AREMFDTM 285






Anillo Roto: Este matrimonio fracasará de todos modos 285

El paso del tiempo (24)




La respiración se volvió agitada. Ya no era posible saber quién de los dos había olvidado cómo respirar primero. La mano que le torcía la muñeca, más blanca aún que el propio brazo pálido de ella, estaba temblorosa.

Incluso en los momentos más desesperados, él siempre había tenido una cortesía casi obsesiva, una falsa calma nacida del miedo. Aunque destrozara su propio cuerpo sin piedad, siempre temía que su fuerza, abrumadora, pudiera dejarle siquiera el más mínimo rasguño. Pero esto… esto no era algo pasajero. Él estaba…


—¿Por qué…?


Su voz sonó como si alguien le apretara el cuello desde dentro.

Su rostro era el de alguien completamente perdido. Una mirada demencial. La arrastró hacia sí como si intentara aferrarse a algo antes de caer por un abismo, y aún así, no hizo nada más. Solo ese pequeño acto ya parecía consumir lo último de su paciencia. Tal vez ni siquiera sabía qué estaba haciendo en ese momento.

Sus ojos lloraban. Sin lágrimas, pero lloraban.

Inés no sentía dolor en su muñeca atrapada. No sabía por dónde empezar a reconstruir sus pensamientos. No sabía qué decirle. No sabía cómo… cómo salvarlo. Su mente, aturdida, solo podía recoger los pedazos del hombre que se deshacía ante ella.

Él la había culpado, sí, le preguntó cómo había podido hacer algo así. Pero ahora, esa culpa estaba ardiendo dentro de él, consumiéndolo como fuego. Desde el principio, no era a ella a quien culpaba. Era a sí mismo.

Inés abrió los labios, desesperada.

Esto no es culpa tuya. No eres tú el que debería cargar con esto. No sé dónde se torció tu pensamiento, pero…

No logró hacer salir ninguna palabra.

La escopeta cayó al suelo con un golpe seco. La mano impregnada de olor metálico se acercó a sus labios, apenas rozándolos, como si ni siquiera se atreviera a tocarlos del todo.


—¿Por qué aceptaste algo tan… sin valor?

—……

—¿Cómo pudiste siquiera pensar en volver a tocarlo? ¿Eh? Inés…


Su voz se volvía más y más vacía. No se sabía si buscaba una respuesta de ella o si solo se ahogaba en su propia culpa. La mano que apretaba su muñeca cayó al fin, sin fuerza.

Una mano vendada recorrió su propio rostro descompuesto.

Kassel respiraba hondo, una y otra vez. Su pecho desnudo se levantaba con violencia, solo para hundirse con el mismo peso.

Él sabía cosas. Pero no era alguien que recordara como ella. Él era diferente. ¿Qué más sabe…? Un pensamiento colgando de una esquina de su mente se agitaba solo, desesperado. Pero todo lo demás seguía absurdamente en su lugar.


—Habría sido mejor si me hubieras gritado. Si me hubieras llamado monstruo…

—……

—O si me hubieras arrojado esta cosa al rostro…


…Ni siquiera la recibí en tu nombre aquella vez.

No era algo que viniera de ti. No era algo tan preciado. Lo mejor que me había dado Óscar —ni siquiera venía de él. Idiota de Escalante… ¿cómo… cómo pudiste…


—Tú dijiste que era la primera vez que la veías…

—……

—Dijiste que no la conocías. Que no era nada para ti. Con eso basta. Con haber sido arrastrado por mí ya es suficiente. Con la mala suerte de volver a ser mi marido en esta vida… ya has pagado todo.

—Ese miserable… me lo arrebató de tus manos y me lo dio como regalo. Y yo… yo lo mostré con orgullo frente a ti, diciendo que era precioso…

—……

—Y tú sonreíste. Dijiste que no lo habías visto nunca, y aún así, me enseñaste cómo usarlo. Tú… tú… ¿cómo pudiste…?


