La actriz secundaria de la historia de amor ha renunciado 33
En tu corazón, ¿qué imagen tengo yo?
Traduccion: Asure
Cuando Nianxi terminó de arreglarse y corrió apresuradamente a ver a la tía Yan, descubrió que Wei Liusheng ya había llegado antes que ella. En ese momento, él estaba insistiendo para que la tía Yan abriera el almacén y le proporcionara materiales para forjar una nueva espada.
La tía Yan había sido emboscada recientemente y había resultado gravemente herida. Sin embargo, por alguna razón, tras apenas unos días de reclusión forzosa, ya había salido nuevamente. Aunque su rostro seguía pálido y su voz se escuchaba visiblemente debilitada.
—¿Y tu antigua espada? Siendo un cultivador de la espada, no es buena costumbre andar cambiando de arma como quien cambia de ropa.
Wei Liusheng no alcanzó a responder cuando Nianxi, molesta porque no la esperó, se adelantó a hablar por él, alzando la voz:
—¡Yo lo sé! Un cultivador mayor usó su espada y, con un solo corte, ¡la rompió en varios pedazos! Tía Yan dijo que la fuerza de una espada está estrechamente ligada al poder del espadachín, ¡así que eso sólo puede significar que Wei Liusheng es un inútil!
—¡Tú…!
Wei Liusheng se puso rojo de furia.
A punto de enfrascarse en una discusión, ambos se callaron al ver que Yan’er levantaba levemente la mano. Los dos obedecieron al instante, aunque aún se lanzaban miradas desafiantes.
Yan’er entonces miró hacia Nianxi y dijo su nombre con suavidad:
—Nianxi.
Al oírla, Nianxi se enderezó de forma instintiva.
Ella conocía el origen de su nombre. La propia tía Yan se lo había contado una vez: su talento como cultivadora de espada era muy parecido al del pequeño dios de la guerra de antaño, y por eso decidió tomarla como discípula directa.
Nianxi adoraba su nombre. Siempre que alguien lo pronunciaba, deseaba con todo el corazón parecerse aún más a aquella figura legendaria.
Con los ojos brillantes, miró a la tía Yan, justo cuando esta le preguntó:
—Nianxi, tú llevas poco tiempo cultivando, por eso no comprendes lo que implica que una sola espada pueda destrozar la de Liusheng. Esa espada la forjé yo misma. Aunque no es de un grado alto, los materiales son de primera. Incluso yo misma no podría romperla de un solo golpe. Si lo que dices es cierto, entonces ese cultivador del que hablas debe ser mucho más poderoso que yo.
Nianxi no esperaba eso. Se quedó completamente atónita.
Empezó a recordar a ese “prometido” del que ni siquiera había preguntado el nombre… sólo le venía a la mente un rostro joven, que no parecía mucho mayor que ellos.
—¡Yo no le mentí a la tía! Wei Liusheng también lo vio… E-entonces, ¿esa persona era tan poderosa?
Yan’er dirigió su mirada hacia Wei Liusheng.
Él comprendió que la situación era más grave de lo que parecía, así que dejó de hacerse el ofendido y asintió con seriedad.
Yan’er meditó unos segundos antes de preguntar:
—¿Qué fue exactamente lo que encontraron en el camino? Cuéntenmelo todo con detalle. ¿Qué clase de peligro los obligó a necesitar la ayuda de alguien tan fuerte?
Nianxi no se atrevió a ocultar nada, y relató todo lo que había ocurrido durante el viaje.
Pero apenas llegó al punto en que se encontraron con un cuerpo demoníaco, Yan’er frunció el ceño, notando que algo no encajaba.
Desde que aquel hombre asumió el título de Señor Demonio, ningún cultivador demoníaco se había atrevido a poner un pie en el territorio humano. Mucho menos un cuerpo demoníaco de los más bajos rangos.
Además, ese lugar estaba peligrosamente cerca de la tumba de “la Dama”… ¿Cómo podría él permitir que algo tan impuro mancillara ese lugar sagrado?
