INTENTA ROGAR 165
Volumen VI: El último ganador (3)
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Toda su atención se concentraba en un solo punto. La estimulación de su carne hinchada por la excitación, rozada y presionada por el miembro firme, era insoportablemente deliciosa.
Cada vez que sentÃa una penetración profunda en el punto más sensible de su vagina, un placer agudo la recorrÃa, haciendo que Grace se estremeciera.
—Mmm, uhm…
Sus gemidos se estrellaban sin cesar contra la palma que le cubrÃa la boca.
El hombre, que le tapaba la boca y le sujetaba las caderas con firmeza, la penetraba una y otra vez hasta lo más profundo de su ser. Ella se habÃa entregado por completo a él.
Se movÃa cuando él la movÃa, sentÃa cuando él querÃa que sintiera. Ya no le tenÃa miedo a la dominación de este hombre.
—Haa, mi querida, ¿te gustan los armarios? ¿O soy yo?
En el instante en que el hombre le susurró eso, lamiendo su oreja, un sonido húmedo y explÃcito la hizo concentrarse, y su rostro se encendió.
Él mordió ligeramente el dedo que le tapaba la boca, una risa traviesa rozó su oÃdo.
La mano que le sujetaba las caderas comenzó a acariciar su cuerpo.
En el instante en que el apoyo desapareció, Grace estuvo a punto de caer, pero justo cuando tensó las piernas, el hombre emitió un gemido ahogado, acompañado de un aliento caliente.
—No soy yo, eres tú el que tiene que…..
su voz se quebró, como si estuviera reprimiendo el orgasmo.
—…... lo dijiste.
Con esas palabras, el movimiento de caderas que se habÃa detenido, volvió a comenzar. Sumida de nuevo en un placer que nublaba su mente, Grace sonrió.
Se dio cuenta de que no era la única que habÃa perdido el control y se habÃa excitado; lo notó en la forma en que él desabrochaba la blusa.
Intentó desabrocharlos una y otra vez, hasta que murmuró una groserÃa tan fuerte que su madre se desmayarÃa si la escuchara.
Al ver su falta de control, tan inusual en él, los pezones ocultos bajo el sujetador se endurecieron.
—Maldición…...
Cuando Grace sintió que él estaba a punto de arrancar los botones, le advirtió:
—No lo hagas.
—Lo sé. Estoy intentando controlarme.
Al ver que seguÃa esforzándose, Grace finalmente intervino.
—Espera. No lo hagas. Se van a romper.
Como si no pudiera contenerse ni siquiera el breve instante que tardaba en desabrochar dos o tres botones, varios dedos se introdujeron bajo el borde de la blusa, apretando su suave carne.
Tan pronto como los botones del escote se desabrocharon, una mano se deslizó dentro del sujetador, agarrando con avidez el tejido mamario.
—Mmm…...
—Haa…...
El gemido del hombre, que habÃa saciado su sed al mismo tiempo que Grace sentÃa un escalofrÃo, resonó en su nuca. ParecÃa haberla tragado entera.
El hombre, con una mano, aprisionaba su pecho -que no era pequeño- y lo apretaba de forma desordenada.
Grace temblaba sin darse cuenta de que mientras él hacÃa eso con sus pechos, ella estaba manipulando su verga.
—Mmm…...
En la cálida mano, su carne se deshacÃa como si se derritiera, siendo amasada sin control. Grace disfrutaba con gusto esa sensación de ser manipulada sin miramientos.
—Mmm…..
Un grueso dedo aprisionaba su pezón, retorciéndolo sin piedad. Un placer fulminante la hizo contraer las piernas instintivamente.
Al contraerse su panocha, la verga que la penetraba con fuerza pareció aumentar su tamaño al doble en un instante. Su vista se nubló.
—Cada segundo a tu lado es una tortura.
El hombre, torturando su pezón, parecÃa ser él quien sufrÃa.
—Estás aquÃ, cada noche, en mi cama, con ese cuerpo, apenas cubierta por un fino camisón y no puedo tocarte.
En la groserÃa que siguió, se mezclaban todos los deseos que habÃa tenido que reprimir hasta ese momento.
—¿Sabes que me vuelvo loco cada vez que Ellie te abraza y dice que tu cuerpo es tan suave?
—¡Ah!
Una mano húmeda de sudor le apretaba el pecho con avidez.
—Si no hubiera conocido esta sensación, no me habrÃa vuelto loco.
Cuando Ellie la abrazaba, este hombre solo sonreÃa con ternura, como un buen padre. Nunca se imaginó que detrás de esa máscara reprimiera un deseo tan intenso. Solo con saberlo, se le erizó todo el vello del cuerpo.
Aunque era ella quien habÃa sido sometida, Grace sentÃa una excitación inmensa al haberlo conquistado.
—Ah, más, más…...
Cuanto más perdÃa el control y suplicaba, más rudas y vulgares se volvÃan las palabras del hombre. Además, le susurraba al oÃdo fantasÃas Ãntimas y obscenas.
—Nuestra hija... ¿Qué hacemos? Papá quiere comerte a ti más que al pastel. Quiero desvestirte por completo y lamerte de los pies a la cabeza.
Al escuchar que imaginaba hacer eso con ella, dejando a su hija inseparable de su lado, Grace se excitó aún más.
—Ah, ahÃ, ah, más, ahh…
—Ellie, lo siento. Mamá prefiere jugar con papá.
—Ah, no digas eso, Ellie, ah…..
El hombre, que percibÃa lo que ocurrÃa en su cuerpo incluso antes que ella, le volvió a tapar la boca. Su cuerpo se abrÃa y se cerraba. Su respiración fluÃa y se cortaba.
Su vista se nubló y luego se oscureció. Su mente se desvaneció y luego regresó con un destello.
Ascendió al cielo y cayó al infierno. HabÃa llegado al clÃmax. El placer refrescante la recorrió, dejándola exhausta; Grace se desplomó.
