La actriz secundaria de la historia de amor ha renunciado 35
Poner a prueba
Traduccion: Asure
Jia Yin entró en el callejón del juego, avanzando a grandes zancadas hacia la casa de apuestas que solía frecuentar.
En la entrada, el encargado —reclinado de forma despreocupada contra el marco de la puerta— se irguió al verlo. Ya estaba más que acostumbrado a que un monje viniera a este antro, tanto que incluso le sonrió y dijo:
—¿Hoy sí trajo suficientes piedras espirituales, pequeño maestro?
Jia Yin juntó las palmas con una sonrisa serena:
—Por supuesto, he traído de sobra. Un monje no dice mentiras. ¿Cuándo le he quedado mal a alguien con las piedras espirituales?
Antes de venir había encontrado a un pobre tonto del que sacar provecho...
¿Un pobre tonto? ¿Qué pobre tonto? ¿No venía precisamente a saldar una deuda?
Jia Yin no entendía del todo, pero algo dentro de él sintió un desajuste, una incongruencia.
El encargado, sin embargo, no pareció notar nada y, sonriendo con entusiasmo, lo guió hacia el interior.
Jia Yin, casi por inercia, lo siguió. Pero justo al cruzar el umbral de la casa de apuestas, se detuvo un instante para mirar hacia atrás, en dirección al callejón por el que había venido.
No había nadie siguiéndolo.
Y sin embargo, sentía... como si hubiese olvidado algo.
Esa sensación extraña y fuera de lugar encendió una chispa de alerta dentro de él. Pero fue apenas un instante: ese mismo recelo pareció borrarse de su mente sin dejar rastro, como si alguien lo hubiera limpiado con la mano.
Sin darse cuenta de nada, Jia Yin continuó su camino hacia adentro.
Apenas puso un pie dentro, una mezcla sofocante de ruido ensordecedor y un aire cargado de impureza lo envolvió. A la vista, desesperados apostadores con la mirada enrojecida compartían mesa con calculadores ambiciosos, donde ya no importaba si eran cultivadores o simples mortales.
Con cada caída de los dados, la suciedad y la oscuridad en el alma humana también fluctuaban, elevándose desde lo más profundo del espíritu: deseos carnales, pensamientos malignos, todos se entrelazaban para formar el rostro más inmundo del mundo secular.
Allí, era como si incluso los pensamientos más oscuros del infierno de Asura se sintieran avergonzados de estar a la par.
Jia Yin esbozó una sonrisa automática, se acercó a una mesa de apuestas, y sin mirar siquiera, lanzó al azar un montón de piedras espirituales. Jugaba una y otra vez, ganando y perdiendo, sin que su expresión cambiara jamás. Parecía derrochar más que cualquiera de los presentes, pero al mismo tiempo, no encajaba con ninguno de ellos.
De ese modo, estaba condenado a perder. Y cuando finalmente se quedó sin una sola piedra, ni siquiera le importaron las burlas de los demás. Se retiró sin una pizca de nostalgia.
En otro momento, quizás se habría quedado a observar un rato más, a ver cómo los pensamientos más oscuros nacían y corrompían el alma de los hombres.
Pero esta vez, algo lo distraía. Sentía como si hubiera olvidado algo importante.
Una inquietud inexplicable empezó a agitarle el pecho, empujándolo a hacerle caso a su instinto. Sin pensar mucho, se dio la vuelta para marcharse.
Fue entonces cuando, desde fuera, un estruendo rompió de golpe el ambiente enardecido y sofocante del lugar.
Por un segundo, todo quedó en silencio.
Jia Yin, al igual que todos los presentes, se giró para mirar hacia la puerta.
La gran puerta del salón de apuestas fue violentamente pateada desde fuera. Un hombre de figura alta pero encorvada apareció en el umbral. En sus brazos sostenía a un niño, completamente atado y con la boca brutalmente amordazada con trapos sucios. El niño se debatía, aterrado, entre sus brazos. Pero el hombre no lo miraba; sus ojos, inyectados en sangre, se clavaban con frenesí en el interior del local, reflejando una desesperación tan temeraria como insana.
Entre la multitud, una voz murmuró con desprecio:
—Otro pobre diablo sin piedras espirituales que viene a vender a su hijo. ¡Qué mal augurio!
Y efectivamente, un segundo después, el hombre rugió con voz ronca:
—Este niño se llama Qi Jianjiang, tiene raíces espirituales. Quien me dé cinco mil piedras espirituales de grado superior, se lo lleva. A partir de hoy será suyo, viva o muera, no me importa. No lo reclamaré jamás.
