HODEHA 941






Hombres del Harén 941

SS19: Mantengamos la distancia por el momento





—Parece que te diste cuenta.


Duque Atraxil sonrió con satisfacción.

Canciller Rolurd murmuró con incredulidad:


—De verdad usaste la cabeza, Atraxil.


Sacudió la cabeza.

Él se había negado a involucrarse, pensando que, ya fuera que el plan del Duque tuviera éxito o fracasara, no tenía nada que ver con él. Por supuesto, Rolurd había asumido que el complot del duque no funcionaría con el Esposo Oficial. La mayoría de esos planes siempre fallaban.


—No importa cuánto niegue Su Majestad que no está favoreciendo a la Compañía Comercial Anges por beneficio personal, ¿qué sentido tiene? La compañía ya hizo todo un espectáculo encargándose del Cuarto Príncipe.


Duque Atraxil estalló en risas, encontrándolo divertido incluso de solo pensarlo.


—Exactamente. No importa lo que diga Su Majestad, la gente o no puede oírla o simplemente no le va a creer.


Por un tiempo, la gente no sería capaz de separar a la Compañía Comercial Anges, al Cuarto Príncipe y al Esposo Oficial en sus mentes.

A menos que la Emperatriz tuviera la intención de mantener una imagen de favoritismo descarado, ya no podría seguir apoyando al Esposo Oficial y al Cuarto Príncipe como lo hacía actualmente.

Por supuesto, el plan de Atraxil tenía sus fallas: Si a la Emperatriz no le importara la opinión pública, entonces todo su esfuerzo sería inútil.

Y también estaban los efectos secundarios.


—Pero Atraxil... Incluso si Su Majestad deja de favorecer abiertamente al Cuarto Príncipe por esto, ¿de qué sirve? Por pura lástima, ella podría terminar queriéndolo aún más en secreto.


Duque Atraxil entrelazó sus manos tras la espalda y se dio la vuelta.


—No espero tanto. Si el afecto interminable de Su Majestad por ellos disminuye aunque sea un poquito, con eso me basta por ahora.












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—Marqués Savle, sobre lo que discutimos antes. ¿Qué opina?


De vuelta en su oficina, Latil le preguntó al Gran Chambelán mientras comía una galleta de azúcar. Ella no esperaba que el incidente del profeta del Continente Oriental —del que se había enterado por Kallain— se extendiera en esta dirección.

Solo le preocupaban las cosas ominosas que el profeta había dicho sobre los niños, pero, de repente, el asunto estaba salpicando a la Compañía Comercial Anges.


—Es una preocupación válida. ¿Acaso la Compañía Comercial Anges no ha organizado recientemente un festival exclusivo tras otro para el Cuarto Príncipe?

—El problema ...... es que, como la compañía es uno de los gremios comerciales más importantes de Tarium y tiene sucursales en todo el país, sus festivales ‘privados’ se han convertido prácticamente en eventos de escala nacional.


Latil también encontraba esto bastante irónico. Si la Compañía Comercial Anges no hubiera hecho tanto alarde apoyando al Cuarto Príncipe hace unos meses, ahora no estarían vinculados a él de forma tan estrecha.


—Independientemente de la realidad, Su Majestad, es probable que la gente ya no pueda separar a la compañía del Esposo Oficial ni del Cuarto Príncipe.

El Chambelán, aunque era cercano a Duque Atraxil y sentía predilección por Ranamoon, no era el tipo de persona que inventaba cosas por eso. Latil, ahora con dolor de cabeza, incluso dejó de lado su galleta.



—Ese profeta... no me gustó desde el principio, ni siquiera por su forma de hablar.

—¿Perdón?

—Nada.


Después de eso, Latil convocó a su secretario y ordenó averiguar si la gente realmente pensaba: «La Emperatriz no está protegiendo al profeta —pese al insulto al Continente Oriental— porque la Compañía Comercial Anges, propiedad de la familia del Esposo Oficial, está involucrada».

Para ser cautelosa, eligió deliberadamente a oficiales que eran conocidos por detestar a la facción de Duque Atraxil. Unos días después, los oficiales regresaron con el reporte:


—En los lugares donde el profeta no ha sido un tema candente, todavía no ha surgido esa charla. Sin embargo, en las zonas cercanas a la capital donde se habla del profeta, esos rumores definitivamente se están extendiendo, Su Majestad.


Latil se quedó sin opciones. Había enviado a gente que jamás se pondría de acuerdo con Duque Atraxil, aun así, la respuesta era la misma.

Una vez que los oficiales se fueron, Latil se dirigió directamente a la oficina de Tasir. Él estaba trabajando con tres documentos extendidos frente a él; sus ojos y manos se movían constantemente de un lado a otro.

