Anillo Roto: Este matrimonio fracasará de todos modos 523
Extras: ILLESTAYA (94)
—Tu palabra también es mi prisionera. Es mi propiedad, reclutada por mí. Nosotros, con otras palabras, a eso lo llamamos ‘esclavo’.
—…Inés, un momento, ¿puedo decir esto ya que por fin soy tu esclavo? ¡Maldita sea, eres una dueña demasiado perfecta!
—No me halagues. Siendo solo un prisionero.
Ella cabalgó lentamente hacia la cabaña. De todas formas, aunque solo cabalgara unos minutos en esta dirección, aparecería la cerca, así que no sería tan difícil. Aun así, por si acaso, giró la cabeza para mirar al tipo que venía siendo arrastrado, y solo vio la cara extasiada de su propio marido.
¿Acaso no estaba premiando a alguien que había cometido un error?
Sabía que le gustaría, como un pervertido que era, pero ¿tanto así…? Inés dudó de sí misma por un momento y disimuladamente hizo que su caballo, que se dirigía solo hacia la sombra para evitar el sol abrasador, se desviara bajo el sol. Sí. Así es como debe sufrir. Pero si se enfermaba de insolación lastimosamente, ella no podría devorarlo.
Así, el caballo negro de Inés alternó indeciso entre la sombra y el sol, y no mucho después, entró por la cerca que rodeaba ampliamente la propiedad del Palacio del Gobernador.
Inés hizo que Kassel se quedara inmóvil con un rostro severo y se bajó del caballo ella misma. Luego, como él solía hacer siempre que venían aquí, ella abrió y cerró la cerca.
—Espérame ahí. Si te atreves a hacer cualquier cosa indebida, no te lo perdonaré.
—Si no me lo perdonas, ¿qué me harás?
—Te mataré antes de que tus subordinados puedan encontrarte.
—De acuerdo. Me quedaré quieto.
—No me respondas tan dócilmente. ¿Vas a seguir disfrutando de esa manera? No demuestres que estás feliz y compórtate.
—¡No te metas en lo que estoy haciendo, maldita hija de pirata!
—Kassel Escalante. ¿Quieres morir? Ya basta.
—Me he pasado de la raya, ¿no? De todas formas, simplemente no te metas.
Kassel fue atado como un perro abandonado por su amo bajo otro árbol. Pero sin importarle su propia condición, observaba con ojos complacidos, a escondidas de ella, cómo Inés iba y venía ocupada en su lugar.
Por supuesto, tan pronto como su esposa volvía a mirarlo, cambiaba a una expresión muy hostil, pero esto no tenía mucho sentido ya que sus ojos estaban llenos de toda la alegría del mundo, brillando intensamente. Sin saber que solo parecía un loco.
De todos modos, en otro momento, se habría desesperado por si ella sufría el más mínimo esfuerzo, pero Kassel Escalante, el prisionero, estaba bastante relajado.
Su mirada recorría, lamiendo con los ojos, desde el sudor que corría por la frente de Inés, hasta la mano que tiraba el noble manto del gobernador por el calor, el escote que se revelaba al inclinarse para cargar el cubo de agua. Era una mirada obsesiva, como si fuera a atrapar hasta la última gota de sudor acumulada en el escote.
Sin embargo, Inés estaba genuinamente ocupada, antes que con su caprichoso juego. Atrapó a los dos caballos que de repente habían tomado caminos separados y los ató a ambos bajo una gran sombra cerca de la cabaña; luego, arrastró y colocó los cubos de agua y los pesebres que usualmente ella no tenía por qué atender en absoluto.
Los caballos se acercaron habitualmente con la nariz, pero inmediatamente levantaron la cabeza sin beber y resoplaron.
— ¿Por qué no beben?
— Primero, acabamos de beber agua fresca y corriente del arroyo, segundo, esa agua lleva estancada mucho tiempo. Hay que botar el agua estancada y traerles agua nueva.
—Maldito bastardo. ¿Acabas de llamarme estúpida hija de pirata?
— ¿Cuándo he hecho yo tal cosa?
