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Anillo Roto: Este matrimonio fracasará de todos modos 238

Emiliano (4)




Kassel entreabrió los ojos, entrecerrados por la incomodidad. Era una habitación diminuta, tan pequeña que con una sola mirada abarcaba las cuatro paredes y el techo entero.

¿Una capilla?

En lo alto de la pared, una ventana del tamaño de una palma arrojaba un haz de luz que se alargaba en línea recta, pero el ocaso la teñía de una penumbra turbia.

Se pasó una mano por el rostro demacrado, dudando entre levantarse o no, antes de dejarse caer de nuevo sobre la almohada. El mareo lo invadió. Hasta su propio cuerpo le parecía ajeno, grotesco. Un saco de huesos repugnante. La náusea le revolvió las entrañas, como si al menor movimiento fuera a vomitarlo todo, aunque no había comido lo suficiente para siquiera intentarlo.


—…¿Inés habrá estado así también?


La voz de Kassel rompió el silencio dirigida a Emiliano, quien permanecía sentado en la oscuridad, lejos de la luz.


—¿Empezando desde cero como tú? ¿Recordándolo todo…?

—…No.

—¿Y cómo diablos lo sabes?


Kassel replicó con escepticismo, como si ya hubiera olvidado que él mismo había iniciado la pregunta.

Emiliano sonrió, leve.


—Perdón… Es que al hablar así, ahora mismo, se parecía tanto a ella.

—……


Kassel lo observó fijo, preguntándose si aquello era una burla. Entonces Emiliano avanzó hacia la luz y volvió a sonreír, como negando.


—No me estoy burlando de usted.

—……

—"¿Se está burlando de mí?"… Hasta en eso se parece a Inés.

—……

—Dicen que los cónyuges terminan pareciéndose.


Kassel sintió que la bilis le subía a la garganta al ver ese rostro sereno. O, más exactamente, cada vez que detectaba en él un rastro de "ah, esto es algo que a Inés le habría gustado".

Eran ojos que aún amaban a Inés, eso era evidente. ¿Cómo no odiarlo? Aunque ella siguiera amándolo, este tipo ni siquiera lo sabría. Ni aunque se atreviera a robar una mirada, ahora que el marido de Inés estaba frente a él.

Y encima, ¿se atrevía a decir que se parecían?


—…A Inés no le habría gustado oír eso.

—No importa. No puede escucharnos.


Emiliano respondió con sencillez, luego, mientras su sonrisa se desvanecía, añadió:


—Además, Inés no es como yo.

—¿Y tú qué sabes?

—…Si me obliga a decirlo, yo soy mucho más parecido a usted, Kassel. Quizá por eso.


Kassel hizo una mueca involuntaria antes de fruncir el ceño. Emiliano, con la mirada baja fija en sus propias rodillas, habló con voz quebrada. Como si confesara una tragedia.


—Inés no tuvo la misma oportunidad que nosotros. Por eso.


Si no sabe que renaciste, es porque esa es la bendición de la oportunidad.

Desde el día en que volvió a este mundo sin que nada más cambiara… La voz clara de Emiliano resonó en su mente nublada.


—Una oportunidad para renacer.

—……

—Para olvidar. Para empezar de nuevo. Y también… para no tener que renacer nunca más. Para ser liberada.

—Habla claro.

—Sí. Inés no recibió ninguna de esas cosas.


Kassel torció el gesto.


—Dijiste que recordar es un castigo.

—Sí.

—Y que tú "lo elegiste".

—Sí.

—No lo entiendo. Si tú tuviste una oportunidad, entonces Inés también la tuvo. Recordar como tú, volver a empezar como tú…

—…No. Se equivoca. Mi vida comenzó de nuevo desde cero.


Emiliano movió los labios en silencio, como si dudara en continuar, antes de alzar lentamente la vista, que hasta entonces había mantenido clavada en el suelo.


—Inés… solo está repitiendo un fragmento de su vida, una y otra vez. Como alguien atrapado en una pesadilla.

—……

—Eso es todo.


El aire le abandonó los pulmones sin razón aparente. Kassel sintió cómo el frío le trepaba por la garganta. Emiliano, extrañamente, parecía en paz.


—A veces, había momentos en que no podía entenderla. Hablaba de cosas triviales del pasado, pero sonaban como profecías… Claro, para alguien tan ignorante como yo, incluso sus historias de la corte eran incomprensibles. Era una chica llena de vida, como cualquier otra de dieciséis años, pero a veces parecía anhelar el día de su…

—……

—…muerte. Era imposible no notar la discordancia. No era por mi ignorancia o baja cuna…



"Emiliano… quizá esté loca."

"¿Por qué dice eso de pronto?"

"A veces pienso que todo esto es un sueño. Que tú eres un sueño… Que un día despertaré y estaré en Mendoza."

"……"

"Tengo miedo de abrir los ojos y estar otra vez en ese fango asqueroso. O en la corte. Miedo de que tú… de que esto desaparezca. De que ni siquiera haya muerto entonces, de que incluso eso sea un sueño…"



Emiliano podía evocarla siempre que cerraba los ojos.

El sonido de su llanto desgarrando su pecho. Las veces que ella no lo reconoció, con mirada vidriosa y llena de odio. Incluso en sus mejores momentos, cuando de pronto se derrumbaba en ataques de pánico, solo para despertar al día siguiente sin recordar nada, mirándolo con ojos claros y sonriendo feliz.

Esa pobre chica que no llegaba a los veinte. Esa lástima que le destrozaba el corazón.



"…¿Le da miedo el duque?"

"No."

"¿Le da miedo su hermano?"