Yan’er estaba cada vez más confundida. Frunció el ceño con fuerza, debatiéndose si debía buscar una forma de contactar a ese hombre… ¿Por qué aparecerían cuerpos demoníacos cerca de la tumba de la Dama?
Justo entonces, escuchó a esa jovencita decir con total desparpajo:
—¡Menos mal que justo llegó una cultivadora que manejaba una espada fina con una destreza increíble! Tía, yo pensaba que era buena con la espada fina, pero ella la usaba muchísimo mejor… ¡además era tan hermosa!
Al oír eso, el pensamiento de Yan’er se detuvo en seco. Por un momento, su expresión se volvió distante, como si la atrapara un recuerdo.
Una espada fina…
Hace mucho tiempo, la espada de la Dama también era una de esas. Ella sabía usarla como nadie más.
En sus recuerdos, cuando la Dama blandía esa espada, su aura entera cambiaba. Con un solo movimiento, la hoja fina cortaba el aire con la frialdad de la luz de la luna. Ese estilo dejaba una impresión tan profunda que podía grabarse en la memoria durante cientos, miles de años.
Desde entonces, Yan’er había vivido por mucho tiempo, pero jamás volvió a ver a nadie que pudiera manejar una espada fina de esa manera.
Muchos creían que ella aceptó a Nianxi como discípula por compasión, al saber que era una mitad demonio criada entre humanos.
Pero en realidad, lo que hizo nacer ese impulso de tomar una discípula fue ver, por pura casualidad, cómo esa niña sostenía una espada fina.
Se parecía demasiado a ella.
Una cultivadora que dominaba la espada fina…
Tal vez era por las heridas aún no curadas, pero Yan’er sintió que su cabeza comenzaba a dar vueltas, como si la niebla la envolviera. Sin poder evitarlo, preguntó:
—Esa cultivadora… la que manejaba la espada fina… ¿cómo era su apariencia?
Nianxi y Wei Liusheng se dieron cuenta al instante de que algo no estaba bien con la tía Yan. Se miraron entre sí, y Nianxi, con voz temblorosa, respondió:
—Piel blanca, labios rojos… su cabello negro como una nube. Muy hermosa, de una belleza serena, etérea…
Yan’er se quedó inmóvil. De repente, alzó la mano y se cubrió la frente con la palma, dejando escapar una amarga sonrisa.
'¿Qué me está pasando? ¿Será que las heridas me han afectado también la cabeza? ¿Que sólo por oír “espada fina” ya me dejo llevar por las fantasías?'
No… no puede ser ella.
¿Cómo podría ser ella…?
Yan’er alzó la cabeza. En apenas un instante su expresión volvió a ser serena, pero su rostro estaba helado cuando preguntó con voz baja:
—¿Dijiste… que Shen Tui los atacó?
Nianxi asintió.
Una sonrisa desdeñosa se dibujó en el rostro de Yan’er.
—Así que últimamente no tiene nada mejor que hacer… Parece que es hora de buscarle alguna ocupación.
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Nian Chaoxi acababa de llegar a Ciudad Yuejian y, apenas había terminado de alquilar el pequeño lugar donde se hospedaría, ya había escuchado los rumores sobre lo ocurrido en Ciudad Hexia.
El Torneo de Artes Marciales de la Academia Duheng era una oportunidad para que los jóvenes cultivadores demostraran su fuerza y ganaran el derecho a entrar en el Pabellón de los Libros. Pero el joven Señor de Ciudad Hexia no tuvo reparos en llevar a medio ejército de cultivadores con él, avanzando por pura fuerza bruta hasta la segunda ronda y ganándose el desprecio de todos.
Quien le contaba esto a Nian Chaoxi era precisamente un cultivador que había sido eliminado por esa misma táctica. Hablaba con tono amargado:
—En total pasaron cinco personas a la segunda ronda. Dos de ellas son de Hexia. De los otros tres, hay un cultivador budista que representa una amenaza real para ellos, así que el joven señor, ni corto ni perezoso, reemplazó a uno de los suyos con otro experto, sólo para contrarrestarlo. ¡Una jugada tan descarada como desvergonzada!
