AREMFDTM 535









Anillo Roto: Este matrimonio fracasará de todos modos 535

Extras: ILLESTAYA (106)




—La Joven Duquesa está a punto de dar a luz. ¿No cree que ya debería ir volviendo?

—......

—Aunque vaya a dar a luz en casa de sus padres, debe estar preparada para cualquier eventualidad. Además, una vez que nazca el niño, tendrá que hacer un viaje largo hasta Ignacio.


Olga pareció ponerse inmediatamente a la defensiva cuando Isabella comenzó a hablar, aunque esta última no tenía intención de señalar nada. Después de todo, ella misma había atraído a Olga allí. Quería ayudarla un poco, ya que su Inés quería ser una buena cuñada.

Aunque lo que sucediera después no era su responsabilidad... Aun así, la convivencia con Olga Valeztena, que se comportaba de manera bastante dócil con tal de ver a sus nietos por más tiempo, no había sido tan mala como pensó.

Y ver a su marido y a Leonel, ambos actuando como un par de tontos sin conservar ni una pizca de dignidad, también era digno de ver.

Sin embargo, este era el primer hijo de Luciano. Por mucho que Olga no pudiera desempeñar bien su papel de madre o de suegra, y aunque lo mejor fuera evitar toda interferencia, tampoco podía ser completamente indiferente.

Isabella entendió por qué Inés, cuando acababa de dar a luz a los mellizos, no había querido que su madre viera a los niños ni por un momento. En secreto, le había dolido el corazón pensando en el tormento que la llevó a actuar así. Pero si Olga no hubiera mostrado ni un poco de curiosidad por los mellizos Escalante, Inés se habría sentido agraviada y resentida, aunque fuera solo como madre.

Por la misma lógica, Olga seguía siendo la suegra. Era la abuela del niño que su nuera se había esforzado en llevar y dar a luz durante diez meses.


—No hay prisa. De todas formas, si nos encontramos pronto, probablemente no me reciba con agrado, siendo yo su suegra.


Olga pensó por un momento y luego ofreció una réplica tranquila y cínica. Isabella sonrió ligeramente con la barbilla apoyada en la mano y dejó su taza de té.

Ya era pleno verano y los días eran largos. A pesar de que había pasado una hora desde que terminaron de cenar con los niños y volvieron al jardín trasero, el día seguía claro. Como de costumbre, habían dejado a los hombres a cargo del cuidado de los niños por la noche y estaban bebiendo el té que Olga misma había preparado.

La mirada de Isabella se posó brevemente en los dos Duques, que estaban secretamente emocionados de mostrarles una cabra a los niños sin importarles la hora, y luego volvió a Olga. "Es cierto que no ha bebido ni un sorbo de alcohol desde que llegó a Espoza," se recordó. Justo entonces, la mano serena de Olga llenó la taza vacía de Isabella.

"De verdad que en casa ajena es educada." Era un pensamiento ridículo que jamás se habría atrevido a tener sobre la hija arrogante de Montor en el pasado. Y era tan sorprendente como el hecho de que había llegado a tomarle un poco de cariño a una mujer con la que pensó que nunca podría congeniar.


—........ Pensando ahora en la madre de Juan, la difunta Duquesa anterior, yo era alguien que nunca se atrevió a sentir afecto por ella, pero aun así, tengo algunos momentos buenos contados cuando la recuerdo. Fue antes de que diera a luz a su yerno, y después de que lo hizo.


El momento en que aquella mujer, a la que temía mirar a los ojos, a la que odiaba, a la que se sentía culpable, amó al niño que ella dio a luz como un tesoro inigualable. El momento en que la abrazó sin rencores, a ella, a quien había envidiado todo el tiempo, y reconoció todo su esfuerzo...

El momento en que la aceptó como una familia que ya no podía negar.


—Era miserable, pero yo, lejos de poder depender y esperar algo de mi familia arruinada, siempre era la que era despojada de su propia carne. De hecho, si Juan Escalante no se hubiera casado conmigo, no habría habido carne que despojaran, así que se podría decir que todo lo que devoraban era propiedad de Juan.


