INTENTA ROGAR 166
Volumen VI: El último ganador (4)
Cantidad Caracteres: 35687
Grace revisó minuciosamente las revistas y periódicos que habÃa recogido mientras recorrÃa el centro de la ciudad, leyendo cada artÃculo con atención. Examinó las fotos con una lupa, como si fuera una investigadora, inspeccionando cada detalle.
En un rincón de una imagen enfocada en las charreteras chamuscadas y las medallas, encontró un objeto familiar: un estuche de cigarros medio quemado. Era de aquel hombre.
El cadáver habÃa quedado reducido a huesos, completamente carbonizado. Lo mismo habÃa sucedido con el coche en el que fue encontrado. Solo quedaba el esqueleto…
No era el único reducido a un esqueleto.
A la misma hora, la casa de huéspedes de Winston fue completamente consumida por un incendio de origen desconocido. En el artÃculo se citaban las declaraciones del oficial a cargo, quien sugerÃa que podrÃa tratarse de un incendio provocado.
También se mencionaba la posibilidad de que el incendio hubiera sido intencional, con el propósito de destruir pruebas en aquella casa, que en el pasado habÃa sido una instalación militar.
—Disparates…...
La policÃa consideraba el caso un asesinato, ya que se habÃan hallado rastros de un disparo en las costillas rotas del cadáver, junto con una bala.
'No, esto también es un disparate'
Todas las pruebas apuntaban a la muerte de Leon Winston, pero Grace se negaba a aceptarlo.
Tú no eres ese hombre.
SeguÃa fijando la mirada en la fotografÃa del esqueleto carbonizado, que ocupaba una página completa del tabloide, cuando escuchó unos golpes en la puerta de la biblioteca.
Rápidamente, recogió los periódicos y revistas, los metió en el cajón y lo cerró con llave. PodÃa ser Ellie.
Durante los últimos dÃas, en los que la imagen de aquel hombre habÃa aparecido en cada periódico y revista, Grace no habÃa dejado que Ellie saliera de la mansión. Ahora entendÃa por qué no habÃa radio en la casa: la niña conocÃa el nombre de su padre. Si además supiera su apellido, descubrirÃa su muerte y se hundirÃa en la tristeza.
—Adelante.
—Grace.
Para su alivio, la voz pertenecÃa a Martha.
—¿Qué pasa? ¿Ocurrió algo?
—No… Estaba todo muy silencioso y me preguntaba qué estarÃas haciendo.
Martha sonrió, pero su expresión no era lo suficientemente luminosa como para ocultar su preocupación.
Los tres nunca habÃan hablado sobre la esquela.
Martha, aunque preocupada por Grace, evitaba mencionar el tema para no alterarla y se limitaba a rondar discretamente a su alrededor. Joe, por otro lado, seguramente pensaba que la muerte de aquel hombre era lo mejor que podÃa haber pasado, pero se mantenÃa en silencio.
Era Grace quien debÃa romper aquel incómodo mutismo.
—Martha, te agradezco tu preocupación, pero no tienes por qué preocuparte. Ese hombre no está muerto.
Solo habÃa fingido su muerte para exiliarse aquÃ. En el Viejo Continente, era una figura demasiado conocida como para desaparecer sin dejar rastro de un dÃa para otro.
Nunca prometió que vendrÃa, pero no tenÃa sentido que dejara atrás una fortuna y no apareciera para reclamarla.
—Por cierto, dejó un testamento en el que especifica que, en caso de su muerte, todas sus acciones pasarán a ti.
Lo único que habÃa indicado era que, si su nueva identidad morÃa, su abogado debÃa ser contactado. Pero nunca dijo que debÃan avisarlo si 'Leon Winston' morÃa.
Asà que…
—Ese hombre sigue vivo.
—SÃ… claro. Qué tonta, preocupándome por nada.
Sin embargo, estaba claro que no le creÃa. Solo le seguÃa la corriente para no alterarla más.
No es asÃ. Ya lo verás.
Aparecerá de repente, cualquier dÃa, en la puerta.
Y cuando lo haga, le dará una bofetada. No por odio ni por amor, sino como castigo por hacerla pasar por la patética viuda que se aferra a una negación imposible. Ella no era esa mujer. No le correspondÃa ese papel.
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Pero pasaba una semana desde la publicación de la esquela, la bofetada que Grace esperaba dar seguÃa sin ocurrir.
Cruzar el océano tomaba cinco dÃas, más otras seis horas desde el puerto hasta allÃ. En una semana, él ya deberÃa haber llegado.
Decenas de veces al dÃa, Grace levantaba el auricular solo para volver a colgarlo. QuerÃa llamar y preguntar, pero no tenÃa a dónde.
La casa de huéspedes ya no existÃa. El único número que recordaba era el del Primer Escuadrón Especial del Comando Occidental. Pero después de tanto esfuerzo por exiliarse, llamar allà serÃa un suicidio.