"Luciano es la persona que menos miedo me da en el mundo. Mi único aliado. Mi familia más amada…"

"¿Más que yo?"

"Sí."

"Qué ingrata. Entonces, ¿de qué tiene miedo?"

"Luciano es el tipo de hermano que moriría por mí."

"……"

"Eso es lo que siempre me aterrorizó, Emiliano."



Que Luciano muriera. Que yo lo matara…

Por eso temo volver a ese fango.


—…Al recordarlo ahora, creo que sus palabras nunca sonaron como las de una sola persona. No como la vida de una noble de solo dieciséis años. Huíamos de los soldados de la casa Valeztena, no de la familia imperial, pero ella nunca les tuvo miedo.

—……



"Fue una suerte encontrarte al 'despertar'. Escapar contigo antes de ser esclava… antes de que me pusieran el collar…"



—Por eso creía que Luciano rompería ese "collar" que tanto la aterrorizaba.

—……

—Yo no pude hacerlo.

—¿Incluso si morías?

—Sí. Incluso si moría.


Kassel frunció el ceño.


—…Kassel. ¿Recuerda que me salvó dos veces?

—No logro recordar ni una completa.


Sabía que lo había salvado a regañadientes. Que nunca había podido matarlo del todo. Y que…


—Pero te salvé. Hasta que un idiota regresó por su cuenta y lo arruinó.

—Lamento haber traicionado su gracia.

—Ahora lo dices.

—Pensé que nunca nos veríamos de nuevo. Pero Dios lo ha traído de vuelta…

—Qué ridículo…

—Lo siento, Kassel.


Al ver su cabeza inclinada como si su deuda fuera un tesoro, Kassel sintió que la irritación le cerraba la garganta.


—Deja de arrastrarte. No me importa una mierda lo que me debes. Sigue hablando de Inés.

—Para eso, debo hablar más de mí. Sé que es molesto…

—Como si me importara.


Emiliano, interpretando su tono irónico como un permiso —igual que hacía Inés—, movió los labios pálidos antes de continuar con voz débil.


—…Cuando morí.


Kassel enmudeció. Emiliano mordisqueó su labio, como si no pudiera creer sus propias palabras, antes de soltar una risa vacía.


—No sé si fue la primera vez. Solo sé que ese día fue la última. Y aunque suene estúpido…

—……

—…fue solo después de morir que entendí que no debía haber muerto.

—¿Te arrepientes?

—No, no es eso… Supe que había otra muerte preparada para mí. Que me había desviado de ella. Que eso era lo que debía aprender.

—Ahora dirás que viste a un enviado de Dios.

—Sí. Él me lo explicó.

—……

—Anastasio. El enviado de la Resurrección.


Kassel observó el atardecer reflejado en el rostro de Emiliano, quien continuó con calma:


—Dijo que mi vida había sido un accidente, un desvío de la voluntad divina. Por eso no la viví plenamente.

—¿Entonces todos los niños muertos o asesinados injustamente reciben una oportunidad como la tuya?

—No. La mayoría experimenta la muerte preparada para ellos, por más injusta o absurda que nos parezca. Incluso si un villano muere de forma satisfactoria, puede que no fuera su destino.

—……

—Los sacerdotes dicen que nacemos con pecado original, que este mundo es una gran prisión…

—'Una prisión creada para encerrar a criminales de un mundo superior que desconocemos. Por eso todos llevamos una culpa que no comprendemos'


Kassel citó en voz baja las palabras de un profeta. Emiliano sonrió.


—'Cumplimos una condena para volver al lugar del que vinimos. La muerte es la liberación'. Me prueba con el pasaje favorito de Inés.

—Sabía que lo conocería. Usted siempre la observó con atención.

—…No me fastidies.

—Sí. Por eso, cuando un niño muere, los sacerdotes dicen que "escapó pronto del sufrimiento". Que era un alma tan pura que su castigo fue breve.

—Si la vida es dolor, ¿están equivocados?

—No. Por eso, quien muere fuera de la voluntad de Dios… no ha cumplido su castigo.

—……

—No puede ser liberado.

—……

—Pero si no fue su culpa, obligarlo a vivir de nuevo es cruel. El enviado dijo que Dios, en su misericordia, les permite olvidar.


Olvidar.


—Y les da una oportunidad.


Oportunidad.


—Para vivir mejor, expiar lo que les queda y no tener que repetirlo nunca más.

—……

—Para alcanzar un lugar donde la muerte no exista.


Kassel se incorporó, invadido por un presentimiento. Hasta en los barcos había evitado el mareo, pero ahora lo embargaba. Sintió unas manos fantasmales estrangular su nuca.


—Me ofrecieron concederme un único deseo.

—……

—Y yo rogué recordarlo todo: cada instante de la vida que compartí con Inés. Para no lastimarla nunca más.

—……

—Para no volver a encontrarnos.


Emiliano lo miró con ojos risueños, como si esa sola decisión lo hubiera liberado de toda soledad.


—Si usted hubiera tenido una oportunidad, no habría pedido un deseo tan patético. No como yo, un miserable que solo pudo ofrecerle su ausencia.

—……

—Por eso siempre lo envidié, Kassel. Lo admiré aquel día…

—……

—Y, como le dije entonces, deseé de verdad que un hombre como usted estuviera a su lado.


Poco a poco, la sonrisa de Emiliano se desvaneció.


—Pero el enviado me preguntó: "¿Sabes que la memoria es un castigo reservado solo para los suicidas?"

—……

—Ah. Entonces lo entendí.

—……

—Que aquella Inés de 16 años que tomó mi mano ya estaba muerta. Que había venido hacia mí.

—……

—Y que yo fui quien la soltó.

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