Anillo Roto: Este matrimonio fracasará de todos modos 255
REGRESO A CASA (11)
‘…El niño no importa. Así que…’
Ah. Ese rostro cuando dijo que estaba bien. Ese rostro que, en realidad, no estaba bien en absoluto.
Inés se preguntó si esto era un castigo del destino, si él, sin saber nada, la estaba castigando instintivamente.
O quizás, simplemente, solo intentaba no repetir los mismos errores.
Porque nosotros… ya fracasamos una vez.
La presión de su mano recorriendo su espalda le sacó el aliento, y la boca, que creyó que podría curvarse en una sonrisa, en su lugar, soltó un sollozo ahogado.
Sus respiraciones eran pesadas, rotas, cuando por fin logró que el aire entrara con fluidez, se dio cuenta de que estaba húmedo.
Las manos grandes que atrapaban su rostro mojado temblaban. Ese hombre tonto, al que solo le daba miedo verla llorar. Al que solo le aterraba verla herida.
Ese mismo hombre… seguía aquí.
Inés apretó los dientes y apartó su mano con furia. Era una rabia cargada de vergüenza, como si la hubieran expuesto completamente.
—…Qué estúpida. Qué estúpida soy…
—No lo eres.
—Debiste reírte cada vez que me veías desnudarme y abrir las piernas para ti. Cuando ni siquiera pensabas darme una oportunidad.
—….....
—Cuando subía sobre ti sin pudor, diciendo que quería un hijo, nuestro hijo. Apegándome desesperadamente a ti, como una idiota. ¿Qué pasaba por tu cabeza cuando me veías así?
—….....
—Ni siquiera viste cómo, en secreto, cada vez que me ilusionaba, cada vez que sangraba y me desmoronaba en decepción, lo repetía una y otra vez. Si lo hubieras visto… dime, ¿qué habrías pensado?
—…....
—Dímelo, Kassel.
—…Inés.
—Venga, dilo. ¿No decías que me amabas? Dímelo ahora, con esa misma boca.
En algún momento, el abrazo que la envolvía se había vuelto rígido, como si hubiera dejado de respirar. Kassel giró la cabeza lentamente y miró hacia la cama. Su perfil, al volver la vista sin ningún tipo de preparación, estaba pálido.
Sobre las sábanas, grandes y pequeños obsequios estaban esparcidos sin orden. Y, al levantarse, otros regalos habían caído al suelo, junto con cintas desatadas, cartas y un pequeño bolsillo…
Sus ojos se posaron en las monedas Tilidad que se habían derramado desde el bolsillo antes de dirigirse, con la misma lentitud, hacia Inés.
—¿Te pareció ridículo que ahora diga que me gustas? Como si fuera un chiste… Porque me gustas. Porque tú, precisamente tú, fuiste la mujer que me dijo que podía hacerte cualquier cosa…
—…Inés, eso jamás…
—Jugaste conmigo, Escalante.
—No, jamás. Yo a ti…...
—Al final, ¿te sentiste como un ganador al verme enamorarme de ti, igual que todas las demás mujeres? ¿Fue divertido? ¿Hablar de pasar nuestra vida juntos, de tener un hijo…?
—…....
—Un hijo… Cuando me escuchaste hablar de eso… Sí, claro, te reíste. Porque te pareció absurdo, ¿verdad? No pudiste evitarlo.
—Tú no eres absurda en lo más mínimo, Inés Valeztena. Eso jamás podría ser así para mí.
—Y, aun así, me decías esas palabras como si realmente me quisieras.
—Porque todo en ti me alegra y me resulta adorable. Siempre.
—No creo que todo haya sido mentira. Hasta a una amante con la que solo juegas le puedes mostrar algo de sinceridad…
—…......
—Ni siquiera pensabas en hacerme madre de tu hijo, pero como te resultaba hermosa en el momento, al menos me dejaste soñar un poco.
Por un instante, la mano que sujetaba los hombros de Inés se tensó con una fuerza brusca. Inés sabía que él estaba escuchando sus palabras, imposibles de aceptar, solo para no interrumpirla. Apenas se contenía, únicamente para evitar que ella se alterara más. Porque su otra mano, la que rodeaba su cuello, aún seguía midiendo el latido inestable de su esposa.
Aun así, con esa última frase, su rostro perdió el control por un momento, iluminado por la ira. Y aquello, de alguna forma, se sintió como una prueba de su amor. Sus manos, ese agarre repentino y la manera en que, a la fuerza, sus dedos se alejaban, todo en él negaba sus palabras…
Inés soltó una risa amarga. Qué ironía. Siempre queriendo tener razón, siempre queriendo ganar… y ahora deseando que él refutara su propia afirmación.