Consideró enviar una carta anónima a la residencia de Campbell. Justo cuando estaba meditando sobre ello, algo llegó desde el otro lado del océano.
No era él.
Era un paquete pesado.
Eso significa que pronto vendrá.
Pensando que el paquete contenÃa sus cosas, lo abrió con la esperanza de que fuera una señal de su inminente llegada.
Pero lo que encontró dentro la dejó decepcionada.
Era suyo.
Su viejo diario.
¿Y ahora con qué juego sucio sales…?
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Dos semanas habÃan pasado desde que se publicó la esquela.
En ese tiempo, Grace habÃa adquirido dos nuevos hábitos.
El primero: cada vez que tenÃa un momento libre, fijaba la mirada en el mar abierto. En el horizonte, más allá del agua, estaba el infierno del que habÃa escapado. El lugar donde habÃa dejado atrás a aquel hombre.
El segundo: todas las tardes, a las cuatro en punto, paseaba cerca de la entrada de la mansión durante más de una hora.
A las cuatro de la tarde, el tren del norte hacÃa su parada en la estación más cercana.
Para Joe y Martha, Grace debÃa parecer una loca esperando a un hombre enterrado bajo tierra.
El funeral ya habÃa terminado.
Los periódicos publicaron la imagen de la Gran Dama Winston y de Jerome Winston—ahora el octavo conde Winston—siguiendo el cortejo fúnebre con rostros abatidos.
Por alguna razón, la familia Winston habÃa planeado un funeral privado.
Teniendo en cuenta la vanidad de la Gran Dama, era una decisión difÃcil de entender. Sin embargo, la opinión pública no lo permitió. La gente, que habÃa amado a su héroe, exigió un funeral digno de su grandeza. Asà que, por iniciativa del Parlamento y la Corona, la ceremonia terminó llevándose a cabo a nivel estatal, con todos los honores.
Tras su muerte, fue ascendido póstumamente a teniente coronel.
El destino quiso que su final fuera el mismo que el de su padre.
El matrimonio con Gran Duquesa Aldrich, originalmente programado para principios de junio, se llevó a cabo de todos modos. Solo que el novio ya no era él, sino Jerome Winston.
No solo heredó el tÃtulo y la fortuna de su hermano muerto, sino también su prometida. Para quienes desconocÃan la verdad, el escándalo alimentó los tabloides con rumores de todo tipo.
Pero para Grace, que sabÃa bien cómo funcionaban las cosas, aquello no era casualidad. Era un plan cuidadosamente diseñado.
Y detrás de ese plan… solo podÃa estar él.
Jerome Winston no habrÃa asesinado a su propio hermano solo para quedarse con su amante, su tÃtulo y su riqueza.
No… ni siquiera después de descubrir que su hermano habÃa desviado la mitad de su fortuna. Ni siquiera después de saber que tenÃa una amante y un hijo ilegÃtimo que podrÃan arrastrar el nombre de la familia al fango.
Entre la tranquilidad y la inquietud, como un péndulo oscilante, Grace observó cómo el nombre de Leon Winston desaparecÃa de los titulares.
La muerte prematura de un héroe de otro reino no fue suficiente para captar la atención del público en este lado del océano. Aunque para la prensa sensacionalista era un tema jugoso, la historia se desvaneció rápidamente. Grace dejó de recibir noticias.
Hasta que…
[El asesino de mi hermano es el Estado]
Una declaración explosiva hizo que el nombre de Leon Winston volviera a ocupar la primera plana.
Y lo más sorprendente era quién la habÃa hecho: Jerome Winston.
Desde el extranjero. En plena luna de miel.
Grace apenas habÃa leÃdo un párrafo cuando comprendió por qué alguien que deberÃa estar disfrutando de su viaje de ensueño habÃa decidido, en su lugar, iniciar una guerra de revelaciones.
Aquel paÃs habÃa sido una colonia del reino en el pasado. Ahora, independiente, mantenÃa relaciones tensas con la Casa Real de Rochester.
Si las cosas salÃan mal, Jerome Winston corrÃa el riesgo de ser extraditado. Pero al parecer, habÃa elegido exiliarse en un paÃs que no simpatizaba con la monarquÃa precisamente para evitarlo.
El contenido de la denuncia no era una sorpresa para Grace.
Gran Duque Aldrich y Barón Chapman habÃan conspirado para deshacerse de Sinclair & Co., su mayor competidor en la licitación por los derechos de extracción de diamantes en Bria. Para lograrlo, acusaron falsamente a Jeffrey Sinclair, el primogénito de la familia, de ser miembro de un grupo rebelde.
Gracias a esa artimaña, lograron quedarse con la concesión.
Y lo más escandaloso: la empresa conjunta que ganó la licitación pertenecÃa, en realidad, al propio rey.
Nada de esto sorprendió a Grace.
Pero lo que venÃa después sà era nuevo.
