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Anillo Roto: Este matrimonio fracasará de todos modos 284

El paso del tiempo (23)




Los labios de Inés temblaban cuando los rozó la yema de sus dedos. Instintivamente, se apartó de ese contacto como si huyera, pero su mano la alcanzó por la nuca antes de que pudiera escapar.

Inés cayó sobre él. El beso fue desesperado. Sintió cómo Kassel, a pesar de su brazo herido, la aferraba con fuerza por la cintura, y al preocuparse de que el lazo de su vestido pudiera rozar su herida, ella se retorció intentando evitarlo. Por favor… murmuró sobre sus labios mojados con su propia saliva, sin saber ni siquiera qué estaba pidiendo. Por favor, Inés…

Sus manos, que empujaban su hombro, se rindieron. Al final, el brazo herido de Kassel cruzó su espalda, y su mano lastimada se cerró en torno a su cintura. En medio de esa torpeza, la rodilla de Inés acabó sobre su muslo. Aún desorientada, aceptaba su beso. La manera en que él succionaba su labio inferior le provocaba cosquillas. A través de sus labios entreabiertos, le llegó un aliento con aroma a vino. Un beso en el que ambos se bebían el suspiro del otro.


—Inés…

—Mmm.

—Inés… lo siento.


Palabras que no comprendía se deshicieron sobre sus labios húmedos. Trató de preguntar, pero la boca de él seguía chocando con la suya, murmurando una y otra vez: “Lo siento. Yo… lo siento…”. Su nariz se frotó contra la suya, y ella frunció el ceño, intentando entender.

¿De qué hablas? ¿Por qué esa cara? ¿Por qué esa expresión… como entonces?

La mirada de Inés se clavó en su rostro, que se iba empapando sin que él siquiera pareciera saber que estaba llorando.

El pensamiento de Óscar la había congelado apenas unos segundos atrás, pero ahora su mente se derretía con una urgencia desconcertante. Inés se dio cuenta de que, del mismo modo en que él era absurdamente débil ante ella, ella también tal vez estaba siendo arrastrada de forma ridícula.

Verte llorar me parte el alma…


—…¿Y tú qué sabes? ¿Cómo se supone que tú me ibas a salvar?


Creía que iba a morir. Pero lo único que logró salir de sus labios fue eso. Inés, ahora con los ojos secos, lo miraba con una aparente calma. No era lo que quería decir, pero tampoco iba a dejar que él se hablara como si hubiera fallado a un deber sagrado.

¿Quién eres tú, que tengas algo que ver con ese bastardo? ¿Qué sabes tú…?

Él también había estado, en otro tiempo, a punto de morir por las manos de Óscar. Había ofrecido su lealtad sin recibir confianza a cambio, viviendo siempre bajo sospecha y celos. Al final, sobrevivió y fue retirado, pero no por ello dejó de representar al linaje Escalante, desempeñando con torpeza el papel de caballero mendocino para gloria del príncipe heredero.

Miguel, seguramente, ya estaba así de destruido. El duque, muerto. Isabella, consumiéndose en secreto hasta desaparecer. Solo cuando Inés vivió esa vida fue capaz de comprender el peso que él había llevado. Primogénito sin apoyo de la casa Escalante. Soledad rodeada de personas. A veces, su rostro era como una fortaleza desierta.

En aquella época, Inés se marchitaba sin tregua. Y quizá por eso él la entendía. Quizá por eso la miraba así. Desde el principio, sus naturalezas eran distintas.

Él la comprendió entonces. Ella, sin embargo, ni siquiera lo recordaba en esa vida.

Esa vida que ella había juzgado como miserable… Sus lealtades que ella había menospreciado… incluso lo que apenas fue un roce fugaz, ahora podía reconocerlo.

No solo Kassel Escalante, sino todo el mundo. Estaba tan asfixiada en su propio dolor, tan maldita por existir siquiera, que ni siquiera tenía espacio para ver más allá de sí misma.

Y aún así, cuán mezquino y ridículo había sido su juicio. Creer que, por un breve momento, él no era más que un hombre más, otro cualquiera, guiado por el deseo. Qué burla tan arrogante y pobre.

