Anillo Roto: Este matrimonio fracasará de todos modos 279
El paso del tiempo (18)
«No soy una mujer que se atreva a menospreciaros, Señora Inés.»
«¿Aun cuando hacéis girar tu cabeza a capricho como ahora?»
«Te ruego que no dudes de mi sincero deseo de servirte… Yo, yo solo me alegro de haber encontrado, por fin, alguna forma de corresponder a vuestra bondad. Soy vuestra leal sirvienta. Jamás olvidaré el favor que me hicisteis hace nueve años. Seguiré vuestros deseos en todo momento…»
9 años atrás, cuando Inés recogió a aquella niña ilegítima que vagaba sin saber siquiera su origen, fue un acto de puro impulso. Tenía quince años, poco después de salvar la vida de Emiliano.
Al encontrarse brevemente con Regina Merlo durante la audiencia con Cayetana, el rostro de esta evocó en Inés un recuerdo lejano. Uno de esos relatos que su madre solía despreciar y ella dejaba pasar.
«Regina Merlo… A veces, esa mujer aún pone la misma cara de cuando entraba y salía del dormitorio del emperador. Ridícula.»
«……»
«Sin saber su lugar, llevó en su vientre al hijo del emperador, pero cuando lo dio a luz, no supo qué hacer con él. Siempre tenía esa expresión desdichada. Sin embargo, después de que el niño murió, empezó a sonreír como si finalmente pudiese vivir. Se arrimó a la emperatriz, hizo cualquier cosa por sobrevivir sin caer en desgracia… Una mujer asombrosa. Una madre jamás actuaría así.»
Al recordar las palabras de desprecio de su madre, extrañamente, también vino a su mente que Regina la había ayudado en ocasiones. Como un objeto obtenido sin pagar su verdadero precio tiempo atrás, su favor le pareció sospechoso. Una duda surgió:
¿Realmente dio a luz al hijo del emperador aquella vez?
¿Y si ese niño, del que se dijo murió en la infancia, seguía vivo como uno de esos bastardos de las fantasías de Óscar? Pero, incluso con vida, su destino habría sido peor que la maldición de Óscar: ni siquiera existía en su conciencia como «algo que alguna vez respiró».
A diferencia de él o de Dolores, el otro hijo ilegítimo del emperador —quien, al menos, recibió el apellido del respetable esposo de su madre— era el origen de los siniestros rumores que ocasionalmente circulaban por Mendoza. También era quien Óscar, en los recuerdos de Inés, siempre había vigilado.
El hijo del emperador que murió a los seis años durante una epidemia en Mendoza. El niño de la casa Esquiel.
En realidad, se decía que los Esquiel lo habían escondido, que no había fallecido, que tendría diez, quince años… Las sospechas se multiplicaban.
Por supuesto, desde su juventud, Óscar desconfió de todas las mujeres que rodeaban a su padre. El temor de que, en algún lugar, existiese un hijo suyo desconocido creció hasta volverse una obsesión enfermiza.
Ni siquiera podía comprender que Inés no lo entendiese. ¿No ves que mi padre me vigila? ¿Que evita darme opciones? ¿Que si surge un reemplazo, me desechará? Donde antes había una calma que solo ella lograba sacudir, ahora solo quedaba un brillo de locura.
Pero esa sospecha meticulosa, casi patológica, jamás se dirigió a Regina Merlo.
Su sumisa existencia tras la emperatriz era tan natural que nadie recordaba sus días de gloria. A diferencia del escándalo que provocaron los nacimientos de Dolores o del niño Esquiel, el hijo de Regina vino al mundo en secreto.
Desde su nacimiento hasta su muerte, todo ocurrió entre las garras de Cayetana.
Pero… ¿y si se escapó entre los dedos de su dueña?
Inés comenzó a seguir el hilo del pasado, sin que Raúl lo supiera. Había anticipado que le tomaría años, aunque no era que lo persiguiera con especial fervor. Tampoco le daba mayor significado a aquellas ocasiones en que Regina Merlo, proyectándose en ella, le había tendido ayuda.
Simplemente pensó que existiría un precio adecuado para devolverle. "Si es que sigue viva". Y de paso, sería una especie de salvaguarda para sí misma.
De haber sido más fríamente racional, habría entendido que su existencia era menos un escudo y más abrazar una bomba con las manos desnudas. Pero, en ese momento, extrañamente, le pareció más correcto asumir el riesgo.
¿Estaría vivo? Lo que empezó como una leve posibilidad se convirtió en certeza. Viviría. Una certeza tosca, sin fundamento lógico.
Pero ¿cómo iba a saber que encontraría al hijo de Regina Merlo en medio de una casa de artesanos en Mendoza, precisamente en la residencia de Joaquín, a quien ya había contactado para salvar a Emiliano?
Toda su búsqueda se volvió absurda de repente. Y eso que apenas habían pasado tres o cuatro meses desde que albergó la primera duda. Había gastado fortunas en espías sin siquiera revelarles qué buscaban… Y al final, lo encontró con sus propios ojos.
Lo más irónico era que, de no haber estado obsesivamente decidida a hallarlo, aunque Lourdes hubiera pasado frente a ella y sus espías decenas de veces, jamás lo habría reconocido. Al final, fue una determinación descabellada lo que puso al hijo del emperador en sus manos.
Disfrazada como la hija de un comerciante, Inés regresó aquel día tras averiguar solo su nombre. Unos días después, envió a un intermediario. Todo requirió una paciencia monumental. Basta decir que no corrió a agarrar del brazo a Lourdes de inmediato.