El silencio que siguió a sus palabras fue apenas un parpadeo. En cuestión de segundos, el lugar estalló en alboroto.
No era raro ver a gente desesperada vendiendo hijos o hijas tras perderlo todo. Pero vender un niño con potencial espiritual... eso no se veía todos los días.
Rápidamente comenzaron a escucharse ofertas, una tras otra, cada vez más altas.
El rostro del hombre se fue llenando de satisfacción. El niño atado seguía mirando a su alrededor con miedo y confusión, sin entender qué ocurría.
Jia Yin, rodeado por una multitud de compradores ansiosos, no escuchaba ni una sola palabra.
Su atención estaba completamente fija en el rostro de ese niño. Por un instante fugaz, sintió que todo el bullicio del mundo se desvanecía.
El niño alzó los ojos, aterrorizado, buscando a su padre. Y Jia Yin también lo miró.
A medida que las ofertas subían, el rostro del hombre se volvía más frenético, casi eufórico. El aura de malicia que lo envolvía se volvía nauseabunda, como si manara de lo más podrido del alma humana.
Jia Yin sabía exactamente cuántas piedras iba a aceptar ese hombre para vender a su hijo. Incluso sabía a quién terminaría vendiéndolo. Sabía lo que ese niño sufriría después.
Y sin que se diera cuenta, una sed de sangre comenzó a hervir dentro de él. Se mezcló con la oscura energía del ambiente, como si ya no pudiera distinguir cuál era suya y cuál de los demás.
Sus ojos, por lo general amables, se congelaron como hielo milenario. Su sonrisa habitual había desaparecido. Cuanto más asustado estaba el niño, cuanto más reía el padre, más se intensificaban el odio y la intención asesina dentro de él.
Sin darse cuenta, sus dedos buscaron las cuentas de oración que casi nunca usaba.
Pero en ese instante, una mano lo sujetó por la muñeca.
Una voz baja, tranquila, relajada, sonó a su espalda, con una mezcla de desgano y advertencia:
—Pequeño maestro... Si ya tomaste los hábitos, no deberías andar matando por ahí, ¿no?
La mano apretó con firmeza, Jia Yin sintió un vuelco en el corazón. De pronto, su mente recuperó todos sus recuerdos.
Y en ese momento, todo a su alrededor pareció falso.
Los que pujaban con frenesí eran falsos. El padre enloquecido por la codicia era falso. Incluso la expresión inocente y asustada del niño parecía parte de un decorado.
Un quejido gutural escapó de sus labios.
Entonces, otra voz se alzó, suave como el terciopelo, pero con un filo cortante:
—A Xing, hazlo.
Apenas terminó de hablar, un hombre vestido con túnica negra saltó desde algún lugar invisible. Antes de que nadie pudiera reaccionar, se lanzó hacia el niño que el otro tenía en brazos y, sin vacilar, lo arrancó de allí y lo arrojó con fuerza al suelo.
Jia Yin se sorprendió. Instintivamente, quiso ir a ayudar al niño, pero la joven detrás de él lo detuvo con fuerza, presionando su hombro sin dejarle margen para moverse.
—¡Míralo bien! Hoy te toca abrir los ojos y ver de verdad.
dijo con voz firme y sin lugar a réplica.
Sin que Jia Yin interfiriera, el niño fue arrojado al suelo, pero, contrariamente a lo que él esperaba, no golpeó su cabeza de manera sangrienta, ni sufrió daño alguno. En lugar de eso, al tocar el suelo, el niño se transformó de repente en un anciano encorvado, con la piel arrugada y una expresión de dolor absoluto, gritando con un lamento desgarrador.
¿Un anciano?
El mundo de Jia Yin se desplomó. No podía entender lo que sucedía, su mente solo estaba llena de signos de interrogación.
Y en un abrir y cerrar de ojos, la escena a su alrededor cambió por completo. El bullicio de los jugadores y la casa de apuestas habían desaparecido. Ahora solo quedaban ellos y el extraño anciano, rodeados por una barrera invisible que los separaba de lo que parecía el callejón de apuestas. El lugar se había desvanecido. Jia Yin de repente comprendió la verdad y una oleada de sudor frío recorrió su cuerpo.
