| Miércoles 21 de Febrero del 2024 |
La Princesa Monstruosa 179
Reiniciar: otra vez, Arbella (25)
"Ciertamente, a veces puede llevar a uno al borde del abismo".
Sus palabras, un gruñido grave, rozaron mis tÃmpanos como un áspero susurro.
Los ojos de Gerard estaban demasiado encendidos por la emoción como para señalar la postura involuntaria que estábamos adoptando ahora. Sus ojos me atraviesan con tanta fiereza que las palabras que habÃan subido a lo alto de mi garganta se tragan y mi boca se cierra.
"Siempre has tenido don de gentes, y ahora has conseguido que no pueda pensar en otra cosa, y tú eres la única que puede pensar en otra cosa...".
La amargura se filtró en su voz, mezclándose con mi proximidad.
"¿Te reconforta tratar a la gente como peones?"
"..."
"Sabiendo que no tengo más remedio que dejarme influir por él, tú...".
Me quedé mirando el rostro distorsionado de Gerard en silencio. ParecÃa estar tratando de cortar de alguna manera la emoción, igual que antes, pero esta vez no parecÃa ser más fácil.
Me dolÃa un poco el brazo que tenÃa alrededor del cuello de Gerard. Entonces Gerard aflojó inconscientemente el agarre y dejó escapar una voz baja y apagada a través de los labios apretados.
"Ni siquiera me explicas bien lo que acabas de decir y de hacer".
"Ya lo entiendes sin necesidad de mi explicación".
Cuando por fin abrà la boca lentamente, los ojos, como agua caliente y estancada, se deslizaron para encontrarse de frente conmigo. Yo también le miré directamente a los ojos y volvà a hablar, con un poco más de impulso y resignación que antes.
"No necesito explicarte nada, ya te has dado cuenta".
"Si dices eso, lo tomaré como que lo que estoy imaginando es cierto, que se me permite pensar lo que quiera".
En esta ocasión, opté por el silencio en respuesta a la expresión de Gerard.
Una sensación incómoda se agitó en el fondo de mi estómago mientras su mirada ininterrumpida se clavaba en mÃ. Me sentÃa como un colibrÃ, delicada y desapercibida, revoloteando sobre mi propio ser.
"Ahora no es el momento oportuno para este discurso, vámonos".
Sin embargo, cuando separé nuestras formas, preparándome para articular mis pensamientos, Gerard me agarró bruscamente del brazo e inclinó la cabeza hacia mÃ.
Nuestros labios chocaron con una fuerza que rozó el dolor, un impacto eclipsado por el momento posterior en que Gerard apretó los dientes, reflejando mi acción anterior, hundiéndolos en mi labio.
"¡Ah...!"
"No me conformo sólo con ser el receptor".
Una voz desvergonzada me llegó al oÃdo y se me pegó después de que gimiera despreocupadamente por el agudo dolor.
Eh, yo... ¡no se suponÃa que fuera asÃ!
Me hormigueaba el labio inferior como si me lo hubieran arrancado por completo. No podÃa decir si me estaba mordiendo un animal o un humano. No estaba segura de si debÃa estar enfadada o desconcertada.
"Tú, qué demonios crees que estás haciendo, rozando el lÃmite de la temeridad...".
Pero cuando salà de mi aturdimiento y gemÃ, Gerard se inclinó hacia mà una vez más y lamió ligeramente el lugar donde me habÃa mordido.
Me quedé rÃgida, sin palabras. Gerard, que acababa de separarse de mÃ, se levantó rápidamente y me cogió en brazos.
En otras circunstancias, mi reacción instintiva habrÃa sido reprenderle, insistir en que me soltara, desafiar su presunción de jugar a ser la cuidadora. Sin embargo, mis facultades flaqueaban. En el presente, el rápido movimiento de Gerard le permitió levantarme del suelo y acunar mi cuerpo contra su pecho.
"No te llevo sólo para satisfacer los caprichos de la princesa. De momento, es una suspensión momentánea de la magia. No me he rendido asÃ".
Gerard, que salÃa de la habitación donde quedaba mucha magia, movÃa su magia como si intentara usar esta magia en el pasillo.
"Asà que no esperes tonterÃas de encontrarte con la Cuarta Princesa".
Sus palabras goteaban frialdad mientras me escoltaba más allá del palacio de Judith.