Según Jerome, Leon Winston habÃa sido testigo de todo y conservaba pruebas del fraude. Aparentemente, atormentado por su conciencia, habÃa decidido hacerlo público.
Los allegados más cercados al rey, al darse cuenta del peligro, intentaron desprestigiarlo antes de que pudiera actuar. Para ello, difundieron falsos rumores sobre su supuesta relación con una mujer de origen rebelde y un hijo ilegÃtimo.
Pero cuando él no se dejó amedrentar y siguió adelante con sus planes de denuncia…
Lo asesinaron.
O al menos, eso decÃa Jerome Winston.
'En un principio, querÃamos hacer un funeral privado porque dejar la despedida de mi hermano en manos del Estado que lo asesinó… nos parecÃa una ofensa'
Grace soltó una carcajada irónica.
Todo, salvo la conspiración contra Sinclair, era una completa estupidez.
Pero no para el resto del mundo.
La gente habÃa asumido que, si Leon Winston fue asesinado, seguramente habÃa sido obra de los remanentes de los rebeldes, con quienes ya habÃa tenido varios enfrentamientos en el pasado.
Sin embargo, enterarse de que el verdadero culpable podrÃa haber sido su propio paÃs…
La indignación cruzó fronteras.
La noticia sacudió tanto al Viejo Continente como al Nuevo Mundo.
Por supuesto, la Casa Real no tardó en responder.
Su declaración oficial afirmaba que todo eran acusaciones sin fundamento. Un delirio sin pruebas.
Pero ahà estaba su mayor error.
No habÃa pruebas de un asesinato.
Pero habÃa pruebas más que suficientes de la conspiración contra Sinclair.
Y dado que los rumores sobre los negocios turbios del rey circulaban desde hacÃa años en los cÃrculos financieros, el hecho de que un noble con autoridad confirmara esas sospechas solo aumentó la credibilidad de la denuncia.
Asà que por eso empezó a difundir rumores desde hace años.
Grace sintió un escalofrÃo recorrerle la espalda al darse cuenta de que ese hombre habÃa estado preparando todo meticulosamente desde hace mucho tiempo.
Y justo cuando el peso de la sospecha comenzaba a inclinarse definitivamente contra la Casa Real, apareció el detonante final.
Un periódico de gran prestigio publicó en primera plana una carta.
Era de Samuel Sinclair, el hijo mayor de Jeffrey Sinclair.
[Después de la detención de mi padre, cuando yo tenÃa apenas diez años, los soldados me llevaron a la sala de interrogatorios subterránea del Cuartel General del Oeste.
AllÃ, un militar no dejaba de hacerme preguntas extrañas y de insistir en que respondiera con lo que ellos querÃan oÃr.
Recuerdo con total claridad el miedo que sentà entonces, aun ahora, 4 años después.
Pero en medio de todo eso, apareció un oficial rubio que detuvo el interrogatorio.
Me protegió y me dijo que, si colaboraba, mi padre acabarÃa en prisión igualmente. Que lo estaban incriminando y que yo no debÃa decir nada.
Fue solo después que descubrà que aquel oficial era Mayor Leon Winston]
Un respetado empresario, alguien que debÃa ser un modelo a seguir para su nación, habÃa sido acusado falsamente y encarcelado por su propio rey.
Un héroe adorado por el pueblo, un hombre justo y honorable, habÃa sido asesinado por atreverse a enfrentarse a la corrupción.
No hacÃa falta más.
Aquella versión de los hechos se convirtió en una verdad indiscutible.
Y el pueblo salió a las calles.
Todo comenzó con el sindicato de trabajadores de Croft Explosives, antes conocido como Sinclair Gunpowder.
No era una sorpresa.
El gobierno ya habÃa intentado calificar sus protestas laborales como actos de insurgencia, del mismo modo en que lo habÃa hecho con Jeffrey Sinclair.
Asà que ellos tenÃan más que suficientes razones para rebelarse contra el rey.
Pero no se quedaron solos.
Los sindicatos de la industria de los explosivos se les unieron.
Luego, otras uniones laborales de diferentes sectores.
Y pronto, los ciudadanos indignados por la creciente desigualdad económica se sumaron a las protestas.
Cada dÃa, la voz del pueblo exigiendo la abdicación del monarca se hacÃa más fuerte.
El ejército intentó calmar las aguas anunciando que reabrirÃan la investigación sobre Jeffrey Sinclair y considerarÃan su liberación.
Pero para entonces, la ira ya era un incendio incontrolable.
A medida que la multitud de manifestantes crecÃa rápidamente, la presión sobre la familia real y el ejército se hizo insoportable, llevándolos a cometer un error fatal.
[Disparo del ejército provoca la muerte de un manifestante]
La protesta pacÃfica se convirtió en un estallido de violencia. El pueblo comenzó a organizar milicias y, al final, Jeffrey Sinclair lideró la insurrección, derribando los campos de detención y recuperando la libertad. El ejército no pudo detenerlo, ya que su brutal represión solo sirvió para acelerar su propia desintegración.
