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Anillo Roto: Este matrimonio fracasará de todos modos 283

El paso del tiempo (22)




Los caminos que antes recorrían con cautela para protegerse mutuamente habían desaparecido de repente.

Lo que revelaba su partida a la guerra seguía siendo, ni más ni menos, la voluntad del emperador. Quizás era un acto peligroso, arrastrarse al fango de la traición, acusándose mutuamente —y al príncipe heredero— de conspiraciones y calumnias. Dos personas llevando el nombre de Escalante, que jamás deberían caer en eso.

Pero en ninguno de los dos se veía rastro de vacilación.

La aceptación de Kassel era simple, clara. Como si solo estuviera confirmando algo que ya había asumido hace mucho. Inés bajó la mirada, enfriándose ante el ardor que sentía. Las heridas abiertas y cortes afilados en su cuerpo le devolvieron un mínimo de racionalidad.

Al fin y al cabo, ni siquiera eran heridas que pudieran tratarse a medias con estas manos. Caminó rápidamente hacia la cabecera de la cama y tocó la campanilla para llamar a un sirviente.

Kassel no dejó de observarla. Cuando Inés regresó y alzó la vista para enfrentarlo de nuevo, habló:


—El príncipe heredero me desea.

—…….

—Como su amante oficial.


Una grieta apareció en su expresión, antes fingidamente serena. No era sorpresa, sino una incapacidad repentina de tolerar esa palabra. Inés acarició su mandíbula, apretada con fuerza, y sonrió con filo.


—No sé si desde el principio quiso hacerme eso, o si ahora es la única forma en que puede tenerme. Pero fui tu prometida durante mucho tiempo, ahora soy tu esposa.

—…Al principio, sin duda, quise recibirte como mi esposa.


Pronunció las palabras como si insectos se arrastraran sobre su voz.


—¿Hablas de cuando teníamos 6 años?


Aun así, cuando Inés rió como si fuera una broma, él levantó la mirada, ojos brillando de forma extraña.


—…¿Crees que no me enteré de cómo ese bastardo se arrastraba hacia los Pérez cada vez que podía?


Había una hostilidad inusualmente clara en su voz áspera. Aun después de llegar a esa peligrosa conclusión de que el príncipe heredero quería matarlo, ¿acaso creyó que Kassel seguiría considerándolo su señor?

Lo importante no era que el príncipe heredero quisiera matarlo, sino que lo hubiera dicho en voz alta. Sabiendo mejor que nadie que esas palabras por sí solas equivalían a traición.

Con una sensación extraña, Inés confirmó que la lealtad que la casa Escalante le había inculcado durante tanto tiempo había desaparecido sin rastro. Ya no servía a Óscar. Ya no sentía ni un ápice de obligación… Una mezcla de liberación y ansiedad ardió en su interior, como si él mismo se hubiera desatado.

Kassel estaba parado en un camino sin retorno. Ya no era un lugar donde pudiera conformarse con depender del capricho o la misericordia del otro, esperando que todo pasara por suerte.

Ahora…

La mirada de Inés recorrió su cuerpo, solitario. Las cicatrices grandes y pequeñas en su torso, que ella misma había desnudado, eran comunes. Heridas tan viejas que ni siquiera dejaban marca, solo piel ligeramente distorsionada al sanar, junto a moretones y cortes recientes… Ver su cuerpo tan maltratado hacía difícil creer su firme promesa de regresar ileso.

Entre ellas, seguramente estarían las cicatrices brutales dejadas por su querido primo.

Cuando apenas tenía siete años, ese niño de diez debió parecerle una montaña. Sin quejarse a sus padres, sin odiar a su prometida, quien era prácticamente la causa de su sufrimiento…

El tiempo que Óscar lo había lastimado fue largo, pero al final, todo había cambiado por ella.

No había roto su lealtad porque su señor intentara herirlo o matarlo, sino porque supo que incluso su muerte solo sería un medio para pisotearla a ella.

Era familiar, esa sensación de ver algo exasperante y tonto. Un hombre que no valía lo que aparentaba, incapaz de calcular para su propio beneficio, terriblemente estúpido.

Siempre el tonto que ama con idiotez. Sí. Así era su hombre.


—…Él nunca ha vacilado, así que no te preocupes.


Inés respondió como si fuera un melodrama trivial, pero Kassel torció la boca con expresión de asco. Luego, como si no hubiera escuchado su respuesta, continuó:


—Pero el hecho de que siempre lo viera como un juego infantil… quizás era lo que él quería.

—…….

—Ya fuera para hacer lo que el mundo no esperaba, o para hacerte bajar la guardia… Inés.

—Sí.

—Ese maldito siempre te ha deseado.


Kassel lo escupió como si estuviera masticando vidrio. Los dedos que acariciaban sus cicatrices en el pecho subieron hasta su rostro. Sus miradas se encontraron de nuevo.

Una mirada demasiado clara, demasiado afilada. En el momento en que las palabras la abandonaron, el golpe de Alfonso en la puerta la salvó.


—¿Lo encontraron?

—…Llama a un médico. Dile que son heridas que necesitan sutura.

—Sí. Enseguida.


Alfonso cerró la puerta rápidamente, como si ya lo supiera todo sin haber visto las heridas. Fue lo único natural en ese momento. En la habitación, el silencio se volvió aún más crudo que antes.

¿Cuál sería el principio de ese "siempre" que él mencionaba? Las cicatrices en su cuerpo, la maldad de su infancia… cosas que ni siquiera podía contarle. Pero debió ser desde entonces. Mirando atrás, era algo muy antiguo. Ahora conocía la profundidad de esa crueldad… y aun así, su naturaleza directa lo obligaba a decirlo todo.