Sabía que no todo había sido mentira. Sabía que él jamás habría jugado con ella, ni siquiera en sueños. Porque él… no era ‘aquel hombre’. Seguía siendo la misma persona de siempre, insoportablemente constante, absurdamente enamorado de ella, con una paciencia y autocontrol que solo lograban irritarla. Hasta el punto de hacer que ella misma se despreciara.
Míralo, ni siquiera puede abrir la boca. Porque teme gritarle. Porque teme enfadarse. Porque le preocupa. Porque le duele.
—…¿Cómo pudiste reírte?
Porque, en el fondo, lo sabía. Y por eso era insoportable. No podía soportar esta farsa. ¿Cómo pudo hacerle eso mientras la amaba? ¿Por qué la engañó? Ella…
Era como si la Inés Valeztena del pasado le estuviera lanzando piedras a la realidad, burlándose de ella. Como si su espíritu aún vagara por esta habitación sin poder marcharse. ‘¿Para qué hiciste algo que no te correspondía?’, se reía su antiguo yo. ‘¿Para qué deseaste algo para lo que nunca tuviste derecho?’
Con el rostro empapado en lágrimas y completamente desfigurado por el llanto, Inés alzó la vista.
—¿Por qué me trajiste aquí? ¿Por qué… me hiciste amar este lugar, amarte a ti…?
—…....
—Yo… al menos desde ese momento, en cada instante, fui sincera…
No cuando pensaba en un hijo solo por conveniencia, sino desde que lo imaginó como ‘su hijo’. Como el hijo de ambos…
No, incluso antes. Desde aquel día en que, al observar por casualidad un retrato de la infancia de Kassel, se sorprendió imaginando a un niño parecido a él corriendo por la residencia.
Desde el momento en que, por primera vez en su vida, había imaginado a un hijo suyo creciendo sano, caminando, hablando, corriendo…
Y ahora, ese deseo ya no era solo un anhelo, sino una desesperación. Quería vivir de otra manera, pero ni siquiera sabía cuánto tiempo le quedaba para lograrlo. No sabía cuánto tiempo más podría estar a su lado… cuánto tiempo más él estaría con ella…
—Tú no lo sentías así, ¿verdad? Al final, todo fue un desperdicio. Esforzarme sin sentido, revolcarnos como bestias en celo… Y cuando yo me llenaba de estúpidas esperanzas, tú solo tomabas mi cuerpo. ¿No es cierto?
—…Inés.
—Por supuesto, yo también lo disfruté. Al fin y al cabo, lo que engañaste fue mi mente, no mi cuerpo.
—Basta. Acuéstate y descansa un poco… Luego, escúchame.
Por primera vez, su voz sonó enfadada al llamarla. Suavemente, como siempre, la tocó, pero su mano contenía una tensión obstinada, como si estuviera haciendo un esfuerzo extremo por no apretar demasiado.
Inés, extrañamente serena, soltó en un susurro:
—Me dijiste que eligiéramos un nombre, Kassel.
—……
—Que les pusiéramos nombre a los niños. Lo dijiste con tanta emoción en el coto de caza de tu abuelo. Que querías ver primero a una hija parecida a mí.
—……
—¿También te lo tomaste entonces?
—Lo tenía conmigo.
—Si hubieras sabido que yo repetía esos nombres una y otra vez a escondidas… seguro que te habría divertido aún más.
Su burla se sintió como fuego ardiendo en su interior. Y, de forma irónica, al verla, los ojos de Kassel se apagaron igual que su corazón. Al encontrar esa mirada, Inés olvidó incluso su rabia y solo sintió arrepentimiento.
Kassel la observó en silencio, con el rostro hundido en la culpa, y finalmente habló:
—Desde aquella noche no volví a tomarlo. Desde que dijiste que querías tener un hijo conmigo.
—……
—Desde que dejaste de hablar de ello como un simple trámite que querías acabar rápido. Desde que, por primera vez, sentí que hablabas realmente de ‘nuestro hijo’. Desde ese momento.
Inés respiró hondo y despacio, sin decir nada. Kassel la hizo sentarse en la cama y se arrodilló frente a ella.
—¿Para ti solo era el niño?
Sus ojos, al mirarla en silencio, estaban desolados.