Solo una parte de su cuerpo mantenÃa la fuerza: su interior seguÃa aferrándose al grueso miembro, con una contracción tan fuerte que la hacÃa temblar.
—Haa, haa…...
Cuando la mano se retiró, Grace jadeó. Sintió a la vez la pena de que hubiera terminado tan pronto y la satisfacción de haberlo disfrutado plenamente, por lo que estalló en una carcajada.
Pero el hombre, como si todavÃa no estuviera satisfecho, frotó sutilmente su verga contra su vientre. HabÃa roto su promesa de detenerse cuando ella quisiera. Sin embargo, Grace no lo reprochó.
—Haa, ah...…
Él entrelazó sus dedos con los suyos, que estaban apoyados en la pared, la atrajo hacia atrás. Mientras sus movimientos se intensificaban, sus labios se posaron suavemente sobre el dorso de su mano.
—Mi amor.
El hombre, una bestia lujuriosa abajo y un caballero elegante arriba, la llamó con una mezcla de lujuria y afecto.
—Feliz cumpleaños.
Grace se dio cuenta entonces de que en realidad le habÃa molestado que él pareciera no saber su cumpleaños.
—Eres la única mujer capaz de hacerme agradecerle a la mujer que mató a mi padre
Después de todo, ella te dio la vida.
Ante su juguetona confesión de amor, Grace simplemente se echó a reÃr.
—Vaya, qué pena… Porque yo no me siento tan agradecida con la mujer que te dio a luz.
Él también se rió ante la traviesa broma de Grace, luego giró su rostro y devoró sus labios. El beso continuó por mucho tiempo, como si intentaran devorarse mutuamente con sus lenguas traviesas.
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—Hmm…...
Ellie bajó la cabeza, desanimada.
—Mamá no está…...
Benny y Martha también habÃan buscado por todos lados, pero dijeron que no podÃan encontrar a mamá. Asà que decidieron pedirle ayuda a papá para buscarla, pero…
—Papá tampoco está…...
Ellie caminaba arrastrando los pies por el pasillo cuando pasó junto a una habitación con la puerta completamente abierta.
—No es ahÃ.
¡Era la voz de mamá!
Ellie corrió hacia la habitación y de un tirón abrió la puerta de donde venÃa la risa de su madre.
—¡Te encontré!
Pero en la oscuridad, en lugar de su madre, una gran mano apareció de repente.
—Te atrapé.
—¡Kyaaa! ¡Papá salió!
La niña salió corriendo con risitas mientras el hombre la perseguÃa con calma. Cuando los dos se marcharon y la puerta se cerró, Grace bajó la mano con la que se habÃa sujetado el pecho, tratando de calmar su corazón acelerado.
—Te lo dije… No era aquÃ.
El hombre intentó desabrochar de nuevo el botón que se habÃa puesto mal, pero sus dedos fallaban torpemente. No solo sus manos temblaban, también sus piernas.
Al final, Grace se deslizó por la pared hasta quedar sentada en el suelo.
—Haah…
La inquietante ansiedad que se acumulaba en su cuerpo desapareció con un solo y breve encuentro. Sin embargo, ¿por qué su corazón se sentÃa aún más inquieto?
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HabÃa olvidado por completo el sobre de documentos. Solo cuando intentó devolvérselo, tras encontrarlo en el armario donde él lo habÃa dejado, descubrió su contenido.
—Un regalo de cumpleaños.
Los regalos de cumpleaños de él siempre eran riquezas que, incluso con una vida de derroche, no podrÃa agotar antes de morir.
Dos firmas de inversión que poseÃan participaciones en empresas pertenecientes a la familia Winston y en grandes corporaciones con sede en Columbia. Tres compañÃas inmobiliarias que eran dueñas de casi la mitad de Camden, además de terrenos en Columbia y numerosos rascacielos.
Los nombres de los propietarios en los documentos correspondÃan a los nuevos alias que suponÃa eran suyos.
Y eso no era todo. También habÃa una inmensa fortuna personal.
Solo la lista de lingotes de oro, diamantes y obras de arte almacenados en una bóveda bancaria de una metrópolis de Columbia ocupaba veinte páginas. En el sureste de la región, poseÃa una propiedad vacacional que, de hecho, abarcaba casi toda una ciudad.
—Los dos compartirán todo a partes iguales. Y, por cierto, en caso de que yo muera, mi parte pasará Ãntegramente a ti. Ya he redactado el testamento.
Él pronunció su propio alias como si hablara de otra persona. Ante la mirada dudosa de ella, le entregó incluso la tarjeta del abogado que ejecutarÃa el testamento.
A medida que pasaba una a una las gruesas páginas del documento, el impacto inicial se desvanecÃa, dejando su mente en calma.
Las tierras y acciones de empresas en este reino siempre habÃan pertenecido a la familia Winston. El resto de los bienes estaban todos en Columbia.
En otras palabras, esto era la transferencia de una fortuna en preparación para el exilio.
No era un 'regalo' para ella. Rechazarlo o sentirse abrumada por ello habrÃa sido absurdo.
—No lo necesito, pero lo aceptaré con gusto, Su Excelencia.
Con una ligera flexión de rodillas, hizo una falsa reverencia. El hombre, en respuesta, hizo el gesto de levantar un sombrero inexistente, devolviendo el saludo con la misma teatralidad.
—¿Que no lo necesitas? Eso me alegra aún más, mi querida señorita Riddle.
Pero el regalo no terminaba ahÃ.
Dentro del sobre de documentos, habÃa otro más pequeño, del tamaño de una palma. En su interior, habÃa dos boletos para un barco transatlántico con destino a Columbia.
Solo dos.
Cuando ella lo miró con sorpresa, él habló:
—Quédate hasta el tercer cumpleaños de Ellie, luego vete.
Faltaba una palabra.
Váyanse juntas.
DeberÃa haber dicho: "vámonos".
