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Anillo Roto: Este matrimonio fracasará de todos modos 259

REGRESO A CASA (15)




—……

—Los médicos anteriores no pudieron hacerlo. Ninguno se atrevió a decir que lo mejor sería internar a la única hija de Valeztena en un hospital psiquiátrico.

—¿Inés?

—No pudieron decirlo, ni siquiera considerarlo, así que tampoco pudieron tratarme. Mi madre, con solo sospecharlo, reaccionaba como si fuera a matar a cualquiera que lo insinuara, y mi padre… él realmente intentó asesinar a ese feralino.

—……

—No pongas esa cara, Kassel.


Inés desató el lazo que llevaba atado al cuello y volvió a sujetar su cabello, que se agitaba con la brisa que soplaba desde su espalda. Lo hizo con un gesto tranquilo, como si hubiera olvidado de qué estaba hablando.

Luego, aún inmóvil como si estuviera clavado en el suelo, Kassel seguía mirándola fijamente. Inés tomó su muñeca y lo hizo sentarse a su lado.


—Aquel hombre era un farmacólogo brillante, tan talentoso en psiquiatría que incluso la realeza de Feral y nobles extranjeros le brindaban protección. Para entonces, creo que mi padre estaba tan agotado que ya no podía seguir negando mi estado. Después de que logré salvar a ese hombre a toda costa… mi cuerpo estaba cubierto de heridas que yo misma me había causado.

—¿Qué…?

—No eran heridas graves. Por eso, ahora no queda ninguna marca. Claro que hicieron falta medicamentos bastante costosos, pero… en aquel entonces, fui un completo desastre, Kassel. Ni siquiera podía respirar bien por mi cuenta. Sentía que no estaba viva a menos que me lastimara… Estaba tan fuera de mí que no podía perdonarme el simple hecho de seguir respirando si no me castigaba a mí misma en cada momento…

—Inés…

—No podía soportar aquellos días. No podía perdonarme. A veces, el hecho de seguir viva me resultaba inaceptable… Cuando la gente me preguntaba qué había pasado, no tenía nada que responder.

—……

—Porque, en realidad, nunca pasó nada. Nada más allá de lo que ocurría en mi mente enferma.

—……

—Puede sonar como un delirio de alguien loco, pero… tal como lo diagnosticó el feralino, yo realmente lo estaba. Eso era todo. Solo cosas que pasaron en mi cabeza. Hechos que nunca sucedieron, pero que permanecían en mi memoria como si fueran reales, devorando mi mente sin cesar… Así estuve durante cuatro años, demasiado loca como para poder ocultarlo. Encerrada en delirios que no podía explicar a nadie. Atrapada en un sueño terriblemente largo y aterrador…

—……

—Y antes de eso… solo estaba lo suficientemente loca como para seguir ocultándolo.


A excepción de su respiración temblorosa de vez en cuando, su voz era tranquila. No mostraba signos de estar conteniéndose a la fuerza, ni siquiera quedaba el más mínimo rastro de una ira fría.

Después de todo, había pasado todo el día pensando en esto.

¿Debería fingir que no sabía nada de nuevo y dejarme arrastrar? ¿O sonreír como si lo hubiera olvidado…? No podía negar que, por un momento, sintió la tentación de hacerlo.

Pero Inés recordó la forma en que él, emocionado como si hubiera recibido algo que nunca antes pudo tener, la besó solo por un simple regalo suyo. Recordó la calidez de la única luz en aquel invernadero.

No importaba cuán impresionantes afirmara Kassel que eran sus obsequios; en ese invernadero, lo único que atrapaba su mirada era él.

Por eso, ya no podía seguir engañándolo. No después de haberlo hecho desde el principio hasta el final, solo para ahora montar un espectáculo patético, reclamando que él la había engañado a ella.

Si tan solo su mentira le había causado tanta desesperación, ¿cómo se atrevía a…?


—Lo que pasó aquel día en El Tabeo… no fue más que una secuela de lo anterior. O más bien, un mal hábito. Lo viste esta mañana, ¿no? Ya sabes, tu esposa tiene un carácter bastante terrible. Así que a veces tengo ataques de hiperventilación. Solo hace falta que algo no salga como quiero… Aquel día, varias cosas triviales se acumularon y me pusieron de los nervios. Para mí, no fue nada especial.

—……

—Lamento haber ocultado un defecto tan grave. Y también lamento tener que usar estas palabras a pesar de saber cuánto las detestas. Pero no puedo negarlo: tengo un defecto enorme. Y aun así, intenté casarme contigo como si nada, pretendiendo ignorarlo todo, con la intención de nunca contártelo… Lo siento por todo, Kassel.

