Anillo Roto: Este matrimonio fracasará de todos modos 280
El paso del tiempo (19)
La emperatriz, por supuesto, antepuso la razón de Estado. Agarró con descaro al bastardo que había nacido bajo su control y lo arrastró al palacio.
El nacimiento del niño fue un secreto que solo conocían un puñado de personas, y la mayoría de esas creyeron que había muerto al nacer. La corte quería "conservarlo" como reemplazo, pero para Regina, la desaparición de su hijo siempre pareció una cuestión de tiempo. En su desesperación, llegó a desear que lo mataran pronto, si eso significaba el fin de esa vida encerrada en una prisión sin horizonte.
Para mantener las apariencias —como si nada hubiera ocurrido—, Regina continuó sirviendo como dama de la emperatriz hasta que su embarazo fue imposible de ocultar. Luego, bajo el pretexto de una convalecencia en su tierra natal, pasó un mes encerrada en una habitación, sin poder salir ni un paso, esperando el parto.
Y así, apenas dos días después de dar a luz, volvió a su puesto, siguiendo a la emperatriz de sol a sol. Por las noches, regresaba a la habitación donde su hijo, hambriento tras todo el día sin comer, esperaba. Ni siquiera podía amamantarlo con frecuencia: bajo la vigilancia de los guardias o las sirvientas de Cayetana, solo se le permitía darle pequeñas cantidades.
«Si lo que desean es que muera de hambre, entonces no me dejen amamantarlo. Mejor… mejor ni siquiera permítanme regresar a esta habitación…»
suplicó de rodillas a los pies de la joven emperatriz.
«¿Cómo se te ocurre? Este niño es la preciada sangre de Su Majestad… Aunque la mitad sea una mezcla vulgar»
respondió Cayetana.
Regina Merlo tenía solo 17 años. El niño le daba miedo. El llanto desgarrador del bebé hambriento hasta el amanecer le partía el alma. Cada noche, bajo la amenaza de "haz que ese mocoso deje de llorar", Regina lloraba en silencio, incapaz de dormir o de calmarlo.
No sabía qué hacer. No entendía cómo cuidar a un niño. Algunos días rogaba que, sin que ella lo supiera, el bebé muriera y así recuperar su libertad. Otros, creía que no habría mejor fin que morir juntos.
Solo aquel joven caballero que siempre la miraba con expresión inescrutable hacía la vista gorda cuando el niño mamaba más tiempo del permitido. Fue después de su torpe intento de suicidio. El hombre le advirtió con frialdad: "Si fracasas, solo te traerá mayor humillación", y ayudó a ocultar las pruebas. Regina dijo que fue entonces cuando entendió que incluso para matarse se necesita talento.
Tras comprender que ni la muerte era una escapatoria, se sumergió en una desesperación sin fondo. No llores, por favor, no llores…, rogaba abrazando al niño hasta que el alba la llamaba de vuelta al servicio de los modales impecables de Cayetana. Los raros días en que, gracias a aquel hombre, podía alimentarlo bien, el bebé reía con el vientre lleno… y ella, sin razón, también reía. Cuando el niño dormido se arrimaba a su pecho, la habitación-prisión se volvía todo su mundo.
Las noches, que antes se sentían interminables, pasaban en un suspiro. Separarse de él era como arrancarse el corazón. Quizá por eso…
«Estaba peinando el cabello de la Emperatriz. Al ver esa nuca elegante y alargada… fue la primera vez que pensé en estrangularla. Un pensamiento tan sacrílego, y sin embargo, mi corazón no aceleró ni un latido.»
Regina se serenó. Mientras la corroía el odio, sus manos seguían atendiendo a Cayetana con devoción impecable. Cuando veía al emperador sonreír feliz en la distancia, imaginaba su rostro desgarrado por una daga… pero inclinaba la cabeza con una sonrisa sumisa.
Todo por unos días de placer entre sus piernas, maldecía, atrapada en esa vida de lodo.
Aun así, comía. Aunque cada bocado supiera a tierra, comía por si acaso su cuerpo producía leche para el niño. El bebé ya no necesitaba amamantar, pero ella no podía pasarle ningún otro alimento a escondidas.
«Mi hijo espera hambriento todo el día, mientras a esta cerda no paran de meterle comida en la boca. Si el niño muriera, ella ni lo notaría… No parece una madre.»
«……»
«Pero al menos es una cerda sensata. ¿No crees?»
«Por supuesto. Tu Regina es muy leal»
respondió la amante del emperador.
Una Cayetana borracha, riendo, dijo que quería ver "al mestizo" después de tanto tiempo. El niño tenía tres años, pero era tan pequeño y delgado que nadie lo habría creído de la misma edad que el príncipe heredero de cuatro.
«El sustituto de mi querido Óscar.»
