Anillo Roto: Este matrimonio fracasará de todos modos 294
El paso del tiempo (33)
—Has sabido usar bien la trampa.
—…….
—Muy bien hecho, Escalante.
Duque Valeztena lanzó el comentario con sarcasmo, mirando sin expresión los íconos de los santos sobre el altar. Tal vez el emperador, que andaba fuera de sí ante la inminencia de la guerra, se había emborrachado más de la cuenta. Tan ebrio estaba, que reunió a una multitud en el salón central para pronunciar otro de sus discursos rimbombantes. Por eso, en este otro salón, no quedaba más que una compañía de consanguíneos políticos que se detestaban casi como enemigos.
Junto a él, Duque Escalante alzó la copa de vino sin decir palabra, la llevó a los labios, con apenas un sorbo, como si ya no le atrajera ni el sabor, apartó la copa con indiferencia.
—Al final, envías a mi yerno a esa guerra maldita.
—…Es mi hijo.
—Por eso mismo, es mi yerno. Mientras siga vivo.
No se molestó en ocultar el verdadero sentido del vínculo conyugal ni siquiera frente al padre del implicado. Duque Escalante torció apenas los labios, le devolvió la copa vacía al sirviente que justo pasaba por el salón. Luego, pasándose la mano por el rostro con gesto ansioso y sin darse cuenta, habló de nuevo.
—Parece que lo único que esperas es el día en que mi yerno muera. No puedes soportar no recuperar a tu preciosa hija incluso antes de que Kassel muera.
—Yo he hecho todo lo posible, incluso intimidando a Osorno, para sacar a tu hijo al menos una vez de esa maldita nave. Y tú, Escalante, no has hecho nada. ¿Acaso será mi culpa si muere un hijo que ni siquiera cuida de su propio padre?
Duque Valeztena echó una mirada a su hijo, que se mantenía en silencio junto a él, como pidiendo su aprobación. Luciano respondió con una sonrisa incómoda, mirando al suegro de su hermana como queriendo disculparse: una expresión que decía claramente ‘Mi padre siempre ha sido así de insoportable, por favor no se lo tome a mal.’
—He hecho cuanto podía. Pero si el final es tan previsible como parece, entonces sólo deseo que todo termine pronto. Si va a quedar viuda, mejor que lo sea cuanto antes.
—…….
—Así al menos, mientras aún es joven, podrá encontrar a alguien mejor, casarse de nuevo, vivir como si nada hubiera pasado.
Valeztena, con la expresión del que casi desea la muerte de su yerno, como si fuera una maldición lanzada al aire, aún así no parecía satisfecho del todo.
De hecho, había estado enfrentándose abiertamente al emperador con frecuencia últimamente, todo por impedir que Kassel Escalante partiera a esta campaña. Ya se habían levantado voces en el consejo acusándolo de querer sacar a su yerno del campo de batalla mientras los demás iban a morir. Pero al duque eso no le quitaba el sueño. ¿Y acaso ustedes sí van a ir?
En una expedición normal, no habría tanto problema. Pero esta fue una designación repentina, un cargo que rozaba el rango de los mosqueteros imperiales. Ninguno de los que firmaron el mandato pisaría el campo de batalla. Y su yerno, que cargaba con todas las responsabilidades y atribuciones en nombre de ellos, sería quien pagara los platos rotos.
Era una trampa, una encerrona evidente. Si al menos hubiese sido tan estúpido como para no notarlo y sentirse entusiasmado, él habría gritado: ‘No te bastó con andar revolcándote por ahí, ¿y ahora encima eres un imbécil? Ya deberías ir pensando en morir a manos de tu suegro.’ Pero no. Sabía todo, y aun así fue él mismo quien pidió entrar.
Eso hizo que incluso su manera de respirar le resultara odiosa.
Por eso lo tomó del cuello en más de una ocasión, incluso le arrojó cosas. Pero su yerno, siempre con esa falsa cortesía, bajaba la cabeza en silencio y mantenía firme su decisión.
Decía que lo hacía por toda la familia Escalante, incluida la hija del duque. Ni siquiera cuando lo amenazó con hablar del segundo matrimonio de Inés, se inmutó.
‘Por supuesto, si yo ya no existiera en este mundo, Su Excelencia sería libre de decidir lo que desee.’
‘¿Qué has dicho?’
‘Si eso es lo que Inés Escalante realmente desea.’
Cabrón insolente.
Era su forma de trazar una línea: que aunque el nombre largo y glorioso de su hija llevaba ahora también la mitad del apellido Escalante, eso no daba derecho al padre a decidir por ella como si aún le perteneciera por completo.
Había marcado su voluntad y no escuchaba a los mayores, así que era un mocoso arrogante. Le había tenido por un simple soldado ignorante, ahora, al verlo usar la lengua con intenciones tan cargadas, se le antojaba detestable.
Y aun así, al ver cómo, incluso en medio de todo, pensaba de verdad en lo que ocurriría con Inés si él moría en el frente, le pareció un perfecto idiota.
Un idiota entrañable.
Por eso, por primera vez, ese hombre le cayó bien. Aunque el motivo por el que le agradaba fuera precisamente por haber hecho algo que le disgustaba… ¿cómo se explicaba eso?
—…Agradezco que hayas hecho ese inesperado esfuerzo por Kassel, pero si no se presenta voluntariamente, lo que Su Majestad ha decretado parecerá una burla.
—Pues el padre debió asegurarse de que no pareciera una burla ver al hijo aún vivo.
—…….
—Sigo sin entenderlo. ¿Por qué no piensas en tu hijo como yo pienso en mi hija?
Sus miradas se cruzaron. Serenas. Sin un atisbo de orgullo herido, ni de voluntad de imponerse.