Olga miró a Isabella con los ojos entrecerrados, como si no pudiera entender su repentina confesión. Las obvias circunstancias de aquella época eran visibles para cualquiera, así que no había nada sorprendente. Sin embargo, era un asunto de la Casa Escalante, Cayetana, aunque secretamente envidiaba a la esposa de su hermano, nunca toleró que nadie la tratara con desprecio a sus espaldas. Después de todo, Isabella también era una Escalante.

Por lo tanto, era una vergüenza que habían enterrado hacía mucho tiempo, fingiendo no verla, aunque otros la vieran. Ya no era algo que Isabella debiera sacar a relucir como una vergüenza a estas alturas.


—Viví mi vida entera así, y mi hermano incluso avergonzaba enormemente a Juan de vez en cuando. Mis padres, ni qué decir.

—......

—Si no fuera por el compromiso matrimonial que el Gran Calderón hizo arbitrariamente con mi abuelo cuando era joven, Juan habría vivido una vida completamente diferente a la actual, con la noble Olga Montor que tengo frente a mis ojos. Y no conmigo.

—... Y probablemente el joven Leonel Valeztena se habría quedado mirando tontamente, como el perro que persigue al pollo, pero lo pierde.

—Isabella. Yo......

—¿Sabe que Leonel estaba tan preocupado de que usted y mi marido se unieran de verdad, que me buscaba en secreto y me atormentaba?

—…….

—Me decía que atrajera bien a Juan Escalante, como si me fuera a destrozar si no lo conseguía... Ah. Su marido se comportó de manera tan estúpida. Su actitud era tan agresiva que yo solo me dedicaba a huir. Pero no habría servido de nada lo que Leonel y yo hiciéramos. Si Juan hubiera querido unirse a usted, y no a mí. Si usted hubiera aceptado a ese Juan.

—...

—Y Valentina, la madre de su único hijo, la deseaba mucho a usted como nuera.


Aunque probablemente sus personalidades no habrían encajado en absoluto, Juan era un buen hombre y tal vez habría vivido cumpliendo simplemente su deber con Olga. Igual que en el pasado terminó acogiendo a su prometida, que de repente se había vuelto insignificante, solo por obligación.

Como se había resignado a la voluntad de su padre, y había vivido cargando con todas las faltas de aquella mujer.

Una promesa sin papeles, de la época en que Juan acababa de nacer y ella aún no venía al mundo. De la última época en que su Casa Loyola se codeaba con los Grandes de Ortega en honor.

Una promesa que su suegro y su abuelo habían hecho hace muchísimo tiempo, apenas ebrios y por un capricho, fue lo que la hizo ser quien era ahora. Ella, antes, también había existido siempre apoyada en ese compromiso egoísta.

Como la Casa Loyola, que se hundía constantemente, la había formado sin vender a su única hija a nadie, con la expectativa de que un día sería la Duquesa de Escalante, se podría decir que recibió la protección de los Escalante desde temprano. Sin embargo, no importaba cómo la criaran, al final seguía siendo una vergonzosa Loyola.

Ella respetó y, en secreto, llegó a odiar a la madre de su marido durante toda su vida, pero nunca dejó de entender a su suegra. Desde el principio, la hija de Loyola era demasiado inferior para Juan Escalante. Y en su juventud, su sola existencia era un daño.


—Cuánto resentimiento debió sentir Valentina desde el principio por la decisión de Calderón de arreglar el matrimonio de su único hijo recién nacido sin consultarlo con su esposa. A diferencia de mi abuelo, con quien Calderón hizo la promesa, mi padre y mi hermano eran personas despreciables que no merecían una palabra amable en ningún lugar. ¿Y qué decir de mi desvergonzada madre, que era capaz de hacer cualquier cosa por su marido y su hijo?


Con el paso del tiempo, la Casa Loyola cayó en la peor de las situaciones, y el intento de Valentina de anular el compromiso de su hijo, con el que nunca había estado de acuerdo, era legítimo a los ojos de cualquiera.

¿Quién querría cosechar un daño futuro tan obvio?


—Ciertamente, en el matrimonio, Juan siempre fue gentil y cortés con su esposa. A veces fui tan feliz que ni siquiera me acordaba de la mirada incómoda de Valentina.