Pero nunca pronunció esa última sÃlaba.
¿Esperaba que lo dijera ella?
Conociéndolo, era muy posible que ese fuera su juego.
Solo por esta vez, lo dejarÃa ganar.
Estaba a punto de abrir la boca cuando él inclinó la cabeza y la besó.
—Una vez más… feliz cumpleaños.
Después, como si ya no tuviera nada más que decir, se dio la vuelta para marcharse.
Grace lo sujetó de la muñeca antes de que pudiera hacerlo.
—Me seguirás… ¿verdad?
—…….
—Te esperaré.
En ese momento, Grace creyó que él habÃa sonreÃdo.
No habÃa cambiado nada en su rostro.
Pero lo sabÃa. Por dentro, estaba sonriendo.
Si te estás riendo… ¿por qué te vas dejándome solo con esta respuesta?
—Ya no te seguiré.
Grace, dejada atrás, solo pudo quedarse mirando fijamente los dos boletos en su mano.
Su visión se nubló.
Se sintió como si la mano que la habÃa sujetado con tanta fuerza de repente la hubiera soltado sin previo aviso, dejándola tambaleándose.
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El cielo de mayo, despejado y sin una sola nube, era tan azul que no tenÃa nada que envidiarle al mar de un profundo tono zafiro que se extendÃa debajo de él.
El clima era perfecto y el mar, tranquilo. Un dÃa ideal para zarpar.
Aunque la terminal estaba llena de actividad, solo los marineros y cargadores se movÃan entre el barco y el muelle. La puerta de la oficina de inmigración permanecÃa firmemente cerrada, aún no se habÃa permitido el embarque del transatlántico con destino a Columbia.
En esa temprana hora, cuando ningún pasajero podÃa pisar aún el muelle, una fila de automóviles se abrió paso hasta el acceso reservado para los pasajeros de primera clase.
Un lujoso sedán se detuvo justo frente a la entrada.
En cuanto un marinero, que habÃa estado esperando, abrió la puerta, una niña de unos tres o cuatro años saltó fuera con energÃa.
Llevaba un sombrero de paja demasiado grande para su cabeza y abrazaba con fuerza un viejo peluche con forma de delfÃn.
—¡Waaah! ¡Es enooorme!
Con la cabeza inclinada hacia atrás hasta casi dolerle el cuello, la niña contempló el transatlántico con ojos brillantes y dejó escapar una exclamación de asombro.
Grace la miró, sumida en sus pensamientos.
—La primera vez que vinimos, ni siquiera miraste el barco… Solo querÃas seguir comiendo scones.
Pero Ellie era demasiado pequeña para recordar ese dÃa.
Entonces, aún tenÃa que ir en un cochecito; ahora, subÃa con pasos firmes por la pasarela, por su propia cuenta.
El tiempo habÃa pasado.
Después de incontables giros del destino, finalmente estaban de vuelta en este lugar.
Grace sintió un nudo en la garganta.
—Ellie, no vayas sola. Espera.
—¡Dense prisa!
Pero no podÃan apresurarse. TenÃan que pasar por el control de inmigración.
Gracias al hombre que estaba sentado junto a Grace, no tuvieron que hacer fila.
Uno de los asistentes de la familia Winston se adelantó y entregó varios pasaportes al oficial de inmigración que los esperaba. Este apenas los revisó antes de estampar el sello de salida.
El asistente le devolvió los pasaportes a Grace y luego se dirigió al coche que transportaba a la familia de Joe y Martha.
Grace abrió su pasaporte y, al ver su contenido, fulminó al hombre con la mirada.
No era que le molestara el hecho de que todos tuvieran que empezar de nuevo con nombres nuevos. Era algo natural.
Lo que le molestaba era el nombre que él habÃa escogido.
Sin consultarla, habÃa cambiado el nombre de Ellie de Elizabeth a Eloise. Probablemente pensó que no importaba, ya que el apodo seguirÃa siendo 'Ellie'
Asure: Esto de acá lo expliqué en el capÃtulo 151 👀, por eso no le puse Eli, sino no tendrÃa significado si 'cambian0 nombres 👀
Pero Ellie no estaba de acuerdo.
—¡Entonces Ellie ya no es una princesa!
Porque Elizabeth era el nombre de una princesa.
Al final, el hombre tuvo que comprarle un cuento en el que aparecÃa una princesa llamada Eloise para obtener su perdón.
Grace, al menos, habÃa conservado su primer nombre. Pero su segundo nombre, Anne, le habÃa sido arrebatado.
Él lo habÃa cambiado arbitrariamente a Daisy.
No tenÃa quejas sobre la habitación que él habÃa reservado. Después de todo, se trataba de una suite en primera clase.
Los tres entraron en la habitación más grande, acompañados por asistentes y doncellas que, con naturalidad, comenzaron a trasladar su equipaje.
—¡Quiero muffins y gelatina!
Ellie exigió con entusiasmo, una de las criadas comenzó a abrir caja tras caja, buscando los dulces.
Grace observó la escena y luego lanzó otra mirada fulminante al hombre a su lado.
Hasta anteayer, el equipaje era la mitad de lo que era ahora.
Pero ayer, en el cumpleaños de Ellie, todo habÃa cambiado.
El hombre literalmente habÃa lanzado una bomba de regalos.
Fueron tantos que la niña, agotada de abrir paquetes, tuvo que tomar una siesta a la mitad y luego seguir desempaquetando el resto.
—El regalo que realmente quiero darte está al otro lado del mar.
Como si todo lo que ya le habÃa dado no fuera suficiente, soltó esas palabras.
Ellie, que hasta entonces habÃa estado triste por dejar el 'palacio', comenzó a esperar con ansias el momento de partir.
Solo entendÃa una cosa: subirÃan al barco y viajarÃan muy, muy lejos, a un lugar mejor.
Y, de alguna manera, nunca preguntó por qué su papá no irÃa con ellas.