Ella levantó el cubo de agua y, con la excusa de pasar por delante de él, y siendo fiel a su papel, le dio una patada en la espinilla a Kassel. Un prisionero debe ser golpeado de vez en cuando. Y también debe ser insultado por palabras que ni siquiera dijo.
Sin embargo, él solo movió ligeramente su larga pierna como si le hiciera cosquillas, y se limitó a disfrutar observando cómo el pecho superior de su esposa, que asomaba ligeramente por fuera de su cuello al llevar el gran cubo de madera, se abultaba deseablemente.
En realidad, el agua la necesitaba él, no los caballos. Por supuesto, no solo por el cansancio de haber caminado un trecho corto en su estado de excitación. Sino porque estaba a punto de morirse de sed esperando.
Aun así, hizo trabajar su cerebro como si no fuera a desperdiciar ni un momento, y contempló muy seriamente la coqueta figura de su esposa, inmersa en su actuación de pirata.
Pensaba que la próxima vez, definitivamente tomaría el control y la convertiría en una señorita inocente, que no sabe nada del mundo, que vive en una casa aislada. Y del tipo muy ingenuo. Puso una sonrisa de satisfacción como si hubiera tenido una idea brillante, a pesar de que solo había concebido un pensamiento ridículo.
¿Qué excusa podría encontrar yo? Tenía que ser un pretexto tan absurdo que Inés Escalante lo siguiera dócilmente.
¿Debería mencionar a ese bastardo de Sahíta por un momento y tomar la ventaja a la inversa? ‘No. No puedo darle una abertura a ese hijo de perra con mis propias manos solo por divertirme un rato…’. La tribulación fue corta. Inés Escalante seguía perturbando su campo de visión.
Habiendo callado la boca que estuvo parloteando rudamente todo el tiempo y tras quitarse incluso el ostentoso manto del gobernador, la alucinación parecía verdaderamente plausible.
El sencillo y ligero vestido blanco que llevaba cómodamente debajo del manto estaba manchado de forma irregular en la parte delantera a causa de su marido de hace un rato, y el sudor le corría por la frente redonda, como producto del trabajo.
Sus ojos color aceituna, de los que emanaba una dignidad imponente sin importar su estado, estaban tímidamente bajos, ya que miraba con ansiedad los cubos de agua una y otra vez, por lo que su noble impresión original no destacaba.
Gracias a esto, la Inés que cargaba el cubo de agua de madera ahora parecía simplemente una campesina de aspecto sumamente hermoso. Aunque, no obstante, también parecía tener un carácter bastante fuerte.
Quizás sería maravilloso si hubiéramos vivido así toda la vida, en un lugar que nadie conoce.
Claro, en el transcurso de su vida, no habría visto a esa mano de ella arrastrando un cubo de agua de madera a menos que él estuviera atado así. Incluso si no fueran nobles.
Aun así, le gustaba imaginar por un momento cómo vivirían, como si idear la comida diaria y mantenerse mutuamente fuera el mejor objetivo de la vida.
Que el mundo que los rodea se convierta en un marco seguro, estrecho y pequeño. Que muchas cosas de la vida desaparezcan para que solo esté él en su vida. Y solo esté ella en la vida de él.
Pensó, que de esa manera, sin importar dónde o cómo hubieran nacido, sin duda se habrían amado.
Mientras seguía fervientemente con los ojos las huellas de Inés, que había desaparecido detrás de la cabaña, apenas esbozó una sonrisa torcida con la comisura de sus labios. La fantasía de que se habrían conocido y amado 'dónde y cómo' hubieran nacido era, de hecho, más cercana a la obstinación que a una mera ilusión. Porque no era diferente al apego habitual a sus vidas pasadas, aquellas que fueron separadas y desgarradas de ella.
Quizás también se parecía al odio vil hacia las vidas en las que no la poseyó. Sí, él conocía demasiado bien la vida en la que algo tan obvio como esto no era obvio.
Hasta el punto de perderlo todo al final, torciéndose por algo tan pequeño como tropezar con una piedra y caer por un acantilado.