Y aun así, apenas Latil se acercó, él lo notó de inmediato, dejó su pluma y se puso de pie.


—Su Majestad.

—Les dije que no te informaran. ¿Cómo te enteraste?


Ante el asombro de Latil, Tasir la rodeó por la cintura y respondió con aire de suficiencia:


—No puedo contárselo todo. Entonces ya no parecería misterioso ante Sus ojos.


Los secretarios cercanos, captando el ambiente, recogieron discretamente sus documentos y salieron de la habitación.


—He hecho que todos se vayan justo cuando están ocupados. Me siento mal.


Al ver esto, Latil chasqueó la lengua, y Tasir se rió entre dientes para molestarla:


—Pero Usted no se va a ir también, ¿verdad?


En lugar de responder, Latil se acomodó cómodamente en la silla de su escritorio y cerró los ojos.


—Linda silla.

—Pero de seguro le gusto más este Tasir, ¿no?

—Por supuesto.


Aún sentada, Latil giró lentamente en la silla, pero no por diversión.

«Vine hasta aquí... pero, ¿qué se supone que deba decir?»

Siguió dando vueltas en la silla, lanzando miradas furtivas a la sonrisa de zorro de Tasir. Tenía los nervios de punta.


—Su Majestad, ¿quiere que la haga girar yo?


Incapaz de soportarlo más, Tasir se acercó y apoyó un brazo en cada reposabrazos de la silla. Solo entonces Latil dejó de dar vueltas.

Pero en el momento en que cesó su movimiento inquieto, su mente se agitó aún más. De alguna manera, ahora se encontraba encerrada entre los brazos de Tasir, todavía sentada en la silla.


—No. Está bien.


Cuando ella empujó suavemente sus brazos para apartarlo, Tasir sonrió y los retiró.


—¿Qué es lo que podría preocupar tanto a Su Majestad como para que le resulte tan difícil hablar?

—La verdad es que... sí. He venido a hablar de algo difícil.

—Por favor, continúe.


Tasir se sentó en el borde del escritorio y la animó. Pero su mirada tenía el aire de alguien que ya lo sabía todo, y cuando sus ojos se encontraron, Latil sintió de pronto la boca seca.
Distraídamente, ella tomó la taza de café de la que él había estado bebiendo y dio un sorbo.


—¿Recuerdas la reunión del consejo de estado de hace unos días? Aquella en la que se dijo que la gente podría malinterpretar las cosas y pensar que estoy pasando por alto el insulto del Continente Oriental por culpa tuya y del Cuarto Príncipe.

—Sí, lo recuerdo. Pero Su Majestad lo negó de inmediato.

—Envié gente a investigar, y resulta que esos rumores realmente están circulando.

—Vaya. Ya veo. Eso debe ser difícil para Su Majestad.


Latil estaba segura de que Tasir ya había adivinado lo que ella estaba a punto de decir. Aun así, a pesar de esa certeza, le costaba sostenerle la mirada. Bajó la vista con el pretexto de mirarse los zapatos y soltó:


—Así que, por el momento, no creo que pueda prestarles a ti y al Cuarto Príncipe tanta atención como antes.

—Entiendo.

—No es que no me vaya a importar en absoluto.


aclaró Latil, todavía sentada


—Pero últimamente he sido particularmente afectuosa con el Cuarto Príncipe, ¿verdad? Eso ya no puede seguir así. Al menos, debería tratarlo igual que a los otros niños.


Latil entrelazó sus manos y jugueteó con sus dedos, lanzando miradas furtivas a la expresión de Tasir. Él sonreía como si no fuera nada importante.


—Entiendo lo que quiere decir. Adelante, Su Majestad. Afortunadamente, nuestro bebé aún es muy pequeño para sentirse mal por esas cosas.


Al oír eso, Latil sintió que una ola de alivio la recorría.


—Pero este Tasir sí es un adulto, así que yo sí me siento mal por esas cosas.


Ese comentario adicional hizo que a Latil se le cayera el alma al piso.


—¿Estás molesto?

—Sería una mentira decir que no lo estoy.

—...Lo siento, de verdad.


—Está bien.


Tasir sonrió cálidamente y tomó la mano de Latil mientras añadía


—Y les diré a mis padres que no presionen para organizar ningún evento público a gran escala que involucre al Cuarto Príncipe por el momento, incluso si ellos quieren.


Esto era algo que Latil sentía que debía decir ella misma, y le había resultado incluso más difícil de mencionar que lo anterior. Pero como Tasir tomó la iniciativa de proponerlo primero, ella se sintió aliviada y apoyó la frente contra el brazo de él.

—Gracias, y lo siento.

—No se preocupe. Es solo que las cosas han tomado un giro extraño.

