Anillo Roto: Este matrimonio fracasará de todos modos 282
El paso del tiempo (21)
—Inés.
—…¿Por qué sigues así?
Cuando salió del baño después de lavarse con agua fría, Kassel ya había regresado. Sentado al borde de la cama, levantó lentamente la cabeza, que antes tenía gacha.
—……Tu cara también… ¿Qué te pasó?
Él fue quien la llamó primero, pero ahora no decía nada. Kassel estaba en un estado aún más lamentable que antes: la comisura de los labios hinchada, como si su padre lo hubiera golpeado; el antebrazo envuelto apresuradamente en un trapo sin siquiera cambiarse de ropa; la mano destrozada por los fragmentos de vidrio… Sabía que a menudo se lastimaba por Miguel, que ingenuamente creía poder ocultárselo. Pero esta sensación era nueva.
Era la primera vez que lo veía tan deshecho, tan incapaz siquiera de intentar disimular. Por supuesto que lo era. Inés negó con la cabeza y salió del dormitorio.
La puerta se abrió y cerró. Aunque sintió que se abría de nuevo detrás de ella, continuó hasta la habitación de Kassel, frente a la suya, y entró.
Sus pasos la siguieron, arrastrándose como si él fuera culpable, sin atreverse a llamarla otra vez. Vacilante, como si no supiera si acercarse o mantenerse lejos.
Pero Inés lo ignoró por completo y cruzó la habitación desordenada. Luego, como si estuviera recordando, abrió uno de los cajones alineados contra la pared.
—Ya que estás aquí, tráeme agua. Escalante.
La orden repentina, dicha como si no lo hubiera notado, lo dejó momentáneamente paralizado. Quizás sorprendido, o tal vez herido por que usara su apellido, algo que solo hacía cuando estaba furiosa.
Pero cuando Inés se volvió con una caja de medicamentos en la mano y arqueó una ceja, Kassel obedientemente tomó el cántaro de agua con su mano sana. Era lo suficientemente pesado como para necesitar ambas manos, pero él lo sostuvo como si fuera natural hacerlo con una.
—Y el lavabo.
Quería decir que lo trajera después de dejar el agua, pero él regresó de inmediato con el lavabo vacío en su mano herida. Le dio un dolor de cabeza.
'Claro, como si esa mano no importara'
Refunfuñó mentalmente y se sentó frente a la mesa.
—…Inés, ¿cómo sabías que las medicinas estaban en ese cajón?
—Tu esposa es paranoica y revisa todo todos los días.
—Ah.
¿"Ah" qué? Inés lo miró con exasperación cuando Kassel pareció entender y alegrarse al instante.
'Eso sí que es una enfermedad…'
Aunque era cierto que había revisado todo una vez (no todos los días), no tenía derecho a quejarse. Pero ver esa expresión tímida, como si fuera algo romántico, le resultó absurdo. Sobre todo en medio de todo esto.
—¿Cómo tuviste tiempo, estando tan ocupado?
—Tú tampoco pareces tener tiempo ni para darme escalofríos ahora.
—Estuve ocupada cuidando de tu madre. Aun así, me alegra que hayas pensado en mí cuando no estaba.
—Piénsalo de nuevo. Te dará miedo y escalofríos.
—Que seas paranoica… Es tan lindo….
Por un momento, olvidó que estaba en deuda con ella y se acercó descaradamente. Inés le tapó la boca con la mano y lo empujó.
—Quítate la ropa.
—Puedo hacerlo luego, Inés. Solo vine porque hablar contigo era más urgente…
—Quítatela.
Era obvio que no solo había pospuesto curarse, sino que ni siquiera lo había considerado hasta verla. Seguramente tenía montañas de asuntos que resolver antes de partir. Kassel miró su mano con incomodidad.
Estaba más limpia que antes, como si la hubiera lavado, no sangraba tanto, pero los cortes dejados por los fragmentos de vidrio mal extraídos se veían brutales. Y el antebrazo, desgarrado por el cuchillo, era aún peor.
Inés acercó su silla a Kassel, que no parecía tener intención de desvestirse, y se sentó. Comenzó a desabotonar su camisa desde el estómago, mientras su aliento cálido caía sobre sus manos.
—No voy a hacer nada aunque te quedes de pie. Estás feo ahora.
—…Aun así, me quedo. Inés.
—Aparta los labios.
—Tú me tocaste primero. Me estás desvistiendo con tus propias manos…
Suspiró, como si fuera inevitable, rozó sus labios contra su oreja. No era porque estuviera excitado, sino solo una distracción para desviar su atención.
Inés ignoró sus interferencias y desenrolló con calma el trapo largo alrededor de su brazo. Finalmente, le quitó la camisa lentamente, comenzando por el hombro magullado.
—…¿Te golpearon también en el hombro?
—No lo recuerdo.
