Domé a un Tirano y Huà 218
SIDE STORY - 79
Dylan primero besó su mejilla.
Pero aún asÃ, Dylan seguÃa dentro de Charlize. Una vez no habÃa sido suficiente.
—¿Cuánto le gusto, Su Majestad?
Aunque la pregunta de Dylan fue lanzada de improviso, Charlize respondió con lentitud.
—Más que a mà misma, Su Majestad.
—Charlize… ¿No le doy miedo?
La voz baja de Dylan escondÃa algo secreto. No sabÃa si era por el rastro del éxtasis o por un deseo de posesión que no podÃa ocultar.
Charlize negó levemente con la cabeza.
—… ¿PodrÃa morir si me lo ordenara?
—SÃ.
Aun frente a la pregunta transgresora de un tirano, Charlize solo asintió con calma.
Dylan podÃa decir estas cosas en plena lucidez, pero Charlize no. Era una reacción que no se podÃa observar sin que Charlize hubiera sido manipulado.
¿Cuán devastador debÃa ser el mundo que habÃa quebrantado a Charlize, tan orgulloso y digno, hasta este punto? Dylan podÃa imaginarlo con claridad, pero no era solo incomodidad lo que sentÃa.
Los ojos claros de Dylan se posaron por completo en Charlize.
El Emperador podÃa sentirlo en todo su cuerpo: que Charlize, en este momento, se aferraba desesperadamente a él.
—Haré una pregunta, Charlize.
—Lo que sea…
Dylan necesitaba comprobar cuánta racionalidad le quedaba a Charlize.
—¿Recuerda a Dietrich?
—SÃ.
—¿Hasta dónde lo recuerda?
Ante la voz dulce de Dylan, Charlize apenas logró exhalar un aliento entrecortado.
—Todo…
Charlize cerró los párpados.
—Entonces… no deberÃa tratarme con tanta dulzura.
—Solo quiero pensar en Su Majestad.
Dylan se detuvo un momento.
Pero más tarde, cuando Charlize recuperara la cordura, recordarÃa cómo habÃa actuado Dylan ahora.
—Charlize… Escúcheme. Yo salvé a Dietrich. Hace más de diez años, le di a mi padre el verdadero fragmento de Ehirit. Pero nunca tuve intención de dárselo a usted.
—Le entiendo, Su Majestad.
—Charlize… No deberÃa perdonarme tan fácilmente.
Dylan murmuró en voz baja ante la actitud sumisa de Charlize, tan dispuesto a aceptarlo todo.
No pudo elegir a la Emperatriz. No pudo elegir a la Princesa. No podÃa perder a Charlize, y aunque el tiempo retrocediera, habrÃa tomado la misma decisión.
Pero Dylan se disculpó. Porque era él quien habÃa empujado a Charlize a la situación que más lo enfurecÃa y aterraba en lo más profundo.
—Me equivoqué, maestra.
Como una confesión, Dylan enterró finalmente el rostro en la nuca de Charlize.
Como si no pudiera soportar mirarlo a los ojos.
La Emperatriz habló.
—TenÃa miedo.
—… Lo siento.
—No quiero volver allÃ.
—No permitiré que vaya a ese lugar ni una vez más.
En un intento por recuperar la confianza de Charlize, Dylan respondió con la voz más dulce posible.
Charlize estaba en un estado de extrema ansiedad. Si fuera su yo habitual, habrÃa reaccionado con ira ante las acciones de Dylan.
Pero que se aferrara asà era prueba de cuánto habÃa sufrido.
Dylan podÃa imaginarse en qué estado se encontraba.
Aun después de dar a luz, no mencionaba a la bebé. La Princesa estaba a salvo, pero Dylan guardó silencio, preocupado por la confusión de Charlize.
Charlize no dejaba de temblar mientras lo agarraba, como si temiera que él desapareciera. Dylan se dejó hacer y esperó pacientemente a que su respiración se calmara, sin soltarla.
Aunque llevaban mucho tiempo unidos, no podÃa presionarla más. Era alguien a quien debÃa cuidar con esmero.
—Su Majestad, quédese a mi lado para siempre.
—… Asà será.
Era un tipo de frase que Charlize nunca dirÃa normalmente, por lo que Dylan dudó un instante.
Entonces, fue Charlize quien lo besó primero. Dylan respondió con los ojos abiertos.
—…....
Después del beso, Charlize tembló levemente. Su respiración se agitó.
—Abrace con más fuerza.
—SÃ, Charlize.
—Dylan… ¿Está aquÃ?
—Aquà estoy.
—¿Es un sueño?
—Es real, Charlize.
—Tome mi mano.
—… SÃ, la tengo.
—No la siento. Muéstremela.
Dylan tomó la mano derecha de Charlize, que yacÃa sobre la cama, y la levantó para que ella pudiera verla.
—¿Ahora la ve? Estoy sosteniendo su mano con firmeza, Charlize.