—Ni que lo digas.


Al escuchar el rezongo de Latil, los ojos de Tasir se curvaron suavemente. Si Latil lo hubiera visto, tal vez habría notado algo inusual en su expresión.












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Tarde en la noche. Después de terminar una larga jornada de trabajo, Tasir se sentó frente a su tocador. Mientras Hierlan le cepillaba el cabello con cuidado, preguntó:


—Cierto, ¿por qué Su Majestad pasó por aquí hoy temprano?

—No fue nada especial.

—Si de verdad no fuera nada, ¿se habría quedado tan callado todo el día, jefe?


Tasir debatió brevemente si contárselo a Hierlan, pero finalmente decidió que estaba bien compartirlo.


—Su Majestad dijo que mantendría cierta distancia por un tiempo. Quiere evitar malentendidos; no quiere que piensen que ignorar la provocación del Continente Oriental y dejar en paz al profeta se hizo para beneficiar a la Compañía Comercial Anges.

—¡¿Qué?!


Al escuchar esto, Hierlan casi grita de la frustración.


—¡Eso es horrible! ¡¿Qué tiene que ver eso con usted?!

—Nada. Pero la gente cree que sí.

—¡Incluso si así fuera, es tan injusto! Duque Atraxil, Canciller Rolurd, incluso los merman de sangre... ¡todos apoyan descaradamente a sus consortes favoritos! ¿Por qué solo está mal cuando usted hace lo mismo?


Hierlan dejó el cepillo y se limpió los ojos con la manga.


—Oh, no. Hierlan, no llores.


Tasir se levantó y lo abrazó, dándole palmaditas suaves en la espalda.

Pero abrumado, Hierlan se apartó rápidamente de sus brazos.


—No estoy llorando. Ni siquiera vale la pena llorar por esto. Solo estoy molesto. Todos los demás pueden confiar en sus influencias, pero su origen es el único que tiene que ser reprimido.

—¿Qué podemos hacer?


Pensando que Tasir se estaba rindiendo, Hierlan se puso aún peor.


—¡¿A qué se refiere con ‘qué podemos hacer’?! ¡No les preste atención a esos oficiales, jefe! No importa qué tan bien lo haga, ¡ellos siempre lo verán solo como un administrador competente!


Pero Tasir no lo había dicho por resignación. Sacudió la cabeza.


—Si fueran solo los oficiales, lo habría manejado fácilmente. Pero no es eso, Hierlan... por eso lo acepté.

—¿A qué se refiere?

—Nosotros también lo sabemos. Cuando los nobles pelean, se meten en escándalos o causan drama, el público lo ve como nada más que chismes. Piensan que vivimos vidas completamente diferentes, así que no lo toman en serio. Por eso, ya sea que Duque Atraxil o Canciller Rolurd ganen en el palacio, para la gente todo es solo chisme. No hace ninguna diferencia para ellos.

—Eso es cierto, pero... ¿qué tiene que ver con esto?

—La Compañía Comercial Anges es diferente. Ve a un distrito comercial y verás tiendas operadas directamente por nosotros. No estamos compitiendo con nobles, estamos compitiendo con el público en general. En esa situación, si Su Majestad apoya personalmente nuestra casa comercial, ¿cómo crees que reaccionarán nuestros competidores?

—¡Ah!

—Ya no es algo que puedan ignorar como un chisme. El público lo verá de forma negativa. Duque Atraxil aprovechó eso al máximo esta vez.


Siendo astuto, Hierlan lo entendió de inmediato. Pero aunque su cabeza lo comprendía, sus emociones no se calmaban tan fácil.


—Ahora entiendo por qué Su Majestad tiene que mantener su distancia. Lo entiendo, pero igual me hace sentir mal.


Retomó el cepillado, pero sin ganas, y luego retiró las manos. Si la Emperatriz no iba a ver a Tasir por un tiempo, ¿qué sentido tenía arreglarle el cabello con tanto esmero? Lo que Tasir necesitaba ahora no era un cabello sedoso, sino dormir.


—Por favor, descanse, jefe.

—¿No te has puesto un poco frío de repente?


Tasir se sorprendió, pero obedientemente caminó hacia la cama. Ya estaba exhausto de dedicar toda su energía mental a este asunto. Además, necesitaba dormir bien para disminuir las ojeras. Después de todo, el festival de fin de año —donde se reunirían todos los nobles— no estaba lejos.

Pero justo cuando estaba por acostarse, notó que Hierlan se movía como un zombi en lugar de un vampiro, claramente desanimado. Al verlo así, Tasir se sintió obligado a contarle algo por adelantado.


—¿Hierlan?

—Sí...

—No estés tan decaído. Duque Atraxil tendrá su turno para llorar muy pronto.

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