El hecho de que yo me atreviera a tomarte a la ligera…


—Tendría que haberte conocido.

—…....

—Tenía que haberte conocido, Inés.


Bajo su rostro empapado, la mandíbula apretada de Kassel parecía tan tensa que casi dolía. Sus ojos azules, inundados por el llanto, ardían con una oscuridad intensa. Inés negó suavemente con la cabeza mientras le acariciaba la quijada.


—No.

—Tenía que haberte recordado. Como fuera. Incluso ahora.

—…....

—Y también… “entonces”.


Fue justo en ese momento que se oyó un golpe en la puerta. Inés recordó por fin lo que había pedido a Alfonso y, con prisa, se deslizó fuera del regazo de Kassel. Su mano se aferró a su brazo con renuencia, recorriendo desde su codo hasta la muñeca, hasta rozarle los dedos, como si no quisiera soltarla del todo.

En lugar de contestar de inmediato al llamado, alzó la mano por la que él tanto se había aferrado y, con la manga, limpió su mejilla húmeda con una premura casi torpe. Todo ese tiempo, Kassel la miraba desde abajo. Inés sostuvo su mirada y, con voz firme, habló:


—Adelante.

—Perdón por la demora. Doctor García ha llegado.

—Señor, señora Escalante.


Hizo un gesto con la mano, indicándole al médico que omitiera formalidades.


—Empiece por el brazo izquierdo. Fue un corte largo con un cuchillo.

—Entendido, señora.

—Y en la palma, antes de suturar, asegúrese de que no queden restos de vidrio.

—Sí, señora.


Incluso en ese momento… incluso entonces… Inés, mientras lo observaba todo desde cerca, no podía dejar de pensar en esa extraña forma de pronunciar sus palabras. Kassel, por su parte, no parecía inmutarse mientras le cosían la carne viva, ensimismado en sus pensamientos.


—Evite que el vendaje entre en contacto con el agua.


Kassel asintió con frialdad. El médico, ya mayor, la miró de reojo como esperando su aprobación. La mirada de la señora, fija y penetrante sobre su esposo, tenía un filo casi amenazante.

Inés tardó en darse cuenta de que en realidad esperaba su permiso. Finalmente, asintió con la cabeza hacia la puerta, indicándole que podía retirarse.

Alfonso acompañó al médico fuera, y el silencio volvió a caer entre ellos.

¿Entonces? ¿Qué quieres decir con “entonces”? ¿Qué era eso que, según tú, deberías haber recordado…?

Su lengua no respondía. En su mente trataba de alejar, sin éxito, la imagen de aquel joven Kassel Escalante, desesperado, surgido de un recuerdo confuso que solo llegó a ella en esta vida, demasiado tarde. Aquella muerte primera, el lecho final sin él, reflejado por Anastasio. Incluso aquel otro funeral, el de una “segunda” Viviana Castañar…

Todo eso, escondido como si se tratara de objetos robados o pecados ocultos.

Este no era el momento para hablar de verdades que ni ella comprendía del todo. Pero incluso si un día llegaba a recuperar cada vida olvidada, ¿qué podría decirle? ¿Que alguna vez lo destruyó? ¿Que se destruyeron mutuamente?

¿Y qué decir sobre la mujer que, tras huir con un hombre débil, terminó asesinando a su propio hijo?

Inés abrió los labios en silencio, pero no salió ninguna palabra.

Fue entonces cuando Kassel se incorporó. Su cuerpo, imponente, se alzó entre la ventana y ella, proyectando una sombra sobre su figura. Inés no se movió, como si no fuese sombra sino una red lo que se tendía sobre ella. Y, sin embargo, el rostro de él —aquel que solía ser fuerte y seguro— estaba ahora inundado por una tristeza que jamás había visto.


—Inés…

—…...

—¿Él… te mató?


Su mano, temblorosa aunque parecía intacta, se alzó con cuidado y le rodeó el rostro. El leve estremecimiento se transmitía a través del contacto, como una corriente muda.


—Dímelo.

—……

—Por favor… dímelo. Inés… Yo… aún no lo recuerdo…...