Torbellino.
Cerrando y volviendo a abrir los ojos, contemplé un cielo nocturno teñido de carmesÃ. La brisa enredaba mi cabello en una danza rebelde, oscureciendo intermitentemente mi visión.
Este era el pináculo del Palacio del Emperador, la posición más cercana al cielo dentro del palacio imperial. Entre las corrientes arremolinadas de una magia formidable, distinguà una figura: una muchacha con el pelo negro ondeando.
Un escalofrÃo me recorrió la espalda al reconocerla. Era Judith, encerrada en el mismo cÃrculo mágico que yo habÃa trazado antes.
"¡Judith!"
A pesar de nuestra proximidad a la grieta, donde la longitud de onda de la magia surgÃa con fervor, temà que mi llamada pasara desapercibida para Judith. Sin embargo, al pronunciar su nombre, Judith se estremeció y su conjuro se detuvo bruscamente.
"¿Hermana Arbella...?"
Con un giro, Judith volvió su mirada hacia mÃ, con los ojos abiertos de asombro. La fugaz conmoción pronto dio paso a una expresión de horror cuando se percató de mi presencia.
Evidentemente, mi inesperada aparición la habÃa pillado desprevenida. Al igual que yo, parecÃa ajena a la alteración provocada por la colisión de diversas energÃas mágicas dentro del palacio.
"Esto es absurdo. ¿Falló el hechizo? Imposible. Si lo hubiera hecho, ustedes dos no estarÃan aquà ilesos..."
La mirada incrédula de Judith oscilaba entre Gerard y yo, con los labios apretados por la incredulidad.
"Además, era innegable que estabais incapacitados por los sÃntomas de la fiebre del mago. Entonces, ¿cómo demonios...?"
"¿Te imaginabas que estarÃa indefensa ante la magia de los demás?".
Me separé de Gerard, encontrando de nuevo mi equilibrio, y caminé hacia Judith, mi aura entremezclándose con las corrientes de magia.
"¿Cómo te atreves a menospreciarme y a orquestar semejante acto?".
Mi mirada se clavó en ella, un barniz gélido cubriendo mis ojos, una intensidad que nunca antes habÃa presenciado. Sus ojos, antaño dorados, temblaron visiblemente, temblores perceptibles incluso a simple vista.
"Y no contento con eso, ¿tuviste la osadÃa de pisar mis dominios, como si fuera un logro? Por si fuera poco, entrelazaste a Gerard en tus planes, utilizando la magia más siniestra que he podido imaginar. ¿Cómo pudiste cometer semejante fechorÃa a menos que me consideraras una mera broma?".
"¿Una broma? No, eso está muy lejos de la verdad. I..."
En ese momento, el rostro de Judith sufrió un cambio mientras se apresuraba a montar su defensa. Mis palabras parecÃan haber tocado una fibra sensible en su interior, provocando una reacción de cruda emoción.
Sus labios se apretaron con fuerza y su puño se cerró con tal intensidad que los contornos de sus huesos parecÃan a punto de revelarse.
"Y tú, de todas las personas... perpetraste una falsedad".
Abruptamente, una voz ahogada surgió de los labios pálidos de Judith, cada palabra articulada como si estuviera royendo sus mismos incisivos.
"¡Ibas a engañarme y a morir sola...!".
Finalmente, sus emociones detonaron y la mirada de Judith se transformó en un grito feroz dirigido a mÃ.
Era la primera vez que veÃa a Judith alzar la voz y, en respuesta, mantuve una postura inquebrantable y sin palabras ante ella.
"Fingiendo ignorancia, postulándome como un tonto crédulo, ¿era eso?".
Una vez roto su dique de contención, las palabras de Judith brotaron en cascada, un torrente de sentimientos reprimidos ahora desahogados.
"Aun asÃ, creà que confiarÃas en mÃ. PreveÃa que no intentarÃas cosas peligrosas a solas, ocultando verdades hasta el amargo final. Esperé, asumiendo que me informarÃas. Pero me ocultaste cada detalle hasta el último momento. Estabas dispuesto a sacrificarte, ¡todo mientras te asegurabas de que yo permaneciera en la oscuridad!"
"..."
