LVVDV 385






LA VILLANA VIVE DOS VECES 385

El sueño de la mariposa (52)




Lysia se estremeció y bajó la cabeza. Deseaba con todas sus fuerzas que Lawrence no la notara y simplemente pasara de largo.

Pero parecía que ya la había visto.


—Lysia.


Él la llamó por su nombre con una radiante sonrisa. Todos los muchachos lo imitaron y miraron hacia ella.

Sin más opción, Lysia saludó a Lawrence.


—Buenos días, Sir Lawrence.


Desde que se conocieron en la fiesta del té de Artizea, cuando ella tenía ocho años, Lysia había tenido la oportunidad de verlo ocasionalmente.

Teniendo en cuenta lo indiferente que Lawrence era con Artizea, resultaba sorprendente lo frecuente de sus visitas al ducado de Evron.

No es que, al venir, compartiera conversaciones afectuosas o jugara con Artizea como buenos hermanos. Tras intercambiar un simple saludo, era usual que Artizea hablara sola, parloteando mientras él escuchaba con indiferencia.

Cedric no ocultaba su desagrado por Lawrence, pero tampoco se esforzaba por impedirle la entrada. Incluso solía quedarse en la misma sala siempre que podía.

Lysia, intrigada, una vez se atrevió a preguntarle directamente. Cedric, con una expresión amarga, le respondió:


—Aun así, para Tia es familia. No puedo ser yo quien decida por ella cortar esos lazos, ¿no crees?


En su corazón infantil, Lysia reflexionó largamente sobre todo aquello. Si Cedric lo detestaba, tal vez ella también debería hacerlo. Pero cada vez que Artizea se alegraba al ver a Lawrence, sentía que también debería agradarle.

Excepto por aquellas dudas sobre ellos dos, encontrarse con Lawrence la hacía feliz. Por eso, cada vez que él visitaba el ducado, ella procuraba no separarse de Artizea.

Parecía como si el sol lo siguiera, iluminándolo. Le daba mucha pena verlo siempre con el ceño fruncido o con una expresión tan distante. Quería verlo sonreír de verdad, con todo su rostro.

Cuando escuchaba que vendría al día siguiente, su corazón comenzaba a latir con fuerza desde la noche anterior. A veces, se emocionaba tanto cuando él le hablaba que olvidaba responderle.

Jamás había querido agradarle a alguien con tanta intensidad. Incluso llegó a sentir celos de Artizea, solo por el hecho de ser su hermana.

También comprendía el deseo de Artizea de crecer pronto. Si ella tuviera diez años... o quizá once... sentía que estaría un poco más cerca de él. Pensaba que Artizea debía querer volverse adulta por el mismo motivo, y asentía para sí misma, convencida.

Pero él nunca fue amable con Lysia.


—Pueblerina.


Así la llamó Lawrence cuando se encontraron a solas, sin Artizea ni Cedric presentes.

Lysia sintió que el mundo se le venía abajo. Aunque lo había sospechado, nunca imaginó que se lo diría tan abiertamente.

En su ceño fruncido se reflejaba el desprecio. Lysia ya había asumido que no le agradaba, pero no esperaba ser tratada con tal desdén.

Había escuchado cosas crueles antes, sobre todo de un primo de carácter violento, pero nunca le habían dolido tanto. Sabía que él era así, y tampoco era alguien importante para ella.

Pero ese desprecio, proveniente de un chico que parecía un ángel envuelto en luz, se le clavó en el pecho como una espina. No rompió en llanto solo por orgullo.


—No me llames así. Es una palabra fea.


Protestó, esforzándose por mantenerse firme. Lawrence la miró con burla, como si le hiciera gracia su reacción.


—Deja de mirarme con esa cara de tonta. Me vas a hacer un agujero en la cara.

—¡Nunca te he mirado así!

—¿Ah, no?

—¡Claro que no!


Lysia alzó la voz, indignada. Pero Lawrence soltó una risita por lo bajo, como si escuchara una tontería. Y, en el fondo, no estaba tan equivocado, así que a ella no le quedó más remedio que enrojecer de vergüenza.

Justo en ese momento apareció Artizea, y la conversación terminó ahí. Aun así, después de eso, hubo más ocasiones en las que Lysia y Lawrence volvieron a encontrarse a solas.

En el jardín, cuando lo vio, Lawrence tenía el pie firmemente apoyado sobre la diadema que Lysia había dejado caer, y le dijo con total tranquilidad que la recogiera.