Nian Chaoxi abrió los ojos, atónita:
—¿Se puede cambiar a un participante después de haber pasado a la segunda ronda?
El cultivador la miró como si no entendiera cómo no sabía eso.
—Claro. Mientras los participantes estén de acuerdo, pueden ser reemplazados. Esa regla existe desde hace años.
Probablemente se instauró después de que yo muriera… pensó Chaoxi, con un destello en los ojos.
—Entiendo…...
dijo finalmente, meditabunda.
Más tarde, de vuelta en la casita que habían alquilado, Yan Weixing la miró y preguntó:
—¿Xixi quiere reemplazar a uno de los cultivadores que llegaron a la segunda ronda?
Nian Chaoxi seguía pensando en la viabilidad del plan. Asintió.
Entonces escuchó la voz calmada de Yan Weixing decir, como si hablara de una trivialidad cualquiera:
—Bien, entonces iré a buscar a uno de esos cultivadores… le daré una paliza hasta que acepte cederte su lugar. Xixi, ¿qué tal el cultivador budista?
Nian Chaoxi se quedó boquiabierta.
Pero Yan Weixing la miraba con toda seriedad, con esa expresión que claramente decía: 'si ahora asientes, salgo ya mismo a buscar a quién atrapar'
Nian Chaoxi, entre apurada y nerviosa, lo sujetó del brazo y trató de disuadirlo:
—¡No niego que tenía la idea, pero debemos convencer con razones! ¡Razones, Maestro Daoísta Yan, no con los puños!
Yan Weixing bajó la mirada a la manga de su túnica, que ella tenía fuertemente asida, asintió distraídamente:
—Está bien, haré lo que diga Xixi. Cuando me digas que lo atrape, entonces lo atraparé.
—…...
El tiempo es, en verdad, un cuchillo que mata sin ruido. Apenas 200 años, aquel Yan Weixing que irradiaba rectitud se había convertido en alguien que soltaba frases de villano como si nada.
Aunque… pensándolo bien, faltaban sólo dos días para la ronda final del Torneo de Artes Marciales. Tendría que pensar bien cómo convencer a uno de los cultivadores que llegaron a la segunda ronda —y que no fuera de Hexia— para que le cediera su lugar.
Si no lo lograba, quizás sí tendría que dejar que Yan Weixing hiciera lo suyo…
Perdida en sus pensamientos, Nian Chaoxi bajó la mirada. Yan Weixing la observó y, sin entender del todo, preguntó:
—¿Xixi… realmente quiere participar en el torneo?
Ella se interrumpió un segundo, bajó un poco más la cabeza y, de pronto, sonrió:
—No es que lo desee con locura… pero…
La sonrisa en sus labios se volvió algo resignada.
—Le prometí a Yan’er que volvería bien, sana y salva. Y aunque he tardado doscientos años en cumplirlo… si voy a verla, lo mínimo es llevarle un regalo que valga la pena, ¿no crees?
A medida que hablaba, su expresión se fue endureciendo, la mirada se volvió fría.
—Hexia, ya sea que haya creído sinceramente en esos rumores o simplemente haya querido aprovechar la situación, no deja de ser un hecho que atacaron Yuejian mientras Yan’er estaba gravemente herida. Y como ahora ella no puede intervenir, pues lo haré yo por ella.
Hizo una pausa antes de concluir con calma:
—Una vez resuelto eso… iré a verla.
Finalmente, se había decidido. Iba a enfrentar su pasado, a buscar a esa persona. Con esa resolución, su expresión se tornó más liviana, como si una carga se hubiera soltado de sus hombros.
Además…
Bajó la mirada y contempló su propia mano.
Aunque su energía espiritual aún no había recuperado ni la mitad de lo que fue, había algo dentro de ella que le decía con total seguridad: no voy a perder.
Un cuerpo que había contenido el poder de una bestia maligna. Un alma que había sellado a esa misma bestia durante más de dos siglos.