"No supongas que mi falta de interacción con los magos del reino de Solem equivale a ignorancia sobre la naturaleza de este ritual mágico. Al igual que tu conocimiento de mà es profundo, también lo es mi conocimiento de ti. He sido un observador tanto como tú has sido un guardián. Entre la gente de Kamulita, no hay nadie que conozca mejor que yo la magia maldita del Reino de Solem".
El rostro de Judith delataba una resolución inflexible; parecÃa que no importaba el grado de persuasión o la verosimilitud de mis explicaciones, caerÃan en saco roto.
"No se moleste ahora con intentos de persuasión. Ya conozco la naturaleza de esta magia maldita".
"Si ese es el caso, entonces también deberÃas entender la razón de mi intervención".
En respuesta a mis palabras, los rasgos de Judith se contorsionaron aún más.
El conjuro definitivo que habÃa concebido no darÃa fruto con un simple sacrificio. Para sellar por completo el tejido entre los mundos, alguien tenÃa que atravesar la grieta.
Esa persona debÃa poseer la capacidad de aprovechar la creciente potencia mágica oculta en las profundidades del mundo. Sólo un individuo asà podrÃa finalizar el cierre entrando en la grieta.
En cierto sentido, podrÃa asemejarse al principio del intercambio equivalente. El que abrió inicialmente el portal entre los reinos seguÃa situado en este lado.
Por lo tanto, sellar esa brecha sólo era posible desde el reino opuesto. Comprendà esto cuando la última grieta se abrió y me sumergà momentáneamente en el abismo de la existencia. Por desgracia, carecÃa de la potencia necesaria para cerrarla en aquel momento.
"Tu visión del otro reino no es tan profunda como la mÃa. Por mucho que hayas investigado la magia del reino de Solem, tu dominio de su magia palidece en comparación con el mÃo, que la utilizo como sustento. Si intentaras manejar esa magia en mi lugar, las probabilidades de fracaso son altas".
"Sin embargo, mi determinación sigue siendo firme".
La tenaz réplica de Judith no se hizo esperar ante mi declaración.
"¿No eres tú, de hecho, quien me está subestimando y descontando? ¿Quién supone que voy a fracasar? ¿Quién insinúa que mi experiencia palidece al lado de la suya? ¿Has olvidado convenientemente que una vez ostenté el tÃtulo de mejor mago de Kamulita?".
Clavé mi mirada en el cÃrculo mágico desplegado ante Judith.
Judith reprodujo la fórmula mágica que dibujé una sola vez. Además, descubrà rápidamente de qué tipo de magia se trataba examinando de un vistazo las intrincadas fórmulas que contenÃa.
Evidentemente, habÃa subestimado gravemente a Judith.
"Entonces no tengo más remedio que detenerte".
"Procede como consideres necesario".
Mi respuesta sucinta, Judith me dirigió una mirada venenosa.
"Comparto tu opinión. Si usted persiste, yo persistiré en obstaculizarle. Mi determinación no tiene lÃmites. Sin embargo, ¿realmente crees que puedes tener éxito arrancándome de tu camino a través de tales planes? ¡Qué espléndido, enzarzarse en un choque recÃproco de voluntades, frustrando los esfuerzos del otro hasta que el mundo se desmorone en un fracaso mutuo!".
"..."
"O, en lugar de entretenernos con reflexiones tan fútiles, ¿por qué no acabar con este mundo aquà y ahora? En lugar de ofrecerte sólo a ti como sacrificio y perdonar al resto, ¡preferirÃa orquestar la aniquilación de toda vida en este mundo hoy mismo! Ese es mi decreto".
Ante esta erupción imprevista, me esforcé por proyectar un aire de despreocupación. En realidad, sin embargo, un sudor helado inició su descenso por mi columna vertebral.
La cordura de este individuo le ha abandonado por completo".
Sin duda, me habÃa preparado para la ira de Judith al revelarse la verdad. Sin embargo, el alcance de su reacción y el tenor malévolo de sus palabras estaban fuera de mi alcance.
HabrÃa sido más aceptable si su furia se hubiera manifestado como una descarga impulsiva de ira, desahogando lo que le pasaba por la cabeza.
Sin embargo, la intensidad de sus ojos no dejaba lugar a dudas: emanaba de lo más profundo de su ser.
Ey, estoy de vuelta ----> Si te gusta mi trabajo, puedes apoyarme comprándome un café o una donación. Ya tu sabes, no te exijo, es de tu bobo aportar o no, no te exijo :p
0 Comentarios