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Anillo Roto: Este matrimonio fracasará de todos modos 262

El paso del tiempo (1)




Desde dentro de la habitación, se oían repetidamente los gemidos de la mujer. Eran ruidosos, pero no exagerados. Después de todo, aquella mujer había perdido la cabeza desde el momento en que el príncipe heredero le tendió la mano.

Era el sonido de alguien soñando un sueño inmensamente placentero y feliz.

Como si realmente creyera que podría llegar a ser algo para el príncipe heredero.

Cuanto más sucedía aquello, más recta mantenía la espalda Alicia, esbozando una elegante sonrisa. Ya no sentía sobre sí las miradas de los caballeros apostados en cada rincón de la habitación del príncipe heredero. Años atrás, cuando todo comenzó, sí la miraban. Ahora, ya no. Ni asombro ni lástima. Para ellos, ella no era más que otro elemento decorativo en la habitación del príncipe.

Sin embargo, Alicia siempre se esforzaba por aparentar indiferencia, por mantener una expresión serena y unos ojos imperturbables, como si todos allí siguieran viéndola.

En realidad, no sentía absolutamente nada por algo así. Cuerpos… meros desechables.

Después de todo, esas mujeres habían sido enviadas a la cama de su prometido por su propia mano. Además, Óscar apenas yacía con mujeres una vez cada dos meses y rara vez repetía con la misma. Ni siquiera parecía tener un interés real en ellas, como si pudiera vivir perfectamente sin tales placeres.

Incluso aquellas que, de cara al público, jugaban el papel de amantes ocasionales del príncipe heredero jamás llegaron a calentar realmente su lecho. Óscar, al estar soltero, no podía tener una concubina oficial aprobada por la familia imperial, pero, en cualquier caso, esas mujeres nunca habían significado nada para él.

Ni significado ni utilidad alguna. Alicia torció apenas la sonrisa elegante que había dibujado. Recordó a aquellas que, osadas, se aferraban al brazo del príncipe heredero y se atrevían a mirarla directamente a los ojos con una sonrisa. Recordó la mirada inflada de ridícula satisfacción de esas mujeres, que no eran más que brisas insignificantes que rozaban las ramas de un árbol. Y eso la hizo sonreír.

Las "criadas" que ella misma había enviado al lecho del príncipe no eran diferentes. Sus nombres jamás habían quedado grabados en la memoria de Óscar. Ni siquiera podían ser llamadas amantes; no eran más que prostitutas de su cama.

Si un hombre tan noble como Óscar lo deseaba, ¿qué cosa no podría obtener? Alicia no se molestaba en aferrarse a lo insignificante. En su lugar, prefería mantener esas trivialidades bajo su control, en la palma de su mano. Como no podía —ni quería— impedirlo, al menos se aseguraría de que la alcoba del príncipe estuviera bajo su dominio.

Si alguna llegaba a ganarse el favor de Óscar, entonces quizá podría resultar útil de otra manera. Pero, lamentablemente, aún no había aparecido ninguna con tal valor. Alicia se permitió imaginar el día en que alguna de las mujeres que ella misma seleccionó se convirtiera en "algo especial" para él.

Alguien excepcionalmente encantadora, excepcionalmente hermosa… distinta de las demás. Aunque, al final, su única función seguiría siendo la misma: calentar su cama. Solo que, al menos, Óscar dejaría de referirse a ella como prostituta.

Pero, inevitablemente, esa mujer seguiría pasando por sus manos antes de entrar en el lecho del príncipe. Y, al verla, debería arrodillarse y pegar la frente al suelo como la cosa despreciable que sería. Susurraría al oído de Óscar solo lo que se le ordenara, y si Alicia lo deseaba, incluso la hija de una de las diecisiete familias nobles más importantes podría ser obligada a consumir Pardita, la droga que convertía el vientre de una mujer en piedra.

Si era necesario, también podría ser azotada como un perro…

Así que no, para Alicia no era una mala fantasía. Lo único que realmente lamentaba era que Óscar no le diera a "esas" ni un mínimo de importancia, lo que le impedía siquiera tener la oportunidad de divertirse con ellas.

De repente, un cabello negro apareció en su mente, una sonrisa burlona se le escapó sin querer. Aun así, Alicia continuó con su cavilación, fingiendo seriedad.

Durante los últimos años, al imaginar a las prostitutas que ella misma entregaría a su ilustre esposo, siempre pensaba en Inés Valeztena al final de esa lista. Siquiera la belleza más exquisita había logrado captar la mirada de su futuro marido, así que, tal vez, aquella mujer a la que él había mirado con estúpida nostalgia desde la infancia podría resultar, por primera vez, útil.

Sí… Empezando por ese reconocimiento oficial que él tanto anhelaba.