Los oficiales militares, que ya estaban descontentos por haber sido reducidos a meros perros del rey y por las falsas acusaciones contra civiles, comenzaron a volverse en su contra. Entre ellos, los soldados de origen plebeyo, resentidos por el trato desigual, no solo se rebelaron, sino que algunos incluso se unieron a las fuerzas revolucionarias.
Lo que comenzó como un conflicto provocado por la denuncia de un noble, pronto se transformó en una lucha de clases entre la aristocracia y el pueblo. La petición de abdicación del rey escaló hasta convertirse en un llamado a la abolición de la monarquÃa.
El reino, que habÃa disfrutado de paz tras la caÃda de los rebeldes, se convirtió de la noche a la mañana en un campo de batalla.
Grace lo observó todo desde el otro lado del mar, siguiendo cada acontecimiento a través de los medios. Y fue entonces cuando sintió su presencia.
¿Remordimiento?
Grace soltó una risa al leer la declaración de Jerome Winston en la parte donde mencionaba la conciencia. Sinclair y el pueblo no eran más que peones en la venganza de Leon Winston y su plan de exilio.
TenÃa que ser asÃ.
Todo el mundo aceptaba su muerte como un hecho. Pero Grace no podÃa.
Leon Winston no estaba muerto.
Aquel hombre, que decÃa querer morir por su mano, no podÃa haber perecido a manos de otro.
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Ellie pasó toda la mañana jugando en la arena, montando un pony y construyendo castillos de arena. Al llegar la hora del almuerzo, el cansancio la venció y se quedó dormida en cuanto terminó de comer.
El sonido rÃtmico de su respiración, acompañado por el murmullo de las olas, creaba una melodÃa serena bajo la fresca sombra del mirador en la playa. Escuchándola, Grace sintió cómo su mente se calmaba por completo.
Reclinada en una tumbona, observó el mar frente a ella. Aquà todo era apacible, pero al otro lado del océano, la tormenta llevaba ya dos meses sin cesar. Durante todo ese tiempo, no habÃa recibido ninguna noticia de él.
Con la mirada fija en el horizonte, como si tratara de contemplar tanto el infierno invisible como al hombre que lo habitaba, Grace sacó un viejo diario de su bolso. HabÃa llegado en un paquete a nombre de Campbell, una semana después de que se publicara la esquela.
DecÃan que lo habÃan encontrado al ordenar sus pertenencias. Pero Grace supo de inmediato que no lo enviaban solo por esa razón.
Cuando finalmente se decidió a abrirlo y leerlo, quedó atónita.
[Jimmy es realmente amable. Maldito bastardo]
Él lo habÃa escrito. Ese hombre habÃa tomado su diario y lo habÃa usado a su antojo.
En algunas páginas, habÃa dejado sus propios comentarios, como si quisiera entrometerse en sus pensamientos. En otras, las partes relacionadas con Jimmy estaban tachadas o arrancadas por completo.
—Este loco de verdad…....
La vergüenza de saber que él habÃa leÃdo cada una de sus confesiones más infantiles se mezcló con la risa involuntaria al ver sus pueriles intervenciones.
Pero dejó de reÃr cuando llegó al final de su propio diario.
Después de su última entrada, escrita justo antes de la infiltración en Winston, el diario continuaba con varias páginas escritas por él.
Sus anotaciones eran cortas, nunca más de tres lÃneas por vez. Su caligrafÃa, como siempre, era impecable, sin una sola palabra de más.
Incluso en sus diarios, él se mostraba sereno y perfecto. Pero entre las lÃneas, escondÃa un alma inquieta y rota.
Grace volvió a leerlo, esta vez sintiendo en cada palabra la soledad y la angustia que lo consumÃan.
Si lo hubiera leÃdo años atrás, tal vez habrÃa sentido una cruel satisfacción.
Pero ahora no.
Porque ahora, ella también habÃa cambiado. Tanto como él.
Ella no podÃa apartar la mirada de su última entrada en el diario.
'Winston no te necesita'
Siempre habÃa creÃdo que aquellas palabras, dichas por ella a la madre de ese hombre, habÃan sido malinterpretadas como un reproche.
¿Era por eso que rechazó su propuesta de ir juntos? ¿Por eso nunca regresó?
Pero después de dos meses reflexionando sobre ello, algo no encajaba.
Él no podÃa haber malinterpretado lo que significaba Winston.
La mirada de Grace descendió hasta la siguiente entrada del diario.
'Cuando era niño, mi padre solÃa decirme esto:
Todos los seres humanos son piezas de ajedrez para los demás. La diferencia está en si eres un peón o una reina.
Por eso me enseñó que al menos debÃa convertirme en un caballo'
'Entonces, ¿Qué fuiste tú para mÃ?'
'Ahora que la partida ha terminado y miro atrás, lo entiendo. Tú fuiste mi reina.