Olga todavía mostraba una expresión incómoda ante la vergüenza que Isabella revelaba por sí misma. Aunque no había nada nuevo en lo que decía, se esforzaba por mantener una expresión de extrañeza por cortesía, como si no hubiera sabido nada de todo aquello.


—Pero pocos años después de casarme, cuando por fin y con gran dificultad concebí a Kassel... me di cuenta de que Juan estaba soportando todos los vicios de mi hermano en un lugar que yo no conocía. Y que Valentina lo sabía todo. No es que yo ignorara por completo que sería una carga para mi marido, pero fingir que no sabía hasta qué punto lo era... era una excusa muy conveniente. En el momento en que me di cuenta de esa conveniente ignorancia, mi propia existencia me dio tanta vergüenza que no pude soportarlo.

—........

—Hubiera sido mejor si no hubiéramos tenido hijos.

—Isabella.

—Hubiera sido mejor para todos si me hubieran desechado por ser una mujer que no podía tener hijos. Así, esos malditos Loyola no habrían podido aferrarse a nada de Juan Escalante, y Juan se habría casado de nuevo con una mujer de noble cuna e intachable como Olga.

—........

—Si solo hubiera sucedido así, yo tampoco habría tenido que sufrir más viendo a Juan. Podría haberme ido para siempre. "Si tan solo no hubiera quedado embarazada de este niño..." Pensé esas tonterías todo el día.

—Pensar eso... teniendo a su hijo, es una verdadera tontería.

—Sí, fue una gran tontería. La culpa de haberlo arrastrado a la miseria, sumada a la autodesprecio por no poder evitar seguir secretamente enamorada de mi marido como una niña... era enorme. Yo, en realidad, amé mucho a mi marido, Olga.

—.......

—¿Sabe lo que se siente cuando un amor no correspondido, del que no puedes retirarte, agarra el tobillo de esa persona? Esa sensación miserable de saber perfectamente lo fuera de lugar que está.


Ella se había criado con una naturaleza incapaz de cometer la menor travesura, oprimida por las expectativas de su familia. Y el dolor de sentir que, al crecer así, terminó robando y pisoteando la vida estupenda de otro, era tormentoso.

¿Qué hacía cuando estaba a término? Inmóvil en una habitación vacía, sintiendo que Kassel era tan grande en su vientre que la aplastaba como una roca, tenía que tragarse el llanto todo el día, atrapada en la melancolía de que, o bien dejaría ir a Juan de esa manera, o se aferraría a él y lo arruinaría.

Se odiaba a sí misma por solo poder sonreír cuando él regresaba al dormitorio de su esposa. Porque al final no podía negar que lo necesitaba.

En aquellos días, Juan era tan bueno con ella que incluso la hacía reír a pesar de su llanto. A pesar de eso, se sentía insegura. Como el ladrón que se asusta con su propia sombra, su visión se nublaba cada vez más y el corazón de él se volvía indistinguible.


—Además, Kassel era demasiado grande.

—Ja.

—No sabía cómo dar a luz a un niño tan grande. A veces deseaba, como una tonta, que al cerrar y abrir los ojos, Kassel ya hubiera nacido.


A pesar de sus esfuerzos por mantener la cortesía, Olga apenas pudo contener su exasperación ante la lástima de la joven Isabella, y sus ojos se torcieron ligeramente. ¿No se decía que ella, por naturaleza, no le temía al dolor, por lo que el embarazo y el parto no le daban miedo? Recordó la vez que Leonel se quejó de su esposa, agarró a Juan para despotricar sobre cómo su hija solo había heredado lo peor de Olga, luego le suplicó que fingiera no haber oído nada. Por supuesto, Juan se lo había contado todo a su esposa.


—La persona que disipó esa estúpida ansiedad, irónicamente para mí, fue Valentina.

Si te gusta mi trabajo, puedes apoyarme comprándome un café o una donación. Realmente me motiva. O puedes dejar una votación o un comentario 😁😄

AREMFDTM            Siguiente


Publicar un comentario

0 Comentarios