Desde que despertó, Nian Chaoxi no había dejado de examinar cada rincón de su cuerpo y espíritu, y con ello fue intuyendo que algo había cambiado en ella. Su fuerza actual, tanto física como espiritual, era sencillamente fuera de lo común.
Y lo más importante: ahora tenía un cuerpo sano. Uno que podía liberar todo su potencial sin quebrarse.
Tenía una intuición clara. Aunque no había avanzado un ápice en su cultivo desde que volvió a la vida, estaba segura de que su fuerza actual ya podía igualar a la del Yan Weixing de hace 200 años.
Tenía que comprobarlo.
Así que alzó la cabeza con entusiasmo y dijo, sonriendo:
—¡Maestro Daoísta Yan, vamos al Salón del Señor de la Ciudad! Necesito recuperar mi espada. Si voy a participar en el torneo, no puedo hacerlo sin un arma a mi medida.
Giró la cabeza… y se encontró con Yan Weixing mirándola fijamente, perdido en sus pensamientos.
—¿Maestro Daoísta Yan?
Él reaccionó de golpe, como despertando de un trance, asintió:
—Sí. Vamos al Salón del Señor de la Ciudad.
Chaoxi lo miró, intrigada:
—¿En qué pensabas justo ahora?
Él sonrió, suave:
—En nada importante.
Solo se había acordado, de pronto, de aquella vez —poco después de que él despertara— cuando Nian Chaoxi, dándole la espalda, le dijo:
'Maestro Daoísta Yan, no he roto mi promesa'
Era un lugar desconocido, con nombres desconocidos… pero con esa frase, el corazón de Yan Weixing, que había estado vagando entre nieblas, se asentó de pronto.
Sabía que esa promesa… tenía que haber sido algo muy, muy importante para él.
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A Nian Chaoxi y Yan Weixing les costó bastante colarse en el Salón del Señor de la Ciudad sin alertar a nadie.
Desde que Mu Yunzhi abandonó Yuejian, el título de Señor de la Ciudad había quedado solo en nombre. Era Yan’er quien, en la práctica, controlaba todo el lugar. Sin embargo, por razones desconocidas, ella nunca se instaló en la residencia oficial, que con el tiempo cayó en abandono.
Pero a diferencia del resto del recinto, el pequeño patio donde Nian Chaoxi había vivido en el pasado estaba fuertemente resguardado: formaciones defensivas, barreras mágicas y, para colmo, un escuadrón completo de los jinetes Yan vigilando día y noche.
De no ser porque Yan Weixing, aun con amnesia, conservaba las habilidades que había aprendido en el pasado, seguramente ni siquiera habrían logrado entrar.
Después de que él la llevara a cuestas, esquivando uno a uno a los guardias, Nian Chaoxi por fin saltó de sus hombros y se quejó:
—Yan’er… ¿usar a los jinetes Yan para cuidar este patio tan pequeño? ¿No te parece un desperdicio?
Yan Weixing preguntó:
—¿Este era el lugar donde solía vivir Xixi?
Ella asintió:
—Sí.
Ante eso, él simplemente asintió como si fuera lo más obvio del mundo:
—Entonces no importa cuán fortificado esté. Todo esfuerzo es necesario.
—…...
Suspiró con resignación, echando un vistazo a su alrededor mientras se adentraba en el patio. Luego, se dirigió hacia la biblioteca.
Habían pasado 200 años desde su partida, pero todo seguía igual. Cada detalle, cada objeto, había sido cuidadosamente mantenido, como si alguien se hubiese esforzado en preservar cada rincón en su estado original.
Sus ojos recorrieron el patio al azar… y se detuvieron sobre una mesa de piedra, donde aún reposaba una partida de ajedrez incompleta. Las piezas negras y blancas parecían congeladas en medio de una feroz batalla, tal y como las habían dejado.
Recordaba esa partida: la había jugado con Yan’er antes de ir a Kunlongyuan. La habían abandonado a mitad por aburrimiento.
La puerta de la biblioteca no estaba cerrada. Recordaba que, al volver de Kunlongyuan, había pedido prestada la espada de su padre para ir al campo de batalla y había dejado su propia espada allí mismo, en ese cuarto.
