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Miércoles 21 de Febrero del 2024 |
La Princesa Monstruosa 163
Reiniciar: otra vez, Arbella (10)
Como ya se sospechaba, existÃa una fuerte conexión entre la magia utilizada por el pueblo del Reino de Solem y el uso del Arte Prohibido y la aparición de grietas. La aparición de la grieta no cerrada esta vez se debió en gran medida a que el marqués Graham utilizó el Arte Prohibido, aunque sin éxito.
Aunque no esperaba que el marqués Graham hiciera nada fuera de lo normal esta vez, sabÃa desde el principio que llegarÃa un momento, tarde o temprano, en que la grieta no se cerrarÃa, asà que no tenÃa sentido perder el tiempo ahora.
"¿Me estás diciendo que puedes cerrar la grieta por completo?"
"SÃ".
"No pudiste hacerlo antes, ¿cómo lo harás esta vez?".
"Porque entonces no sabÃa nada".
Ese espacio violeta. El otro lado del mundo. El espacio de la verdad.
"Cuando supe cómo, ya era demasiado tarde. Pero ahora no".
La grieta...
El término perfecto aún se me escapaba, dejándome cavilando sobre si realmente existÃa una vida después de la muerte, como profesaban algunos filósofos -un reino donde todos los seres terrenales se aventuraban al morir-, o si servÃa de morada temporal para las almas, creadas por Dios, que esperaban sus nombres antes de entrar en este mundo.
En aquella cámara añil como Judith, el enigma residÃa en lo vasto y desconocido. La muerte, la vida y todo lo que hay más allá convergÃan en sus confines.
Se me ocurrió que si existiera una dimensión que superara la extensión de nuestro mundo actual, sin duda se parecerÃa a aquella extensión violeta. Las Artes Prohibidas y la magia del Reino de Solem poseÃan una fórmula distintiva, que tomaba prestada la potencia de su dominio.
Mientras que la magia convencional se basaba en las habilidades innatas de los magos, las Artes Prohibidas y la magia de Solem rompÃan moldes recurriendo a fuentes externas. Este enfoque innovador aprovechaba la magia inherente a toda criatura nacida y criada en este reino terrenal, incluso a una humilde brizna de hierba, asà como las fuerzas centrÃfugas dispersas por el aire.
Independientemente de lo tupida que pueda estar tejida una red, está destinada a albergar espacios de respiración. Asà pues, siempre habÃa existido una diminuta grieta que unÃa sutilmente este mundo con su homólogo. A medida que la magia prestada fluÃa y utilizaba su poder, el paso entre reinos se expandió gradualmente, hasta que la minúscula grieta se transformó en la vasta fractura celestial que ahora dominaba el cielo.
Esta catástrofe de la grieta provocó la aniquilación de la otrora poderosa DinastÃa Solem, un Reino famoso por su dominio de la magia, vencido en un solo dÃa fatÃdico. Entre los supervivientes, yo, la antigua Judith, poseÃa la lÃnea de sangre más potente de la DinastÃa Solem, soportando la prueba más profundamente que ninguna otra.
Asà pues, fue en los confines de aquella jaula, al borde de ser consumida por el etéreo abismo violeta, donde descubrà la clave para cortar el vÃnculo entre la grieta y nuestro mundo.
"Para ese plan, necesito al pueblo del Reino de Solem".
En realidad, no esperaba que Judith aceptara mi oferta de inmediato. De hecho, fui cauteloso al decirlo, pues podrÃa malinterpretarse que intentaba llegar a un acuerdo con ellos.
"¿Crees que aceptaré?".
Para mi sorpresa, Judith respondió con frialdad, como si no tuviera intención de acceder a mi petición de cooperación.
"No te engañaré. Puedes jurar por arte de magia si quieres, y si eso no te convence, puedes acompañarme a la reunión con ellos".
No me rendÃ, la persuadÃ.
"Es la única forma que conozco de detener la catástrofe, y si fracasamos, repetiremos la destrucción como antes. No pretendo amenazarte, asà que espero que no me malinterpretes".
Por desgracia, detener la gran catástrofe que se avecina no es algo que pueda hacer sola.
"Arbella, tú tampoco quieres que se acabe el mundo, y sé que has cuidado y amado a esta Kamulita más que nadie".
Y es la gente del Reino de Solem la que ha llevado esta tierra a la ruina con sus propias manos, por lo que es comprensible que ella quiera destrozarla ahora mismo.
Pero la verdadera Arbella no ignorarÃa la oferta después de todo, pensó. Realmente lo harÃa... estaba más dedicada a proteger esta tierra que nadie en Kamulita.
"Te estás desviando sutilmente del tema. Lo que más me importa ahora mismo no es el bienestar de Kamulita, ni el honor del mundo, ni nada parecido".
Asà que cuando estas palabras salieron de su boca, no pude evitar sorprenderme un poco por lo inesperado de las mismas.
