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Anillo Roto: Este matrimonio fracasará de todos modos 295

El paso del tiempo (34)




—¡Señor Valeztena! ¿Se encuentra por aquí?


Junto con los pasos que se acercaban de golpe, se escuchó una voz llamando a Luciano. Duque Escalante, como si jamás hubiera estado sujetándose el pecho con dolor, enderezó la espalda con toda tranquilidad y reprimió su respiración de forma controlada. Luciano también retiró la mano con la que lo había estado sosteniendo, fingiendo que no pasaba nada.


—Soy yo. ¿Qué ocurre?

—Capitán Escalante solicita que acuda con urgencia al último salón del ala contraria. No es nada grave, pero Señora Escalante se ha sentido indispuesta y ha salido a tomar aire al balcón...

—¿Y el señor?

—Recibió una orden imperial repentina y partió apresuradamente. Dijo que, si fuera posible, se llevara usted de inmediato a la señora Escalante y abandonaran cuanto antes la residencia Barça...


Justo en ese instante, una extraña sensación de mal augurio hizo que Luciano se detuviera por un segundo. Duque Escalante lo empujó levemente por el hombro.

Cuando llegó al último salón casi corriendo, se encontró con una imagen insólita: los caballeros de la guardia del príncipe heredero estaban alineados a lo largo de la pared derecha, donde se abría el balcón, montando guardia. Soltó una risa seca, como si aquello fuera demasiado absurdo para procesarlo, pero sin detenerse, continuó caminando hacia el tercer balcón, donde sabía que estaba Inés. Sin embargo, los caballeros apostados se colocaron en doble fila para bloquearle el paso.


—Señor, Su Alteza el príncipe heredero está descansando. No puede pasar.

—Solo vengo a buscar a mi hermana.

—No hay nadie dentro, aparte de Su Alteza.

—Eso no es lo que me han dicho.

—No hay ninguna dama en el balcón. Si insiste en quedarse, informaremos que ha intentado iniciar un escándalo de naturaleza sexual con intención deliberada de manchar el honor del príncipe. ¿Está seguro de que desea continuar?

—¿No es tu amo quien está tratando de provocar precisamente eso?

—…….

—Abre la puerta.

—No es posible.

—Si Su Alteza desea evitar verse envuelto en rumores, bastaría con que se asome a confirmar, ¿no crees? Es un procedimiento bastante simple. Anúnciale mi presencia.

—No es posible.

—Hazlo.

—Su Alteza ha ordenado expresamente que no se le permita el paso, Señor Valeztena.
















⋅•⋅⋅•⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅∙∘☽༓☾∘∙•⋅⋅⋅•⋅⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅
















—…Tu hermano sigue siendo el mismo, ¿verdad?


Inés estaba recostada de forma inestable contra la barandilla del balcón. Óscar, que se había acercado a la entrada para escuchar el alboroto del interior, regresó sonriendo con suavidad, como si quisiera tranquilizarla.


—Siempre ha estado desesperado por sobreprotegerte.

—…….

—Por mucho que sean hermanos, eso no deja de ser inquietante. No es de extrañar que corran rumores de que Valeztena y su hermana tienen... una relación inapropiada.

—…….

—Aunque yo siempre supe que no era cierto. Inés. Tú nunca me has traicionado.

—…….

—Al menos, no hasta que apareció ese pintor de mierda.


¿Traición? ¿Lo llamas traición?

Inés ocultó una sonrisa en medio de esa extraña sensación de tener la lengua tan fría que no podía moverla.

Así que eso es lo que tú llamas traición.

A pesar de que lo recordabas todo.

Recordabas cómo murió tu esposa, con qué, de qué forma... Lo viste con tus propios ojos. Lo recuerdas todo. Y aun así, como yo, despertaste en este mundo de nuevo...

No es que Inés no supiera cómo el mundo había calificado esa segunda vida que vivió huyendo con Emiliano.

La objetividad con la que la sociedad definió a Inés Valeztena entonces: la mujer que, a apenas tres meses de su boda con el príncipe heredero, lo traicionó y desapareció.

