La Princesa Monstruosa 152
Obra de un acto sin estrella. “El mundo brillante de Princesa Judith” (5)
"Princesa Judith, no rechaces más la invitación del Emperador Cedric. Acepta tus esponsales con el Pequeño Duque Bernhardt".
Pero los magos del Reino de Solem dijeron que, pasara lo que pasara, le darÃan este señuelo a Judith como ella deseaba.
"Por lo que a nosotros respecta, es el mejor hombre de Kamulita, asà que adelante, cásate con el Pequeño Duque Bernhardt. No ese caballero que la Princesa ha dejado de lado. No es apropiado".
Cuando leyeron y hablaron tan frÃamente de sus sentimientos secretos, que nunca antes habÃa hablado con nadie, Judith se sintió triste y enfadada, como si hubiera sido injusta.
"¿Cómo que quién decide esas cosas? No hables de él sin saber qué clase de hombre es. Digas lo que digas, no puedo tolerarlo".
Como si los magos del Reino de Solem no fueran suficientemente malos, arriba, el emperador Cedric no iba a dejar que Judith se librara.
"Cuarta Princesa, dicen que ha aparecido otra grieta a gran escala en la región oriental. Han pedido tu ayuda directamente, asà que debes ir inmediatamente".
"Cuarta Princesa, ¿qué pasa con su comportamiento tibio en la reunión del gabinete de hoy? El pueblo de Kamulita confÃa ahora en ti en lugar de en la Primera Princesa, ¿no deberÃas esforzarte un poco más?".
"Cuarta Princesa, ¿por qué sigues posponiendo tu matrimonio con el Duque Bernhardt? Hoy viene a palacio, asà que deberÃas verle. Si vuelves a negarte, te obligaré a llevarlo a cabo".
Este constante picoteo arriba y abajo estiraba mis nervios hasta el punto de ruptura.
"Princesa Judith..."
"Cuarta Princesa..."
A estas alturas, ya estaba cansada de oÃr cómo la llamaban.
Fue durante uno de esos agotadores dÃas que Judith conoció a Arbella en los jardines del palacio.
* * *
"Primera Princesa, hacÃa tiempo que no la veÃa".
El encuentro fue accidental. En los jardines imperiales, Judith habÃa ido a dar un corto paseo para tomar un poco de aire fresco después de sentirse insoportablemente abrumada, y encontró a Arbella sentada tranquilamente sola.
Era bueno ver a Arbella, a quien no se veÃa desde hacÃa tiempo debido a otro ataque de fiebre de mago, asà que Judith dudó antes de acercarse a ella.
"Tienes unos bichos muy molestos debajo".
Pero Arbella se quedó mirando a Judith con su habitual mirada gélida, y luego dijo algo cortante.
"Aunque ya no sea lo que era, no me resulta imposible limpiar las plagas que acechan en las sombras, asà que ¿por qué no te dedicas mejor a vigilarlas antes de que las aplaste a todas hasta la muerte con mis propias manos?".
En ese momento, el rostro de Judith perdió brevemente su brillo infantil.
La princesa Arbella siempre habÃa sido frÃa con Judith, pero últimamente lo habÃa sido especialmente.
Algo habÃa ido mal en la familia de Arbella, los Delphinium, y la anciana duquesa Teresa Delphinium se habÃa llevado la peor parte y habÃa renunciado a su cargo. Desde entonces, Teresa Delphinium se habÃa debilitado y era incapaz de levantarse de la cama, y el mes pasado, finalmente habÃa muerto.
Judith se reprendió a sà misma por haberlo olvidado, a pesar de haber estado tan ocupada.
Además... Al parecer, por la forma en que Arbella hablaba ahora, se habÃa dado cuenta de que la muerte de la duquesa de Delphinium era obra de gente del reino de Solem, que estaba secretamente unida a Judith. ¿Qué tan atroz debÃa parecer ahora a los ojos de Arbella?
"Alteza, lo que pasó entonces... yo también lo lamento, y como usted dijo, no podrán volver a entrometerse en mis asuntos en el futuro.
Sin embargo, no podÃa sacar el tema de los magos del reino de Solem, cuya identidad no se conocÃa públicamente, en presencia de los asistentes de las dos princesas, y no sabÃa cómo explicar su trabajo a Arbella.
Dudando, Judith volvió a abrir la boca para decir algo más, pero Arbella apartó la cabeza con severidad, como si no quisiera seguir tratando con ella.
Judith se mordió el labio, sintiendo que se le apretaba aún más el estómago, y entonces, tras mucho deliberar, preguntó a Arbella con cautela, con la voz teñida de vacilación.
"Primera Princesa... ¿Cómo le va estos dÃas, se encuentra bien?".
Judith sólo lo habÃa vislumbrado, pero los sÃntomas de la fiebre de la hechicera en Arbella eran cada vez peores.
"¿Crees que ahora me he vuelto ridÃcula?".
