LVVDV 386






LA VILLANA VIVE DOS VECES 386

El sueño de la mariposa (53)




Durante todo el té, Lysia no logró concentrarse en las conversaciones. No solo no podía dejar de pensar en el encuentro con Lawrence, sino que él mismo se convirtió en tema recurrente.


—’Igor oppa y Sir Lawrence se llevan bastante bien.


comentó la hija de Conde Shuvarov con un aire de orgullo.


—A veces vienen a jugar aquí. Pronto podremos verlos jugando croquet en el jardín.


En los pequeños círculos sociales de las jóvenes, Lawrence siempre era un tema candente. A esa edad, aún no importaban los defectos de linaje o las posturas políticas.

Lawrence, ahora en plena adolescencia, conservaba la belleza angelical de su infancia, pero con un toque de frescura y rasgos más masculinos que emergían. Hasta los adultos que despreciaban su origen a veces no podían evitar mirarlo.

Entre los chicos de su edad, o lo admiraban con devoción o lo odiaban con pasión. Decir que no dejaba indiferente a nadie no era exagerar.

No era extraño que la hija del conde Shuvarov alardeara de la amistad de su hermano con él.

Mientras las demás planeaban salir al jardín o sentarse en la terraza, Lysia sorbía su té con incomodidad. Aquella trivial conversación con Lawrence resonaba en su cabeza como un eco pertinaz.


—¿Y tú, Lysia?


preguntó de pronto una de las chicas a su lado, haciéndola sobresaltar.


—Eres la dama de compañía de la joven Rosan, ¿no? Seguro que has tenido muchas oportunidades de ver a Sir Lawrence.

—De vez en cuando.


respondió Lysia, incómoda pero incapaz de mentir.


—¿Cómo es? ¿Es amable?

—No.


intervino otra chica con sinceridad.


—Al contrario, como es su hermana menor, quizá no lo sea con ella.


Lysia forcejeó una sonrisa.


—No es el tipo de persona que se muestra amable con los de menor rango.

—Ah…...


Las miradas a su alrededor esperaban algo más positivo, pero ella no tenía anécdotas que compartir. Ningún recuerdo suyo con Lawrence era digno de contar. Había dolor, sí, pero ni siquiera se lo había confesado a Artizea. Menos iba a divulgarlo ahora.

Como el té no había sido nada placentero, Lysia se despidió antes que las demás y salió al exterior.

Pensaba en volver a casa y, si Artizea aún no había regresado, ir a montar a caballo. Caminaba cabizbaja, acelerando el paso, cuando una voz la detuvo:


—Lysia.


Alzó la vista sobresaltada. Lawrence, que debía de haber estado en el vestíbulo, se acercó desde la zona de los sofás. Vestía ropa limpia, como si se hubiera lavado y cambiado.

Ella retrocedió instintivamente.


—¿Qué pasa? ¿Parece que voy a comerte?


dijo él con una risa burlona.

Lysia apretó los puños y alzó la barbilla. ¿Por qué me encogí? No le había hecho nada malo. No había razón para temblar ante él.


—¿Qué ocurre?

—Pensé en acompañarte a casa, ya que nos vimos por casualidad. Pero veo que no te agrada la idea.

—¿Acompañarme?


repitió, desconcertada.


—Esa cara lo dice todo.


La mano de Lawrence se extendió y le pellizcó la mejilla con naturalidad. Lysia se puso rígida, lo que le arrancó una carcajada.


—Casi me preguntó si te hice algo malo.

—No parece que lo lamentara, en todo caso.

—¿Cómo voy a lamentar algo que ni siquiera sé qué es?


Tenía razón, pero la lógica le resultaba irritante. Lysia negó con la cabeza.


—No hay nada que lamentar.

—¿En serio?

—En serio.

—Entonces no tienes motivo para enfadarte conmigo.

—… Yo no estoy enfadada.


Lysia hizo un esfuerzo por mantener la calma al responder, mientras Lawrence esbozaba una sonrisa despreocupada.


—Te acompañaré.

—Puedo volver sola.

—Ya que vamos, pensé en visitar a Tia un momento. Parece que no hay opción.