Mientras se quedaba estupefacto, el anciano, al darse cuenta de que no podía derrotar la situación, intentó escapar. Jia Yin no tuvo tiempo de detenerlo, pero justo cuando lo iba a hacer, Yan Weixing, con un solo movimiento, lo levantó del suelo y lo arrojó violentamente de nuevo al suelo.
Temiendo que el anciano pudiera intentar escapar otra vez, Yan Weixing lo inmovilizó rápidamente. Con un movimiento preciso y letal, cortó los tendones de los pies del anciano con dos espadazos, demostrando una destreza inhumana, que no era común en cualquier persona.
El anciano, ahora postrado en el suelo, gimió de dolor mientras Nian Chaoxi salía de detrás de Jia Yin y lo observaba, concentrada. Algo en el rostro de ese anciano le parecía familiar.
El anciano, aún intentando escapar, murmuró entre dientes:
—Ese monje simplemente entró por accidente en mi formación. No le hice nada, por favor, déjenme ir.
Tan pronto como dijo esas palabras, Nian Chaoxi lo reconoció.
¡Lo recordó!
Recuperó la memoria de un evento que había ocurrido cuando era joven, cuando encontró a Yuan'er por primera vez. Ese mismo hombre había sido quien compró a Yuan Er en un mercado de esclavos, con la intención de llevárselo a su casa como un "horno alquímico".
En ese entonces, este hombre tenía el nivel de cultivo Alma Naciente y una apariencia de mediana edad. Pero ahora, después de cientos de años, este hombre seguía siendo un cultivador Alma Naciente, aunque su cuerpo estaba visiblemente envejecido.
'Vaya, todavía se atreve a venir a Ciudad Yuejian a vernos...'
pensó Nian Chaoxi con desprecio.
El anciano intentó hablar para defenderse, pero Nian Chaoxi lo interrumpió de inmediato. Sin previo aviso, levantó su pie y lo estampó contra su rostro, aplastándolo con fuerza mientras le decía con una risa fría:
—¿De verdad creías que con tu aspecto viejo nadie te reconocería? Te tengo muy presente, ¿sabes? Recuerdo muy bien lo que hiciste. Tu truco de atraer a la gente a tu ilusión es bastante conocido. Si alguien resulta herido dentro de tu fantasía, puedes devolver esa herida diez veces más fuerte. ¿Y ahora tienes el descaro de decir que no hiciste nada?
El anciano estaba aterrorizado. Su técnica era tan peculiar que casi nadie sabía cómo funcionaba. O los que lo sabían ya estaban muertos dentro de sus ilusiones, o sus recuerdos habían sido borrados. Esta joven cultivadora, que no parecía tan mayor, ¿cómo sabía de su arte oscuro?
Mientras intentaba sacar algo más de información, Nian Chaoxi presionó aún más fuerte su pie contra su rostro, y con una sonrisa cruel le dijo:
—Vaya, las viejas cuentas siempre vuelven. No solo intentaste robar a Yuan Er hace cientos de años, sino que también heriste a varios de mis subordinados. Y ahora, después de tanto tiempo, te atreves a venir aquí, a la Ciudad Yuejian, a intentar interferir en la Academia Duheng.
Con un gesto rápido, le dio dos patadas más al anciano y luego le gritó a Jia Yin, que observaba la escena:
—¿Este hombre será uno de esos cultivadores que mandaron desde la Ciudad Hexia para tratar de acabar contigo? Pero... ¿no es un poco viejo para eso? Si se iba a infiltrar en la competición de los jóvenes, debería haberse presentado con una apariencia más juvenil, ¿no crees?
Jia Yin, fijándose en el anciano, sonrió levemente y se acercó a Nian Chaoxi, diciendo con calma:
—Eso dependerá de cómo quiera Ciudad Hexia enfrentarme: ¿de manera directa, derrotándome abiertamente, o con algo más sigiloso, haciéndome desaparecer en las sombras?
Dicho esto, se detuvo junto a ella, y sin previo aviso, levantó su pie y lo aplastó sobre la mano del anciano, quien gritó de dolor. Jia Yin lo miró con serenidad y, mientras el anciano seguía gritando, preguntó suavemente:
—Dime, anciano, ¿cuántos más han enviado desde Ciudad Hexia para acabar conmigo?
El anciano, con la voz entrecortada por el dolor, gritó:
—¡No lo sé! ¡No soy de Ciudad Hexia...! ¡Aaaaah!