Pensé que significaba que eras la pieza más fuerte.
Pero en realidad, lo que pasa contigo es que no hay lugar al que no puedas ir.
Eres increÃblemente buena para escapar'
Grace no pudo evitar sonreÃr al leer las razones que seguÃan.
'Pero ya no eres una pieza de ajedrez.
Para mÃ, que siempre he juzgado a las personas por su utilidad, tú eres la única a quien deseé que perdiera todo valor.
Eres la única que no me irrita, incluso cuando no encajas en el mundo meticulosamente construido por mÃ.
Eres la única excepción en mi vida implacable'
'Entonces, ¿Qué fui yo para ti?'
Grace fijó la mirada en aquella pregunta.
Más arriba, en la página anterior, más abajo, tras la última entrada, se extendÃa un largo espacio en blanco.
Como si él le estuviera dejando un lugar para escribir su respuesta.
'Winston no te necesita'
No era un reproche. Era una pregunta.
'Ahora entiendo qué estabas tramando y por qué'
DebÃa huir. DebÃa sobrevivir.
Toda su vida, Grace habÃa vivido bajo presión, sintiéndose acorralada. No fue hasta que pasó suficiente tiempo en aquel lugar que se dio cuenta:
El pasado ya no la perseguÃa. El presente tampoco. Y él… él tampoco.
Por primera vez en su vida, sintió un espacio en su mente.
Y con esa libertad recién encontrada, comenzó a pensar en sà misma. En él.
Solo después de haber caÃdo en su juego lo entendió:
Él querÃa que mirara su relación sin presiones, con total libertad.
Le resultaba tan irritante que no querÃa darle la satisfacción de admitirlo. Pero ya era demasiado tarde.
Grace ya habÃa caÃdo, y sin darse cuenta, habÃa sido arrastrada hasta el destino que él habÃa planeado.
Con una pequeña sonrisa, destapó su pluma.
Observó por un momento a la niña dormida a su lado y el mar en calma.
Y entonces, con la serenidad de haber pasado dos meses reflexionando en un mundo sin él, comenzó a escribir su respuesta.
'La vida aquÃ, sin ti, no tiene nada de malo. No falta nada.
No deberÃa faltar nada.
Y sin embargo, hay un vacÃo.
Mi cuerpo está en paz, pero mi corazón no. Porque tú no estás aquÃ.
Es ridÃculo, pero eres la única persona con quien realmente me siento en paz.
ImagÃnate, deseando al diablo mientras vivo en el paraÃso.
Absurdo, ¿verdad?
Cuando leà tus palabras sobre que ya no era un medio para ti, sino un fin, recordé una carta de mi madre.
Me dijo que encontrara a un hombre que me viera como un propósito, no como un medio.
Y cuando lo recordé, me reà un poco.
Porque lo primero que pensé… fuiste tú.
Si mi madre lo supiera, seguro se desmayarÃa.
Puede que estés muy lejos de lo que mi madre imaginó como la respuesta correcta…
Pero tampoco eres la incorrecta.
Llevaba tiempo dándome cuenta, aunque fuera de manera inconsciente, de que para ti no era un medio, sino un fin en sà misma.
Después de lo de Blackburn, mi papel en tu venganza y ascenso ya habÃa terminado. No tenÃa ningún valor para ti.
Y, sin embargo, seguÃas persiguiéndome con todas tus fuerzas.
Siendo sincera… me gustaba.
Si lo pienso bien, hice cosas que no harÃa alguien que realmente quisiera alejarse de ti.
Usando la excusa de vigilar a mi enemigo, leÃa cada uno de tus artÃculos.
Incluso cuando no estabas, pasaba el dÃa pensando en ti, imaginando conversaciones en mi cabeza.
¿Recuerdas Newport?
En vez de centrarme en escapar, estaba tan ocupada provocándote que casi me atraparon.
Incluso cuando te lanzaba esperanzas o desesperación como carnada, y te veÃa recogerlas solo para atormentarte con ellas, sentÃa cierto alivio.
RidÃculo, ¿verdad?
¿Quieres oÃr algo aún más absurdo?
Si alguna vez dejabas de perseguirme, me sentÃa sola.
Si te hubieras cansado y te hubieras rendido, me habrÃa dolido.
Te llamé loco muchas veces, pero tal vez la verdadera loca era yo.
Después de todo, busqué en ti la prueba de mi propia existencia.
Ahora que lo pienso, me doy cuenta de algo.
Desde mi familia hasta mis compañeros… todo lo que he amado en mi vida, en algún momento, dejó de necesitarme.
Pero tú, a quien nunca consideré alguien preciado, fuiste el único que me quiso.
¿Por qué? Nunca lo entendÃ.
Siempre vivà con la idea de que debÃa demostrar mi utilidad para ser amada.
El miedo a ser desechada si dejaba de ser útil me persiguió toda la vida.