A los 16 años, ella abandonó a su prometido perfecto, Óscar, que tanto la ‘amaba’ y adoraba, se atrevió a entregarse a otro hombre. Una ramera sin pudor.

Desde el centro de la ciudad de Ortega hasta el último rincón del campo, circularon rumores como:



‘Resulta que la noble hija de los Valeztena, que iba a ser princesa heredera, nació para abrirse de piernas. No podía evitarlo. Recibía hombre tras hombre en su cama, el príncipe no lo soportó más…’



Así fue como la llamaron: la noble ramera, símbolo de la inmoralidad y de la corrupción precoz.

Al final, quedó embarazada de un don nadie sin siquiera sentir vergüenza. Una mujer impura.

Inés fue despreciada por todos los que alguna vez conocieron su nombre. No hacía falta estar en el centro de la alta sociedad de Mendoza para saberlo.

No se trataba solo de traicionar a su prometido; el hecho de que ese prometido fuera el príncipe heredero hacía que su infidelidad, su traición, se considerara incluso una forma de rebelión.

Pero incluso si su antiguo nombre se hundiera bajo el peso de todas esas acusaciones…

¿Cuán perfectos fueron los momentos en los que Óscar no estaba en su vida?

Ni todo ese odio, ni la pobreza, ni el amor que arruinó con sus propias manos eran peores que pasar un solo día con aquello.

Aquel día en que eligió morir por voluntad propia… fue mil veces mejor que vivir una vida entera al lado de ese monstruo.

Y él lo sabía. Mejor que nadie.

¿Cómo podía…?


—Pero gracias a ese bastardo, por fin ustedes dos se separaron. Solo por eso me agradó.
Por eso, esta vez te dejé salvar a tu juguete, Inés.

—…….

—Eres una mujer muy inteligente. Sabía que no serías tan tonta como para volver a traicionarme con lo mismo.


No importaba cómo la llamara el mundo ignorante de entonces.

Esa boca, su boca, no tenía derecho a llamar ‘traición’ a aquello.

No si no era el príncipe de veinte años que lo había olvidado todo y se encontraba con la herida por primera vez…

sino ese desecho que lo recordaba todo, y aun así intentaba volver a apoderarse de ella.

La capilla rural de Biedma, las calles de Entreríos, el bosque de Moreno, las llanuras de Lientes, el puerto de Sevilla…

Lugares donde había dejado huellas, donde por primera vez sintió la libertad de estar lejos de Óscar.

Pensar que aquellos ojos de serpiente pudieron haber rozado cada uno de esos sitios era simplemente… nauseabundo.

Emiliano.

Él… él llegó hasta Emiliano…

Emiliano. Emiliano.

Inés pensó ese nombre como si lo persiguiera, entre pensamientos entrecortados y desordenados.

Emiliano… Emiliano me recuerda.

Un frío helado le subió desde los dedos hasta el cuello.

Quería huir.

A cualquier parte. Lejos de todo el mundo. De todos.

Solo quería estar sola.

Inés apretó los dientes y se aferró al pasamanos mientras hablaba:


—…¿Cómo lo supiste?

—Nunca te olvidé. Así que no tuve que saberlo.


Óscar respondió con un tono fingidamente lastimero.

Inés torció los labios con asco.


—La princesa heredera preguntó cómo conocía esos cuadros… y al pintor.

—¿Hace cuánto fue eso? ¿Unas semanas?


Le dije que eras alguien con recuerdos especiales relacionados con él.

Le pareció un buen regalo. Así que le pedí el favor.

Si se enteraban demasiado pronto de que venía de mí, temí que te asustaras.


—…….

—Iba a dártelo más adelante, en un mejor momento, lejos de todo.


No era mi intención asustarte de esta manera.


—¿Alicia también es como usted?

—Quieres decir… ¿como nosotros?

—…….

—No.


No hay nadie como nosotros, Inés.

Solo tú y yo.

Sentía como si se hubiera tragado fuego.

Él dio un paso adelante con cautela.

Ese rostro apuesto decorado con una sonrisa amable fingía, como siempre, ser benevolente. Pero a los ojos de ella, no era más que una mueca grotesca, como si su cuerpo entero estuviera deformado.