Si en la frente de Inés Valeztena pudiera quedar grabado no el título de "amante del príncipe heredero", sino el de "prostituta al servicio de la princesa heredera", entonces ella también habría logrado el reconocimiento oficial de la familia imperial.

Al igual que las demás, se acostaría en su cama bajo su control, se arrodillaría, pariría crías solo cuando se le permitiera y, si no era deseado, tragaría sin quejarse el veneno que arruinaría su vientre y su cuerpo de mujer.

Hubo un tiempo en que soñó con ver a Inés Valeztena convertida en algo así.

No importaba su linaje. Si en algún futuro lejano podía pisotearla hasta hundirla en lo más bajo, todo lo demás no sería más que un simple trámite.

Todo.

Incluso esta humillación.

Incluso la vida entera que había pasado aplastada bajo la sombra de aquella mujer.

Después de todo, él también tenía derecho a castigar esa insolencia, ¿no?

Porque ella jamás lo deseó.

Porque se atrevió a rechazar su amor.

Alicia reprimió las náuseas mientras pensaba en ello.

Amor. Amor. Ese amor que quería hacer trizas con sus propias manos.

Porque, de todos modos, aunque él la mantuviera a su lado y la colmara de afecto, para esa maldita Valeztena no sería más que una condena.


—Ah… ¡Ahng…! Su Alteza… Haa… ¡Ah!


Algún día, cuando ese vulgar cuerpo dejara de ser del interés de Óscar, ella podría acabar con su vida con tantos golpes como quisiera.

Solo deseaba que, en su último aliento, la arrogante hija de los Valeztena no pudiera conservar ni un gramo de dignidad.

Que su muerte no fuera rápida, sino miserable.

No bastaba con verla desaparecer.

Quería verla hecha pedazos, destruida hasta lo irreconocible.

No había pasado mucho tiempo desde que Alicia se dio cuenta de que albergaba un deseo tan claro de asesinarla. Pero ahora entendía que, en el fondo, siempre había querido matarla.

Amor.

Por más que lo pensara, era algo que jamás podría perdonar.

Debería conformarse con ese cuerpo, desearlo solo para usarlo y desecharlo cuando le plazca… ¿Amor?

No importaba cuán egoísta fuera Óscar en este mundo, ni cuán despreciable fuera su deseo por Inés Valeztena. Incluso si cometiera la estupidez de erradicar la sangre más valiosa de su linaje solo para traer a esa mujer a su cama, Alicia no lo detendría.

Podía pecar incontables veces, arrastrar su alma por el infierno si quería.

Alicia lo amaba, y su amor, por sí solo, siempre había sido absoluto.

Pero su amor…

El amor de él.

Si esto era amor, entonces lo que ella sentía por él también lo era. Algo tan incondicional, algo que solo deseaba que él lo tuviera todo…


—Ós… car… ah, haa… ¡Ahn!


Los gemidos agudos de la mujer resonaron, seguidos por el sonido de piel chocando contra piel. El ritmo se aceleraba, señal de que el final estaba cerca.

Alicia reprimió las náuseas que la asfixiaban.

Nada de eso le resultaba repulsivo.

Solo la cara de Inés Valeztena seguía atormentándola.

Ese amor enfermizo que lo llevaba a desear hundir a la ilustre hija de los Valeztena hasta lo más bajo para hacerla suya… ¿Por qué no era ella?

Si la amaba tanto, entonces ¿por qué él…?

Óscar hablaba constantemente de su utilidad, pero ni siquiera quería poseerla en ese sentido. Ni siquiera mostró el menor interés en hacerlo.

Solo se había limitado a no apartarla de su lado, y su relación persistía únicamente porque era Alicia quien lo ansiaba.

Eso era todo lo que tenía.

Solo eso.

Y ahora venían a hablarle de amor.

¿Existía en este mundo una palabra más injusta?

Se entregó porque creyó que el amor no existía.

Porque pensó que lo que poseía era lo mejor que Óscar podía ofrecer a una mujer.

Y, sin embargo, Inés Valeztena, sin siquiera alzar un dedo, lo tenía absolutamente todo.


—…Todo.


Alicia murmuró en voz baja.

Realmente era todo para él.

Incluso el matrimonio con el que ella había soñado toda su vida no era más que un simple medio para alcanzar a esa mujer.

Se aferró con todas sus fuerzas a un lugar que Inés Valeztena había desechado como si no tuviera ningún valor. Lo sostuvo con desesperación, creyendo ingenuamente que lo había ganado todo. Pero al final…

Esa mujer era el objeto de la más profunda obsesión de Óscar, al punto de que él estaba dispuesto a destruirse a sí mismo, a asesinar a su propia sangre, con tal de poseerla.

Incluso si tenía que romperla en pedazos, su deseo por ella no se extinguía.