Por eso, para alguien como yo, fue impactante ver que justo tú,
que juzgas a todos por su valor, me amabas a pesar de que no tenÃa ninguno.
La verdad… incluso el amor incondicional de Ellie me aterraba.
Me preocupaba que, el dÃa en que la decepcionara, su amor se volviera condicional, como el de todos los demás.
Últimamente he estado pensando en eso y, de repente, me di cuenta de algo.
El miedo que me atormentó toda mi vida… ha desaparecido sin que me diera cuenta.
Porque ahora te tengo a ti.
Porque sé que, pase lo que pase, tú me amarás sin condiciones'
'Winston no te necesita'
'Tienes razón. No lo necesito.
Nada de lo que significa el nombre Winston me hace falta.
Ni siquiera tú me haces falta.
Pero te quiero'
'Ahora tú tampoco eres un medio para mÃ. Eres un fin'
'Entonces, ¿Qué fui para ti?
Un peón.
Siempre me movà en una sola dirección, sin mirar atrás.
Pero cuando un peón llega al final del tablero, puede convertirse en lo que quiera.
Asà que… ahora depende de ti decidir en qué te convertirás para mÃ.
Esperando al diablo en el paraÃso. Grace
P. D.: Vuelve. No me hagas repetirlo dos veces. Y cuando lo hagas, no olvides mi anillo'
Cerró el diario y lo envió de vuelta al otro lado del mar.
Ese mismo dÃa, la monarquÃa cayó.
El reino se convirtió en una república.
El sistema de castas, que habÃa perdurado por siglos, desapareció en el polvo de la historia.
Los llamados 'revolucionarios', aquellos plebeyos que soñaron con este momento durante un siglo, nunca lo consiguieron.
Pero un aristócrata monárquico lo logró en solo dos meses.
La ironÃa hizo que Grace soltara una risa.
'Estoy preparando tu regalo. Algo que has deseado toda tu vida'
Idiota. ¿Acaso alguna vez quise realmente la revolución?
Lo sabÃas perfectamente… y aun asà usaste mi nombre como excusa para tu venganza.
Ven de una vez.
Si llegas ahora mismo, te perdonaré una de tus mejillas.
⋅•⋅⋅•⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅∙∘☽༓☾∘∙•⋅⋅⋅•⋅⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅
La familia real de Rochester fue puesta bajo arresto domiciliario.
Intentaron exiliarse en la patria de la reina, pero la opinión pública local era demasiado adversa, impidiendo su acogida.
Mientras tanto, el rey depuesto murió en un accidente misterioso.
El gran duque, también recluido, perdió su fortuna y se enfrentaba a una condena de prisión. Antes de que eso ocurriera, se llevó un revólver a la boca y apretó el gatillo.
Asà fue como el espectáculo dirigido por Leon Winston llegó a su fin.
O mejor dicho… quedó reducido a cenizas.
No habÃa más obras que dirigir tras el telón negro, y sin embargo, él seguÃa sin volver.
—¡Este también es bonito!
Hoy, como siempre, Ellie caminaba por la playa recogiendo corales y conchas.
—¿Y este qué te parece?
Grace recogió un trozo de coral blanco, arrastrado por las olas, pero la niña negó con la cabeza rotundamente.
—No sirve. Está un poquito “buseoyeo.”
—No se dice “buseoyeo.” Se dice “bu-seo-jyeo-sseo.”
—Buseo-jyeo-sseo.
DÃa 110 sin su padre.
Cada vez más, la pronunciación de Ellie retrocedÃa.
Grace lo notaba.
Por mucho que intentara conservar la huella de aquel hombre en la niña, no era suficiente.
—¡Ellie, vamos a ir al carnaval!
En el camino de regreso a la mansión, Benny apareció de repente y gritó emocionado. Grace tomó la mano de Ellie y le limpió la arena, luego le arregló el cabello despeinado por la brisa marina mientras le daba indicaciones.
—Diviértete, pero no vayas sola ni sigas a desconocidos.
Tres o cuatro veces a la semana, al atardecer, Joe y Martha llevaban a los niños de paseo al carnaval al final de la playa.
—¿Mamá tampoco irá hoy?
—Mamá se quedará juntando cosas bonitas.
—¡Está bien!
Grace observó la espalda de Ellie mientras corrÃa tras Benny hacia la mansión, luego se dirigió al pabellón.
Cada vez que iba al carnaval, no podÃa dejar de pensar en aquel hombre. Se imaginaba, de manera tonta e infantil, que aparecerÃa de repente con una manzana caramelizada en la mano. Y al final, en un lugar donde todos eran felices, ella se sentÃa sola y desdichada. Por eso llevaba un mes sin ir.
¿No habÃa recibido la respuesta o simplemente no habÃa querido venir?
Si él le respondiera, estaba segura de que volverÃa de inmediato. No tenÃa la menor duda.
Quizás, no aparecer en el acto también era parte de su juego.
