LA VILLANA VIVE DOS VECES 403
El sueño de la mariposa (70)
Eloise no era del tipo de persona que cediera ante imposiciones, y últimamente incluso la emperatriz comenzaba a cambiar de opinión. Le asaltaba la duda: ¿realmente era necesario que Eloise buscara fortalecer su poder mediante un matrimonio?
Para el emperador, no había aliado más confiable que una familia noble leal. Sin embargo, en el actual Imperio de Crates, no existía ninguna facción capaz de oponerse a Eloise en el futuro.
Gregor había utilizado la alianza de los nobles del este —la Casa Ducal de Riagan y Gran Duque Roygar— para contener el influjo de la Casa Ducal de Orca. Los Orca seguían siendo ricos y poderosos, pero ya no tenían la fuerza suficiente para alzar bandera.
Hubo un tiempo en que parecieron intentar devorar a Graham, pero los príncipes legítimos se llevaban demasiado bien entre sí como para que la familia imperial tambaleara.
La Casa Ducal de Riagan pasaría a Pavel, mientras que Cedric de la Casa Gran Ducal de Evron le era leal a Eloise. En cuanto al Gran Ducado de Roygar, su línea sucesoria apenas ocupaba el cuarto lugar. En su infancia, esos derechos habrían tenido peso, pero ahora que todos eran adultos, no eran más que una rama lateral lejana.
Dadas las circunstancias, quizá Eloise no necesitara una alianza matrimonial que respaldara su posición.
Claro, como madre, la emperatriz anhelaba con fervor un yerno digno, proveniente de una casa ilustre… pero la propia Eloise podía pensar distinto.
‘Si fuera Gregor, habría elegido una familia insignificante, más fácil de manejar. Y Eloise se parece tanto a su padre….’
La emperatriz reflexionó en silencio. Eloise no tenía la menor intención de compartir su poder con un futuro consorte.
En cualquier caso, no era un asunto urgente. Lo que ahora la inquietaban eran su segundo hijo, alejándose tras una profunda decepción hacia su padre, y el más pequeño, cuyo rostro no disimulaba su melancolía.
Pavel, actuando fuera de lo habitual, apartó un plato con lentitud. Al notar que la emperatriz lo observaba, dejó escapar un suspiro.
—No es nada… o al menos, no un problema.
—¿Es por Graham?
Pavel negó con la cabeza.
—No es la primera vez que el hermano mayor discute con aba-mamá. Más bien es…
—¿Más bien?
—…Que solo yo sigo siendo como un niño.
Pavel, dejando su frase inconclusa, sintió que incluso el hecho de expresar esas palabras era prueba de su inmadurez.
Aunque en varias ocasiones se habían burlado de él diciendo que Cedric parecía un viejo o un tío, nunca había sentido realmente esa brecha entre ellos. Sabía que Cedric, incluso sin haber heredado formalmente el título, gobernaba de facto el Gran Ducado de Evron y que como regente del norte del imperio participaba en los asuntos de Estado, pero nunca lo había internalizado.
Para él, simplemente era un amigo con muchas responsabilidades.
Pavel no era dado a los celos, así que nunca se sintió atrasado porque el otro destacara en las artes marciales. Al igual que nunca dejó de considerar a su hermana menor Artízea como una niña solo porque completara sus estudios antes que él. Simplemente cada persona tenía talentos diferentes.
Pero hoy era distinto. No solo Graham, sino hasta el emperador habían consultado asuntos importantes con Cedric como si fuera lo más natural. Y a él lo dejaron atrás, como a un niño, diciéndole que se quedara en sus aposentos. El pretexto fue que alguien debía cuidar de Lysia, pero incluso sin eso, hoy no habría tenido ningún papel que desempeñar.
Por primera vez, Pavel sintió que se estaba quedando atrás.
La emperatriz esbozó una sonrisa. Dejando aparte a Cedric o Eloise, incluso comparado con Graham a los dieciocho años, Pavel era tardío en desarrollarse. Probablemente por su naturaleza inocente, criado sin conocer dificultades y siendo el menor.