Los puños de Lysia se apretaron con más fuerza. Sabía que Artizea se alegraría con una visita inesperada, y eso la hizo sentir culpable por negarse.

Pero al darse cuenta de que él lo sabía y lo usaba a su favor, la rabia y el resentimiento brotaron sin filtro. Le lanzó una mirada fulminante.

Lawrence, en cambio, se rió abiertamente, disfrutando de su reacción.
















⋅•⋅⋅•⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅∙∘☽༓☾∘∙•⋅⋅⋅•⋅⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅
















Al final, Lawrence subió al carruaje de Lysia. Ella dejó escapar un suspiro leve.

Le preocupaba que la hija del conde Shuvarov y las otras chicas se enteraran y empezaran a hacer preguntas, pero en ese momento, lo que más le inquietaba era compartir ese espacio reducido con él. Bajó la mirada y se aferró a los pliegues de su vestido.

Un silencio denso llenó el carruaje. Lysia sintió la mirada de Lawrence posarse en sus dedos, y la incomodidad se volvió insoportable.


—¿Por qué hace esto conmigo?


preguntó al fin, con un tono desafiante.

Él inclinó la cabeza, fingiendo inocencia.


—¿Hacer qué?

—Usted me desprecia.


La respuesta no llegó de inmediato. Lysia, extrañamente nerviosa, empezó a mover la punta del pie sin darse cuenta. No debería importarme lo que piense, se repitió, pero el silencio y su mirada la perturbaban.

Lawrence rompió el hielo, con esa voz teñida de diversión:


—¿Por qué crees eso?

—Porque soy una ‘pueblerina’ y una nadie para usted.


respondió sin vacilar. No era algo que realmente creyera, pero lo decía con convicción.

Él asintió, tranquilo:


—Bueno, es cierto. Aunque ya no pareces tan pueblerina.


Lysia alzó la cabeza, indignada. Lawrence la observaba con esa sonrisa suya mientras añadía:


—Pero nunca dije que te despreciara.


‘¿Acaso necesito que lo diga en voz alta?’

pensó ella. Aun así, algo en su pecho se revolvió incómodo.

Bajó los ojos de nuevo.


—Da igual si me desprecia o no.

—¿En serio?

—A usted tampoco le importa lo que yo piense.


Esta vez, fue Lawrence quien no respondió de inmediato. Lysia sabía que estaría sonriendo.

¿Qué le resulta tan gracioso? Últimamente, cada vez que se encontraban, era igual: esa risa brillante que, aunque burlona, le clavaba agujas en el corazón.

Mantener la mirada baja le hacía sentir derrotada, así que alzó la cabeza de nuevo... y sus ojos se encontraron con los de él, como si él hubiera estado esperando ese momento.

Sus pupilas, cargadas de diversión, la escudriñaron. Lysia, desafiante, le sostuvo la mirada como en un duelo.

Entonces él habló:


—A mí sí me importa.

—¿Eh?


parpadeó, distraída por el ‘juego’ y olvidando por un segundo la conversación.

Lawrence articuló cada palabra con claridad, sus labios perfectos dibujando las sílabas:


—Me importa lo que pienses de mí.

—.......


La boca de Lysia se abrió ligeramente, sin sonido.

En ese momento, el carruaje se detuvo frente a la residencia del Gran Duque Evron. Un sirviente abrió la puerta, y Lawrence, que ya no necesitaba escalones, saltó primero y extendió la mano hacia ella.

El sirviente que llevaba el escalón portátil se detuvo, confundido. Rechazar su ayuda parecería darle demasiada importancia, así que, a regañadientes, Lysia tomó su mano.

Él la bajó con un movimiento fluido.


—Gracias.
—’Gracias’ nada. Es lo normal.


respondió él, despreocupado, antes de señalar su propio carruaje, que se acercaba lentamente.

Cuando el cochero lo detuvo frente a la entrada, Lawrence abrió la puerta para subir. Lysia, sorprendida, lo interpeló:


—Dijo que venía a ver a Tia.

—Era mentira. Entra.


replicó él, subiendo al carruaje sin más.

Y así, dejando a una Lysia atónita en el lugar, se marchó.

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