—¿El único motivo por el que te acostaste conmigo fue por el niño?
Las lágrimas, que apenas habían dejado de caer, volvieron a inundar sus ojos. Sin duda, aquella pregunta era tan absurda y enfurecedora que su pecho ardía.
—¿Solo porque lo necesitabas? ¿Nada más que eso?
—……
—Si no podíamos tener un hijo, ¿entonces todo esto era una relación vacía, sin sentido?
—…Te dije que te quería.
—……
—Maldito bastardo… Te dije que me gustabas. Que me gustabas mucho…
—……
—¿Qué más se supone que debía decir? Te dije que me gustabas. Que me gustabas tanto que no me importaba que me trataras como un perro. Que, si eras tú, podías hacerme lo que quisieras… Y aun así, ¿cómo te atreves? ¿Cómo te atreves siquiera a preguntarlo…?
De repente, una sombra cayó sobre ella y, sin previo aviso, Kassel la acorraló. El beso que le dio fue feroz, como si quisiera devorarla.
¿Cómo podía ser tan idiota como para sentirse conmovido incluso en este momento?
Su aliento se entrelazó con el de ella de manera sofocante, su lengua la atrapó con una insistencia inquebrantable. Inés, demasiado aturdida para reaccionar, lo soportó sin hacer nada hasta que, incapaz de contener su temperamento, lo golpeó.
Una vez. Dos veces. Pero ni siquiera reaccionó. Frustrada, empezó a golpearle el pecho con más fuerza, hasta que los golpes resonaron con un sonido sordo. Sin embargo, Kassel solo se apartó cuando su respiración comenzó a agitarse levemente.
—Lo siento. Lo siento, Inés. Perdóname por haberte engañado…....
—Eres un desgraciado… Un maldito bastardo… Ojalá te pudras en este infierno…...
—Me equivoqué. Perdóname.
Su rostro quedó cubierto de besos. Si no fuera por el vendaje en su frente, ya le habría propinado un buen golpe. Inés giró la cabeza de un lado a otro, tratando de esquivar sus labios, pero fue inútil. Al final, volvieron a encontrarse.
Su cuerpo cayó hacia atrás. Se quejó levemente al sentir algo duro en su espalda: una caja. Kassel, como si acabara de cometer un crimen imperdonable, la apartó de inmediato y volvió a besarla.
Y en ese instante, Inés lo interpretó como un permiso para golpearlo tanto como quisiera. Encerrada en su abrazo, luchó con todas sus fuerzas, dándole manotazos en los hombros. Pero ni siquiera pudo hacerlo con la suficiente fuerza como para que le doliera a él. Si alguien iba a lastimarse, sería ella. Sus propias manos. Sus lágrimas cayeron, resquicios de una rabia vacía y desesperada.
—No llores… No llores, Inés. ¿Sí?
—No te metas. Suéltame. No quiero verte, maldito…
—Antes… Me equivoqué. Pero nunca fue porque no te valorara. Al contrario, era porque tú… Tú eras demasiado importante para mí…
—Y ahora vienes con esto… ¿’Demasiado importante’? ¿¡Y aun así me trataste como una amante a la que solo usabas!? Kassel, ¿cómo pudiste? ¿Cómo puedes decir que jugaste conmigo…? Es absurdo. Es ridículo. ¿Cómo pudiste siquiera pensar en algo así? Por favor… No vuelvas a decirlo. ¿Sí? Lo siento…
—Y yo aquí… mintiendo miserablemente solo para poder verte…
—…….
—Vine porque quería verte… Porque te extrañaba… ¿Sabes cuánto… cuánto me preocupé por ti? Tú… tú…
No encontraba más palabras. Al final, simplemente volvió a golpearlo.
Kassel, como si no sintiera dolor, la abrazó con fuerza y susurró una y otra vez que lo sentía. Cuando sus manos ya no pudieron seguir golpeando su pecho, pasaron a sus hombros, y cuando tampoco pudo seguir golpeando sus hombros, sus manos se aferraron a su espalda, temblorosas y perdidas.
—Ni siquiera sientes dolor, ¿verdad? Aunque te golpee así, no te duele…
—Sí me duele.
—Suéltame. No quiero volver a hacer esto contigo nunca más.
—Me duele… Me duele demasiado verte llorar, Inés…
—……
—Incluso solo recordarlo… me destroza.
Si te gusta mi trabajo, puedes apoyarme comprándome un café o una donación. Realmente me motiva. O puedes dejar una votación o un comentario 😁😄
0 Comentarios