No lo preguntó ni siquiera ahora, cuando estaba en sus brazos diciéndole adiós.
—No olvides que papá te quiere mucho.
—Ellie también quiere mucho a papá.
Con los labios fruncidos, parecÃa que estaba a punto de llorar.
El hombre le susurró algo al oÃdo y, de inmediato, Ellie asintió con determinación.
Después de sostenerla un poco más en sus brazos, la dejó en el suelo y giró hacia Grace.
Solo quedaba despedirse de ella.
Sus ojos, tranquilos como el mar en calma, se posaron sobre ella.
Pero aquellos ojos de un tono poco profundo escondÃan más cosas que las aguas más profundas.
¿Cuándo podré ver con claridad todo lo que hay dentro de ellos?
Aun asÃ, Grace supo que habÃa algo que él querÃa decir.
—¿Qué es?
Por fin, el hombre curvó levemente su mirada seria y abrió los labios.
—Antes de que te vayas, hay algo que realmente quiero saber.
¿Que se fueran juntos? ¿Que la amaba?
No.
Nada de eso.
—¿Cómo escapaste del sótano de la casa de huéspedes?
El conducto de lavanderÃa.
Dios… ¿De verdad aún no lo habÃa descubierto?
Grace soltó una ligera risa y se acercó aún más al hombre.
En cuanto le susurró la respuesta al oÃdo, él dejó escapar una risa incrédula.
Grace dio un paso atrás con una sonrisa divertida y, al ver su mirada molesta, le sonrió como él solÃa hacerlo.
Cuando la sonrisa desapareció, volvió el silencio.
¿En qué estará pensando?
El hombre la observó fijamente durante un largo rato y, de repente, curvó levemente los labios.
Entonces, dijo algo que ella jamás pensó que escucharÃa de él.
—Adiós, Grace Riddle.
Permaneció quieto un instante, como si esperara su respuesta.
Luego, con una ligera sonrisa, se giró, se puso las gafas de sol y salió de la cabina.
Grace lo miró alejarse con desconcierto.
Yo esperaba algo más de ti.
Pensó que, como en el pasado, él soltarÃa una broma y unirÃa su nuevo apellido a un saludo juguetón.
Pero no.
Asà fue como Leon Winston se despidió de Grace Riddle.
Incluso cuando su silueta desapareció, ella no pudo apartar la mirada de la puerta.
—Ya no te seguiré.
Recordó la confusión que sintió al escuchar esas palabras.
Claro, ya no me seguirás.
Pero no puedes decir que no sabÃas que lo que realmente querÃa era que vinieras conmigo.
SabÃas que eso era lo que estabas esperando.
No podÃa entenderlo.
Y entonces, de golpe, se dio cuenta de algo.
El extraño comportamiento de Leon en los últimos dÃas no terminaba ahÃ.
Los documentos sobre Sinclair.
Los rumores que él mismo habÃa esparcido sobre el gobierno y la bastarda ilegÃtima.
El compromiso con la Gran Duquesa, anunciado justo después de que él la empujara a irse.
Y, al final, su despedida.
Aquel hombre estaba llevándose a sà mismo hacia un destino fatal.
¿Qué clase de artimaña es esta?
Su intuición le decÃa que se trataba de un truco, pero las innumerables piezas del rompecabezas no encajaban en absoluto con la pieza más grande: Leon Winston. No podÃa ver la imagen completa que él estaba dibujando. Su cabeza le punzaba.
—No sé si es una suerte o una desgracia que me conozcas tan bien.
Aprecio el halago, pero debo admitir que no te conozco por completo.
Sin embargo, Grace no le preguntó qué estaba tramando. Irónicamente, habÃa comenzado a sentir una extraña confianza en él. Aunque cada uno de sus movimientos anunciaba su despedida, ella estaba segura de que él no la abandonarÃa. A pesar de que estaba actuando de una manera que alguien enamorado nunca harÃa, Grace no dudaba de que él la amarÃa por siempre.
Por eso dejó de esforzarse hasta el punto de que le doliera la cabeza.
No tener que pensar es un privilegio de quien es amado.
Bien, veamos qué clase de artimaña es esta.
Pensar es tarea de quien desea ser amado.
Observaré hacia dónde me arrastran las olas que has levantado.
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El barco zarpó por fin en la tarde.
Grace se encontraba en el balcón junto a Ellie, observando el puerto desde lo alto. Poco a poco, la distancia entre ellos y el muelle aumentaba. Al fin estaba escapando de la rueda interminable de la venganza. Una emoción abrumadora la invadió, hasta el punto de casi hacerla llorar.
Solo entonces, contemplando su tierra natal -un lugar al que jamás volverÃa hasta el dÃa de su muerte- Grace comenzó a saborear la euforia que habÃa estado reprimiendo.
'Desaparece, maldita tierra infernal'
No hacen falta despedidas en el infierno.
—¡Es papá!
Grace, que estaba conteniendo las lágrimas, giró la cabeza en la dirección en la que Ellie agitaba la mano.
AllÃ, de pie junto a un sedán estacionado en un rincón apartado del muelle, estaba él. Tal vez por la distancia, o quizá por las oscuras gafas de sol, resultaba imposible descifrar la expresión del hombre que les decÃa adiós con un gesto de la mano.
Grace también levantó la suya, despidiéndose de aquel hombre que aún permanecÃa atrapado en la rueda interminable de la venganza.
Y en silencio, pronunció las palabras que creyó que nunca necesitarÃa decirle.
Adiós, Leon Winston.
AsÃ, Grace Riddle se despidió de Leon Winston.
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HacÃa tres meses que no se enfrentaba a James Blanchard Jr.
La última vez que Grace lo habÃa visto, su rostro estaba tan desfigurado por la paliza que le habÃa dado que resultaba casi irreconocible. Ahora, aunque habÃa recuperado en parte su aspecto original, se veÃa mucho más demacrado. Su piel se pegaba a los huesos, dejando sus ojos llenos de ira aún más penetrantes.