¿Cuánto de esa historia mucho más antigua podría revelar? En términos simples, Kassel ya estaba en una posición más peligrosa que si ignorara quién quería matarlo.

A veces, saber no era poder, sino una trampa. Sobre todo para el heredero de los Escalante, si la respuesta era su propio señor.

Otra vida… Algo que cualquier persona sensata descartaría como un disparate. Ojalá hubiera podido preocuparse de que él no la creyera. Ojalá hubiera sido un hombre normal.

Pero Inés, sin ser arrogante, estaba segura: para Kassel Escalante, ella estaba más allá de cualquier sensatez.

Él jamás descartaría nada como un cuento absurdo. Incluso si le mintiera descaradamente, la aceptaría con un "si tú lo dices".

Y aún así, quizás ahora más que nunca… Inés temía que él descubriera su pasado más que nada en el mundo. Cuanto más amaba, más miedo tenía. Si ya no podía seguir siendo Inés Escalante, la mujer cuya vida entera era él. Si perdía toda esta felicidad…

Y más allá de ese miedo cobarde, le aterraba que unas pocas líneas de verdad lo arrojaran al abismo.

Por mucho que cambiara en su interior, él seguía siendo Kassel Escalante de Espoza. Así como Cayetana Valenza Ortega de Espoza era la madre del príncipe heredero, sin importar cómo girara el mundo.

A veces, saber era una maldición. Una trampa. Un castigo. Un terror.

Y para el Kassel Escalante de ahora, sería una debilidad que le devoraría la carne. Incluso una soga para lastimarse a sí mismo.

Pero…


—…Todavía no sé qué es lo que quiere lograr, al punto de abandonarte a ti y reducirme a su amante. No sé si lo hace porque aún me considera una ofensa imperdonable y quiere castigarme…

—¿Castigarte?

—O si simplemente, con tal de poseerme, todo le da igual.


Desde que tenía seis años, “todavía”.

O “todavía”, después de tres o cuatro vidas distintas, que terminaban siempre llevándola hasta este mismo momento.

Inés se quedó en medio de ese tiempo —el pasado y el presente— y volvió a mirar a Kassel. Con la misma mano con que había acariciado su mejilla, ahora rozó con ternura la comisura partida de sus labios, y él, como si fuera la cosa más natural del mundo, entreabrió los suyos y atrapó con suavidad sus dedos.

Parecía succionar con una devoción tan profunda que casi tenía un tinte erótico. Luego, sin avisar, sus labios se deslizaron dulcemente por su mano, dejando besos pequeños desde la yema de los dedos hasta el centro de la palma.

Una entrega absoluta. Una sumisión sagrada. Una adoración tan intensa que dolía.

Incluso si unos pocos pasos más allá hubiera un abismo, ese hombre tenía la habilidad de hacer que no seguir caminando pareciera una estupidez.

Caer no importa. Caer no mata.


—…Kassel.


Porque vivir con él sí podía salvarla.


—¿Recuerdas aquel sueño absurdo que te conté la última vez?


Sus ojos azules se encendieron con una luz distinta. Parecía esperarla con paciencia, pero esa mirada la había estado persiguiendo sin descanso.


—Recuerdo todo lo que dices, Inés.

—El príncipe heredero…


Tragó saliva, seca, áspera, como un cuchillo pasándole por la garganta.


—Oscar fue… fue mi esposo, en ese otro lugar.


Solo con decirlo en voz alta ya le provocaba náuseas. Cuando su mano, resbalando por el hombro de él, comenzó a caer, Kassel la atrapó. Bajo su agarre, el pulso latía con una fuerza viva.


—Y fue un hijo de puta.


Creyó que se echaría a reír. Pero las lágrimas llegaron antes. Inés desvió la mirada, sombría, pero mantuvo la voz firme, como si quisiera mantener el control de algo al menos.


—Durante mucho tiempo, él me…

—…...

—Me oprimió. Sí, eso. Me oprimió. Él nunca fue como es ahora. Fue duro. Fue cruel. Fue… infeliz. Un hombre como tú no puede siquiera imaginarlo.

—…...

—Lo que un hombre puede hacerle a una mujer. Cuánto puede dañarla. Romperla.

—…...

—Tú fuiste el primero que me hizo sentir segura, Kassel.


No hubo respuesta. Solo una mano cálida que se posó en su mejilla, firme, temblorosa, real.


—Nunca había soñado un sueño tan seguro como este.


Él acarició con cuidado el borde húmedo de sus ojos, como si temiera romperla. Inés, sin levantar la cabeza, tomó esa gran mano entre las suyas y la apartó de su rostro, con la misma voluntad con la que apartaría un ancla antes de dejarse caer.


—…Ese otro fue una pesadilla muy larga. Mucho más larga que esta vida. Un sueño horrendo, denso, sin fin. Pero cuando tú me tocas, Kassel…

—…...

—Siento que quizá todo fue solo un espejismo. Que tal vez fue solo una ilusión pasajera. Una noche cualquiera. Sin necesidad de forzarme a creerlo. Sin que un médico me diga que estoy loca. Sin necesidad de convencerme de nada. Que no es que ahora tenga una vida perfecta… sino que esta, esta vida contigo, es la primera que de verdad ha sido real. Que todo lo anterior fue solo… un delirio. Algo que nunca existió de verdad.

—…...

—Pero Kassel…

—…...

—Oscar también soñó lo mismo que yo.


Y esta vez fue una fuerza imposible de detener la que volvió a tocar su rostro. Él la levantó con cuidado, hasta que sus miradas volvieron a encontrarse.


—Él me recuerda, Kassel.

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