Judith cerró la boca, sin saber qué responder. La mirada silenciosa pareció espesar el aire a mi alrededor. Sólo el tic-tac del segundero de un pequeño reloj rompió el silencio que se habÃa apoderado de la habitación.
Judith parecÃa estar esperando a que yo dijera algo. Yo también intuÃa lo que querÃa. Pero aun sabiéndolo, no abrió primero los labios, limitándose a encontrarse con mi mirada durante un instante.
"Yo, al principio, hasta que lo recordé todo, iba a hacer que te gustara mi antiguo yo".
Fue Judith quien rompió por fin el silencio.
"Iba a hacer que fueras como yo era, exponer tus debilidades y humillarte delante de los demás, como solÃa hacer yo".
Mis ojos se crisparon ligeramente ante sus siguientes palabras.
"Eso es lo que iba a hacer en la Fiesta de los Magos".
Su voz era una mera confesión y, a pesar de su contenido, no contenÃa ninguna emoción negativa.
"Pero al final no me atrevà a hacerlo".
Mis ojos se nublaron por un momento al darme cuenta de lo que Judith estaba diciendo.
Asà que Judith estaba diciendo... que incluso cuando cambié asà su cuerpo, e incluso cuando malinterpretó mi acercamiento como intencionado, al final no se atrevió a luchar contra mÃ.
A mis oÃdos, sonaba como si dijera que no me odia.
"Ya que no pareces querer decÃrmelo primero, te haré yo mismo la pregunta. ¿Qué vas a hacer después de cerrar la grieta y salvar al mundo del desastre?".
Pero la pregunta que siguió fue lo bastante aguda como para no permitirme demorarme mucho en la apreciación etérea.
"No hay forma de curar la fiebre de los magos, asà que ¿por qué cambiaste de cuerpo si lo sabÃas?".
"Es..."
Empecé a explicarme, pero las palabras de Judith fueron más rápidas y dieron en el clavo con sorprendente precisión.
"Si fueras la persona estúpidamente amable y retrógrada que conozco, querrÃas asumir la culpa de lo que hicieron tus magos y compensarme... Estoy segura de que habrÃas pensado en algo asÃ".
No podÃa apartar la mirada de los ojos dorados que parecÃan penetrar en lo más profundo de mi ser; querÃa negar que lo fuera, pero, extrañamente, no podÃa mentir delante de ella.
"¿Asà que querÃas darme otra oportunidad de vivir en tu cuerpo sano?".
dijo Judith, como si no necesitara respuesta. Las comisuras de sus labios se torcieron tan sutilmente que era imposible saber si estaba siendo sarcástica o si sólo era un atisbo de fuerza.
"El objetivo de tener a Gerard Lassner a tu lado en primer lugar era curarte de tu fiebre de mago, ¿verdad?".
Eso... no podÃa negarlo de inmediato.
"Dijiste que no me habÃas apartado para humillarme, pero estoy segura de que no fue con la mejor de las intenciones con lo que pusiste tus ojos en mà en primer lugar".
Judith hurgó en los trapos sucios que no querÃa sacarme de encima.
"Hermana Arbella".
Y mi tiempo de reminiscencias habÃa terminado. Llamándome por mi verdadero nombre, la mujer, que ahora volvÃa a ser Judith de pleno derecho, se levantó de su asiento, con todo rastro del pasado borrado de su rostro.
"¿Por qué lo pusiste delante de la gente?".
Miré a Judith, que caminaba hacia mÃ, pasando por delante de la mesa que se habÃa colocado como barrera entre los dos.
"¿Por qué le diste el mérito de ser reconocido por los demás, por qué le permitiste hacerse lo bastante fuerte como para romper sus grilletes por sà mismo en cualquier momento?".
Judith señaló por qué no habÃa mantenido a Gerard oculto de miradas indiscretas, facilitando asà su sacrificio como habÃa pretendido en un principio.
"¿Por qué me visitabas todos los dÃas, en lugar de encerrarme en el Palacio FrÃo y dejar que me marchitara y muriera solo?".
Y no se detuvo ahÃ, me preguntó por qué le prestaban más atención de la que merecÃa.
"Lo que querÃa hacer, lo que querÃa tener, lo que querÃa que hicieras por mÃ... ¿Por qué escuchaste todo eso en lugar de ignorarlo? ¿Por qué castigaste a la gente que me acosaba por mÃ?".
Sentà que ahora podÃa ver por qué Judith decÃa esto, y sentà que no podÃa.
"Tú fuiste quien me dijo que mostrara las pertenencias de mi madre a un mago de la Sala de la Noche Blanca. También podrÃas haberme dejado vivir en el desprecio como la hija de una humilde esclava para poder doblegarme a tu voluntad cuando quisieras".
Judith, que ahora se habÃa colocado justo delante de mÃ, se detuvo en silencio. Su cabello oscuro se agitó con la pequeña inclinación de su cabeza.
"¿Por qué no me diste nada y me lo quitaste? Entonces te habrÃa abandonado sin dudarlo ahora mismo"
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