—Oh, Su Majestad.
Sentado con las piernas cruzadas, Leon alzó ambas manos en un gesto exageradamente cortés, como si realmente estuviera rindiendo homenaje a un rey.
Se podÃa ver claramente cómo 'Pequeño Jimmy' rechinaba los dientes.
—¿Has oÃdo las noticias sobre la coronación? Finalmente, después de una vida anhelando la corona, por fin la llevarás sobre tu cabeza y te sentarás en el trono. Este humilde cerdo del reino se ha sentido tan conmovido que no ha podido pegar ojo.
El 'trono' al que se referÃa Leon era la silla eléctrica. La 'corona', el casco con los electrodos.
La coronación, en otras palabras, era su ejecución.
TendrÃa lugar al dÃa siguiente.
Si no lo hacÃa ahora, la ejecución de Blanchard podrÃa quedar en nada. Por eso, Leon habÃa utilizado todas sus conexiones y recursos para asegurarse de que la sentencia de muerte se cumpliera.
—Cuando llegues al infierno, los súbditos de su Majestad, que ya han erigido su reino, se postrarán ante ti en señal de bienvenida. Hm… aunque para entonces, ya habrán sentado a otro rey tÃtere en el trono.
El condenado, que lo fulminaba con la mirada, apretó los dientes y le espetó:
—¡Me prometiste que si te daba la ubicación del hospital de Hattie Fisher, conmutarÃan mi sentencia por cadena perpetua!
—Qué idiota.
Por supuesto, era una estupidez que ya esperaba.
—Ese trato nunca se cerró. Solo confesaste después de que yo declarara que la negociación habÃa fracasado.
—¡Maldito estafador!
¿Era la proximidad de la muerte lo que le nublaba el juicio? Sus ojos inyectados en sangre se desbordaban de ira mientras le soltaba insultos con una agresividad sin precedentes. Leon, que lo observaba con frialdad, le preguntó con calma:
—¿Tienes miedo de morir… o miedo de morir con dolor? Si es lo segundo, puedo ayudarte.
Y asÃ, Leon le explicó detalladamente lo que habÃa sucedido con el último hombre que habÃa pasado por la silla eléctrica.
El primer intento falló. A pesar de varios esfuerzos, el condenado no murió, por lo que la ejecución tuvo que suspenderse y reanudarse al dÃa siguiente. Durante horas, permaneció medio carbonizado, sufriendo hasta que una descarga de voltaje varias veces mayor a la estándar finalmente lo mató.
Al principio, el condenado maldijo y gritó, furioso por la propuesta de Leon. Pero a medida que escuchaba la historia, su boca se fue cerrando y su mirada se tornó vacilante. La lucha interna en su mente era evidente en sus ojos llenos de incertidumbre.
Fue entonces cuando Leon metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta, sacó un pequeño objeto y lo dejó sobre la mesa.
—Con esto, tu vida terminará antes de que siquiera sientas el dolor.
Era una pequeña caja de madera, del tamaño de una cajetilla de cerillas.
El condenado la reconoció de inmediato.
Era el mismo objeto que Leon le habÃa dado a Grace.
Su rostro se tensó con una mezcla de confusión y pánico.
—¿Qué es esto? ¿Qué intentas hacer?
—.......
—¿Venganza?
Leon respondió con un tono que dejaba claro que la pregunta era ridÃcula.
—Por haberle ordenado a la mujer que amo que muriera. Quiero ver el final perfecto: que termines tragándote lo mismo que le di a Grace.
Blanchard guardó silencio.
—¿Qué opinas? No es un mal trato para ninguno de los dos, ¿verdad?
El condenado dejó escapar una amarga sonrisa. Finalmente, acorralado, comenzó a perder no solo la razón, sino también la voluntad de seguir luchando por su vida.
Cuando al fin se decidió y extendió la mano para tomar la caja, Leon la apartó.
—Pero hay una condición.
Abrió la caja, sacó su contenido y lo arrojó delante de Blanchard.
—Léelo en voz alta.
Era la carta que Blanchard habÃa dejado para Grace.
—Excepto la última lÃnea.
No tenÃa ningún interés en escuchar la patética confesión de amor de aquel hombre hacia su mujer.
Blanchard lo fulminó con la mirada, pero al final, resignado, empezó a leer en voz baja, tropezando con las palabras.
—G-Grace… Supongo que reconocerás mi caligrafÃa.
Ah, sÃ. Esa frase también era particularmente irritante.
—Esperé tu regreso, pero recibir noticias de tu muerte me ha dejado destrozado. Espero que comprendas mi situación, que al tener que preguntar por tu bienestar, me vea obligado a enviarte esta carta… El camino hacia un mundo de igualdad para todos es arduo, pero jamás imaginé que tendrÃa que pedirle un sacrificio inevitable a mi amada…
A partir de ahÃ, la carta dejaba de hablar de Grace, la mujer condenada a morir por saber demasiado, se convertÃa en una patética justificación de sà mismo, llena de autocompasión.
—…...Cumpliré nuestra causa y te seguiré. Nos veremos en el cielo.
—Grace ya está en el cielo. Y quien la seguirá no eres tú….... soy yo.
No habÃa forma de que Blanchard entendiera el significado de esas palabras. Con una mirada confusa, lo observó mientras Leon le arrebataba la carta de las manos y la encendÃa con un mechero.
Las llamas la devoraron en segundos, reduciéndola a cenizas.
Solo entonces, Leon extendió la caja con la cápsula.
Blanchard la tomó rápidamente, como si temiera que Leon se la volviera a quitar. Pero no se la tragó de inmediato.
Al menos habÃa aprendido algo después de caer tantas veces en sus trampas. Primero, sostuvo la cápsula contra la luz, comprobando que dentro hubiera cristales blancos.
Aun asÃ, su expresión no era la de alguien que acababa de obtener lo que querÃa.