Nian Chaoxi no pudo evitar retroceder dos pasos, escuchando los desgarradores gritos del anciano. Con una expresión compleja, miró la figura de Jia Yin y le dijo a Yan Weixing, que no sabía en qué momento había llegado a su lado:
—Los monjes budistas de hoy en día son realmente algo impresionante... Tu amigo parece ser muy hábil enseñando a sus discípulos.
Yan Weixing frunció el ceño y preguntó:
—¿Quién es mi amigo? Yo solo te conozco a ti.
Nian Chaoxi se quedó sin palabras. Si Jing Wang supiera que decía esto, probablemente lloraría.
Ella hizo un gesto cansado con la mano y no explicó nada más. En ese momento, el monje, que parecía estar en su papel de monje algo desordenado y extravagante, ya había sacado toda la verdad del anciano. Este, entre gritos de dolor, confesó:
—Lo diré... lo reconozco. Soy de Ciudad Hexia. No solo enviaron un experto, sino dos... uno en la oscuridad y otro a la luz. Si no logro resolver esto sin que nadie se entere, entonces alguien más se encargará de derrotarte abiertamente en la competición.
Al escuchar esto, Nian Chaoxi casi se ríe.
Para encargarse de un joven que aún no llega a los cien años, envían a un experto y, además, planean matarlo y hacerlo desaparecer en secreto. Realmente, sus métodos eran desvergonzados.
Jia Yin también sonrió y comentó:
—Qué honor para mí que una gran ciudad haya hecho tanto esfuerzo por mi causa.
Dejó de pisar al anciano, giró hacia Nian Chaoxi y le preguntó:
—Señora, este hombre parece tener una cuenta pendiente contigo también. ¿Puedo ser yo quien se encargue de él?
Nian Chaoxi le respondió con una mirada desafiante:
—¿Y cómo planeas tratar con él?
Cuando ella preguntó, el anciano, lleno de miedo, también observó a Jia Yin.
Jia Yin unió las manos en posición de oración y sonrió con suavidad:
—Amitabha, un monje no mata, solo puedo entregarlo a la Guardia Yan para que lo manejen.
Al escuchar esto, Nian Chaoxi frunció el ceño, mientras que el anciano mostró una expresión de alivio.
Si podía ser entregado abiertamente, Ciudad Hexia seguramente lo rescataría…
Pero antes de que pudiera pensar más en eso, Jia Yin añadió con tranquilidad:
—Claro, cuando lo entregue a la Guardia Yan, si todavía tiene algo de vida y su poder no se ha desvanecido, entonces dependerá de mí cómo manejo su destino.
Nian Chaoxi asintió con una sonrisa satisfecha.
El rostro del anciano palideció.
Frente a Nian Chaoxi, el monje que hablaba de aplicar justicia con una serenidad que contrastaba con sus acciones, comenzó a arremangarse lentamente, como si estuviera preparando algo más, y dijo con calma:
—Como dice el dicho, una pequeña amabilidad se paga con una gran retribución. Señora, usted me salvó la vida, así que, en agradecimiento, le daré un descuento en los recursos que necesitamos para el intercambio.
Nian Chaoxi no pudo evitar poner los ojos en blanco.
Así que su vida ahora vale tantos cristales espirituales, ¿eh?
Pero antes de que pudiera continuar pensando, Jia Yin añadió repentinamente:
—Ah, aún no me he presentado adecuadamente. Señora, soy Jia Yin, discípulo de Jing Wang, mi nombre mundano es...
Jia Yin miró al anciano con frialdad y dijo:
—Qi Jian Jiang.
Nian Chaoxi se quedó congelada por un momento.
El niño que estaba a punto de ser vendido por su propio padre, ese niño se llamaba Qi Jian Jiang.
Nian Chaoxi se quedó sin palabras, sorprendida.
En el siguiente instante, los gritos de agonía del anciano resonaron dentro del espacio de la barrera.
La formación que había creado para matar y silenciar lo había atrapado a él mismo.
El sonido de su sufrimiento continuó incesante, mientras fuera de la barrera, nadie parecía notar nada.
Un cultivador vestido de blanco pasó apresuradamente por el callejón. Parecía percatarse de algo, pero simplemente miró de reojo antes de continuar su camino con una fría sonrisa.
Ese cultivador siguió caminando hasta llegar a las murallas de Ciudad Yuejian.
Allí, solo las personas autorizadas podían estar, y los guardias no hicieron nada más que mirarlo antes de dejarlo pasar sin impedirle el paso.