—……

—Al menos, cuando te elegí por primera vez, no era así. Tal vez, para ti, yo siempre fui una niña extraña. Pero en ese entonces… ni siquiera imaginé que terminaría tan rota. Cuando me detenía a pensar en “aquellas cosas”, realmente sentía que nunca habían sucedido. Mi pequeño y frágil cuerpo me daba cierta sensación de alivio. Me hacía pensar que tal vez no estaba tan loca. Que tal vez podría vivir de otra forma, ser diferente… Tenía esa confianza en mí misma. “Porque lo que nunca ocurrió, se sentía como si nunca hubiera ocurrido”... Solo con decir esto, ya debes darte cuenta de lo desequilibrada que estoy, ¿verdad?


Inés dejó escapar una risa seca mientras repetía sus propias palabras. Kassel giró ligeramente la muñeca que ella sostenía y, en un gesto inverso, fue él quien terminó sujetando la de ella. No había duda de que lo hacía en señal de negación.

Inés acarició suavemente el dorso de su mano con la otra, como si estuviera acariciando algo adorable.


—Durante esos cuatro años… En medio de todo lo que ocurrió, en Valeztena nadie consideró que nuestro matrimonio fuera un problema. No había tiempo ni energía para preocuparse por algo tan normal. Mi padre ni siquiera pensó en ti en ese entonces, y mi madre… sentía tanto pavor por nuestro compromiso que aumentó su dosis de medicación y se la pasaba ebria. En sus días lúcidos, apenas tenía fuerzas para negar mi estado. Y en los días que no lo estaba… ni siquiera lograba reconocerme.

—……

—Así que Valeztena no planeó engañarte desde el principio. Solo… las cosas sucedieron de esa manera. Por suerte, en aquel entonces, tú seguías sin tener interés en mí. Y para cuando exigiste el matrimonio, mi enfermedad ya era un asunto del pasado en Valeztena desde hacía varios años… Tal vez, incluso creyeron que tu servicio militar les ayudó a ganar tiempo. Hasta el hecho de que tuvieras muchas mujeres alrededor les debió parecer algo positivo. Mi padre siempre veía las cosas a su favor, así que seguramente pensó que no había nada de qué sentirse culpable.


Y aun así, él mismo envió a su hija, completamente destrozada, a casarse.

Sí.

A la hija que, en otro tiempo, no podía soportar ni un solo instante sin clavarse algo afilado en la piel.

A la que, aun así, consideró digna de ser la esposa y la madre de alguien.


—……

—Mi madre solo quería envolver su producto defectuoso como si fuera perfecto y deshacerse de mí lo antes posible, convirtiéndome en el problema de alguien más… Ambos solo querían olvidar aquellos días a toda costa. Tal vez, para ellos, no había otra opción. Y con el tiempo, terminaron convencidos de que nuestro matrimonio era una unión legítima. Con una desfachatez increíble.


Después de todo, mis padres solo tenían dos hijos. Y dejar que la mitad de ellos, su hija, terminara descartada como un desecho era una pérdida demasiado grande para Valeztena 


—…Eso no importa.

—Sí importa.

—No hables como si nuestro matrimonio hubiera sido el problema desde el principio.

—……

—No intentes justificar a tus padres, como si nuestro matrimonio fuera un engaño producto de su manipulación. Como si ellos hubieran tenido que estafarme para casarte conmigo… Maldita sea, Inés, no tienes nada que justificar.


Su voz se quebraba con cada palabra, incapaz de ocultar la conmoción que lo sacudía desde dentro. Era algo que simplemente no podía contener.


—No tenías ningún defecto por el que ellos tuvieran que engañarme. No hables como si casarte conmigo hubiera sido un error, como si tuvieras alguna imperfección tan grande que hiciera de nuestro matrimonio algo inaceptable…

—Si esto saliera a la luz, en cualquier parte de Ortega dejarían de considerarme siquiera un ser humano. Lo sabían y, aun así, te lo ocultaron. Valeztena te debe una deuda.

—Inés Valeztena. No creo que hayan obrado de manera incorrecta. Al menos, no en lo que respecta a nuestro matrimonio.

—Kassel…

—No digas que nuestro matrimonio fue un error. Por favor, Inés…


Se desplomó y apoyó los labios sobre el dorso de su mano.


—No digas… que tú fuiste un error. Ni siquiera tú tienes derecho a decir algo así. Te lo ruego. Casarme contigo es la única bendición de mi vida. Que finalmente me eligieras es la prueba de que Dios existe…

—Lo siento.

—Si de verdad lo sientes, ¿por qué me destrozas el corazón?