Empujó la puerta.
Y allí estaba. Su espada.
Exactamente en el lugar donde la había dejado. A su lado, su casco de batalla. Incluso después de doscientos años, podía sentir en él el olor a pólvora y sangre.
Se quedó parada en el umbral un momento, en silencio, hasta que sus pasos la llevaron adentro sin que lo notara.
Yan Weixing la siguió, después de vacilar brevemente.
Los ojos de Nian Chaoxi se posaron sobre la espada.
Era una espada fina y ligera, elegante, larga. Aunque estaba claro que alguien la había cuidado durante estos dos siglos, seguía teniendo ese aire grisáceo y apagado de los objetos sin dueño.
Pero en el instante en que Nian Chaoxi entró, la espada empezó a vibrar suavemente, como si reconociera su presencia.
Ella extendió la mano, instintivamente, la tomó por el mango.
Era suya. Era una espada que la había acompañado durante mucho, mucho tiempo. Tenía la responsabilidad de limpiarla del polvo del olvido.
Y en cuanto la sostuvo, la hoja brilló con nueva vida, como si la luz emergiera desde su interior, disipando toda la grisura acumulada.
La espada vibraba, como urgida, como si le pidiera a Nian Chaoxi que actuara, que se moviera.
Entonces, sin pensarlo, ella alzó la espada y lanzó un tajo al aire.
De esa estocada emergió una corriente de energía que se dispersó por el espacio, fría y nítida como la luz de la luna. Y de pronto, esa luz empezó a concentrarse, hasta formar una luna llena perfecta.
Esa luna ilusoria brillaba en sincronía con la verdadera luna en el cielo, fundiéndose en un único resplandor.
En ese instante, una inmensa cantidad de energía espiritual se precipitó dentro del cuerpo de Nian Chaoxi. Esa energía que tanto había intentado recuperar desde que despertó, que siempre le parecía incompleta… ahora se desbordaba por cada rincón de su cuerpo.
Y con esa energía, su cultivo se elevó como un torrente desatado.
Antes de morir, apenas había alcanzado el estadio medio del Núcleo Dorado. Ahora, en cuestión de segundos, había atravesado la barrera del Alma Naciente.
Y justo en ese momento, la luna que había formado con su espada —esa luna llena que representaba la perfección de su camino de la espada— volvió a ella. Se fundió con su cuerpo, regresó a su alma.
Era la confirmación de que su cuerpo, su alma, y su espada… ya no tenían fisuras.
Sus ojos se abrieron con asombro, como si quisiera decir algo… pero de pronto, su cuerpo se desplomó.
Yan Weixing la atrapó al vuelo.
Ella reposaba en sus brazos: piel blanca como el jade, labios rojos, pero con los ojos cerrados, como si se hubiese dormido en silencio.
Él había sentido algo extraño cuando ella desató su técnica, pero no se había alarmado. Aun así, al verla así, sin reacción, el miedo le mordió el pecho.
Con manos temblorosas, buscó su pulso.
El ritmo era firme, constante, lleno de vida.
Esa sensación helada de puro terror se fue disipando poco a poco.
La sostuvo en brazos, echó una última mirada al lugar y comprobó que las barreras que había levantado habían ocultado por completo la explosión de energía que ella había provocado. Recién entonces, salió con ella del Salón del Señor de la Ciudad.
En el mismo instante en que ambos se alejaban, Yan’er volvió la vista, como si hubiese sentido algo.
Un jinete vestido con el uniforme de los jinetes Yan le preguntó:
—¿Ocurre algo?
Ella bajó la cabeza, frotándose las sienes:
—Nada… una ilusión, tal vez. Continúa. ¿Aún no tenemos contacto con esa persona?
El hombre frunció el ceño:
—Desapareció hace casi dos meses. El Reino Demoníaco ha intentado ocultarlo, pero ya casi no pueden. Si el Señor Demonio no aparece pronto, aquello se convertirá en un caos. Tenemos que prepararnos.
Yan’er apretó los labios.
Esa persona… Señor Demonio… ¿dónde está?
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