Por más que ella le pedía que apartara el pie, él no la escuchaba. Lysia, desesperada, intentó levantarle el tobillo con sus propias manos, pero no había forma de mover el pie de un muchacho cuatro años mayor que ella.


—Esa diadema es especial para mí. Devuélvemela, por favor.

—Te dije que la recogieras.

—¡Pero la estás pisando! Por favor, quita el pie.


Lawrence no respondió. Lysia no podía entender qué era lo que él quería realmente.

La injusticia y la impotencia le llenaron los ojos de lágrimas. Lawrence la miró fijamente por un momento… y luego, aplastó la diadema con más fuerza hasta romperla.

Después de varios encuentros como aquel, el torpe primer amor que había sentido desapareció sin dejar rastro.

No podía contarle nada a Artizea, que siempre se alegraba de verlo, así que lo guardó dentro de sí como un dolor mudo, uno de esos que no se pueden compartir. Poco a poco, también empezó a entender por qué Cedric, a pesar de su desagrado, siempre se quedaba presente cuando Lawrence visitaba.


—Es una mala persona...


Acostada bajo las mantas, Lysia murmuró esas palabras para sí misma más de una vez. Era la primera vez que sentía una angustia tan real, y, curiosamente, no le resultaba fácil contárselo a nadie.

El cambio en la actitud de Lawrence comenzó el año anterior.

Lysia hacía todo lo posible por evitarlo, pero había ocasiones inevitables, como el cumpleaños de Artizea o las fiestas de té. En esos casos, se limitaba a saludarlo con frialdad, fingiendo que no lo conocía. Y él, por su parte, no insistía ni la molestaba.

Sin embargo, en algún momento, empezó a mostrarse amable. Comenzó a saludarla con una sonrisa, como ahora, a hablarle con cortesía, incluso a tener gestos considerados.

Como ahora.


—¿Qué haces por aquí?


Le preguntó con voz suave. Lysia, con la cabeza baja, respondió con vacilación.


—Fui invitada por la señorita de Conde Shuvarov.

—Ah, cierto. Igor tenía una hermana.


Los chicos que lo acompañaban comenzaron a murmurar, rodeando a Lysia. Aunque su comportamiento no era el más cortés, parecía no importarles en lo absoluto, siendo adolescentes de quince o dieciséis años.


—¿Es ella? ¿Tu hermana?

—Es bonita.

—¿Cuántos años tienes?


Lysia no se intimidó demasiado. En realidad, de todos ellos, Lawrence seguía siendo el que más miedo le daba.


—No soy hermana del señor Lawrence. Soy Lysia Morten, acompañante de la señorita Artizea Rosan. Tengo 13 años.

—Ah, ya veo.

—¡Lawrence saludó primero a una chica! Qué raro.....

—Soy Igor Shuvarov. ¿Nos hemos visto antes?


Al reconocer un rostro familiar, Lysia se sintió un poco más tranquila y respondió con una sonrisa:


—Sí, cuando viniste de visita la vez pasada.

—Me alegra que estés aquí. Diviértete.


Cuando Igor le habló con amabilidad, Lawrence intervino con tono molesto:


—¿Van a quedarse ahí mirándola como si fuera un espectáculo?

—Pero lo es... tú saludaste a una chica primero.


Alguien lo dijo en voz baja.

Lysia solo quería alejarse lo antes posible. Lawrence seguía mirándola, y si ella movía un poco la vista, probablemente se cruzarían las miradas.


—Nos vemos luego. Ahora vete.


Dijo Lawrence. Lysia se sobresaltó. ¿Nos vemos luego? Aunque sabía que solo era una frase de cortesía, no pudo evitar sentirse tensa.

Sin alzar la vista, hizo una leve reverencia y, guiada por el mayordomo, se apresuró a regresar a la fiesta de té.

Lawrence observó su espalda alejarse por un momento y luego chasqueó la lengua. Igor le preguntó:


—¿Qué te pasa?


No era raro que Lawrence, con su temperamento cambiante, se enojara de repente. Pero esta vez Igor no tenía idea del porqué. ¿Sería por esa niña? No podía ser… Pensativo, ladeó la cabeza.

Lawrence no respondió. Simplemente empezó a caminar con pasos largos.


—¡Eh, Lawrence! ¡Espéranos!


Los chicos se apresuraron a seguirlo. Lawrence iba al frente, con gesto irritado se pasó la palma por la cara.

‘Incluso después de ser amable con ella, pone esa cara.’

Estaba francamente molesto.

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