—Inés es la única hija que tengo en toda la casa Pérez. No la mandé a tu hijo para que se volviera viuda de inmediato. Lo repito hasta el hartazgo… ¿pero alguna vez se ha dicho eso siquiera una vez en Escalante?
—Kassel volverá con vida. Así que no te preocupes por el destino de Inés.
—¿Y qué si vuelve, si ya fue enviado a morir?
—…….
—¿Quieres seguir respirando pegado a la vida de tu hijo?
Duque Escalante respondió de inmediato, cortante. Y Valeztena replicó con una sonrisa impecable, sin concederle un solo segundo de tregua.
—¿Incluso si eso significa empujarlo con tus propias manos?
—Padre. Por favor, cálmese. Sabe bien que eso no es así.
Solo ellos estaban en el salón. Y aunque alguien más llegara, la conversación era lo bastante baja como para no ser escuchada. Pero el aire se estaba volviendo espeso, incómodo. Nada bueno saldría de prolongar aquel enfrentamiento. Luciano dio un paso adelante y se interpuso a medias entre ambos.
—De todos modos, sé que su ánimo no está bien… Mis disculpas, duque de Escalante. Mi padre simplemente… aprecia demasiado a Inés.
—¿Y tú te atreves a disculparte por eso? ¿Ahora quieres hacerme quedar como un imbécil frente a mi hijo?
—…Generalmente eres tú quien trata a Luciano como tal.
Pese a su expresión atribulada, Duque Escalante no se privó del comentario mordaz. Luciano soltó un suspiro apenas audible antes de hablar de nuevo.
—…Sé que la salida de Kassel al frente responde a muchas razones entrelazadas. Pero también creo que ambos están pasando por alto algo muy importante.
—Si vas a salir con ese discurso de héroes de tiempos turbulentos, ahórratelo. Prefiero un bastardo vivo que un grande muerto.
—Ni Duque Escalante tiene razón para caer en la culpa y la ansiedad sin remedio… ni mi padre, que en el fondo ya empieza a quererlo como yerno, debería aferrarse a ese hombre sólo para culparlo como si fuera un mal padre.
Duque Escalante giró el rostro hacia él.
—Kassel está en más peligro ahora mismo con Mendoza que en el campo de batalla. Incluso si no salía, estaba condenado de todas formas.
—¿Qué estás…?
A diferencia de Duque Valeztena, que frunció el ceño con furia, Duque Escalante entrecerró los ojos, como si comenzara a atar cabos.
Luciano sabía que su padre probablemente interpretaría sus palabras como una metáfora exagerada sobre la situación desesperada de su familia, no como una declaración literal.
Nadie había tenido el valor de contarle la verdad. Todo el mundo sabía cuán profundamente, con qué devoción absoluta, estimaba Duque Escalante a su sobrino, el príncipe heredero.
Era más que cariño: era fidelidad. Era la obra de su vida.
Creía sin dudar que sería un monarca sabio y justo. Confiaba en él, lo consideraba perfecto.
¿Qué sentiría un hombre así al ver cómo todo eso se torcía de golpe?
—Porque el príncipe heredero siempre ha codiciado a Inés.
¿Y si ese futuro monarca ejemplar, ese sobrino amado, deseaba a la esposa de su primo… y por eso buscaba su muerte?
—Qué disparate… ¿Duque Valeztena, de cuánto tiempo atrás son esas historias? ¿Vas a hablar ahora de juegos infantiles?
—No son tan antiguas. Esta expedición es parte de ello. Antes ya hubo varios intentos fallidos de asesinato contra Kassel Escalante.
—…….
—Tu hijo es tan filial que ni una palabra ha dicho. Nunca te lo comunicó.
En el rostro impasible de Duque Escalante apareció, por primera vez, una fisura visible.
Ni su hijo, que lo adoraba, ni la esposa de este, preocupada por el impacto que causaría, se atrevieron a decírselo.
Alguien tenía que susurrarle la verdad, aunque fuera un ‘ajeno’ como Valeztena.
Después de todo, un cabeza de familia no puede vivir eternamente sin ensuciarse las manos, contemplando solo flores.
—…Luciano. ¿Es cierto?
—Inés ya ha logrado escapar por los pelos de múltiples falsos rumores que la hacían ver como amante del príncipe.
—…….
—Ha estado a punto de arruinar su vida más de una vez. El heredero es obsesivo con mi hermana.
Permitir su matrimonio con Kassel no fue más que el primer paso para convertirla en su amante reconocida.
Lo único que necesita del ‘primo leal’ es un apellido honorable para su concubina. No será Valeztena.
Será Escalante.
Y, además, el príncipe puede intervenir en cualquier momento usando su linaje materno como excusa.
—…Ese hijo de perra, ni como mierda sirve.
Duque Valeztena cometió de inmediato una herejía flagrante al llamar al heredero un hijo de perra que no servía ni para tragar mierda.
Estaba tan furioso que parecía capaz de estrangularlo frente al mismo emperador.
Y no solo era apariencia: masculló que si hacía falta, le rompería la verga para que no pudiera volver a follar en su vida.
Luciano, sin tiempo de detener a su padre, tuvo que sostener con fuerza al duque de Escalante, que palidecía a pasos agigantados, respirando de forma entrecortada como si el suelo se le hundiera bajo los pies.
—Excelencia… ¿se encuentra bien?
—…Sea como sea, dile a tu padre que cierre el maldito pico.
Aun en medio de ese colapso, era irónicamente sereno al pedirle que al menos mantuviera a su padre a raya.
Se llevó la mano al rostro, y luego al pecho, justo donde el dolor se acumulaba. Sus nudillos se volvieron blancos por la presión.
Luciano, desbordado, volvió la vista hacia su padre con un sobresalto contenido.
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