NUERA LUJURIOSA 12
Lucha interna
Traducción: Asure
Shu Qi levantó ligeramente la cabeza; la luz de la lámpara de noche le caía de costado, proyectando una fina capa de polvo dorado sobre sus pestañas.
Lo miró dulcemente a Sheng Ge, sin pronunciar palabra, simplemente contemplándolo en silencio.
El resplandor suave de la lámpara se posaba sobre su rostro como un velo cálido, tiñendo sus delicados rasgos con un leve tono rojizo; o tal vez, ese color provenía del calor que le ardía desde el interior.
Su respiración se volvió un tanto agitada y sus pestañas aleteaban suavemente.
En el fondo de sus ojos parecía reflejarse una llama tibia que se avivaba y se apagaba alternadamente. Su pecho se elevaba ligeramente al ritmo de sus latidos acelerados, mientras que justo debajo de sus clavículas blanquísimas emergía una sombra rosada casi imperceptible, dejando al descubierto, poco a poco, la turbación de su corazón.
La respiración de Sheng Ge se tornaba cada vez más pesada, perdiendo progresivamente el control de la razón mientras el corazón le martillaba el pecho. El brillo de sus ojos parecía un fuego encendido, envolviendo todo su ser en una atmósfera de apasionada contención.
Esos ojos que solían mostrarse serenos y sobrios en el día a día se encontraban ahora encendidos por el deseo, volviéndose profundos e intensos, capaces de devorar a cualquiera centímetro a centímetro.
Su mano, ligeramente áspera, se posó sobre el hombro de ella; el roce de sus yemas sobre la piel tan fina hizo estremecer a Shu Qi, sintiendo cómo se le erizaba la piel desde el hombro a gran velocidad, como si una corriente eléctrica invisible la atravesara por completo.
Sheng Ge percibió su ligero temblor y apretó un poco la palma de la mano, empujándola despacio contra la cama. El torso de Shu Qi cayó de espaldas sobre el colchón, mientras su melena se desparramaba libremente sobre las sábanas.
Shu Qi ladeó levemente la cabeza hacia un costado, sin atreverse a seguir mirando los ojos encendidos de Sheng Ge.
La mano de Sheng Ge se acomodó en su cintura y fue subiendo despacio. Esa cintura suave y blanquísima sentía el cosquilleo y el temblor provocados por los callos de su palma. La mano se descoló lentamente por debajo del polo, pasando primero por la cintura, luego por las costillas, hasta detenerse justo debajo de sus pechos.
Al levantarse la prenda por el movimiento de la mano de Sheng Ge, la parte inferior de su brasier deportivo bien ceñido quedó al descubierto.
Los pechos de Sheng Ge y de Shu Qi se elevaban y bajaban agitadamente; ninguno de los dos podía dominar su agitada respiración, dejando únicamente el eco de sus jadeos pesados resonando por todo el dormitorio.
La mano de Sheng Ge continuó su recorrido hacia arriba hasta tocar sus firmes pechos. Con la palma pegada a la prenda, fue subiendo despacio desde la parte baja hasta alcanzar la zona superior del busto.
La mano de Sheng Ge temblaba ligeramente, como un niño que teme echar a perder una obra de arte; apretó la palma con un poco más de firmeza y le dio un leve apretón.
En ese instante, la respiración de Shu Qi se descontroló aún más. Su pecho no dejaba de subir y bajar, su piel se volvía cada vez más sensible ante tanta cercanía. Cada centímetro de contacto quemaba como el fuego, ardiente y adormecedor; una sensación de cosquilleo y placer se expandía desde el punto de contacto hacia cada rincón de su cuerpo.
—Ah, mm........
De pronto, un suave gemido de Shu Qi rompió aquel tenso silencio guardado durante tanto tiempo.
Ese gemido retumbó como un trueno seco.
¡BUMP!
¡El corazón de Sheng Ge dio un vuelco violento y despertó del trance de golpe!
Sintió que el corazón se le caía al fondo del abismo; al instante, las manos y los pies se le enfriaron por completo y el fuego del deseo en sus ojos se transformó, en cuestión de segundos, en puro terror.
Dio un paso hacia atrás y, al levantar la mirada instintivamente, vio en la pared el cuadro de matrimonio de su hijo y su nuera. Sintió como si le estuvieran apretando el corazón con fuerza, provocándole un dolor punzante.
Yo...
¿Pero qué demonios estoy haciendo?
Sheng Ge echó una mirada despavorida por todo el dormitorio con el pecho agitado; dio un par de pasos hacia atrás hasta tropezar contra el ropero. Su aspecto era el de un hombre ahogándose, luchando desesperadamente por tomar aire sin poder escapar de esa asfixia invisible.
Sheng Ge dio media vuelta de golpe y, como huyendo de una fiera, caminó tambaleándose hacia la salida. Sus pasos eran apresurados y pesados, resonando como si pisara su propio corazón en cada tramo.
Shu Qi permanecía echada en la cama con el torso descubierto, mirando desconcertada cómo se alejaba su figura. Flexionó los dedos involuntariamente mientras el corazón le saltaba fuera de ritmo.