Ya fuera por algo que su padre lanzó en un arranque de ira o por un golpe al dominar a Miguel, respondió con una inocencia que sugería que no recordaba nada. No era bueno mintiendo, pero en momentos como este, lo hacía muy bien.
Como no había nada nuevo en eso, Inés no preguntó más y sacó con cuidado el brazo herido de la manga.
Un gran moretón, causado por el candelabro antes de que el cuchillo lo cortara, se superponía con rasguños menores. Si limpiaba la sangre, podría extenderse aún más.
—¿Por qué tenía que ser el mismo brazo?
—Es el izquierdo. Total, no sirve para nada.
—Entonces, ¿para qué lo cargaste durante 24 años?
—Gracias a eso, el derecho no tiene ni un rasguño… Es mejor concentrar las heridas. ¿No crees?
—…No. Odio a tu hermano.
—……
—Cada vez que te lastimas, no puedo evitar odiarlo, aunque él no tenga la culpa.
—Inés.
—Porque tú tampoco la tienes.
Inés no pudo evitarlo. Al final, dejó escapar una pequeña punzada de resentimiento hacia Miguel. Había pasado el tiempo, y aunque el recuerdo se había atenuado, las cicatrices que él dejó mientras estaba fuera de sí ya no podían contarse ni siquiera con ambas manos. Aquella puñalada fue solo el punto final.
—Inés… mírame, ¿sí?
Ella no levantó la cabeza. Seguía vertiendo agua con cuidado sobre la herida, pero se mordió el labio en silencio.
—Lo pensé una sola vez. Que tal vez, si Miguel se casara con Dolores… Cuando salimos del comedor hace un rato, solo fue un pensamiento, inevitable… como lo habría tenido tu padre. Sé mejor que nadie lo horrible que puede llegar a ser Dolores. Tan desagradable que ni siquiera me atrevería a acercártela, mucho menos a proponértela. Y además… ya ni siquiera es el momento de volver a hablar de matrimonio contigo. Tú… tú amas a Viviana…
—…Inés.
—Pero Kassel, tú también pensabas que casarte conmigo sería un infierno.
Kassel se quedó helado, como si lo hubieran atacado por sorpresa. Siempre le pasaba lo mismo cuando ella aludía con descuido a sus amoríos pasados: se quedaba ahí, como una estatua tonta plantada en medio de la calle.
A él le diera igual o no, Inés continuó hablando con gravedad. Como si confesara un pecado largamente reprimido.
—Por más terrible que imagináramos una vida juntos… tú, al menos, lo aceptaste desde el principio. Tu deber, tu responsabilidad, ya fuera por Escalante o por tus padres… Lo hiciste sin dudar. Solo pensé… tal vez, una vez al menos, tu hermano también pudiera hacer algo así por ti…
—…Inés.
—No estamos hablando de cualquier cosa. Es tu vida lo que está en juego. Y lo que dijo tu padre… no estaba del todo equivocado. Hay matrimonios peores en Mendoza. Tan asfixiantes que parece que ni se puede respirar, y aun así… siguen existiendo. Tal vez nosotros también podamos. Al final, no resultamos ser tan horribles, ¿no? No es perfecto, pero está bien. Yo sigo siendo una mujer ruin, sí, pero tú… tú tampoco eres tan terrible como imaginé…
—A veces quiero morderte hasta matarte de lo jodidamente adorable que eres. Pero ¿te atreves a describirnos como “no tan horribles” y “más o menos bien”? Aunque seas tú, Inés, no deberías decirte eso.
—Sé que no somos el ejemplo perfecto. Somos raros…
—No tanto como crees.
—Pero ese no es el punto ahora.
—Sí lo es. ¿De verdad todavía piensas que yo soy apenas un “más o menos aceptable” para ti?
—Kassel…
'Y aún así dijiste que no te importaba si te marcaba como un perro…'
murmuró él con voz baja, cargada de reproche. Inés soltó un suspiro fastidiado, separando sus labios de los de él con evidente molestia.
—Sí, me gustas. Kassel. Yo también te quiero, pero…
—Yo te amo.
—……
—Y deseo que Miguel, cuando todo este dolor haya pasado… si es que llega ese día, pueda sentir por su esposa algo así. Que no viva simplemente soportando una vida apenas tolerable.
—……
—Lo que siento por ti… el mundo donde existes tú… Maldita sea, Inés Valeztena, el mundo que tú me diste es otro mundo por completo.
—……
—Tú ni siquiera eres tan ruin como te empeñas en creer. Mira todo lo que estás haciendo ahora mismo por mí… Si tú no eres buena, entonces nadie puede ir al cielo.
—…No lo hago por ser buena.
No hago nada de esto por bondad. Solo lo hago porque es por nosotros. Solo por eso. Porque quiero seguir a tu lado. Porque no quiero volver a perderte. Aunque sea por ti… al final, lo hago solo por mí. Inés lo confesó como si estuviera escapando de sí misma.