Disfrutaba tanto dar esperanza y luego arrebatarla como hacer lo contrario: sumir en la desesperación y luego ofrecer una chispa de ilusión. Además, amaba los juegos psicológicos más que nadie.
Esto es un juego mental que me estás tendiendo.
Asà que sigues vivo.
Grace dejó un pequeño balde sobre la mesa junto a la tumbona. Dentro, habÃa corales y conchas marinas que Ellie habÃa estado recogiendo para regalárselos a su padre cuando regresara.
La niña creÃa firmemente que su padre volverÃa. No era una esperanza vaga, sino una convicción con fundamento. Un dÃa, Grace le preguntó al respecto.
—Ellie, en el barco, ¿Qué te susurró papá?
—¿Hmm? Dijo que era un secreto.
Al ver la sonrisa de la niña, Grace lo supo de inmediato. Ese hombre… le habÃa prometido a su hija que volverÃa.
Por muy lista que fuera, Ellie seguÃa siendo una niña. HabÃa caÃdo fácilmente en su interrogatorio disfrazado de conversación.
—Ellie, ¿cuándo dijo papá que regresarÃa?
—Antes de que termine el verano.
¿Cuándo acababa realmente el verano?
Para Grace, el final del verano debÃa ser el último dÃa de agosto. Fue en agosto cuando lo conoció por primera vez en Abington Beach. Asà que estaba convencida de que él regresarÃa antes de que terminara el mes.
Pero pasaron los primeros dÃas de septiembre, y él seguÃa sin volver.
Durante el dÃa, el verano aún brillaba con intensidad, pero en la brisa vespertina comenzaba a sentirse la sutil llegada del otoño.
Deambulando sola por la orilla, Grace apartó un mechón de su cabello, desordenado por el viento frÃo del mar, y en su interior repitió una y otra vez la misma contradicción:
Que este verano termine. No, que no termine.
Si el verano acababa y él no regresaba, entonces se convertirÃa en un mentiroso muerto.
—Dije que querÃa morir en tus manos.
Si aquello fue una mentira, no lo perdonarÃa.
Y una vez más, Grace se convertirÃa en una cobarde. Una cobarde incapaz de romper sus malos hábitos, huyendo de la verdad de su muerte.
El sol se ponÃa. Una vez más, el atardecer tras la mansión teñÃa el cielo azul pálido y las nubes blancas de un suave tono coral. Era el momento más hermoso del dÃa… y también el más triste.
El tren del norte hacÃa rato que habÃa partido.
Y él, una vez más, no regresó hoy.
Quizás… no regresarÃa nunca.
Él está muerto.
El mundo ya ha aceptado esa verdad, pero Grace sigue negándola. Y pronto, cuando la nieve comience a caer sobre el mar, insistirá en llamarla lluvia, negándose también a aceptar que el verano ha terminado.
Cada dÃa lo espera en una playa que se parece a aquel lugar donde se vieron por primera vez. Rechaza el presente y el futuro sin él, aferrándose solo a los recuerdos de su pasado juntos.
Tal vez, un dÃa, despertará abruptamente de ese sueño miserablemente cobarde y liberará de golpe todo su arrepentimiento y su rabia.
Al menos, deberÃa haberte dicho con sinceridad lo que sentÃa antes de dejarte ir.
Maldito bastardo... ¿Por qué me hiciste amarte para luego marcharte solo? Actuabas como si nunca fueras a soltarme, ni siquiera después de la muerte, y aun asÃ, me dejaste tan fácilmente... tan absurdamente.
Después de dejar de odiarlo, el vacÃo que dejó el rencor empezó a picarle como una herida que sana lentamente. Se dio cuenta de que, en realidad, eran sentimientos que habÃa reprimido durante demasiado tiempo. Como uñas que crecen en la oscuridad, ahora emergÃan a la superficie.
Mientras lo esperaba, sus uñas terminaron de crecer.
Y al mismo tiempo, su amor también lo hizo, en soledad.
No hay nada más cruel que un amor que no tiene dónde ir.
Dicen que la única forma de detener el odio es con el perdón… pero nadie sabe cómo detener el amor.
AsÃ, perdida en su propia confusión, Grace terminarÃa derrumbándose bajo el peso de todas las lágrimas acumuladas a lo largo de los años.
—Hkk…...
De repente, se giró para mirar la mansión envuelta en el resplandor coral del atardecer.
Y entonces, rompió a llorar.
'Adiós, Leon Winston'
Leon Winston estaba realmente muerto.
Un hombre que caminaba por el sendero bañado en la luz del crepúsculo… no era él.
Ey, Leon
Leon iba hacia ella. Iba a su encuentro.
Él emergió con calma del resplandor rojo del atardecer, como si estuviera caminando fuera de un sueño.
La luz a su espalda solo permitÃa distinguir su silueta, pero eso bastó para que Grace lo reconociera al instante.