Sus ojos despectivos recorrieron la ropa del niño. Aunque Regina había cortado sus propias prendas para confeccionarle vestidos —torpemente cosidos, pero de buena tela—, bajo la mirada de la emperatriz, parecía un huérfano de los barrios bajos.
«Le enseñaste bien. Ni siquiera puede hablar, como un retardado.»
«……»
«Regina… Ojalá este niño hubiera crecido un poco más lento.»
«……»
¿Es eso tan malo?
No había odio en sus ojos, ni el deseo de matar que Regina había imaginado. Solo la arrogancia natural de una madre que, pese a sus palabras sobre "aceptar un reemplazo por el bien del imperio", en el fondo creía que nada podría sustituir a su hijo. Regina supo entonces que ese vida desesperada pronto terminaría.
Desde ese día, cada noche, Regina susurró en secreto al niño al que le prohibían enseñar a hablar:
"Regina. El nombre de tu madre es Regina Merlo. No lo olvides. Pero no se lo digas a nadie. Yo… fui tu madre. Mi niño, el nombre de tu madre… es Regina Merlo…"
⋅•⋅⋅•⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅∙∘☽༓☾∘∙•⋅⋅⋅•⋅⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅
'Últimamente, Miguel estaba en su mejor momento.'
Incluso Isabella, que apenas se acercaba a su hijo cuando tenía fuerzas, recuperó el ánimo como por arte de magia al verlo entablar conversaciones coherentes. Después de la caída por la ventana y los posteriores ataques, había días en que no respondía ni reaccionaba a nada. Su recuperación era un milagro.
Era un día raro de felicidad para Isabella. Inés, observando a su suegra enseñarle tardíamente los rudimentos de la administración doméstica, sugirió improvisar una cena formal. Isabella aceptó con cautela, y así comenzó el banquete.
Aunque hacía tiempo que Kassel y Inés no regresaban a Calstera, era la primera vez que los Escalante cenaban juntos así. Se habían marchado de Mendoza casi inmediatamente después de la misa nupcial, y cuando volvieron, Miguel ya estaba en ese estado…
Inés se contagió del inusual júbilo de Isabella. Era una paz frágil, pero paz al fin.
Mientras Inés compartía chismes intrascendentes de la corte, el duque sonrió con calma: "Los Calle siempre han estado locos. ¿Qué esperabas de sus hijas? No pierdas tu tiempo con ellas…" Isabella, aunque eufórica, estaba tensa; Kassel reía y participaba, pero vigilaba a su hermano por si su expresión cambiaba bruscamente.
Fue casi un accidente que saliera el tema de Calstera.
—Casi lo olvido: no podemos retrasar más nuestro regreso a Calstera.
Inés no sintió nada extraño al oír a Kassel. Ya era tarde para decir que era "difícil". Pero la atmósfera se tensó en segundos. El duque miró a Miguel con una expresión distorsionada.
—Miguel.
—Sí.
—Hablando del regreso de tu hermano… ¿cuándo piensas volver a El Redekia?
—No lo sé.
—Tu hermano ha intercedido demasiadas veces por tu ausencia no autorizada. Si no quieres perderlo todo, es hora de…
—Juan.
Isabella lo interrumpió, tomando su mano. Pero el duque continuó, sin paciencia:
—Quiero que contraigas matrimonio antes de regresar.
Silencio. Inés, inusualmente desconcertada, miró a Kassel y a Miguel. Kassel no apartaba los ojos del rostro impasible de su hermano.
—No es un mal partido. La propia emperatriz lo ha dispuesto…
—¡Miguel!
Isabella gritó su nombre como un grito. El duque se levantó, ordenando con ferocidad:
—¡Siéntate!
Miguel, incapaz de controlarse, tomó un cuchillo y un tenedor para arrojarlos sobre la mesa. Kassel, rápido, le agarró el brazo. El duque continuó, fingiendo calma:
—Dolores ha aceptado ser tu esposa. ¿Crees que alguien más daría a su hija por un loco como tú?
—¿Dolores? ¿Se ha vuelto loca?
Nunca el hijo dócil había hablado con tal veneno. Isabella, aún agarrando a su esposo, se quedó paralizada.
—El loco eres tú. ¿Quién más te daría a su hija? Dolores es la única hija de Su Majestad. Si su linaje Signoelli te molesta…
—¡Me importa un bledo que sea Signoelli o lo que sea!
—Miguel, cálmate.
Kassel intervino con voz serena. Miguel, furioso, lanzó una copa. Cayó cerca del duque, pero Isabella fue quien se encogió, asustada. Miguel, frente al rostro impasible de su padre, rompió otra copa, jadeando. Inés se levantó de un salto al reconocer las señales de autolesión.
—¡Kassel!
Isabella gritó. La mano de Kassel se tiñó de rojo en un instante.
Si te gusta mi trabajo, puedes apoyarme comprándome un café o una donación. Realmente me motiva. O puedes dejar una votación o un comentario 😁😄

0 Comentarios