Su garganta, apenas recuperando el habla, le ardía.

Tenía frente a ella al mismo muchacho de catorce años, con las orejas enrojecidas, torpe y serio. Inés apartó con una bofetada la mano que él, con tanta inocencia, extendía.


—…Morí con esa escopeta para burlarme de Óscar. Kassel.

—……

—En esa vida, y hasta el día en que tú me la diste en ese valle… esa escopeta era lo mejor que ese bastardo me había dado. Por eso la elegí. Para demostrarle que ni muerta me liberaría de él. Que ni siquiera tenía el derecho de desear mi propia muerte…

—……

—Para reírme del hombre que me aplastó y se burló de mí.

—……

—Si hubiera sabido que todo eso era una patética mentira… Si hubiera sabido que tú, tan joven, se la diste a la prometida de tu primo sin ponerle ni un nombre…


Si hubiera sabido que lo hiciste con tanto cariño, desde un corazón tan ingenuo… hacia mí…

Cada latido del corazón se fundía con las imágenes de su primera vida.

La pequeña biblioteca de Calstera, las flores que él traía por la mañana y que ella pasaba de largo sin mirar, el molesto bullicio que entraba por la ventana desde el puerto, el enorme perro que cruzaba el jardín corriendo, Alejandro.

Su espalda ancha cuando salía al jardín llamando al perro, la luz tranquila de las tardes, el mar de Calstera, el día en que ella, por primera vez, colocó las flores en un florero en vez de ignorarlas… y su sonrisa, al quitarse la gorra blanca de oficial sobre su cabello dorado. Esa cara…

Cada mañana me traías flores.

Las lágrimas, que antes caían sin sentido ni sensación, esta vez trazaron una línea clara al deslizarse por su mejilla.

Cada mañana, cuando abría los ojos, tú no estabas. Pero las flores sí.

Te ibas antes de que despertara, como si quisieras deshacerte de algo molesto, dejando flores en tu lugar.

Tenías tanto cuidado de que ni siquiera pudiera odiarlas, por eso solo las dejabas en el escritorio.

Y cuando una vez las puse en un florero, pensaste que eran mis favoritas.

Aquellas flores, que solo crecían en rincones del jardín, de pronto lo llenaban por completo.

Pensando que me gustaban, las dejabas donde antes reposaba tu cabeza. Para que las viera nada más abrir los ojos. Sin esperar amor. Solo para alegrarme el ánimo. Nada más.

Cuando partiste al frente, cada mañana me despertaba mirando el hueco vacío de tu lado.

Y recordaba el valor inmenso que necesitaba solo para estirar la mano y tocar tu almohada.

El jardín seguía floreciendo con esas flores en su temporada, pero ya no me decían nada.
Delante del perro que solo esperaba a su dueño, sentí una vergonzosa empatía.

Y enfrenté, por fin, lo que no quería ver.

Tal vez nunca me gustaron esas flores.

No eran las flores…

Era que tú las cortabas para mí.

Era el tiempo que tú gastabas, como una rutina, solo por mí.

Tus pasos cruzando el jardín cada mañana, solo para encontrar las más bonitas.

Tus manos torpes que las recogían.

Tu regreso a la residencia, subiendo los escalones.

Ese momento antes de irte del todo, cuando dejabas las flores a mi lado… mientras yo dormía.

Ah.

Si hubiera sabido cuánto cariño escondías en esos gestos…


—…Si hubiera sabido lo que sentías… No lo habría hecho. Si hubiera sabido que era algo preciado para ti…

—……

—Al menos… no me habría quitado la vida con esa escopeta… Te lo juro…

—……

—Lo siento… Me equivoqué, Kassel, yo…

—Inés Escalante de Pérez.

—……

—La hija de Pérez… no le pide perdón a nadie.


Su frente, envuelta en las grandes manos de él, se alzó, rozando apenas su nariz.