La puerta de la habitación se cerró de un portazo con un —¡PUM!—, expandiendo una leve vibración en medio de la tranquilidad de la noche.
Sheng Ge subió las escaleras a paso ligero. El sonido de sus pisadas resultaba estruendoso en la escalera vacía; no se atrevía a detenerse ni a mirar hacia atrás, mostrando una expresión de profundo dolor en el rostro.
En sus dedos aún permanecía la temperatura del roce con la piel de ella, tan caliente que casi le quemaba la palma. Empujó la puerta de su cuarto de un golpe, la cerró a toda prisa y apoyó la espalda contra la pared, dejándose caer lentamente hasta quedar sentado en el piso.
Sheng Ge sintió un nudo amargo subiéndole por la garganta.
—Maldita sea......
Sentía una presión en el pecho que casi no lo dejaba respirar.
Abajo.
El sonido de la puerta al cerrarse de golpe en realidad no fue muy fuerte, pero fue como un trueno roto que resonó largo tiempo en el aire silencioso.
El pecho de Shu Qi todavía subía y bajaba con agitación; la raíz de sus orejas y sus mejillas seguían ardiendo como si fueran a destilar agua, pero a su alrededor todo ya había vuelto a una quietud sepulcral.
Mucho tiempo después.
Shu Qi se incorporó lentamente y se quedó sentada en el borde de la cama, aturdida, agarrando la sábana con las manos sin saber qué hacer; las puntas de sus dedos se habían vuelto ligeramente blancas por la fuerza. Se mordió el labio, sintiendo como si algo le obstruyera la garganta, un sabor agrio e hinchado.
La sensación de haber sido tocada seguía latente en su piel; aquel calor de brasas aún no extinguidas la quemaba y la dejaba sin saber qué hacer.
Volvió la vista hacia la foto en la pared, se le enrojecieron los ojos y de pronto sintió que la nariz también se le hinchaba con un sabor agrio.
Finalmente, una gota tibia se deslizó en silencio por su mejilla; aquellas lágrimas acumuladas durante tantos años, por fin, fuera de control, cayeron.
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En un hotel del centro de la ciudad, un hombre empujó sobre la cama a una mujer de buen cuerpo, vestida con un traje formal de oficina.
Él era alto y esbelto, medía un metro ochenta y cinco, llevaba unas finas gafas de marco negro; bajo las gafas, tenía un rostro blanco y pulcro, de facciones elegantes, con una especie de distanciamiento sereno e imperceptible.
El traje gris oscuro que llevaba, de corte impecable, lo hacía verse aún más limpio y pulcro; en sus gestos y movimientos había una especie de corrección natural y sin pretensiones.
Solo a partir de sus rasgos se podía notar que tenía un leve parecido con Sheng Ge.
El hombre desabrochó la blusa de la mujer, dejando al descubierto unos pechos ni grandes ni pequeños; sus manos finas y largas se extendieron ansiosas hacia aquellos senos y comenzaron a amasarlos con brusquedad.
—Ah, ha... ¿por qué tienes tanta prisa...?
la mujer tenía facciones delicadas; en ese momento se mordía el labio y dijo con dulzura y coquetería.
—Cállate.
Le subió el sostén, mientras seguía amasándole los pechos, metió una mano en su falda ajustada y empezó a frotarle la entrepierna.
—¿Hm? ¿Dices que tengo prisa? Tú estás empapada como un desastre, carajo.
el hombre soltó dos risas frías; sus manos se volvían cada vez más desvergonzadas, la fuerza con que amasaba sus senos aumentaba cada vez más, haciendo que la mujer sintiera un leve dolor.
Con la otra mano apartó su ropa interior hacia un lado y hundió los dedos directamente en su cuevita, comenzando a penetrarla sin parar.
—Mmh, ha, ah...... Qué rico.......
La mujer jadeaba y gemía, su cuerpo se retorcía ligeramente, dijo con voz dulce y melosa:
—Hermano Shu Wei~ quiero comerme tu pinga......
Shu Wei, con movimientos bruscos, le agarró el cabello y la levantó de un tirón, dijo con frialdad:
—Si quieres comer, apúrate.
La mujer soltó un quejido por el dolor del tirón, pero no se enojó ni dijo nada; directamente le bajó los pantalones largos y la ropa interior.
—Qué grande es.......
la mujer agarró el pene de Shu Wei y se lo tragó de una sola vez hasta el fondo, chupando sin parar.
La mujer alternaba entre meterlo hasta lo más profundo y sacarlo para lamerle el escroto, haciendo que el rostro de Shu Wei, que parecía imperturbable, también fuera perdiendo el control poco a poco, mostrando una expresión de disfrute y satisfacción.
Pop.
Al sacar de nuevo el miembro, la mujer siguió acariciándole la erección con una mano mientras le apretaba los testículos con la otra.
—Jeje, hermano Shu Wei, dices que tienes la pinga tan grande y tu esposa es tan hermosa, ¿Cómo es que todavía.......?
la mujer dijo con rostro coqueto, alzando la vista a medias, pero fue interrumpida por una bofetada de Shu Wei.
¡Paf!
—¡Carajo, te dije que te calles!
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