Cuando Leon dejó atrás el sendero de ladrillos y puso un pie en la arena, su figura se hizo más clara.
La camisa polo blanca, con un par de botones desabrochados, le daba un aire inusualmente libre, tan distinto a lo que ella recordaba. De repente, empezó a parecerle irreal.
Tres pasos.
Solo tres pasos más.
Si corrÃa hacia él y lo tocaba, sentÃa que despertarÃa de un sueño.
Mientras Grace permanecÃa clavada en el sitio, incapaz de moverse, Leon siguió avanzando hacia ella. Con un gesto casual, apartó de su frente el flequillo dorado que el viento habÃa desordenado.
Y entonces, cuando sus miradas se encontraron, él sonrió.
Era una sonrisa despreocupada, abierta, como nunca antes le habÃa visto.
¿Era un sueño?
En ese instante, cuando el agua frÃa de las olas envolvió sus tobillos, Grace sintió un extraño déjà vu.
Yo, de pie en el agua helada. Tú, en el resplandor ardiente del atardecer.
Asà fue como nos conocimos por primera vez.
Tal vez… estoy soñando con aquel dÃa.
Leon ya estaba lo suficientemente cerca como para que ella pudiera percibir su aroma familiar.
Extendió la mano hacia ella. En su palma, habÃa algo.
—Ten. Chocolate.
Era aquel chocolate barato que Grace le habÃa dado en Abington Beach, hace mucho tiempo.
—Es el precio por haber mirado a escondidas.
Usó las mismas palabras que ella le habÃa dicho entonces. Pero esta vez, añadió algo más, algo que ella nunca le habÃa oÃdo decir:
—Será mejor que no preguntes cuánto tiempo estuve observando.
En ese instante, Grace sintió un escalofrÃo, como si acabara de despertar de un sueño.
Pero no.
Tú no eres un sueño.
El rostro que tanto habÃa anhelado comenzó a volverse borroso tras un velo de lágrimas.
—…¿Por qué lloras? No me digas que de verdad pensaste que estaba muerto.
SÃ. No lo era.
No fui una cobarde por negar tu muerte cuando el mundo entero la daba por cierta.
Era la única persona en este mundo que realmente te conocÃa.
—¡Maldito loco!
¡Paf!
El sonido de su palma chocando contra la mejilla de Leon rompió el aire entre ellos.
El chocolate que él sostenÃa cayó sobre la arena y, en el instante preciso, una ola lo alcanzó, empapándolo en el agua salada.
Pensé que lo golpearÃa con el puño.
Apenas tuvo tiempo de pensar en su error cuando sintió los labios suaves de Grace presionarse contra la mejilla que ella misma acababa de abofetear.
Leon dejó escapar un suspiro aliviado mientras la envolvÃa entre sus brazos.
Grace se secó las lágrimas con la manga y luego, con las manos aún húmedas, sostuvo el rostro de Leon entre sus palmas.
Miró directamente a sus ojos azul pálido, esos que creyó que nunca volverÃa a ver, y pronunció las palabras que pensó que jamás tendrÃa la oportunidad de decirle.
Se las arrojó como si fueran otra bofetada.
—Te amo, maldito loco.
Los labios de Leon, que habÃan comenzado a curvarse en una sonrisa, se detuvieron por un segundo.
—Suena aún mejor de lo que esperaba......
Sus ojos se enrojecieron, y no fue por la luz del atardecer.
—¿PodrÃas decirlo otra vez... sin la última parte?
—¿Loco? Ese es tu nuevo apellido ahora.
—¿Te das cuenta? Para ti, decir 'te amo' es algo tan simple que puedes lanzarlo asÃ, con rabia. Pero para mÃ......
Su tono sonaba como si se quejara, pero su sonrisa se ensanchó aún más.
—...Para mÃ, fueron palabras por las que tuve que destruir un reino y renunciar a todo lo que tenÃa.
—…....Maldito loco.
—No esa parte.
—Te amo.
—Eso. Justo eso.
—Te amo, aunque seas un maldito loco.
Grace dejó caer las palabras como si agitara una bandera blanca, rindiéndose finalmente ante sus propios sentimientos.
Ya no habÃa razón para ocultarlo.
Después de todo, todas las artimañas, los juegos enfermizos y las trampas de Leon solo habÃan tenido un propósito desde el principio: ganarse su amor.
HabÃa estado al borde de matarlo con sus propias manos, aun asÃ, contra todo pronóstico, aquel amor diminuto y frágil habÃa logrado florecer de nuevo.
Y ahora sabÃa con certeza que, sin importar qué, él nunca volverÃa a aplastarlo.
Mientras escuchaba una y otra vez esas palabras que curaban sus cicatrices, Leon saboreó su victoria como un soldado que regresa a casa tras una guerra demasiado larga.
Entonces, ¿quién habÃa ganado finalmente esta interminable batalla?
Si alguien les hiciera esa pregunta, ambos se señalarÃan el uno al otro.
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