colmo, sus ministros eran incompetentes.

Lo que él resolvía en un par de horas, el consejo principal tardaba días enteros en gestionar.

Por desgracia, aunque su mente era rebelde, su cuerpo había sido educado en la disciplina real.

Así que, harto de fingir indiferencia, solía encargarse personalmente de los asuntos pendientes para luego disfrutar de una buena siesta.

Pero incluso las tareas sencillas se volvían exasperantes cuando cada mañana lo recibía una montaña de documentos.

Y ahora, el Rey, en lugar de aliviarlo, le transfería más y más responsabilidades bajo la excusa de 'prepararlo para el gobierno'.

'Qué fastidio'

¿Era esto… una crisis existencial?

Últimamente, todo en la vida de Endymion le parecía insípido y aburrido.


—Renunciaré al título de Príncipe Heredero.


Lo declaró sin vacilar.

Después de todo, no era el único hijo. Su media hermana, Iris, perfectamente podía heredar el trono.

Pero, como esperaba, el Rey bebió un sorbo de vino y respondió:


—Iris celebrará su boda el próximo mes. Con Duque Hyde.


Maldición.

Si la princesa se casaba y partía, él quedaría atrapado como sucesor sin escapatoria.

Endymion forzó su sonrisa de príncipe perfecto y contraatacó:


—¿La única Princesa de Semelé, comprometida sin siquiera un noviazgo formal? Además, el baile acaba justo antes de la boda.


El matrimonio real requería protocolo: tiempo, preparación, ceremonias…

Citó con gravedad las leyes que regulaban los enlaces de la familia real, argumentando que un mes era insuficiente para organizarlo todo…


—Ella está embarazada.


Pero el Rey derribó su defensa con una sola frase.

Endymion no pudo evitar poner cara de incredulidad.


—…¿Disculpe?

—Ayer le di una paliza a Duque Hyde.


Lo dijo con la misma naturalidad que si estuviera comentando el clima. Pero sus ojos brillaban con una ira helada.

'Desde el último torneo de caza, Iris ha estado escapándose del palacio para seguir a alguien como una sombra'

Endymion lo sabía—las damas de compañía buscaban a la princesa por todo el reino—, pero le había importado un bledo.

¿Qué me importa a mí con quién se enamore mi hermana?


—¿Ese grandulón que fingía ser un oso inofensivo se atrevió a seducir a mi preciosa princesa?

—…....


Parece que sí le importaba. Y mucho.


—Nuestra inocente Iris no tenía idea… pero ese maldito gigante…...


El tono del Rey era escalofriante. Endymion sintió un pésimo presentimiento.

Se tragó las palabras «en realidad, el inocente aquí es el Duque Hyde» y trató de intervenir, pero lo que siguió lo dejó sin habla.


—Si tú también llegas con un hijo antes del matrimonio, te estrangularé con mis propias manos.


Casi se rio. ¿Mujeres? Ni siquiera le interesaba el trono, ¿cómo iba a interesarse por eso?

Aunque, en realidad, Endymion siempre había sido popular entre ellas.

Pero él era profundamente cínico respecto al amor y el matrimonio.

De niño, porque los asuntos reales le parecían más interesantes.

De adulto, porque estaba harto de fingir sonrisas y conversaciones corteses entre montañas de obligaciones.

Además, su madre, Miladi, le había inculcado desde pequeño 'trata a las damas con caballerosidad' hasta el hartazgo.

Romántico, sí. Pero también logró que, entre tantas ocupaciones, jamás desarrollara interés alguno por el sexo opuesto.

Repito: mente rebelde, cuerpo disciplinado.

Así que, a regañadientes, las trataba con exquisita cortesía. Pero su actitud gentil solo generaba malentendidos y enamoramientos no deseados.

Al final, terminó esquivando a todas para evitar sus insistentes afectos.

En resumen: las mujeres eran otra molestia en su vida.

Recuperando la compostura, negó con vehemencia:


—¿Embarazar a alguien? Jamás.

—¿Acaso crees que yo esperaba que tu hermana lo hiciera?


Pero el Rey, ahora paranoico gracias a su hija, no le creyó.


—Error o no, no toleraré otro matrimonio apresurado en la familia real. ¡Un hijo antes de la boda? ¡Qué vergüenza!

—¡Pero si ya le dije que no lo haré!