—Graham te lleva cinco años. Y Cedric es maduro. Ese muchacho ya ha estado desempeñando adecuadamente el rol de gran duque desde hace cinco años.
—Por eso precisamente...
—Siempre te quejabas de que no jugaban contigo, y ahora esto. Qué repentino.
Pavel hizo un mohín mientras terminaba su plato en silencio. Si Eloise o Graham hubieran estado presentes, seguramente se habrían burlado, diciendo que lo estaban tratando como a un niño.
La emperatriz lo dejó ser. Aunque habría sido fácil manipularlo hacia donde ella quería, si el chico había empezado a reflexionar sobre su futuro, quería darle todo el tiempo necesario.
—He pensado... ir al sur.
Mientras tomaban el té después de la comida, Pavel habló con determinación. La emperatriz, que esperaba que reflexionara durante semanas, lo miró sorprendida.
—¿En serio?
—Al fin y al cabo, terminaré siendo el duque de Riagan. Quiero entender mejor lo que me espera.
Y quería hacerlo bien. No podía permitirse ser un estorbo para sus hermanos, mucho menos caminar a su lado.
La emperatriz observó a Pavel con una sonrisa tierna. Le habría gustado acariciarle la cabeza, pero se contuvo; si trataba como a un niño a quien ya se sentía inseguro por no ser adulto, solo conseguiría que se enfadara.
Al darse cuenta de cuánto habían crecido todos sin que se diera cuenta, sintió una mezcla de orgullo y nostalgia.
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Aquel año marcó grandes cambios en la vida de Artízea.
El primero fue la partida de Lysia hacia Evron. El barón Morten permaneció un mes en la capital, y durante ese tiempo, Lysia tomó la decisión definitiva de regresar con su padre.
—Quiero entrenar formalmente para ser caballera.
dijo Lysia con repentina solemnidad, notando la decepción en el rostro de Artízea.
—Quiero ser fuerte. Y hacer algo en lo que sea buena.
Artízea asintió, conteniendo las lágrimas que le ardían en los ojos. No podía impedir que Lysia siguiera su sueño, aunque le doliera.
—Tú querías ser guardabosques, ¿no?
—O quizá caballera. También me gustaría eso. Quiero ser alguien que proteja a los débiles.
Artízea conocía demasiado bien la impotencia que Lysia había sentido tras lo ocurrido con Laurence. Por eso, aunque el corazón le pesaba, solo atinó a decir:
—Seguro que serás una caballera increíble.
—¡Ya verás! La próxima vez que nos veas, te sorprenderé.
Lysia también estaba triste, pero sonrió con determinación.
Sin embargo, al final, Artízea no pudo contenerse y la abrazó, llorando.
—No es como si nunca más fuéramos a vernos… —sollozó, aunque el dolor de despedirse de su primera y más querida amiga le nublaba el pensamiento.
Solo cuando el guía urgió a Lysia a subir al carruaje, esta lo hizo. Artízea, con la mano firmemente apoyada en el hombro de Cedric, contempló cómo se alejaba la carroza, sintiendo que un pedazo de su infancia se iba con ella.
Lysia asomó la cabeza por la ventana, agitando la mano hasta que la mansión desapareció de su vista. Finalmente, se reclinó en el asiento.
—¿Te entristece irte?
preguntó Barón Morten.
Lysia asintió.
Aunque había visitado el castillo de Evron varias veces, los últimos cinco años los había vivido considerando aquel lugar su hogar. Era imposible no sentir nostalgia.
—¿No querías quedarte más tiempo?
—Allí no tengo nada que hacer. Habrá alguien más adecuado para ser dama de compañía de Lady Artízea.
Su voz fue firme.
En su bolso llevaba dos cajas: una con una pistola grabada con el blasón de los Morten, otra con una espada fina. Ambas, encargadas especialmente por Cedric para ella.
[‘No eres incompetente por ser joven. Confía en tu corazón y tus convicciones. Sé que tomarás el camino correcto.’]
Esa frase valía más que cualquier arma. Con esa certeza en el pecho, Lysia partió hacia su futuro.

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