—Alicia no sabe nada. No recuerda nada. Aunque parece que ha empezado a hacerse ciertas ideas por su cuenta. No imaginé que sería capaz de actuar por sí sola de una forma tan grosera contigo.

—…….

—Y ese pintor tuyo no te traicionó. Así que por favor, no dejes que todo esto te haga daño. ¿Sí, Inés?


Fue una vida de miembros invisibles que se le iban amputando poco a poco. Un día, los dedos. Otro, la muñeca. Después, el codo.

Hasta que un día ya no podía ni arrastrarse por el suelo.

Ese hombre fue quien la empujó al abismo.

Y ahora venía a mover esa lengua partida, diciéndole que ojalá no saliera herida.


—Ese hombre no vendió nada tuyo. Fueron los soldados indisciplinados de Barça quienes saquearon el almacén de pinturas del señor Joaquín, donde estaban esos cuadros.


Tu pintor probablemente ni sabe en manos de quién acabaron sus obras, ni que tú llegaste a verlas. Lo más seguro es que siga trabajando en Bilbao, esforzándose en silencio.


—¿Y eso es todo?

—Claro. Aunque, desde luego, recordándote cada día, el muy descarado.

—…….

—No era momento de preocuparse por Alicia, ¿verdad? Fui yo quien al fin encontró una prueba de que él te recuerda.

—Fue su esposa quien la encontró.

—Pero fui yo quien la puso a tu alcance. Quien la dejó cerca para que tú misma pudieras tomarla.

—…….

—Parece que ahora cuenta con el favor de un mecenas.


Aunque claro… ese hombre nunca estuvo a tu altura como mujer. Le va más recibir limosnas tuyas que estar a tu lado.


—…….

—¿Qué se siente, Inés? Saber que tu viejo amor aún te recuerda.


Curiosamente, desde que él pronunció la palabra ‘mecenas’, Inés no pensaba en Emiliano, sino en Lourdes.

Lourdes. Al pensar en ese nombre, todos sus sentidos regresaron a la realidad.

El pánico casi culpable que sentía hacia Emiliano, la sofocante ternura que evocaban sus recuerdos, incluso el monstruo que tenía delante… Todo pareció alejarse, como si ya no fueran asuntos del presente.

En su lugar, lo que se volvió nítido fue aquello que pensaba al entrar en la casa de los Barça: qué sentía, cómo observaba a las personas a su alrededor.

Óscar no había matado a Emiliano. No por bondad, sino para momentos como este.

Para, por ejemplo, ahondar la grieta entre ellos justo cuando Kassel partiera a la guerra.

Para que esa fisura se volviera más profunda, más real, más irreparable.

Una pequeña sonrisa se coló entre sus labios entreabiertos.


—Estoy contenta.


Conocía a Óscar. Sabía que no era el tipo de hombre capaz de quedarse tranquilamente en Mendoza si alguna vez hubiera sabido de Lourdes.


—Óscar, ¿tú también te alegraste así cuando estuviste seguro de que yo te recordaba?


Emiliano había sido una sombra inmensa en su vida durante mucho tiempo.

Por eso, mientras él la miraba, Óscar no podía evitar ver también a Emiliano reflejado en ella.

Como esas sombras que cambian según el ángulo y la intensidad del sol, que se alargan y se encogen, robándote la atención.

Las observas, las detestas, les lanzas odio y desprecio.

Y mientras más las miras, más estrecho se vuelve tu campo de visión.

Acabas creyendo que esa distorsión es la forma natural de las cosas.

Y así fue como no vio a Lourdes.

Esa niña con el mismo cabello rojo, los mismos ojos azul oscuro que el emperador.


—¿Alegrarme…?


Nunca, ni una sola vez, había visto la marca que una doncella de la emperatriz dejó en el hijo del emperador.


—No puedes imaginar lo que he hecho para volver a encontrarte, Inés.


Y tú —pensó ella— no puedes imaginar lo que yo sería capaz de hacer…… para no volver a encontrarte jamás.

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