—¡Silencio!


El Rey descargó su ira en el equivocado.

¿Por qué pagaba él los platos rotos de Iris?

Justo cuando la indignación lo ahogaba, vio la expresión herida de su padre.

El mismo hombre que entraba en pánico si su hija bailaba con un desconocido.


—¡No toques a las hijas de otros y cásate de una vez!


El Rey se marchó furioso, pero con los ojos húmedos.

Endymion se rindió. Solo en el balcón, soltó una risa amarga.


—Ja, ja…


¿Por qué? Si fue el Duque quien sedujo a Iris… ¿Por qué me trata como si yo fuera el depravado?

Tras reír como un demente, de pronto se serenó.


—¡Maldición!


Un sirviente que se acercaba a retirar su copa se sobresaltó.

El Rey era terco. Ahora que era adulto, ni su madre podría oponerse.

Y, sobre todo, con su hija mayor traicionándolo, no cedería.

Si seguía resistiéndose, su padre elegiría una prometida por él.

Justo ahora, cuando todo me fastidia… ¿Tendré que fingir cariño por una mujer que ni conozco?

El solo pensamiento le provocaba escalofríos.

Peor aún: los compromisos reales siempre terminaban en matrimonio. ¿Vivir el resto de mi vida actuando para mantener las apariencias?

La idea lo enfurecía tanto que vio negro. Si lo obligaban a casarse, en unos años él mismo se ahorcaría.

Solo había una salida.

Una mujer que ocupara el lugar de princesa consorte sin exigir su atención.

Que fingiera afecto en público y lo ignorara en privado.

Encontrar a alguien así era su única esperanza.

…Ja.

Esa idea era el argumento de las novelas cursis que Iris adoraba de niña.

Él se burlaba, diciendo: «¿Contrato? Si quieres casarte, hazlo normal. Eso es excusa de hombres inseguros».

'¡Te maldigo! ¡Ojalá termines en un matrimonio así!', le gritó ella.

'....….'

La maldición funcionó. Pero no tenía tiempo para maldecir a Iris.

El baile era en dos días.


—Mierda.


Finalmente, Endymion se levantó, furioso.
















⋅•⋅⋅•⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅∙∘☽༓☾∘∙•⋅⋅⋅•⋅⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅
















El palacio real de Semelé bullía de vida, repleto de invitados llegados de todos los rincones del continente.

Todos murmuraban asombrados ante la majestuosidad del gran salón, abierto solo durante la temporada de bailes, mientras la emoción se palpaba en el aire.


—¡Su Alteza Real, el Príncipe Heredero de Semelé!

—Es un honor conocerlo, Alteza.


En el centro de todo, como un sol, estaba Endymion.

Normalmente, solo aparecía el primer día, y apenas por compromiso. Pero este año era diferente.

Aunque solo asistía a la primera parte del evento (desapareciendo antes del amanecer, cuando comenzaba la segunda), llevaba días presentándose con una diligencia inusual.

Las princesas y damas nobles, encantadas con este cambio, no podían contener su entusiasmo.


—¿Qué le habrá pasado al Príncipe Heredero? ¡Dicen que antes ni asistía a estos eventos!

—¡Sí! Era casi imposible verlo.


«Debe haber estado agobiado por sus responsabilidades al alcanzar la adultez», especulaban con curiosidad. «Pero ahora que se ha recuperado, por fin puede presentarse».


—¡Qué alegría! Aunque habla menos que antes… ¡sigue siendo tan hermoso!

—¡Es verdad! Snif… No sé cuándo volveré a verlo así. ¡Se me nubla la vista!


Su rareza —no aparecía todos los días— solo aumentaba su valor. Las mujeres competían por acercarse a él, como polillas a la luz.


—Alteza, ¿honraría este baile conmigo…?

—Será un honor.

—¿¡D-de verdad!?


Al principio, Endymion pensó que la situación le favorecía. No necesitaba esforzarse: entre tantas candidatas que se le acercaban, solo tenía que elegir una.

Así que aceptó todo. Bailes, conversaciones…

Pero subestimó un detalle.

Él, que durante años había rechazado a todas con frialdad, ahora se mostraba amable.


—Dama… ¿tiene acaso un ideal de hombre…?

—¡¿A-ah?! ¡¿Es que acaso le intereso?!


Y así, los malentendidos se desataron sin control.

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