Sintió como si sus pies estuvieran colgando al borde de un acantilado. El pensamiento de que sobreviviría a la caída ya no parecía cierto; ahora solo había miedo. Kassel, sin duda, sabía algo. Pero…


—No recuerdo tu final. Ni el mío. La mayor parte de todo esto… no la veo, Inés. Desde el principio hasta el fin… nada me ha sido claro.

—……

—Ellos no me lo cuentan, Inés.


Ella lo miró con la mirada perdida, fija en su rostro.


—¿Ese bastardo… al final, fue él quien te mató?


Su voz era como la de un alma condenada que está a punto de ser consumida por el fuego del infierno. Inés, como movida por un impulso, sostuvo la mano con la que él le envolvía el rostro. Tal vez creyó que ella quería alejarse, porque él hundió aún más los dedos en la base de su nuca, impidiéndole toda huida. Le costaba respirar. Finalmente, sus labios se movieron apenas:


—No. No fue él quien me mató.

—……

—Fui yo. Fui yo quien se mató, Kassel.


Sus ojos, como si acabaran de recibir un golpe brutal, no parecían sorprendidos por la revelación, sino como si solo hubieran confirmado algo que siempre habían intuido. Como si acabaran de aceptar algo que negaron durante demasiado tiempo. ¿Por qué?


—Tu final… ni siquiera yo lo sé. Siempre fui yo la que murió primero…...


Aquella palabra, “siempre”, se le clavó como espina en la lengua. Una vida desconocida asomó fugazmente en su mente. ¿Estabas vivo entonces? No sabía cuántos años habían pasado, ni qué edad tenía al morir en aquella ocasión. Solo recordaba el rostro más envejecido de Alondra, como única pista. Si aquello era algo que inevitablemente ocurriría de nuevo, deseaba que él hubiera vivido mucho tiempo después de su muerte. Incluso si no fuera así, deseaba que así hubiese sido. Porque tu vida… tu vida siempre me ha parecido demasiado valiosa.


—Siempre.

—……

—Siempre fuiste tú quien murió después…


Incluso esa primera vida, de la que nada podía estar segura, podía decirlo así… con el deseo de que él hubiera vivido más, recuperado una vida en paz. Tal vez incluso se había casado con otra, tarde, con una buena mujer. Tal vez tuvo uno o dos hijos que fueron un orgullo. Y viéndolo ahora, pensaba que ni siquiera había estado con muchas mujeres después del matrimonio… quizás fue feliz.

Pero él… ni siquiera podía pronunciar una bendición hacia su pasado.


—¿Por qué…?

—……

—Inés, ¿por qué hiciste algo así?

—…Porque dolía. Porque no podía soportarlo más… Yo…

—Solo quería que vivieras.

—……

—Eso era todo. Solo quería…

—……

—…que vivieras. Te di… lo que más amabas.

—……

—¿Cómo… cómo pudiste usarlo para hacer eso…?


Kassel murmuraba como si no supiera ni lo que estaba diciendo, poseído por una revelación súbita. De pronto, su rostro cambió, tornándose gélido con una expresión de comprensión total y desgarradora.


—¡Kassel!


Fue cuestión de segundos. Kassel cruzó el cuarto y empujó la puerta del dormitorio de ella con violencia. Caminó hacia la pared donde estaban expuestas las armas.


—¡Kassel!

—¡¿Cómo pudiste…?!

—¡No, no es lo que piensas! ¡Kassel!


Inés gritó su nombre como un alarido. Kassel tomó una escopeta grabada con el nombre de su abuelo, Calderón Escalante de Espoza, un objeto que una vez fue su más preciada herencia. La arrojó al suelo. Como si eso no bastara, la levantó de nuevo con la intención de estrellarla contra la pared.

Inés se interpuso justo a tiempo.


—¡Es la reliquia de tu abuelo! ¿Estás loco?


Trató de quitarle el arma, pero él le sujetó las manos con fuerza, tirando de ella hacia sí.


—¿Cómo… maldita sea, cómo…?

—Kassel, suéltala, escúchame, estás…

—¿Cómo pudiste decir gracias por algo así?

—……

—¿Cómo… pudiste abrazarme… con alegría…?

—……

—Después de haberte matado con eso.

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