—……

—¿Por qué me haces daño, Inés?


Él levantó lentamente la mirada, sus ojos azules llenos de lágrimas. En ellos se mezclaban una ira fría, sin dirección aparente, y una desesperación mucho más profunda de lo que ella había imaginado.


—No hiciste nada malo.

—……

—Inés, tú no hiciste nada malo.

—……

—Ni siquiera estás loca.


¿Qué sabía él?

Con la mano que aún no le sujetaba Kassel, ella acarició suavemente su mejilla húmeda.

¿Cómo podía decir algo así sin saber nada?

Era la frase perfecta, la que ella siempre había querido escuchar. Al final, su interior cobarde y astuto solo deseaba oír esas palabras.


—Desde el principio, nunca hiciste nada malo.


Las palabras que, hace mucho tiempo, había anhelado escuchar.


—…¿Y tú qué sabes?

—Puedo saberlo.


Su breve pero firme convicción la hizo detenerse un instante. Inés sintió los labios de Kassel rozando su palma, dejando pequeños besos sobre ella, a veces humedeciéndola con sus lágrimas.


—Así que deja de decir esas cosas. Si hay algo que realmente quieres decir… Si es un secreto que quieres compartir, maldita sea, lo aceptaré con gusto. Pero ahora mismo, lo único que haces es darme poder sobre ti.

—……

—Inés, lo que quiero escuchar de ti no es una debilidad que pueda usar para controlarte.

—…La mayoría de las cosas que te oculto son debilidades. ¿No quieres saber quién soy realmente?

—Maldita sea, Valeztena, siempre he querido saberlo todo sobre ti. No importa cuán doloroso sea… Pero si para saberlo debo esperar hasta el día en que muera, lo haré con gusto.

—……

—Lo único que quiero es que me lo digas porque deseas sentirte en paz.


No que me lances un cuchillo para apuñalarte con él.

La historia que Inés había comenzado a contar de repente era, en cierto sentido, un suicidio social. Desde el hecho de que su estado mental era tan inestable que pasaba días enteros autolesionándose, hasta la revelación de que sus padres, aun conociendo su grave defecto durante años, la habían casado con el heredero de Escalante.

Y si a todo eso se sumaba la forma en que lo decía, su actitud deliberada, como si estuviera colocando voluntariamente su cuello bajo la hoja de un cuchillo, el peso de sus palabras se volvía aún más peligroso.

Kassel la miró con dolor, como si hubiera sabido desde el principio hacia dónde se dirigía todo esto. Inés le acarició suavemente el contorno de los ojos y susurró:


—…Quería darte mi verdadera debilidad, Kassel.

—No necesito nada de eso. ¿Cuántas veces tengo que decirte…?

—Para que puedas abandonarme cuando quieras… o para que no puedas dejarme jamás.

—……

—Con esto, podrías retenerme para siempre en el lugar que desees, aunque fuera solo en una habitación donde apenas pudiera acostarme. Literalmente podrías atarme de pies y manos, o incluso colgarme del cuello como a un animal. En Ortega, da igual el rango o el linaje, siempre han sabido cómo manejar a los familiares que han perdido la cabeza. Y yo… Si estoy lo suficientemente loca como para que mi único propósito sea evitar hacerme daño, entonces tú también podrías…

—¿Qué demonios estás diciendo?


Kassel tragó en seco un insulto que no pudo decirle en la cara y le apretó con fuerza la muñeca.

Pero Inés continuó con calma, como si no sintiera nada.


—Y mi padre te lo agradecería. Solo por el hecho de que no me encierres en un hospital psiquiátrico. Porque él sabe hasta dónde puedo llegar… Sí, incluso consideraría un milagro que mi cabeza no acabe afilada como un cuchillo en un lugar como ese.

—Inés.

—Así que podrías mantenerme a tu lado para siempre, si así lo quisieras… o abandonarme en un lugar donde nunca me volverías a ver. Todo depende de lo hábil que seas aprovechando mis debilidades.

—…Si hiciera algo así, sería un malnacido. ¿Lo sabes?

—Lo sé, pero no me importa. Kassel. ¿Ahora sí me creerás?

—……

—¿Puedes creer que ya no estoy herida? ¿Que mi corazón está bien?

—Te creo. Maldita sea, te creo…

—¿O sigues viéndome como a una loca?

—Te creo, Inés. Incluso si no hubieras dicho nada, te habría creído.

—Mentira. Esta mañana esperabas algo de mí y te decepcionaste.

—¿Y por eso me castigas así? ¿Haciéndote daño delante de mí?


Una voz cargada de frustración le devolvió la pregunta.