—Todo lo tuyo…


¿Cómo podía explicarse con simples palabras de odio el deseo de borrar por completo la existencia de alguien?

Alicia cerró sus manos frías y se levantó.

Sus oídos, que habían soportado el sonido incesante de jadeos y gemidos, le indicaron que el acto había llegado a su fin. Fue solo cuando los ásperos jadeos de Óscar cesaron por completo.

La puerta se abrió frente a ella.

Alicia suavizó la expresión de sus labios con una sonrisa cordial.

Sobre la inmensa cama en el centro de la habitación, las "doncellas" que ella misma había dispuesto para Óscar yacían enredadas entre sí, sin una sola prenda cubriéndolas.

El deseo de complacer al príncipe heredero era evidente en cada una de ellas.

Sin embargo, solo una mujer había sido elegida.

Solo una había recibido sus caricias, solo una había sentido su cuerpo sobre el suyo.

Cabello negro.

Y esos ojos verdes…

Alicia hizo una leve señal a un caballero cercano para que apartara esa molesta cabellera oscura de su vista, luego se acercó con su sonrisa más dulce.


—¿Lo disfrutaste?


Los ojos vidriosos por la droga la observaron por un instante.

En su mirada, oscilante y perdida en otro mundo, destelló fugazmente un rastro de repulsión hacia ella.

Era irónico cómo, bajo el efecto del narcótico, él ni siquiera intentaba ocultarlo.

Alicia fingió no darse cuenta y con delicadeza apartó de su frente su cabello empapado en sudor.

Solo cuando estaba drogado podía permitirse hacer algo como esto.

Así, saboreó el momento.

Por unos breves segundos…

Antes, llegó a fantasear con que algún día él tomaría también su mano y la arrastraría hacia su calor.

Pero ya lo había aceptado.

Incluso en su estado más vulnerable, él no deseaba a su prometida.


—Bébelo despacio.


El antídoto bajó por la garganta de Óscar.

Sus ojos nublados recuperaron la lucidez más rápido de lo esperado.

Alicia sintió un ligero pesar.

Su resistencia al Virgo estaba aumentando.

Si llegaba el día en que la droga dejara de hacer efecto… ¿qué debería usar entonces?

Mientras reflexionaba sobre ello, la áspera voz de Óscar rompió el silencio.


—…Llévate a todas.


Como si nunca hubiera estado excitado, Óscar jaló las sábanas y cubrió la parte baja de su cuerpo, apartando con frialdad a las mujeres que aún quedaban en la cama.

Alicia fulminó con la mirada la cabellera negra de la última en abandonar la habitación.

A veces, cuando fantaseaba con que él apreciara a alguna de esas mujeres, solía pensar con indiferencia: "Podría ser útil."

Pero cuando tenía una delante, aunque él ya hubiera perdido el interés, no podía evitar desear matarla.

¿Por qué tenía que parecerse tanto?

Incluso incapaz de excitarse por sí mismo hasta el punto de necesitar una droga, sus ojos, enloquecidos por el delirio, siempre terminaban eligiendo mujeres que se parecían a ella.

Hoy también.

Como siempre.

Alicia se preguntó hasta cuándo había planeado ignorar ese hecho.

Pero enfrentarlo no traería nada bueno.

Para su boda quedaba menos de un mes.

Su rostro adoptó la misma dulzura de siempre al mirarlo.


—Otra vez me diste Virgo.

—Sí. Juzgué que necesitabas un poco de alivio.

—Te dije que no lo hicieras por tu cuenta.

—Solo deseo que seas feliz. Desde que la señorita Inés se recluyó de repente, has estado más irritable de lo habitual.

—Qué conmovedor. No entiendo por qué Su Majestad la Emperatriz no te tiene en alta estima.


Su boca se torció con desprecio al hablar, antes de apartarse de la cama por el lado opuesto al que ella estaba sentada.

Alicia lo observó alejarse con una mirada gélida.


—¿Debería deshacerme de esos cuatro hombres de antemano?

—Lamento si me precipité en mi juicio.

—No importa. Me he divertido, así que lo dejaré pasar.


Sin embargo, la devoción en exceso genera sospechas, Alicia.

Hubo un tiempo en el que pensó que debía proteger a Inés Valeztena solo porque Óscar la consideraba valiosa.

Como quien cuida un regalo preciado para que no se dañe.

Pero ahora…

Ahora, precisamente porque él la amaba con tanta desesperación, quería destruirla.

Sí.

Quería golpearla hasta la muerte.

Quería destrozarla hasta el punto en que él ni siquiera pudiera poseerla.

Tal vez porque lo odiaba demasiado.


—Pero, Alteza, la felicidad de Su Alteza es también mi felicidad.


Después de todo, lo amaba lo suficiente como para querer destruirlo también.

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