Una vida fácil de perder y difícil de poseer. Una vida en la que, aunque su único deseo fuera ella, al final solo ella faltaba. Algo en su mente quedaba como residuo, incluso después de que todo pasara, como cuando la marea se retira de una playa llena de guijarros negros y deja esparcidas arenas blancas. Quizás esto también era estar abrumado por la felicidad. Él se burló de sí mismo, dando vueltas.
Una suposición imposible no tiene más significado que un breve momento de diversión. Igual que cuando, hace mucho tiempo, secretamente deseó que Inés naciera en un hogar ordinario con muchas hijas en El Tabeo, que al crecer conociera a Kassel Escalante, un oficial subalterno ordinario. Desterró ese fragmento de pensamiento amargo como si quitara los granos de arena ásperos de la superficie de una piedra pulida con el filo de su mano.
La adorable campesina que había desaparecido detrás de la cabaña reapareció. Cuando Inés aparecía frente a sus ojos, todo en la vida se volvía claro. Concluyó con este pensamiento simple.
De todos modos, sin importar cómo hubiéramos nacido, si tan solo nos hubiéramos conocido, y si hubiera sido muy afortunado de casarme contigo, habríamos vivido muy bien juntos toda la vida. No importa lo que poseyéramos al nacer, o lo que no. ¿Verdad?
Realmente sería así. En esta vida ha quedado demostrado que ambos tienen un talento extraordinario para sobrevivir.
Si tú fueras una campesina, ¿Qué debería ser yo? ¿Un cazador? ¿Un caballero perdido y tonto? ¿El hijo del herrero del pueblo? Sus felices delirios continuaban como sueños con los ojos abiertos. Sin embargo, sin importar lo que soñara, en ese instante, no era más que un prisionero.
Inés caminó con actitud de combate y volvió a patearlo, como si destrozara todas sus reflexiones.
—Abre bien los ojos antes de que te apuñale esa mirada de celo. Sé respetuoso.
— ¡¿Quién está en celo por alguien como tú?!
Kassel replicó con un tono insolente, bastante fiel a su papel. Ella se quedó mirando fijamente su bulto en la parte baja, sin decir palabra. ¿Y qué? Él respondió con una expresión seria e imponente.
—Me has robado la mirada al pecho como si fueras alguien que lleva diez días sin probar la carne. Y te has puesto duro a tu antojo.
—No te robé la mirada.
—¿Entonces?
—Es extraño, pero mis ojos van justo al lugar donde está el pecho de la Señorita. Ah, ¿es algo intencional?
—No digas tonterías.
— ¿Por qué? ¿Estás sola en la isla sin un hombre, y eso te hace sentir solitaria?
Con su rostro imperturbable, él torció las comisuras de su boca de forma sugerente, burlándose de ella. Inés desató la cuerda que estaba atada a medias al árbol con una expresión de desagrado. Luego, apoyando el cañón del arma con la mano que no sostenía la cuerda, examinó su parte inferior del cuerpo con una mirada significativa.
—Maldito bastardo. Solo atrévete a acercar esta asquerosa cosa a mi cuerpo.
— ¿No es mi culpa que la Señorita se vea tan apetecible?
—No soy una noble Ortega. No me llames Señorita en ese tono de burla.
—Pero tienes un aspecto tan lindo como el de una Señorita. Por eso creo que podría aplastarte con una sola mano.
— ¡Pura mierda!
Ella tiró de la cuerda con un tirón rápido.
—Parece que este maldito marino, que no sé dónde diablos estuvo revolcándose, intenta seducirme solo por su buen aspecto, pero ni lo sueñes. Yo no practico la zoofilia.
—Con razón tus ladridos son tan ruidosos, Señorita. ¿Eras una perrita?
— ¡El perro eres tú! ¡El perro que el Imperio obedece! ¡No yo!
— ¿Puedo desatarte así? ¿Qué harás si el maldito marino se abalanza sobre tu noble cuerpo?
— ¿Quién dijo que te iba a desatar?
Solo entonces él dejó de lado el sarcasmo y miró sus manos, que seguían firmemente atadas, y sus piernas, que ya estaban siguiendo sus movimientos. ¿No se suponía que iba a ir a lavarse y a revolcarse?
Este no es el desarrollo que había imaginado.
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