Y entonces empezó la verdadera lucha.
Por alguna razón, incluso después de haber sido reducido a una miserable rata atrapada en una celda diminuta, todavÃa parecÃa aferrarse a la vida. Su mano, que le cubrÃa la frente, temblaba incontrolablemente.
¿Qué era lo que lo hacÃa sentir tanta lástima por sà mismo?
De repente, Blanchard rompió a llorar, agarrándose el cabello con ambas manos, arrancándoselo con desesperación.
Leon creyó que sentirÃa satisfacción en ese momento.
Pero lo único que sintió fue dolor.
Pensar que ese hombre le habÃa impuesto el mismo destino a Grace le heló la sangre.
Pero no.
Eso no era dolor.
Era furia.
El verdadero dolor lo habÃa causado él mismo.
—¡No todo se consigue suplicando! ¡Tú nunca me escuchaste aunque te lo rogara! ¡Mátame de una vez!
El grito desesperado del pasado retumbó en su cabeza.
Leon cerró los ojos con fuerza.
En ese momento, en el lugar más inesperado y de la persona más inesperada, comprendió el tormento que habÃa obligado a Grace a soportar.
QuerÃa matarlo.
Aunque Grace lo perdonara, Leon jamás se perdonarÃa a sà mismo.
Después de una hora de agonizante indecisión, Blanchard finalmente tragó la cápsula. Lo hizo con el vaso de agua que Leon, en un acto de aparente amabilidad, le ofreció por primera y última vez.
Apenas la pastilla pasó por su garganta, el hombre rompió en llanto. Un espectáculo patético.
Sin embargo, poco a poco, su desesperación se apagó. Con la cabeza enterrada en la mesa, dejó de moverse.
Leon, quien habÃa presenciado la escena de principio a fin, esbozó una sonrisa amarga.
'TodavÃa no me conoces'
Blanchard nunca estuvo hecho para ser un lÃder. No por sus habilidades ni por su naturaleza.
Si no hubiera nacido como hijo del lÃder rebelde, quizá habrÃa llevado una vida modesta, siendo un simple ciudadano. En ese sentido, era comprensible que sintiera tanta tristeza y frustración.
Leon y Blanchard compartÃan algo en común: ambos fueron criados como marionetas, piezas sacrificables en el tablero de juego de los adultos ambiciosos.
Pero habÃa una diferencia crucial entre ellos.
Leon habÃa roto sus cadenas y se habÃa levantado por sà mismo. Blanchard, en cambio, nunca lo hizo.
Y quienes no lo logran, solo terminan siendo utilizados hasta que ya no sirven.
Aun asÃ, Leon no sentÃa ni una pizca de compasión.
Blanchard habÃa conspirado, cometido crÃmenes y explotado a otros. Sus pecados eran graves a los ojos del mundo, pero a Leon no le importaban esos crÃmenes.
Lo que nunca podrÃa perdonarle era algo más personal.
—Tu mayor pecado fue arrebatarle a Grace la oportunidad de que yo fuera el único amor de su vida.
HabÃa intentado ser más indulgente, como lo habrÃa sido Grace.
Pero esto… esto era imperdonable.
—Es un crimen atroz.
Leon nunca dijo que la cápsula contenÃa cianuro.
Dentro habÃa barbitúricos.
Cuando Blanchard despertara a la mañana siguiente, lo harÃa con la desesperación de saber que aún estaba vivo… y que esa misma tarde, lo sentarÃan en su 'trono'.
Entonces, y solo entonces, ¿comprenderá quién soy realmente?
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Viajar en un transatlántico y cruzar el océano resultó ser una experiencia aún más placentera de lo que habÃa imaginado.
Por primera vez en su vida, vio ballenas y delfines. También contempló un iceberg, blanco e imponente, erguido en medio del mar oscuro. Aterrador y majestuoso a la vez.
El océano infinito que se extendÃa en todas direcciones era una visión completamente nueva.
No solo para una niña de tres años, sino también para una mujer de treinta.
Ellie no tuvo un solo momento de aburrimiento. Pasaba el dÃa corriendo por la cubierta, explorando cada rincón del barco, asistiendo a espectáculos y comiendo hasta sentirse satisfecha.
Al caer la noche, cuando la niña caÃa rendida por el cansancio, Grace dejaba que Martha y Joe la arrastraran a las fiestas nocturnas del barco.
BebÃa, conversaba, escuchaba música… pero nunca bailaba.
Su pareja de baile no estaba allÃ.
De vez en cuando, algún hombre notaba la ausencia de un anillo en su mano izquierda y le pedÃa bailar, pero siempre rechazaba la invitación.
Solo en la segunda noche, Grace tuvo una revelación.
'¿Cómo que mi pareja de baile no está aquÃ?'
Leon nunca habÃa sido su pareja de baile.
Ni su esposo.
Ni su prometido.
Ni siquiera lo habÃa llamado su amante.
No habÃa nada que la atara a él. Ni legal, ni socialmente.
Grace miró su dedo anular desnudo.
Cuanto más lo hacÃa, más extraño le resultaba.
El Leon Winston del pasado habrÃa deslizado un anillo en su dedo mucho antes. O, al menos, habrÃa insistido en hacerlo.
Pero ahora, ni siquiera sabÃa dónde estaba aquel anillo.
De repente, le llegó con claridad. Ese hombre, ha cambiado mucho. Y no solo lo sintió por su anular izquierdo vacÃo.
Aquel hombre no podÃa ignorar el hecho de que, al enviar sola a Grace, ella acabarÃa en una fiesta llena de solteros. No solo no lo evitó, sino que incluso colocó varios vestidos de cóctel en su baúl, vestidos que ella nunca habÃa visto antes. Como si fuera un mensaje para que disfrutara de la fiesta al máximo.