Inés ignoró las voces del pasado que se superponían en su mente y habló con firmeza.


—El castigo siempre ha sido solo mío, Kassel. No hay castigo para ti.

—¿Cómo puedes decir algo tan absurdo?

—Míranos ahora mismo. Ni siquiera mis excusas tienen dignidad.

—Inés.

—Hablé como si desde el principio hubiera querido ocultarte la verdad para poder vivir tranquilamente a tu lado. Como si me hubiera casado contigo porque de verdad creía que ya estaba bien.

—……

—Pero convenientemente omití el hecho de que te utilicé y luego intenté desecharte sin más.


Su voz siguió presionando, como si intentara quebrar la solidez de la mirada de Kassel, como si todo esto fuera algo que él ya sabía.


—Dije que ‘al menos, cuando te elegí por primera vez, no era así’. Y sí, eso era cierto.


Hizo una pausa.


—Pero, ¿significa eso que en algún momento realmente quise este matrimonio? No.

—……

—Hablé como si no hubiera sido un desecho desde que era niña, como si al menos hubiera tenido un poco de decencia… cuando la verdad es que ni siquiera la necesitaba.

—……

—Porque, desde el principio, nunca tuve la intención de ser tu esposa toda la vida.


Algo en la fortaleza de Kassel se resquebrajó.

Y lo que más le sorprendió a Inés, lo que le pareció increíble, fue que él se estuviera hiriendo a pesar de saberlo todo. No porque estuviera en shock ni porque se sintiera traicionado, sino porque… porque ya lo sabía.


—Nunca planeé decírtelo, no porque quisiera que siguieras viviendo a mi lado sin saberlo, sino porque ni siquiera creí que fuera necesario que lo supieras.


Un dolor que él ya conocía. Un sufrimiento que esperaba.

Inés no podía comprenderlo.


—Desde el principio, pensé que mis problemas no tenían nada que ver contigo. Esa es la diferencia entre mis padres, que te engañaron, y yo.


Lo sabía.

¿Cómo podías seguir amándome sabiendo todo esto?


—Yo era la que mejor conocía mis propias imperfecciones, y aun así, no me sentía particularmente culpable contigo. Después de todo, este matrimonio no era real.

—Inés.

—Porque desde el principio… desde que era solo una niña… ya había decidido arruinarlo todo. Incluso cuando te veía a ti, que no tenías la culpa de nada.

—Lo sé.

—Yo…

—Lo sé, Inés. No necesitas poner esa cara como si la culpa te fuera a matar.

—Kassel, yo…

—Sé que ahora ya no es así.


Kassel la miraba con firmeza, como si jamás hubiera estado herido. Irónicamente, mientras él permanecía intacto, ella se rompía por primera vez. Sus lágrimas brotaron de golpe y rodaron sin cesar.


—Tu corazón cambió, Inés. Decidiste quedarte conmigo. Elegiste seguir viviendo a mi lado.

—…Pero lo decidí por mi cuenta, porque me gustaste. Y después, intenté fingir que nunca había sido de otra manera. ¿No te parece indignante?

—¿Cómo podría sentirme indignado contigo? Decidiste mantenerme a tu lado. Decidiste traer a Ivana al mundo. Y a Ricardo también. Elegiste no irte y quedarte a vivir con nosotros.

—…De verdad, ¿por qué eres tan idiota…?

—Fuiste tú quien eligió a este idiota como esposo. Nadie más. Ni siquiera tus padres.

—……

—Y como yo soy lo suficientemente tonto y tú lo suficientemente lista, estamos perfectamente equilibrados, Inés Escalante.


Así que no hagas estupideces que no te quedan.

Kassel la atrajo hacia él, subiéndola a su regazo y abrazándola con fuerza mientras susurraba.

Estoy loca… de verdad, estoy completamente loca, Escalante… —Inés sollozó entre sus brazos—. ¿Seguro que escuchaste bien lo que te dije?

¿De verdad entiendes lo que te conté? ¿O es que no lo has comprendido del todo? ¿Acaso eres demasiado idiota…? No, no quise decir que seas idiota… La idiota soy yo…

Kassel, en mis sueños… en todas mis pesadillas… siempre me veo destruyéndome a mí misma.

Veo a alguien destruyéndome. O me veo a mí destruyendo a alguien más.

En ese lugar, vivo una vida en la que nunca puedo sostener nada sin romperlo. Al final, siempre termino sin nada. Lo arruino todo.

Incluso cuando muero… incluso entonces, todo lo que intenté proteger ya está destrozado…

Tal vez… incluso tú ya…


—Los sueños han terminado, Inés.

—……

—Yo soy tu realidad.

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