Sus ojos estaban serenos, como si todo lo anterior fuera mentira.

Pero no podía ocultar el azul ardiente que aún palpitaba dentro.


—Lo dijiste tú. ¿Lo recuerdas?


Era una frase perdida en el tiempo, pero no difusa como la de la primera vida.

Un recuerdo nítido. Cuando aún era princesa heredera, y no como tal sino como hija de una familia que debía ser olvidada.

Cuando justificó con altivez, en voz alta, su negativa a arrodillarse ante nadie, defendiendo su orgullo.



'La hija de Pérez no pide perdón a nadie que no sea Dios'



Si había cometido un error, podía disculparse incluso con una criada, decía.

Pero jamás sin culpa.

Cayetana le había respondido con la virtud imperial de “saber inclinar la cabeza cuanto más alta es la cuna”.


—Luciano lo decía. No era arrogancia para ignorar culpas cometidas…


Era una advertencia para no cometerlas jamás ante Dios.

Y…

—…Y que cuando uno se convierte en pecador por una injusticia, no debe reconocer una culpa que no le pertenece.


Eso no es digno de la tierra honorable de Valeztena.


—…….


Qué ironía.

El hombre que había elegido para huir de la sombra de Valeztena era ahora quien le recordaba su origen.


—No hiciste nada malo, Inés.

—…….

—Esto… no fue culpa tuya.


Sus labios tocaron su mejilla, bebiendo sus lágrimas.

Subieron con cautela hasta besar sus párpados temblorosos.


—No necesitas pedirle perdón a nadie.


Ni siquiera a mí.


—Yo…


No. Estás equivocado. Yo a ti…


—Jamás me arrebataron esa escopeta.


Se la di yo mismo a Óscar.

Solo quería que tú tuvieras lo mejor. Nada más.


—Tengo tantas cosas… por las que pedirte perdón, Kassel…

—Si te gustaba mi regalo, me preocupaba que te causara problemas…


Por eso lo hice así.

Solo con que lo tuvieras, me bastaba.

Fue una decisión egoísta. Mía.


—Ni siquiera… puedo recordarlo todo. Por eso…

—No necesitas recordarlo.


Sus labios, bajando por la mejilla húmeda, alcanzaron los de ella.

El aliento de ambos se mezcló, leve.

Y cuando ella por fin exhaló el suspiro que tanto había contenido, él volvió a besarla.


—Desde que me diste el rifle de tu abuelo, en esta vida…

—Lo sé.

—Desde entonces, ya no era ese objeto maldito que tuve en mis labios…


Era otra cosa.

Y por eso fui feliz. Porque me lo diste tú.


—…Lo sé.

—No sé qué más sabes… Ni qué demonios te pasó… Ah, Kassel… Kassel…


Asustada por sus propias palabras, lo abrazó con fuerza por el cuello.

Kassel, con mirada sombría, besó su sien repetidamente mientras la sostenía.


—¿Qué te hizo el apóstol…? A ti también…

—Si tú no quieres que lo sepa… no lo sabré.


Él pronunció cada palabra con firmeza, ahogando su miedo.

La sentó junto a la ventana.


—Así que no huyas. Quédate a mi lado.

—…….

—No desaparezcas. No te sientas culpable. Solo quédate conmigo, Inés.


Yo haré lo que sea…

Enterró su rostro en su cuello.

Su nariz rozó su piel con ternura.

Sus ojos, afilados como cuchillas, se dirigieron a la carroza del duque alejándose por el jardín.


—Ese bastardo… jamás volverá a arrebatarte.


Ni de mí…


—…….

—Ni de ti misma.

Si te gusta mi trabajo, puedes apoyarme comprándome un café o una donación. Realmente me motiva. O puedes dejar una votación o un comentario 😁😄

AREMFDTM            Siguiente

Publicar un comentario

0 Comentarios