Apenas empezó a sentirse extraña, Grace cambió de pensamiento. Si el León Winston que ella conocÃa seguÃa siendo el mismo, seguramente habrÃa puesto a alguien en el lugar. Si algún hombre intentaba acercarse demasiado a ella, tal vez incluso habrÃa dado órdenes de arrojarlo por la borda.
Si realmente fuera asÃ, aunque no encajaba con la definición común de "cambiar", en comparación con el pasado, sà que habÃa cambiado.
Grace se rió ante aquel pensamiento absurdo.
En la mañana del quinto dÃa de navegación, el barco llegó a Columbia. Todo en aquel lugar le resultaba fascinante. La gente de Columbia hablaba su lengua materna con un acento diferente. La gran ciudad, con sus rascacielos formando un bosque de acero y vidrio, no era tan distinta de Winsford en apariencia, pero la atmósfera que la envolvÃa tenÃa un matiz distinto.
Grace, que siempre habÃa anhelado una vida urbana vibrante y lujosa, deseaba vivir en un ático en aquella ciudad. Sin embargo, no pudo hacerlo.
Los asistentes que la esperaban en la terminal de inmigración le entregaron un billete de tren. Era un tren con destino a una ciudad costera en el sureste.
Debe ser parte de los planes de ese hombre.
Grace subió al tren.
Tras seis horas de viaje bordeando la costa, apareció ante sus ojos un tranquilo destino vacacional. Su nuevo hogar se encontraba en una apartada playa, lejos del centro.
La mansión, construida con un exótico estilo tropical, no solo tenÃa incontables habitaciones, sino también una piscina, una cancha de tenis, un establo e incluso un cine.
La playa detrás de la casa era de su propiedad.
Cuando salió a la orilla, Grace contempló en silencio el mar azul verdoso. Entonces, giró la vista hacia el lugar de donde provenÃa una melodÃa familiar, apenas audible en la brisa.
En el extremo opuesto de la playa, un muelle se extendÃa hacia el mar. La música animada provenÃa del carrusel de un carnaval instalado sobre él.
Solo cuando su mirada se posó en la noria gigante, que giraba lentamente elevándose hacia el cielo en el extremo del muelle, Grace se dio cuenta.
En el camino hacia la mansión en coche, habÃa visto naranjos alineados a lo largo de la valla.
'Se parece a Abington Beach'
Esa noche, Grace llamó al hombre al otro lado del mar para bromear.
—Daisy ha llegado sana y salva a Abington Beach.
Por supuesto, él no se mostró ni un poco avergonzado.
[¿Estaba allà el chico del que Daisy se enamoró a primera vista?]
—No, ese chico está ocupado preparando su próxima boda.
El hombre solo soltó una breve risa y luego pidió hablar con Ellie.
—Se llama Marshmallow. Es suuuper bonita, adorable y linda.
Durante más de cinco minutos, Ellie no dejó de hablar sobre su regalo de cumpleaños: un pony blanco que su padre le habÃa preparado.
[Estoy preparando también tu regalo]
Cuando Grace volvió a tomar el teléfono, él le dijo algo inesperado.
[Es algo que has deseado toda tu vida.]
'¿Qué podrÃa ser?'
Sin pensar demasiado, Grace murmuró:
—Ojalá sea una radio.
¿Por qué en una casa con un cine no habÃa ni una sola radio?
Después de intercambiar saludos, ya no quedaban más temas pendientes. Grace, queriendo despedirse acorde al horario de donde él estaba, preguntó:
—¿Qué hora es allÃ?
[2:00 am.]
—¿Por qué sigues despierto?
[Para escuchar tu voz]
En ese instante, Grace se sobresaltó como si la hubieran tomado por sorpresa. Presionó su pecho, como si intentara calmar el cosquilleo que la invadÃa, y preguntó:
—¿…Has estado bebiendo?
Desde el otro lado de la lÃnea, se escuchó una risa baja.
[Te sorprende una frase común que cualquiera dirÃa cuando está enamorado. Qué curioso]
—Es porque tú no eres alguien común.
[Gracias por notarlo]
Solo intercambiaron esas palabras sin importancia antes de colgar. Y fue entonces cuando se dio cuenta.
No habÃan hecho ninguna promesa simple, como volver a llamar pronto o verse en poco tiempo.
Pero tampoco lo pensó demasiado.
Grace creyó, sin dudarlo, que el teléfono volverÃa a sonar. Que algún dÃa, él aparecerÃa de repente frente a su puerta.
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En tan solo unos dÃas, la voz de Grace se habÃa vuelto mucho más alegre, como si fuera otra persona.
Leon sintió curiosidad.
'¿Cómo se verÃa Grace cuando está emocionada como una niña?'
En sus recuerdos, la única vez que la habÃa visto asà de entusiasmada fue cuando realmente era una niña.
Después de dejar el teléfono, abrió el cajón de su escritorio. Solo quedaban trastos inútiles, ya que todos los objetos importantes habÃan desaparecido. Entre ellos, encontró un estuche de puros.
Era algo que habÃa llevado consigo como parte de sà mismo desde que fue nombrado oficial del ejército, pero que ahora ya no usaba. En otras palabras, se habÃa convertido en un simple objeto olvidado.
Aunque ya no lo necesitaba, solÃa ser un sÃmbolo de quién era.
Leon lo guardó en el bolsillo interior de su chaqueta de oficial y se puso de pie.
Era hora de despedirse.
Observó lentamente la casa de huéspedes, sumida en la oscuridad y el silencio.
Frente a sus ojos, los recuerdos de su tiempo en aquel lugar desfilaron uno tras otro.
Por última vez, descendió al sótano.
Cuando se quedó inmóvil en el pasillo frente a la sala de torturas, creyó escuchar una voz en su mente.
—Acércate.
Grace nunca le reveló cómo habÃa logrado escapar de aquel lugar. TenÃa un talento excepcional para dejar a la gente en la incertidumbre.
Leon dejó escapar una breve risa antes de abrir la pesada puerta de hierro negro.