Kassel la abrazó con cuidado, usando su brazo herido. La atrajo hacia él con la suficiente firmeza como para que ella no pudiera resistirse. Inés bajó la cabeza, escondiéndola contra su pecho. Su aliento cayó más hondo aún, hasta lo más profundo.
—…No te vayas.
—Inés…
—No te vayas, Kassel. Tengo miedo…
Kassel, como si la fragilidad en su voz lo hubiera sorprendido, le acarició la mejilla con delicadeza. Aquel miedo que se le escapó sin querer fue puro, visceral. El tipo de miedo que ni siquiera Inés había mostrado antes, ni siquiera en sus momentos más rotos: el miedo más honesto, más humano.
Ella no hizo nada. Solo se limitó a enterrar el rostro en su mano sana, mirando con aire aturdido cómo su lengua hablaba por sí sola, sin pedir permiso, como si ya no le perteneciera.
Desde el momento en que lo vio esperándola en el dormitorio, supo, sin remedio, que aceptaría su partida. Y aun así… ¿cómo podía ser tan descaradamente cobarde incluso con el miedo? Tan genuina era su angustia que ni siquiera eso podía considerarse un disfraz.
En el fondo, deseaba que él se derrumbara. Que cediera. Que no se fuera. Y aunque ese miedo tan lejano, tan oscuro, podría haberlo escondido si se lo proponía… no quiso.
—Voy a asegurarme de que Miguel no termine vendido a esa extraña hijastra de tu tía.
—Inés…
—Tú solo… quédate en Calstera. Aunque no podamos estar juntos, me basta con eso…
Su voz, temblorosa, se fue apagando. Inés sabía que mientras más decía, más lo arrinconaba. La razón, por fin, fue recuperando su lugar sobre el impulso. Solo el silencio quedó donde antes estaban las palabras, hasta que Kassel rompió con suavidad:
—Lo siento…
—……
—A diferencia de ti, yo sí quiero estar contigo todo el tiempo, Inés.
Lo dijo con pesar, apretando los labios contra el lóbulo de su oreja con una ternura que dolía.
—Por eso tengo que irme.
—……
—Pero… no quería decírtelo así. De verdad lo siento. Iba a contártelo primero a ti…
—No es algo por lo que tengas que disculparte.
—Lo siento…
—Tienes que dejar de disculparte cuando no has hecho nada mal, Escalante.
Inés se apartó de sus brazos con frialdad, y sus ojos desconcertados la siguieron sin saber qué hacer. Ella suspiró, como si añadiera algo que debía ser dicho:
—Y tampoco estoy enfadada contigo…
—Pero me llamaste “Escalante”.
—¿Y qué? ¿Debería alegrarme porque vas a marcharte a morir? ¿Mostrarte lo entusiasmada que estoy por tu nuevo matrimonio?
—No voy a morir. Voy a volver con vida.
—Claro…
—Y no pienso quedarme mirando cómo te casas otra vez, joder. ¿Lo entiendes?
—Como sea…
Como si todo no fuera más que cuestión de actitud, ella intentó mantenerse impasible mientras rebuscaba dentro de la caja. Pero entonces Kassel le sostuvo el rostro con la mano.
Era la mano herida. La mano que no podía apartar sin que le doliera. Una caricia temblorosa, incapaz de tocarla bien, por miedo a dejarle rastros de sangre en la piel.
Tenía ese cuerpo tan grande, y aun así parecía que cada parte de él estaba rota. Tan vulnerable que incluso su corazón, contagiado de esa fragilidad, comenzó a desmoronarse sin oponer resistencia. Inés suspiró una vez más y murmuró:
—…Sé que tú no tenías elección.
—Sí la tenía.
—……
—Fui yo quien eligió. Inés.
—¿Qué…?
—No tiene nada que ver con Miguel. No puedo seguir sobreviviendo a base de excusas momentáneas.
—……
—Quiero vivir mucho tiempo contigo, Inés.
Ella entrecerró los ojos, mirándolo.
—Por eso… quiero estar en una posición donde nadie pueda matarme con facilidad.
—……
—Todo esto es por eso. No me importa si me están usando, ni quién lo haga. Aunque…
—…¿“El príncipe heredero”?
El sujeto que él llevaba evitando todo este tiempo salió por fin de la boca de ella. Esa ausencia que no se podía nombrar por temor a hablar del emperador.
Pero ahora Inés lo decía con claridad.
Le estaba preguntando directamente: “¿También tú sabes quién levantó el cuchillo contra ti?”
Sus ojos se encontraron, desafiantes, como si fueran a devorarse.
—¿El príncipe heredero… es quien te quiere muerto?
—……
—¿Es cierto?
El rostro dulce de Inés se transformó por completo al repetir la pregunta. Kassel recorrió su nueva expresión —desnuda, peligrosa— con una mirada lenta, casi fascinada.
—Sí, Inés.
En sus ojos, al mirar sus labios torcidos, ardía una llama difícil de apagar.
—Es el príncipe heredero.
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