"Es un obrero en una destilería en las afueras de Mendoza. Gasta todo lo que gana en comprar materiales para fundición. Según Joaquín, ese tal Mateo visita con entusiasmo el taller, pero su talento no parece sobresalir. Dice que no vale la pena patrocinarlo."
Criado sin conocer su origen en una humilde capilla rural de Lerida, llevaba el nombre sagrado de Mateo, como tantos niños abandonados.
Inés, pretextando que ese nombre común "carecía de artisticidad", lo rebautizó como Lourdes. Para sacarlo pronto de Mendoza, lo envió con Emiliano a los García en Olí. Era mejor dispersar lo que quería proteger.
「Verano de 762. Sí, ese año solo hubo un niño abandonado en Lerida. El verano es la estación de la abundancia divina, por eso no se suele abandonar a los niños… Por eso lo recuerdo. Debía de haber pasado hambre: parecía de tres años, pero dijo tener cinco. Aunque nunca respondió cuando le preguntamos su nombre. El padre le puso Mateo. ¿Algo peculiar? Ah… No hablaba bien. Al principio creímos que era mudo. Luego aprendió, supongo que simplemente no había tenido quién le enseñara」
「Y tenía una pequeña cicatriz en el cuello. Al principio pensé que era una herida, pero al quedarse marcada, noté algo extraño. Una cruz y otra línea… como una Z. Una cruz superpuesta con una Z. El padre debió pensar que significaba algo, porque siempre le daba ropa de cuello alto. Con los años, la cicatriz se hizo menos visible…」
El testimonio del mercenario que, por encargo, había abandonado al "niño" en la remota Lerida coincidía con el de la mujer que trabajaba en la capilla. Hubo otros testimonios contradictorios por escrito, pero Inés descartó instintivamente los que no encajaban cuando un relato femenino y uno masculino se alinearon.
Todo llegó a ella tras cortar varias colas y rodear identidades. Era seguro, sí, pero Inés no olvidaba que el arma que sostenía estaba afilada hasta el mango.
Y que, en el momento en que se la entregara a Regina Merlo, no habría vuelta atrás.
«…Después de dar a luz, hubo un caballero que me vigiló sin cesar. Lo observé tanto tiempo que llegué a entenderlo. Sabía que su interés no era por mí, sino por… lo que llevaba dentro.»
«……»
«Lo seduje y le entregué mi cuerpo a propósito. No sentí nada. Solo una débil esperanza. Creí que al final se reiría de mí por ofrecerme en vano, que me usaría… Pero él dijo: "Será mejor marcar a tu hijo antes de que nos separemos. Si tenemos suerte, quizás nos encontremos vivos algún día…"»
«……»
«Es cierto. Esa única noche con él valió más que todas las que pasé con ese emperador que abandonó a su propia sangre. Solo por la fe de que, al menos por un tiempo, mi hijo viviría. Aquel hombre era muy hábil: días después, consiguió el cadáver de un huérfano parecido al mío. Pelirrojo, con los mismos ojos azules bajo los párpados. Dijeron que tenía seis años, pero parecía de tres… Flaco como el mío, con las costillas marcadas bajo la piel. "Ellos" solo le daban lo justo para no morir de hambre.»
«……»
«Destrozamos el rostro de ese pobre niño juntos. Desde entonces, supe que iría al infierno.»
«……»
«Y justo antes de llevarse a mi hijo, el hombre le hizo un corte en el cuello con su daga… Como usted dijo, señorita: una cruz, y sobre ella, la letra Zeta. La última letra. El fin de la esperanza.»
Ese fue el momento en que todo encajó.
Las palabras de Regina dibujaron en la mente de Inés el perfil del joven que había visto salir del taller de cerámica.
«Yo abracé al huérfano como si fuera mi hijo, él se llevó al mío, sangrando. Eso fue todo. Nunca volví a ver a mi niño. Ni a aquel hombre.»
«……»
«Horas después, como habíamos acordado, grité desgarradoramente. La emperatriz en persona identificó el "cadáver de mi hijo" y me "consoló". Desde ese día, fui libre.»
No existía tragedia más objetiva para Regina Merlo que haber dado a luz a ese niño. Despertada brutalmente de su sueño dulce, bajo la presión de Cayetana, intentó abortar varias veces sin éxito. La corte imperial la amenazó: si lo lograba, toda la familia Merlo sería castigada por traición. "Lo que llevas dentro es sangre imperial", le dijeron. Pero, por supuesto, también le exigieron que arriesgara todo para parir a un hijo que, una vez nacido, no figuraría en los registros imperiales y moriría en el olvido.
"Si es varón, lo matarán al nacer. Si es mujer, vivirá agarrada a tu mano hasta que te la arranquen para venderla a un viejo."
«……»
«La emperatriz me lo dijo así. Desde ese día, rogué por que fuese una niña.»
«Pero, desgraciadamente…»
«Era un niño.»
Sin embargo, el mundo no giró ni como Regina Merlo quería, ni como la emperatriz planeó.
Lourdes, Mateo, el hijo sin nombre que su madre nunca pudo darle, nació con solo un año de diferencia del príncipe heredero. La corte murmuró que, ya que los emperadores habían concebido con dificultad y el pequeño príncipe era delicado, "sería conveniente tener un… respaldo".
Muchos niños morían antes de cumplir un año. ¿No sería maravilloso tener un reemplazo discreto, por si un accidente truncase el destino del heredero?
La desgracia subjetiva de Regina Merlo comenzó, precisamente, ahí.
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