El aire oscuro y denso de la sala de torturas aún retenÃa un tenue olor a sangre.
Aquel tiempo en el que fue un despiadado torturador.
Los años que vivió consumido por la sed de venganza.
Decidió dejar enterrado todo su pasado en ese lugar.
Sin embargo, la historia que compartió con Sally Bristol y con Grace Riddle…
Esos recuerdos tendrÃa que llevarlos consigo por el resto de su vida.
Cuando la madrugada envolvÃa todo en un profundo sueño, Leon salió de la casa de huéspedes tarareando suavemente una marcha fúnebre.
¡Clang!
La cripta que contenÃa el pasado de Leon Winston, el vampiro de Camden, se cerró para siempre.
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Campbell saludó con una reverencia militar a su superior mientras este salÃa del sedán.
SerÃa la última vez que le presentara sus respetos.
Como siempre, su superior le respondió con una breve inclinación de cabeza antes de situarse a su lado.
Los dos hombres observaron en silencio el sedán.
Cuando la brisa nocturna hizo ondear su negra corbata, Campbell desvió la mirada hacia su superior.
A pesar de no llevar su chaqueta de oficial ni su gorra de servicio, vestido solo con una camisa blanca, una corbata negra y pantalones oscuros, el comandante seguÃa pareciendo un militar.
La disciplina y la autoridad que llevaba en el cuerpo no eran algo que pudiera desprenderse con facilidad.
—Mayor.
Le ofreció un cigarro, pero el otro negó con la cabeza.
—DeberÃas saber que lo dejé.
—Dicen que el tabaco y el amor no se dejan, solo se resisten.
El Mayor miró a Campbell con sorpresa ante sus palabras, pero luego sonrió levemente y aceptó el cigarro.
—Guárdame el secreto.
Mientras observaba a su superior saboreando el cigarro, Campbell recordó el pasado.
Cuando fue asignado como asistente del Mayor Winston tras su nombramiento como oficial, jamás imaginó que llegarÃa este dÃa.
Aquel hombre, que habÃa nacido noble y tenÃa un orgullo inquebrantable tanto por su linaje como por su condición de soldado, habÃa elegido el camino menos propio de un noble y un militar: enamorarse de una plebeya, no solo eso, sino de alguien que una vez fue su enemiga.
Y, por supuesto, Campbell también habÃa terminado haciendo algo que no encajaba con lo que siempre creyó correcto.
La familia Campbell servÃa a la familia Winston.
Asà lo habÃa creÃdo siempre: que su deber era con el linaje de los Winston.
Pero, al mirar atrás, se dio cuenta de que habÃa dedicado su lealtad a algo que, en teorÃa, iba en contra de los intereses de la familia.
Era hora de admitirlo: su lealtad no era hacia la familia Winston, sino hacia un solo hombre.
Hacia Leon Winston.
—Ha sido un honor servirle.
Se dejó llevar por una emoción poco habitual en él y ofreció una última reverencia.
El Mayor exhaló una bocanada de humo y dejó escapar una risa baja.
—Hablas como si no fuéramos a vernos nunca más. Eso es bastante desalentador.
—No creo que vuelva a tener la oportunidad si no lo digo ahora.
El Mayor lo observó largo rato con una sonrisa en los ojos antes de preguntar:
—Pronto tú también dejarás el ejército. ¿Has pensado qué harás después?
—Lo iré considerando con el tiempo.
—¿Qué te parece convertirte en presidente?
Con un tono casual, el Mayor mencionó su empresa en Columbia y lanzó la inesperada propuesta.
—Si de todos modos estás destinado a soportar a un jefe insoportable, ser presidente es mejor que ser teniente, ¿no crees?
Campbell, en lugar de responder, esbozó una sonrisa incómoda mientras llevaba la mano a su cintura.
El broche de la pistolera se abrió, la pistola salió de su funda.
El Mayor, con el cigarro entre los dientes, dejó escapar una breve risa entre ellos.
—Vaya, es una forma bastante ruda de rechazar una oferta.
¡Bang!
Un único disparo rompió el silencio de la noche.
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La primera noche en el paraÃso, Grace tuvo un sueño.
Una enorme carpa de circo ardÃa en llamas.
Rojo intenso. Negro profundo.
El estruendo resonaba. La tierra temblaba.
Y, al final, todo se derrumbaba.
Entonces, Grace lo vio.
Entre las cenizas que volaban, un hombre caminaba solo, con paso sereno.
Y a la mañana siguiente, Grace leyó la noticia de su muerte.
[Fallece a los 32 años el VII Conde Winston, Mayor Leon Winston]
Asure: Buenas dias, tardes, noches, madrugada (Pagina 441/481), a punto de finalizar la historia principal de la novela para seguir los extras .... Perdón la demora, pero hoy domingo me toco cocinar :v, ya lo tenÃa listo, pero me ganó la hora y no lo publiqué.
El ultimo capÃtulo del volumen 6 (EpÃlogo), es mas chiquito que tú :v (267 caracteres), asi que habra doble capitulo, incluido ese la siguiente semana :v
Como podrán ver, mi perfil de disqus fue baneado (alguien denuncio mi perfil de disqus), lo cual ya fue ..... Por el momento usen el de blogger.
Bueno, también están las 2 novelas de la autora (Mi amado, a quien deseo matar - Rezo para que me olvides), espero disfruten, se actualiza 'diario', como en otras novelas, ésta última no lo publico del inglés porque los capÃtulos estan partidos a 1/2, 1/3 y 2/3 del capÃtulo real y es un dolor de cabeza reacomodar, por lo cual lo hago directamente de la raw de ridibook.
Me confirman si desean un canal de telegram para publicar lo que actualizo por dia o una pagina de facebook.
Ey, estoy de vuelta ----> Si te gusta mi trabajo, puedes apoyarme comprándome un café o una donación. Ya tu sabes, no te exijo, es de tu bobo aportar o no, no te exijo :p
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