Se armó de valor para preguntarle a Arbella, pero lo único que Judith recibió a cambio fue una aguda punzada de arsénico.
"Antes tenÃas miedo incluso de mirarme de lejos, y ahora te acercas a mà tan intrépidamente y te atreves a preguntarme cómo estoy. Es imposible que hagas esto a menos que me consideres ridÃcula".
"No, no, Princesa, no lo soy..."
"Al ver que te compadeces asà de mÃ, habrás temblado hasta hacerme caer".
Al ver el rostro de Arbella, con su mezcla de autoayuda y cinismo, Judith sintió que se le helaba la sangre del cuerpo.
PodÃa saborear la amargura en sus labios y sentir el cosquilleo en su puño.
¿Por qué Arbella siempre la miraba asÃ?
De hecho, Judith se estaba cansando un poco de oÃr cada vez las barrabasadas de Arbella. En un momento dado, quiso preguntarle directamente.
¿Por qué me odias tanto?
¿Por qué me rechazas tanto?
"Asà es como me miras con ojos que pretenden ser inocentes e ingenuos".
Pero entonces la frÃa mirada de Arbella volvió a atravesar su corazón.
"Tú, sé sincera conmigo. Cuando oÃste por primera vez la noticia de mÃ, ¿puedes decir que no habÃa ni una pizca de alegrÃa en tu corazón?".
Ni una palabra de negación escapó de sus labios como si se estuviera ahogando.
"¿Nunca sientes el más mÃnimo placer al verme a mÃ, que solÃa mirarte por encima del hombro, caer al fondo del montón y ser tratada como menos que tú?".
Su corazón latÃa incoherente y fuerte, como si se estuviera rompiendo.
"¿De verdad pretendes decirme que me estás extorsionando todo metalúrgicamente y haciéndolo tuyo, que sólo lo haces porque te obligan, que nunca lo quisiste en lo más mÃnimo?".
Judith a veces sentÃa lástima por Arbella, pero no deseaba su miseria. Pero en este momento, no sabÃa por qué su corazón la apuñalaba en el pecho, como si la hubieran apuñalado en el corazón.
"¿Por qué... piensas tan sarcástica y desagradablemente de mÃ, Primera Princesa?".
Judith apretó los ojos, incapaz de encontrarse con los ojos azules que parecÃan penetrar hasta lo más profundo de su ser.
"Al contrario, eres tú quien me odia tanto. ¿Crees que no sé cuántas veces has intentado matarme?".
De no ser por la ayuda de los magos del Reino de Solem, Judith habrÃa muerto a manos de Arbella hacÃa mucho tiempo. No era una guerrera santa, y habÃa momentos en los que estaba enfadada, momentos en los que estaba profundamente disgustada, pero conocÃa la situación de Arbella, y querÃa entenderla de alguna manera.
Pero Arbella habÃa aplastado sus esfuerzos. Incluso ahora, el rostro de Arbella volvÃa a estar congelado por la frialdad mientras miraba con desprecio a Judith.
"Te lo dije, eso no es lo que hice".
"No te creo, como me has estado diciendo todo el tiempo".
Por primera vez, una sonrisa irónica se dibujó en las comisuras de sus labios mientras se giraba para mirar a Arbella.
"SÃ. Ahora no esperaré nada de la Primera Princesa, y tu sangre debe ser del azul más oscuro de todos los imperiales de corazón frÃo, asà que ésta es la última vez que seré la primera en hablarte y en venir a saludarte".
Luego, como si huyera, salió de la habitación. Por primera vez, odió tanto a Arbella que sintió que iba a morir.
Sus palabras habÃan cortado bruscamente, por supuesto, pero eso no significaba que todos los demás sentimientos favorables que Judith tenÃa hacia ella fueran falsos.
"He oÃdo que últimamente hay un mono imitador en palacio".
"Viéndote asà en persona... sólo puedo reÃrme".
Se sentÃa tan avergonzada y desaliñada que las comisuras de mis ojos se abrieron de par en par. Su admiración y asombro se convirtieron en odio y resentimiento al darse cuenta de que habÃa expuesto la parte más sucia y siniestra de sà misma a la persona que menos querÃa que la viera.
Pensó para sus adentros: "Será mejor que la odie".
Mejor, pensó, considerarla una enemiga, como todo el mundo le habÃa estado diciendo hasta que sus oÃdos se cansaron de oÃr, y fingir no saber si tendrÃa una muerte miserable, olvidada por el pueblo, o no. Mejor no tener el corazón roto ahora que su Ãdolo ya no brillaba tanto como antes.
Pero aquel dÃa, Arbella, que tan cruelmente le habÃa revuelto el estómago a Judith, lloraba sola en el invernadero, con aspecto desaliñado y débil, y Judith no podÃa odiarla a gusto.
Pero como para burlarse de Judith, Arbella mató a su caballero y se convirtió en un monstruo, haciendo de Kamulita un infierno.
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