—Cuántas veces he dejado escapar la mano de Su Majestad… ¿Cómo me atrevÃ?
—… No permitiré que vuelva a soltarme.
Incluso Dylan sintió culpa al decirlo.
El torso de Dylan, que se inclinaba sobre Charlize, estaba marcado con moretones. Él pensaba que habÃa cumplido su deseo de un duelo real, concentrado en un solo momento.
Las heridas, aún sin tratar, goteaban sangre intermitentemente.
La mirada de Charlize estaba ausente.
—Béseme, Su Majestad.
Dylan vaciló, pero finalmente inclinó su cabeza hacia Charlize. Ella era suave y cálida. Tan tierna que le hacÃa estremecerse hasta detrás de las orejas.
El tirano se excitó de inmediato. Ni siquiera en esta situación podÃa contenerse. QuerÃa ser gentil, pero las cosas no salÃan como querÃa.
Charlize habÃa dado a luz apenas hacÃa quince dÃas. Por muy extraordinaria que fuera, su cuerpo aún estaba frágil. Dylan reunió toda su paciencia y se contuvo.
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HabÃan pasado apenas unas horas desde su segundo encuentro.
Dylan se ocupó de vestir a Charlize y, al notar su evidente sed, le hizo beber agua.
Con él dentro de su ser, Charlize ya no empuñarÃa su espada ni se perderÃa en la sed de sangre.
Mientras le arreglaba los cabellos desordenados, Dylan no pudo contener sus pensamientos más Ãntimos.
—Charlize, yo… a veces creo que también he perdido la cordura.
Qué cobarde, pensó Dylan, observándose con ironÃa.
De nada servÃa confesarse ahora: la Emperatriz, con la mente nublada, solo podrÃa responder de una forma predeterminada.
Pero quizás, en el fondo, eso era lo que buscaba.
Dylan siempre supo que su mente funcionaba distinta a la de los demás, incluso desde niño.
Ahora, una parte de él se regocijaba al poseer a Charlize. La idea de tenerla bajo su control absoluto lo llenaba de un éxtasis que le quemaba el pecho.
Aunque reinaba como el mayor beneficiario del sistema de clases, estaba convencido de que, tarde o temprano, la humanidad abolirÃa las jerarquÃas.
La división social es un instinto humano… ¿En qué basarán su valor entonces? Quizás en la riqueza o la apariencia.
Pero comparado con ese futuro frÃo, donde el éxito y el fracaso recaerÃan únicamente en el individuo, el actual sistema de clases —bajo su gobierno— garantizaba una mayor cuota de felicidad colectiva.
Los oprimidos perdÃan derechos, pero también se libraban del peso de responsabilizarse por sus vidas.
Gobernar era tedioso. Como Emperador, cargaba con el destino de su pueblo por una sola razón: Charlize.
Dylan moderó incluso el progreso del Imperio, asegurándose de que Charlize, como Emperatriz, acumulara todo el honor y poder. Por eso no liberó a las masas de su estatus social.
—¿Lo sabe? Hasta a mà me aterra a veces mi propio abismo.
Para Dylan, leer los deseos más oscuros de la gente era tan natural como respirar.
Las palabras y acciones rara vez coincidÃan; la mayorÃa ni siquiera entendÃa lo que realmente anhelaba.
Y hacÃa tiempo que habÃa descifrado hasta los deseos no confesados de Charlize.
Condena la cosificación como inmoral, pero en el fondo, la Emperatriz desea inconscientemente ser poseÃda.
A ella le gustaba su obsesión. Amaba incluso su locura. Quizás más que su ternura.
—… TodavÃa me aterra que, al saberlo todo, huya de mÃ.
¿Soy inmoral por descifrarla sin permiso?
QuerÃa que Charlize lo juzgara. HacÃa tanto que Dylan habÃa perdido la lÃnea entre el bien y el mal, y solo ella era su verdugo legÃtimo.
—Su Majestad… ¿Por qué insiste en culparse? ¿No fui yo quien lo crió como tirano y lo domesticó asÃ?
La voz de Charlize era suave.
A sabiendas de que ella no estaba en sus cabales, Dylan estuvo a punto de perder el control. SentÃa que le arrancaban el corazón.
Conteniendo a duras penas su obsesión, se arrodilló ante Charlize. Mi devoción debe ser inquebrantable, sin importar su estado. Tomó su mano y besó con delicadeza el dorso.
El Emperador reprimió por la fuerza su violencia interna. DebÃa ser respetuoso hasta en sus pensamientos. Ya habÃa ido demasiado lejos.
Los dedos de Charlize acariciaron languidecientes el aliento contenido del tirano.
Seguramente es un gesto inocente, sin intención…
…Entonces, ¿por qué siento que me arrastra de nuevo al abismo?
No debo perder la cabeza.
Aun asÃ, los ojos claros del tirano, fijos en Charlize, hervÃan. Dos encuentros, y su sed seguÃa insaciable. Con la mano libre, abrió y cerró el puño inútilmente.
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