En lo alto de la muralla, una cultivadora vestida de blanco miraba hacia el exterior, sin volverse para mirar al recién llegado.
El cultivador vestido de blanco se detuvo cerca de ella, levantando una ceja y diciendo:
—El nuevo director de la Academia Duheng, ocupado con todos los asuntos del día, ¿y aún tiene tiempo para admirar el paisaje?
La mujer cultivadora no se giró, simplemente respondió con una pregunta tranquila:
—¿El principal estratega puede adivinar qué estoy observando?
El cultivador la miró fríamente, manteniendo un agarre firme sobre algo en sus manos, pero no respondió.
—Shen Tui.
La mujer cultivadora se giró hacia él, una extraña sonrisa en su rostro.
—Hace 200 años, alguien murió aquí.
Ella caminó hacia él, de repente puso su mano sobre su pecho.
Sabía que debajo de esa ropa, existían cicatrices que no se habían curado en doscientos años.
Mirando su rostro frío, susurró:
—He recibido noticias de que Zhong Shu está gravemente enfermo, no puede curarse a sí mismo, y su vida probablemente esté por terminar. Después de su muerte, regresaré aquí para ofrecerle una copa de vino por la joven. No me hagas esperar mucho, porque aún te debo tres copas de vino, y será con la vida de ustedes que pagaré esas deudas.
Shen Tui levantó la mano para apartar su contacto, retrocediendo dos pasos, con voz fría dijo:
—No vine aquí para escuchar tus locuras.
Yuan'er sonrió fríamente, a punto de responder algo, cuando vio que Shen Tui extendió su mano, revelando un pedazo de tela quemada que había estado apretando en su palma.
La tela, chamuscada por el fuego, mostraba apenas su color original, y en ella estaban bordados intrincados patrones de "agua y nubes."
Shen Tui sacó la tela y la sostuvo ante ella, observando su reacción.
Yuan Er no mostró sorpresa alguna, su rostro se mantuvo impasible, como si solo estuviera molesta por su presencia.
Incluso preguntó:
—Shen Tui, ¿quieres que vea esto? ¿Una tela quemada?
Shen Tui la miró profundamente y, con voz pausada, dijo:
—Esta tela la encontré cerca del cementerio de Li Xi, en un templo en ruinas. Tu discípulo descansó allí. No puedes no reconocer esta tela. Los patrones de agua y nubes sólo tú podrías haberlos bordado. ¿No te resulta familiar el color?
Yuan'er levantó una ceja.
—¿Familiar? Claro que lo es, después de todo, no me esperaba que la tela de la ropa que le hice a mi pequeño discípulo acabara quemada y en tus manos.
Sonrió con desdén, sin mostrar ninguna fisura en su fachada.
Shen Tui la observó detenidamente y, después de un momento de comprensión, comenzó a reír ruidosamente.
Su risa era amarga, desgarradora, y las lágrimas salían de sus ojos, nublando su visión, tanto que casi confundió a la mujer frente a él con otra persona.
Retrocedió lentamente, su rostro entre la alegría y la locura, repitiendo una y otra vez:
—¡Lo entiendo, lo entiendo! Yuan Shou, no puedes engañarme. ¡Voy a encontrarla! ¡Voy a ser el primero en encontrarla!
Con esas palabras, su cuerpo se transformó en una ráfaga de luz, en un abrir y cerrar de ojos, salió volando de Ciudad Yuejian.
Cuando Shen Tui se fue, Yuan Er de repente se desplomó al suelo, con las piernas débiles.
La imagen de la tela quemada seguía apareciendo frente a sus ojos.
Los bordados familiares, el color familiar.
¿Cómo podría no reconocerla? Las ropas de la joven siempre las había hecho ella misma, cada una única, desde los bordados hasta los detalles. Lo recordaba todo claramente.
Si Shen Tui había tenido dudas antes, si aún intentaba ponerla a prueba, Yuan Er lo supo en el primer vistazo: esa tela, la ropa que la joven llevaba puesta antes de morir.
Yuan'er gritó con voz rasposa:
—¡Haz que Nianxi y los demás vengan a verme de inmediato!
Las sombras se movieron sobre las murallas de la ciudad, pero pronto desaparecieron.
Yuan Er tembló al intentar levantarse, pero tardó mucho en hacerlo.
Pensaba en la tela, pensaba en el Señor Demonio desaparecido durante dos meses.
¿Eres tú? ¿Eres tú?
¿Dónde están ahora?
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